Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

A pesar de que la práctica totalidad de los que fueron alumnos del Chaleco habían ido a la ceremonia, la iglesia se encontraba francamente vacía. Ni siquiera la mitad de los asientos se habían ocupado cuando el último de los chicos estuvo dentro.

Aunque el grueso de los asistentes correspondía a los procedentes del instituto, había también algunas personas mayores, seguramente vecinos del pueblo que conocían al fallecido de vista y se habían acercado a la capilla para darle el último adiós.

Los bancos reservados para la familia se hallaban ocupados por un pequeño grupo de personas adultas y algunos niños.

Enfrente del altar, sobre una pequeña plataforma, se encontraba el ataúd de madera, color marrón claro con una cruz en la superficie.

Algo clásico y a la vez discreto para el lugar de reposo de los restos mortales de su profesor de Química.

Un estilo muy acorde con los gustos del Chaleco.

Perfectamente podría haberlo elegido él mismo en vida.

Dani sintió una sensación sobrecogedora en su corazón.

Se había sentado al lado de Tommy para no estar solo durante la ceremonia, pero aun así se sentía algo desamparado en aquel momento.

Era la primera vez que se encontraba ante un cadáver, aunque este estuviera dentro del féretro y no se pudiera ver directamente.

Su simple presencia le hizo sentir que se encontraba ante algo realmente importante.

Una parte de la vida con la que no estaba acostumbrado a lidiar: la muerte.

La ceremonia transcurrió como una misa normal.

Todos los alumnos permanecieron en silencio haciendo gala de un gran respeto por la situación y por la persona a la que estaban rindiendo homenaje en ese momento.

El párroco dedicó unas palabras en recuerdo del fallecido, y luego cedió la palabra a la familia en caso de que quisieran decir su último adiós.

—Se encuentran aquí los primos de Silvestre, que han venido desde Madrid para el acto. Si alguno quiere subir a decir unas palabras, estamos todos aquí para escucharos.

Sin embargo, uno de los adultos hizo gestos de negación al sacerdote, por lo que la ceremonia continuó sin más interrupciones.

Dani echó un vistazo rápido a toda la sala.

Alguno de sus profesores no habían podido contener la emoción del momento, y se habían echado a llorar.

El Chaleco había estado muchos años dando clase en su instituto, y se había ganado el cariño de sus colegas.

Otro vistazo le permitió ver a un grupo de alumnos compartiendo un paquete de clínex.

Finalmente, localizó lo que estaba buscando.

Vanessa se encontraba sentada un par de filas por detrás de él, en los bancos situados a su derecha. Ella no había conocido al profesor, por lo que no se la veía demasiado afectada. Dani no podía dejar de pensar en el fin de semana.

«Podrás estar a solas con ella fuera del instituto. Hace menos de dos horas que la conoces y no puedes esperar a que llegue el momento de volver a hablar con ella. Quién te ha visto y quién te ve, Daniel».

Cuando la ceremonia hubo terminado, los asistentes fueron saliendo de la iglesia para dirigirse al cementerio.

Un grupo de seis personas, compuesto por familiares y algunos de los compañeros de trabajo del profesor, cargaba con el ataúd hasta el lugar de sepultura.

Dani se mantuvo cerca de su mejor amigo, igual que había hecho durante la liturgia.

Era la primera vez que veía un nicho abierto. Un agujero oscuro en medio de un muro repleto de lápidas con nombres. Casi le recordaba a una puerta que condujera a un pasillo oscuro. La entrada al mundo de los muertos. El lugar de descanso de su profesor.

Los asistentes se reunieron en corro alrededor del lugar. Mientras los técnicos se disponían a introducir el ataúd en la tumba, una persona de entre la multitud se acercó a Dani y a Tommy. No había visto a Toni durante la ceremonia. Se preguntó dónde se habría sentado en la iglesia.

—Es la primera vez que vas a un entierro, ¿verdad, hermanito? —Toni se colocó a la derecha de su hermano y cruzó los brazos por detrás de la espalda—. Ya sabes lo que dicen: «La primera vez siempre duele».

—Ya ves —respondió Dani—. Yo esperaba que mi primera vez fuera especial. En tu entierro, quizás.

Dani trató de mantener un tono de indiferencia mientras lanzaba ataques su hermano, aunque rara vez era capaz de aguantar mucho rato.

En su interior le hacía parecer bastante guay.

Una especie de tipo duro. No habría sabido decir si Toni lo encontraba divertido o si simplemente no le daba importancia.

Tampoco se habría atrevido a preguntarle.

—Te entiendo. Mi entierro será una fiesta increíble.

Los dos hermanos guardaron silencio durante unos segundos.

—Qué triste, ¿no? —Esta vez fue Tommy quién habló—. Acabar en un sitio así…

—La muerte nos llega a todos, Tomás —contestó Toni—. Ahora a Silvestre le da igual lo que hagamos o digamos de él. No se va a enterar de si acaba en una tumba de oro, o tirado en el campo. Lo que importa es lo que haces antes de morir.

—¿Así que «disfruta el momento», carpe diem y alguna frase hecha más, Toni? —Dani volvía a la carga—. ¿Tenéis la oficina del CNI llena de vinilos con frases motivacionales?

—Daniel, trágate tus celos por un momento. Hoy es un día para recordar a tu profesor.

—Como has dicho, a él ya no le importa.

— Touché —dijo Toni, con una expresión conciliadora.

Los operarios habían terminado de introducir el cuerpo en la fosa, y habían tapiado la entrada con una losa y cemento.

La tumba había quedado sellada. La entrada al mundo de los muertos se había cerrado y el Chaleco podía finalmente descansar en paz.

Por último, colocaron la lápida, completando la cuadrícula de la pared.

Los asistentes fueron acercándose para verla y poder leer su inscripción. Los que habían podido verla iban cediendo el sitio a los que venían detrás, para abandonar a continuación el cementerio. Finalmente les llegó el turno a los Carrasco y a Tommy.

Silvestre Pérez Ramírez

06-03-1966 / 22-10- 2018

Tus alumnos y tu hermano no te olvidan

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Un par de horas más tarde, Dani se encontraba con su hermano en casa.

Toni lo había acercado desde el cementerio al instituto, y de nuevo a casa en su Chrysler negro.

Apenas había tenido un momento para despedirse de Tommy hasta el día siguiente y de mirar a Vanessa por última vez antes de irse.

Simplemente verla merecía el esfuerzo de haber subido a clase a por la mochila.

Los dos hermanos se encontraban en la cocina, con una taza de café delante.

Sin la presencia de sus padres, Dani se había tomado la licencia de prepararse el refrigerio.

Al menos así aparentaba estar a la altura de su hermano.

Tenía que reconocer que su cerebro ya funcionaba bastante deprisa como para añadirle el efecto estimulante de la cafeína.

Quizás por eso sus padres le negaban la ansiada bebida.

—Ha sido una pena que ningún miembro de la familia dijese algunas palabras. ¿No te parece, Dani?

—Parece que no tenía mucha relación con sus parientes. Hubiera estado bien que alguno de los profesores dijera algo. —Dani sujetó su taza con ambas manos mientras jugueteaba con los pulgares, acariciándola—. Al final, la verdadera familia no tiene nada que ver con lazos de sangre.

—¿A qué te refieres, hermanito?

Por mucho que le molestase, Toni era una de las pocas personas con las que podía ser él mismo sin tener que fingir.

El alto coeficiente intelectual que compartían los hermanos les proporcionaba un modo de ver la vida bastante similar, y, aunque Toni le superaba, era la persona que mejor podía entenderlo y comprender cómo se sentía.

«Si papá y mamá no se pasaran el día comparándonos…».

—A que la familia deben ser las personas con las que «quieres estar», y no con las que «debes estar». Gente que siempre estará ahí para apoyarte. Personas a las que quieres, y que te quieren. Y eso no siempre tiene que ver con la genética.

—Bueno, a menudo los padres sienten el deber de proteger a sus hijos. Eso es genético.

—Sí, pero ¿qué ocurre con el resto? Primos, tíos… ¿Tienes que quererlos solo porque tus padres lo hagan? Una familia debería tener más significado que eso. Creo que la familia no nace, se hace.

—Dame un segundo. —Toni se levantó y salió de la cocina. Regresó al cabo de unos minutos portando un tablero de ajedrez y una caja con las piezas—. Quiero ver si has mejorado en este tiempo.

Dani se estremeció. Ahora se encontraba cara a cara con un rival de su mismo intelecto.

O eso le gustaría pensar, porque el dichoso Toni le superaba tanto en CI como en experiencia.

A sus veinticuatro años, hacía dos que había terminado sus estudios de Criminología y había ingresado casi inmediatamente en el CNI.

Debido a sus altas capacidades había conseguido acabar la carrera con matrícula de honor en prácticamente todas las asignaturas, y había ascendido hasta un rango superior en el corto periodo de tiempo que llevaba trabajando.

Y más allá del ámbito intelectual, Antonio Carrasco siempre había destacado en los deportes. Durante el instituto había sido campeón de boxeo en más de una ocasión. Solamente una persona con su dedicación habría podido compaginar una media de sobresaliente con los entrenamientos y los campeonatos.

¿Cómo no iba a sentirse Dani intimidado cada vez que pasaba delante de su habitación? Su hermano había dejado el listón tan arriba que ni siquiera podía verlo. El niño prodigio. El perfecto Toni.

—¿Prefieres blancas o negras? —Toni devolvió a su hermano a la realidad—. Te doy la ventaja de elegir.

—Como si eso fuera a influir.

—Vamos, vamos, Dani, no te subestimes. Llevas sangre Carrasco a fin de cuentas.

—Papá también, y dudo que aguantara más de dos jugadas. Claramente, el cerebro lo heredamos de mamá.

—Aun así, será entretenido. Por los viejos tiempos.