Capítulo 5
D ani corría por un lugar oscuro. Avanzaba a toda velocidad a través de una especie de túnel bastante estrecho, que apenas le permitía extender ambos brazos a la vez.
No sabía muy bien por qué estaba corriendo, pero no podía parar.
No notaba el cansancio, ni la falta de aliento a pesar de lo mucho que se estaba esforzando.
Sencillamente sentía una incesante angustia que le obligaba a continuar hacia delante.
De repente se dio cuenta de que en realidad se encontraba en un pasillo plagado de puertas a ambos lados, todas ellas cerradas.
La agonía interna que le empujaba a continuar se acrecentó oprimiéndole el pecho.
Miró hacia atrás. No había nadie, pero siguió corriendo, como si un enemigo invisible le estuviera persiguiendo.
El pasillo parecía no tener fin, por mucho que corriera.
Por mucho que se esforzase. ¿O quizás era que no avanzaba?
Quizás una fuerza le estuviera reteniendo y le impidiera alcanzar la salida.
Sintió como si llevara un lastre atado al cuerpo.
Como un ancla que tiraba de él en la dirección contraria, obligándole a redoblar sus esfuerzos para poder seguir. Era frustrante.
De pronto, una de las puertas pareció estar entreabierta. Sin pensarlo dos veces, Dani la atravesó.
Se encontró de repente en el despacho de su profesor de Química.
Rodeado de estanterías con botes, cada uno con un líquido de diferente color en su interior, y todos debidamente etiquetados y catalogados.
La angustia que momentos antes le había instigado a seguir corriendo había desaparecido, y solo quedó una sensación de paz y tranquilidad, como si la propia habitación le inspirara seguridad y confianza.
La alarma del despertador lo sacó de sus sueños y lo devolvió a la realidad de su habitación, todavía en penumbra a esas tempranas horas. Dani la apagó inmediatamente.
Esa mañana se encontraba más activo que de costumbre. Esa noche había podido descansar más que la anterior. Al no haber habido examen y haberse suspendido las clases a mitad del día, tenía muchos menos deberes y pudo acostarse a una hora más acorde a su edad.
De camino al baño se quedó delante de la habitación de Toni. De nuevo el mismo sentimiento dentro de él. Dani se preguntó cuántos años tendrían que pasar para que aquella puerta cerrada dejara de causar esa sensación en su interior.
De repente, el manillar se giró.
El corazón de Dani dio un vuelco. Notó cómo sus glándulas suprarrenales disparaban un chorro de adrenalina unos centímetros por encima de su estómago de forma tan potente que hasta le pareció poder sentir el sabor de las hormonas en la boca.
El susto fue tal que, al dar un paso atrás instintivamente, tropezó con su propio pie y acabó en el suelo de espaldas a la pared que había enfrente de la habitación de su hermano.
La puerta se abrió.
Antonio Carrasco acababa de salir de su cuarto.
Perfectamente vestido, como si hubiera dormido con el traje puesto.
Llevaba una camisa azul abierta hasta el segundo botón bajo una americana negra y unos vaqueros azul marino.
El mayor de los hermanos Carrasco miró al pequeño tirado en el suelo todavía con expresión de asombro en los ojos.
—Buenos días, hermanito —dijo arqueando una ceja—. ¿Empezando bien el día?
—¿Qué cojones haces aquí? —Dani se recompuso y con algo de esfuerzo logró levantarse del suelo—. ¿Cuándo has llegado?
—Llegué anoche de madrugada. Iba a decirte «hola», pero ya te habías acostado. Estabas muy mono durmiendo. Casi te doy un beso en la frente.
—Que te jodan, Toni ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar protegiendo al presidente? ¿O luchando contra algún espía ruso? ¿O…?
—He venido a pasar el fin de semana con mi encantadora familia. —Toni cortó a su hermano en medio de la frase—. El presidente se las apañará sin mí unos días.
A Dani parecía habérsele pasado su habitual dolor de cabeza mañanero.
Ese susto a primera hora no solo había disparado su adrenalina, sino también sus neuronas.
La peor de sus pesadillas estaba ahora de pie delante de él.
La sombra que siempre había eclipsado sus logros.
El listón que nunca había sido capaz de superar. Su hermano Toni.
—¿Cómo que el fin de semana? —repuso Dani—. Si hoy es jueves…
—Me he enterado de la muerte del Chaleco. También fue mi profesor, ¿recuerdas? Madrid está aquí al lado, así que me he acercado al entierro, y así mato dos pájaros de un tiro.
El padre de los dos chicos apareció en el pasillo, todavía en ropa interior, recién levantado de la cama.
—¿Qué es este jaleo? Es la primera vez que os veo tan animados a primera hora de la mañana.
—No me habíais dicho que venía Toni. —Dani se encaró ahora con su padre—. ¿Por qué no me habéis avisado?
—Nos avisó una hora antes de llegar. Yo qué sé. —Su padre se encogió de hombros y se metió en el baño.
—Veo que te alegras un montón de verme, Dani —dijo Toni con algo de sarcasmo—. Casi lloro de emoción.
Dani no dijo una palabra, y se metió en el otro baño de la casa.
«¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué ha tenido que venir Toni?
Ya está siendo una semana complicada como para tener que escuchar lo fácil que fue para él sacar todo sobresalientes en el instituto.
Seguro que papá te recuerda lo poco que le costó entrar en el CNI y lo rápido que ascendió.
Por supuesto. Quizás deberías echarte un poco de matarratas en el ColaCao… ».
Por primera vez en mucho tiempo, la familia Carrasco estaba sentada al completo en la mesa de la cocina. Las cuatro sillas estaban ocupadas por sus respectivos dueños como en los recuerdos de la infancia de Dani. Aquellos años no parecían tan lejanos ahora.
Toni estaba poniendo al día a sus padres de cómo había sido su vida en los últimos meses, dentro de lo que el secretismo de su puesto de trabajo le permitía.
Llevaba un anillo plateado en el dedo anular de la mano izquierda.
Era un anillo con un pequeño sello cuadrado, en el cual había un símbolo que no supo reconocer, pero que a Dani le resultó extrañamente familiar.
Debía haberlo visto en algún lugar, pero habría sido hace años, porque en ese momento no supo ubicarlo.
O quizás sería que su habitual torpeza mental mañanera no había desaparecido del todo.
Su padre aprovechó el momento en que Toni acabó de contar cómo eran las vistas de su piso para dirigirse a su hijo menor:
—¿Al final irás al entierro de tu profesor, Daniel?
—Sí, creo que sí —contestó Dani sin mucho afán—. Varios compañeros de clase irán, al menos por no quedarse en clase, y será raro si me quedo solo.
—Tan pragmático como siempre, ¿eh, hermanito? —comentó Toni, con el rostro parcialmente oculto tras su taza de café.
—¿Tú vas a ir al entierro, Toni? —preguntó tratando de mostrar indiferencia.
—Sí, por supuesto. —Toni dio un sorbo y continuó—. Le cogí cariño a ese hombre en mi época de instituto. Es una pena lo que le ha pasado. Le echaré de menos.
—Sacaste un diez los dos años de bachillerato con él, ¿verdad? —Ahora era su madre la que lanzaba elogios a su hijo.
—Sí, los dos años. Pero su trabajo me costó, ¿eh? No nos lo ponía nada fácil.
—Trabajabas mucho para sacarlo. Te los merecías.
«Por supuesto. Trabajabas mucho. Estudiabas mucho.
Sacrificaste mucho. Te mereces eso y más, Toni.
Oh, el perfecto Toni. Mírale, con su traje impecable.
Seguro que es capaz de matar a un hombre sin despeinarse y sin mancharse su inmaculado traje mientras recita todos los lantánidos y los actínidos de la tabla periódica. El perfecto Toni».
Su hermano mayor lo devolvió al presente:
—Nos podemos sentar juntos, Dani.
—No, gracias. Supongo que me sentaré con Tommy.
—Ah sí, Tommy… ¿Seguís siendo amigos?
—Claro. —Dani miró extrañado a su hermano—. ¿Por qué no íbamos a serlo?
—Oh, por nada, por nada… —Toni apartó la mirada de su hermano, como si tratara de que este adivinara sus pensamientos—. ¿Te llevo a clase? Así podemos hablar por el camino.
—No, déjalo. Tommy me estará esperando como siempre para ir. —Dani miró el reloj del móvil—. Y me voy ya, que en breve saldrá de casa.
Salió de la cocina y dejó a su familia charlando animadamente. Mientras colocaba la taza de su desayuno en el lavavajillas, miró a los tres con el rabillo del ojo. Eran la estampa perfecta de una familia feliz.
«Me pregunto si algún día mamá y papá me mirarán igual que le miran a él…».
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Las dos primeras horas fueron bastante tranquilas.
Les habían comunicado que el entierro sería a las doce, por lo que a las once y media tendrían que salir del instituto para dirigirse a la iglesia, y de ahí al cementerio.
Al ser un pueblo pequeño, solo tenían un camposanto a pocos metros del templo, por lo que no sería un gran problema trasladar a los alumnos hasta allí.
A la vuelta del recreo, Dani se había encontrado a Tommy hablando muy animadamente con Sara en la puerta de clase. Los dos parecían reír de algo que acababa de contar el chico.
«No entiendo qué es lo que le da tanto miedo de ella. Si hasta se ríe con sus chistes, y mira que eso es difícil…».
Solo había tiempo para una clase más antes de que tuvieran que ponerse en marcha para asistir a la ceremonia.
Tenían ahora clase de Inglés. Probablemente pasarían la hora realizando ejercicios que los prepararan para la selectividad.
Aunque el curso casi acababa de comenzar, eran frecuentes los exámenes preparatorios y los simulacros para que comenzaran a acostumbrarse a los formatos de los ejercicios que se encontrarían en la prueba que les daría acceso a la universidad.