Capítulo 7
D ani estaba tumbado sobre su cama. Eran las diez de la mañana del sábado y aunque llevaba ya un rato despierto, todavía no se había levantado a desayunar.
Estaba demasiado perezoso para hacerlo. En lugar de ello, se había pasado los últimos quince minutos mirando al techo, dejando vagar su mente sin ningún pensamiento en concreto.
Había cogido el móvil de su mesilla y lo había consultado varias veces para ver si tenía algún mensaje de Vanessa, para dejarlo finalmente a un lado decepcionado.
Aun no se había puesto en contacto con él.
Las horas, los minutos, e incluso los segundos que había pasado hasta el fin de semana desde el entierro le habían parecido años mientras esperaba su cita.
En retrospectiva, había sido una semana extraordinaria.
Primero estaba la muerte de su profesor.
Aún no habían encontrado un sustituto para cubrir su baja, pero no le cabía duda de que ocurriría pronto y de que cambiaría el plan de estudio que había llevado hasta ahora.
Siempre era así, cada profesor tenía su método de enseñanza distinto.
Y si había algo que Dani odiaba eran los cambios.
Luego estaba la llegada de Toni, lo que obligaba a Dani a mantener un estado de alerta constante en casa en caso de que su hermano lanzara un nuevo ataque, como había sucedido durante su partida de ajedrez.
Sin duda Toni había disfrutado destrozando su moral a base de restregarle su superioridad intelectual.
Durante su infancia siempre había hecho cosas parecidas.
Dani nunca sabía qué nuevas formas de tortura podía idear.
Por suerte, en menos de veinticuatro horas abandonaría su casa para volver a su trabajo en el CNI.
Y, por último, pero no por ello menos importante, Vanessa.
La alumna nueva de su clase había ocupado un alto porcentaje de sus pensamientos.
Esa chica con la que había mantenido un duelo verbal de apenas cinco minutos y que le volvía loco.
Desde aquella mañana, Dani no había podido dejar de pensar en ella.
Y ahora era por fin sábado, y por tanto era el momento de verse.
Volvió a consultar el móvil. Nada, ni una llamada.
Ni un mensaje. Si esa tarde seguía sin tener señales suyas, tomaría cartas en el asunto.
Pondría alguna excusa como, por ejemplo: «Me preocupa mucho el trabajo», «necesito mucha media para la universidad», etcétera.
No dejaban de ser afirmaciones ciertas, pero sabía perfectamente que eran excusas para poder verla.
Y le aterraba enormemente que ella se diera cuenta.
Se levantó de la cama, cogió un cubo de Rubik que tenía sobre escritorio y volvió a tumbarse.
Comenzó a girar sus cuadros sin siquiera mirarlos.
No pretendía resolverlo. Ni siquiera una cara.
Sin embargo, juguetear con aquel aparato siempre le había tranquilizado.
Como si el hecho de mantener la mente ocupada en el movimiento de las manos desviara sus pensamientos. Aunque nunca dejaba de pensar. Jamás.
Con la mano izquierda iba girando filas al azar del cubo mientras su cabeza descansaba sobre la derecha.
Mirando al techo de la habitación recordó la conversación que había tenido con Toni durante su partida de ajedrez.
Esa noche apenas había podido dormir pensando en las respuestas que le dio su hermano.
«Suicidio. ¿El Chaleco se suicidó? No recordaba que fuera un hombre especialmente triste.
Al contrario, siempre había tenido una expresión alegre.
Incluso hacía bromas en clase de vez en cuando.
Por Dios, pero si nos contó aquel chiste: “El flúor le dijo al cloro: ‘No me bromees, que te yodo’”.
Y tampoco se portó nunca mal contigo. Hoy en día los adolescentes pueden ser complicados con sus profesores.
Ya se ha perdido el respeto al maestro, y se han dado casos de docentes que se cogen la baja por depresión por lo mal que los tratan los alumnos.
Pero en nuestra clase… Nunca le han hecho bromas.
No se han metido con él, ni le han robado los libros, ni rayado el coche…
Algo no cuadra, Dani. ¡Algo no cuadra! Además, ¿qué es eso de que Toni le conocía fuera del instituto?
¿Así es como te ganabas los sobresalientes, hermano?
No, a él nunca le haría falta recurrir a eso.
Además, él no es de esos. Ninguno de los dos.
Una vez estuviste en su despacho hace tiempo.
Te trató con cariño. Como si fueras un familiar. ¿Te acuerdas?».
La mente de Dani le devolvió al instante en que fue a visitarle al despacho. Hacía ya casi un año de aquello.
Había ido por la nota de un examen. Formulación, de primero de bachillerato. Se te exigía saberte la tabla periódica, formar algunos compuestos básicos, reacciones redox… Cosas fáciles para Dani. Aun así, había sacado un 7.
Sacar una nota inferior a un 10 en un examen de ciencias era relativamente difícil para él.
O los ejercicios estaban bien, o no. Y no creía que los ejercicios estuvieran mal.
Aún no había tenido ocasión de ver el examen, así que esperaba verlo y obtener una explicación de por qué su notable no era un sobresaliente.
Aquella tampoco era una situación habitual. Lo normal habría sido entregar los exámenes junto con las notas, pero en esa ocasión el Chaleco simplemente se había limitado a decir las notas en clase por orden de lista:
—Daniel Carrasco, un 7. Luis Campos, un 5 raspado. Sandra...
Dani recordaba haber arqueado una ceja en cuanto oyó la calificación, pero no reaccionó de ninguna otra forma aparente.
No era conveniente montar una escena en clase.
Tommy no se había atrevido a decir nada entonces.
Como si hubiera sentido la tensión que se había generado en su amigo en ese instante.
Al día siguiente, se encontraba frente a la entrada del despacho del Chaleco.
Aprovechó el recreo para ir a verle. Sabía que le encontraría allí, preparando la siguiente clase.
Siempre lo hacía. Los veinte minutos que duraba el descanso de los chavales le daban el tiempo suficiente para repasar lo que iba a hace en la siguiente clase. Dani llamó a la puerta.
—Adelante —dijo una voz al otro lado.
El Chaleco estaba sentado en su escritorio.
Llevaba uno de sus habituales chalecos de lana.
En esta ocasión era de un tono marrón claro, como un café con dos tercios de leche, sobre una camisa azul claro.
Una pequeña calva rodeada de canas grisáceas delataba el envejecimiento del profesor, a pesar de su no tan avanzada edad.
Todo aquello, junto con su cara rechoncha, le daba un aspecto confiable y muy entrañable a los ojos de Dani.
Como si fuera un señor mayor incapaz de hacer daño a nadie.
Por supuesto, con el voluminoso tamaño de su abdomen no sería capaz de correr persiguiendo a alguien.
—Hombre, Daniel Carrasco. —El Chaleco sonrió al verle entrar—. ¿Qué te trae por aquí?
—Buenos días. ¿Estás ocupado? Quería hablar de mi examen.
Dani siempre había sido muy correcto con sus profesores.
Quizás por aparentar una imagen de niño educado, o quizás porque le parecía la forma adecuada de dirigirse a una autoridad superior.
No había conseguido ponerse de acuerdo en este aspecto.
Aun así, eso nunca había supuesto un impedimento para tener un trato cercano con ellos.
Como si se los fuera llevando a su terreno, manteniendo un equilibrio entre la educación y la camaradería.
Otro más de la lista de características que había heredado de su hermano.
—¿Tu examen? —El Chaleco parpadeó extrañado—. Los voy a repartir luego en clase. ¿No puedes esperar?
—Estoy preocupado por la nota. No me deja dormir —respondió Daniel poniendo los ojos en blanco, con una expresión de fingida angustia.
—Qué exagerado eres. —El Chaleco soltó una carcajada—. Anda, siéntate. Vamos a buscarlo. —Sacó su examen de una montaña de ellos y se lo entregó al muchacho—. Tampoco está tan mal. Has sacado un 7 y Química es una asignatura complicada.
Dani examinó uno a uno todos los ejercicios del examen. Tal y como esperaba, casi todos estaban bien. Se había confundido en alguna fórmula, algún cálculo no había sido preciso, pero le había restado muchos puntos por cada uno de esos pequeños fallos.
—No lo entiendo. Me has quitado dos puntos sobre cuatro que vale este ejercicio, simplemente porque el resultado final es 2,4 moles, y a mí me salían 2,8 en mis cálculos.
—Bueno, no has resuelto bien el ejercicio.
—¿Pero el error es tan grande como para quitarme la mitad del ejercicio?
—Verás, Daniel —el Chaleco carraspeó antes de continuar—, el problema con ese ejercicio no es tanto que tuvieras mal los cálculos, sino la forma de resolverlo.
Te has saltado bastantes pasos. Has asumido que ciertas reacciones irían de una forma y no de otra.
—Se incorporó y le señaló con el bolígrafo unas anotaciones en rojo que había sobre el examen—. ¿Lo ves?
—Sí, pero esas reacciones funcionan como lo he asumido. No me parecía necesario tener que desarrollar todas esas fórmulas. Perdería tiempo.
—No te esforzaste lo suficiente. Te saltaste varios pasos para acabar el examen antes que tus compañeros y aun así tenerlo bien, y no dedicaste el tiempo necesario a plantear y desarrollar el ejercicio.
—Pero el objetivo del examen es hallar las moles resultantes tras una serie de reacciones, y prácticamente lo he resuelto bien. —Dani comenzó a impacientarse—. No entiendo que solo me des la mitad de la puntuación.
—¿Prácticamente? ¿Lo dices en serio? Esa diferencia de decimales podría ser la diferencia entre la vida y la muerte, si estamos calculando la cantidad de flúor que debe ir en un medicamento, o los gramos de uranio que se deben colocar en un reactor nuclear.
Pero no es por eso por lo que te he bajado la nota.
—¿Y por qué entonces?