Capítulo 4 #2
Dani encajó el golpe. Quizás no le diera el CI para compartir el punto de vista de Cris, pero sí para saber cuándo debía retirarse a tiempo. Se sentó nuevamente sobre el sofá y cruzó los brazos. Necesitaba estar tranquilo para lo que iba a decir.
—Creo que estás sacando un poco las cosas de quicio.
—Dani intentó mostrar un tono conciliador—.
Solo he dicho que no creo que me dedicara a esto en mi tiempo libre.
No me interesa, y no creo que eso sea algo malo.
Tenemos aficiones diferentes, Cris. Pero no estoy atacando las tuyas.
—Guiñó un ojo—. No me lances la caballería, ¿vale?
Dani había conseguido dominar la situación.
A Cris le ponía muy nerviosa que la gente no supiera valorar su arte.
Había recibido críticas muy duras por parte de su familia al optar por el bachillerato de Arte, en lugar de por uno más convencional como el de Humanidades o el de Ciencias.
«No todos tenemos que ser médicos o abogados», había dicho en una reunión familiar.
Solamente sus padres la apoyaron en su decisión.
Ellos habían visto las horas que pasaba su hija practicando, vaciando blocs enteros de dibujo hoja a hoja en cuestión de días. Si ella era feliz así, bendita fuera.
Cris soltó un bufido.
—Perdona, tío. Me pone de los nervios este tema.
Dani se levantó y se acercó a ella, la cogió de las caderas y la atrajo hasta sí para darle un beso en la frente.
—Tranquila. Ya estoy acostumbrado.
«Qué mamón. Cómo te la vas ganando. Aunque eso ha estado cerca…
Tienes que tener más cuidado en el futuro.
Si sabes que ama esas pinturas por encima de todas las cosas, ¿por qué le dices eso?
Habías venido para distraerte del asunto del Chaleco, y ahora se te va a quemar la media neurona que te queda viva después de este día».
Dani sacó el móvil del bolsillo.
—Uy, qué tarde es. Me tengo que ir ya ¿Me perdonas entonces?
—¿Seguro que quieres irte? —Cris esbozó una mueca juguetona de falsa tristeza. Su voz se tornó un tanto seductora—. Me voy a quedar muy sola.
Ahora era ella la que cogía a Dani por sus caderas y lo atraía hacia sí, aunque esta vez el beso se lo dio un centímetro por debajo de su nariz. Sus manos comenzaron a descender por el cuerpo del chico mientras sus labios no dejaban de devorar los de su compañero.
De un empujón tiró a Dani sobre el sofá para desprenderse de su bata y sentarse a horcajadas sobre él.
El chico no perdió la oportunidad, y comenzó a recorrer su cuello con la boca, mordiendo suavemente cada centímetro de su piel mientras recorría la espalda de la muchacha a través de la camiseta.
Luego cambió, y metiendo ambas manos por debajo de la prenda comenzó a descubrir su cuerpo, mientras ella movía sus caderas sobre el bulto que había comenzado a crecer entre sus piernas.
Cris sujetó con ambas mano la camiseta de Dani desde abajo y se la sacó por la cabeza.
—No sabes la suerte que has tenido, chaval —dijo Cris. Su voz había comenzado a perderse entre jadeos.
Era la segunda vez que le decían esa frase el mismo día. Y, por segunda vez, volvían a tener razón.
****
Casi una hora después, Dani entraba por la puerta de su casa. En cuanto la abrió, pudo oler la tortilla de atún de su padre haciéndose en la sartén. Notó una punzada de hambre en el estómago.
«¿No querías comer huevos esta mañana? Pues ahí los tienes, majo. La verdad es que la tortilla de papá está buena. Para una cosa que sabe hacer bien en la cocina…».
—¿Dónde estabas? Es tarde, Daniel. —Su padre dejó de prestar atención a la tortilla que estaba haciendo durante un segundo para interrogar a su hijo.
—Estaba con mis amigos, papá.
—¿No tienes deberes?
—Tengo, y los he hecho. Después de cenar estudiaré un rato.
—No me gusta que estés tan tarde por ahí. ¿Con quién estabas?
—Con mis amigos, papá. —Dani cogió un vaso y lo llenó de agua de una jarra que sacó de la nevera. Su tono había comenzado a volverse impaciente—. Te lo acabo de decir.
—Bueno, pero ¿con quiénes?
—Ya sabes. Jack el Destripador. Rafa Nadal. El presidente del Gobierno… Los de siempre.
—¡Daniel, soy tu padre y tengo que saberlo! —El tono de su padre se había vuelto demasiado efusivo como para seguir ignorándolo.
—¿Si te mintiera acaso sabrías que lo estoy haciendo? —Dani sostuvo la mirada de su padre por unos segundos antes de volver a hablar—. Pues no te preocupes y confía en mí.
Su madre intervino, rescatándole de la situación.
—José Luis, déjale tranquilo, hombre. —Su tono era de reprimenda—. De momento nunca nos ha dado motivos para desconfiar de él. Dale un voto de confianza.
—Bueno, haz lo que quieras —dijo su padre finalmente, devolviendo su atención de nuevo a la sartén—. Siéntate, anda, que vamos a cenar.
Dani se sentó en su sitio habitual. El mismo que había ocupado esa mañana durante el desayuno.
Las tres tortillas tenían un aspecto realmente delicioso.
Ninguna de ellas se había quemado, y presentaban un tono dorado ligeramente tostado en las zonas en las que sobresalía el atún de lata que su padre había añadido.
Los tres comenzaron a comer inmediatamente después de sentarse, haciendo gala de un apetito voraz.
—¿Y cómo van tus estudios, mamá? Como traigas un suspenso a casa… —bromeó Dani.
—Ah, bien, bien. Estoy muy cansada, pero ya queda poco.
—Su madre hablaba mientras masticaba la tortilla.
Cuando se trataba de comer, los Carrasco tenían un apetito insaciable y no solían atender a normas de cortesía, a menos que estuvieran en presencia de extraños—.
A ver si pronto puedo volver a trabajar, que buena falta nos hace el dinero.
—Por cierto, Daniel. —Su padre tragó un trozo de tortilla antes de continuar—.
Ha llegado otro correo del colegio. Parece ser que mañana va a ser el entierro de tu profesor, y Ricardo ha dicho a los padres que los alumnos podéis ir si queréis, aunque no estáis obligados.
Habrá un par de profesores de guardia para quedarse con los que no quieran en el instituto.
Su madre lo miró desde el otro lado de la mesa.
—¿Tú vas a ir?
—Pues no lo sé, mamá. —Dani reflexionó un momento—. Supongo que sí. Depende de cómo vaya con los deberes esta noche
—¿No decías que los habías hecho? —comentó su padre, en tono sarcástico. Se estaba vengando por el ataque previo de su hijo.
Dani no pudo culparle. Ahí le había pillado, pero no pensaba recular.
—Me refería a cómo vaya con lo que tengo que estudiar esta noche.
—Como no saques la selectividad, verás —respondió su padre con algo de indiferencia—. Tienes que tomártelo más en serio, Daniel.
«Si se le ocurre mencionar a Toni, juro que le clavo el tenedor en el ojo. ¿Acaso no son suficientes todos mis sobresalientes? ¿Todas las noches de estudio? No, por supuesto que no. Nunca será suficiente. Pues lo siento, papá, pero yo no soy Toni».
Dani acabó la tortilla tan rápido como pudo y se levantó de la mesa.
—Me voy, que tengo mucho que estudiar. —Escupió las palabras mientras se levantaba, sin mirar directamente a ninguno de sus progenitores.
Ya en su escritorio, con la puerta cerrada, pudo quedarse a solas con sus pensamientos.
Sacó los apuntes de Química. Aunque el Chaleco hubiera muerto, tarde o temprano traerían a otro profesor, y nunca estaba de más un repaso a esa asignatura.
Matemáticas e Inglés las llevaba sobradamente preparadas, al igual que Historia y Filosofía.
Química era la única que se le resistía de vez en cuando, aunque quizás con el cambio de profesor aquello cambiara.
Y el entierro… ¿Qué iba a hacer con el entierro? Nunca había estado en ninguno, y no estaba seguro de querer estar. Por otra parte…
«Cabe la posibilidad de que te enteres de algo acerca de las circunstancias de su muerte.
Que el entierro sea tan pronto quiere decir que no han tenido que hacer una autopsia, con lo cual debe ser una causa muy clara.
Si el ataúd está abierto, quizás se puede ver si hay marcas en el cadáver.
Quizás a alguno de los profesores se les escape algo…
Será mejor que vayas, y que tomes nota de todo lo que veas».