Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

L o primero en lo que se fijó Dani al sacar el móvil del bolsillo fue en la hora.

Las ocho de la tarde. Se encontraba ahora ante un barrio de casas unifamiliares, no tan grandes como las del barrio en el que horas antes había descubierto que vivió el Chaleco, pero lo suficientemente amplias como para albergar un pequeño porche dentro de una valla de piedra que separaba unas casas de otras.

Algunos vecinos habían decidido cubrir totalmente la superficie con baldosas y colocar una mesa con sillas, lo cual servía de lugar de reunión para las tardes de verano, a aquellas horas en las que el sol ha bajado lo suficiente para que la temperatura permita pasar un rato agradable a la intemperie.

Otras casas, por el contrario, contaban con una pequeña porción de tierra cubierta de plantas y algún pequeño árbol frutal, como naranjos o limoneros.

Estas viviendas tenían un aspecto más colorido, pero solo dejaban espacio para un camino de baldosas hasta la puerta.

Este último era el tipo de porche que tenía la casa que venía a visitar.

Dani cruzó el pequeño jardín con las manos en los bolsillos. Durante el paseo que había dado en solitario tuvo tiempo de reflexionar acerca del día que había transcurrido. Su mente seguía revoloteando entre pensamientos, demasiado nerviosa para detenerse en uno solo.

«Conque “en la nota no ponía nada más”. Si había una nota, quizás se tratara de una nota de suicidio.

Tienes que reconocer que el suicidio no se te había pasado por la cabeza.

Craso error, pero, una vez más, es mejor no teorizar antes de tener todos los datos.

Aunque, en realidad, el suicidio cuadraría más que una muerte natural.

Maldito bastardo, ¿nos hiciste estudiar para un examen que sabías que no ibas a corregir? Te creo muy capaz».

La cadena de pensamientos se detuvo en cuanto se halló ante el umbral de la puerta. Tocó el timbre y esperó unos segundos. Cinco segundos. Quince segundos. Volvió a llamar. Unos pasos acelerados se oyeron al otro lado. La puerta se abrió, y un rostro extrañado apareció tras la entrada.

Cris llevaba puesta su habitual bata blanca de trabajo llena de manchas de pintura. Sin duda la había pillado en medio de su actividad favorita del día. Bajo la bata, Dani pudo apreciar unos pantalones bombachos color morado y una camiseta azul. Su típico atuendo para estar cómoda en casa.

A Dani siempre le pareció que la chica, junto con su vestimenta, presentaba una imagen muy tierna y a la vez graciosa.

Pero lo que más le gustaba era su cabello rubio platino, a veces casi ceniza.

Nunca había conocido a una persona que tuviera semejante tono en el pelo.

En ocasiones pensaba que podría pasarse horas mirándolo. Le fascinaba.

En esta ocasión, Cris llevaba el pelo recogido en una trenza para que no le resultara incómodo a la hora de pintar en el lienzo.

—Ah, ¡hola! —La fugaz expresión de extrañeza en el rostro de la chica se deshizo en cuanto reconoció el rostro de su amigo, y se tornó en una sonrisa—. ¿Qué haces aquí? No me has avisado ni nada.

—Ya ves, quería darte una sorpresa —respondió Dani, con tono de indiferencia—. ¿Estás ocupada?

—Pues ahora mismo sí. —Cris se inclinó sobre el marco de la puerta con expresión cansada—. Me has pillado terminando el cuadro que te comenté esta mañana.

—¿Puedo verlo? Quería pasar un rato contigo. Ha sido un día de perros.

—Qué mono… Anda, pasa. Ya me queda poco de todas formas. —Cris se giró sobre sus talones y comenzó a andar hacia el interior de la casa—. Cierra la puerta cuando entres.

Recorrieron juntos la planta baja de la casa, pasando por el salón y la cocina, hasta un pequeño patio interior que había al otro lado.

Allí, unas escaleras les condujeron a un amplio sótano que había debajo.

Cris lo había convertido en su estudio particular.

Había varios focos apagados apartados en un lado, y algunos tubos fluorescentes colgaban del techo, aunque en ese momento simplemente estaba encendido un plafón sobre un lienzo, más o menos en el centro de la habitación.

Cris le había dicho en una ocasión que la configuración de la luz debía ser específica para lo que quisiera pintar.

Dani nunca llegaría a entenderlo, pero tampoco era algo que le preocupara demasiado.

Había muchas cosas que le interesaban, algunas de las cuales incluso llegaban a obsesionarle, pero la pintura no era una de ellas.

La habitación tenía, además, dos sofás, colocados ahora tras el lienzo, en el que los dos adolescentes habían compartido algún que otro momento de pasión.

La primera vez que vio la disposición de la sala, Dani no puedo evitar pensar en la escena de Titanic en la que Leonardo DiCaprio pinta desnuda a Kate Winslet, y en ese momento se preguntó si a Cris se le habría pasado alguna vez por la cabeza.

Los ojos de Dani se posaron ahora sobre el lienzo que estaba bajo la única luz de la sala.

En él se podía ver a una chica, más o menos de su misma edad, que sostenía un violín con uno de sus brazos, apoyándolo sobre su pecho, mientras con el otro sostenía el arco con el que tocaba.

Cris le había dado unos mechones castaños, con un brillo rojizo y un toque ondulado.

—Es guapa —comentó Dani tras un breve vistazo—. Te ha quedado bastante bien.

—¿Lo que más te gusta del cuadro es que es guapa? —dijo Cris con indignación—. Muchas gracias, hombre. Me siento muy realizada.

—Cómo eres… Yo no sé apreciar el arte, ya lo sabes.

—Voy a terminarlo, así que, si quieres sentarte o algo…

Dani se dejó caer obediente sobre uno de los sofás. Concretamente, sobre el que estaba más cerca del lienzo, parcialmente perpendicular a este, permitiendo una vista de la artista trabajando.

Cris cogió un pincel y miró fijamente el cuadro, intentando adivinar qué era aquello que le faltaba. Sus ojos repasaban cada uno de los trazos que conformaban a la violinista que había plasmado en la tela, tratando de decidir dónde debía añadir algún toque, dónde debía repasar algún contorno.

Dani la observaba fijamente, recostado sobre sus codos en el sofá. A pesar de la bata que llevaba para evitar mancharse la ropa con la pintura, se podían adivinar fácilmente sus curvas. Aunque el busto de la chica no era demasiado generoso, el chico pensaba que tenías las proporciones perfectas.

«Quizás debieras probar con la escultura, podrías intentar esculpir a Cris.

Seguro que podrías exponerla en casa. Hay mucho sitio en el salón.

Hay que reconocer que está muy buena… Pero, sobre todo, hay que reconocer que es cabezota de narices.

Lleva ya diez minutos mirando el lienzo y no se decide, pero tampoco lo va a dejar así, ya verás.

No parará hasta que esté acabado. No se conformará con dejar algo a medias. Esta chica llegará lejos, sí».

Por fin Cris se decidió. Mojó el pincel en un poco de pintura, extraída de uno de los pequeños botes que tenía desparramados en una mesa junto al lienzo.

Lentamente hizo un trazo. Luego otro. Volvió a mirar el cuadro.

De nuevo reinó la quietud en la sala. Dani no se atrevía a mover ni un solo músculo.

Cris sonrió. Cogió un pincel que parecía mucho más fino que el anterior.

Volvió a mojarlo, y esta vez se acercó más al cuadro.

El trazo fue corto y lento. De nuevo esa precisión quirúrgica.

—Ya está —sentenció.

—Tengo que ver la obra acabada. —Dani se levantó de un salto y se colocó junto a su amiga—. Oh sí, mucho mejor ahora. ¡Menuda diferencia!

—Qué vacilón eres, ¿no? —Cris le dio un empujón cariñoso—. A ver cómo lo haces tú.

—No, gracias. No quiero dejarte en ridículo.

Los dos chicos se echaron a reír. Cris, que hasta ahora había estado jugueteando con su trenza, la dejó caer sobre el hombro izquierdo y volvió a mirar al cuadro.

Dani aprovechó para comenzar a rodear su cintura con ambos brazos, para terminar abrazado a ella desde detrás.

Como la chica era casi tan alta como él, apoyó el mentón en su hombro derecho.

—¿Por qué una violinista?

—Pues no lo sé. Esta mañana me he despertado pensando en la gente que se dedica a la música.

—Cris cogió las manos de Dani mientras hablaba, y recostó su cabeza sobre el pecho del chico—.

No sé si es por algo que he visto o que he leído, pero no podía quitarme de la cabeza las horas de trabajo diario que pasan ensayando.

La dedicación que tienen y lo que consiguen hacer con sus instrumentos…

En cierto modo, es como lo que yo hago. Sacan algo que llevan dentro y lo expresan a través de sus instrumentos, como yo lo hago con mis pinceles.

—Pero no es lo mismo, ¿no? Tú no sabes qué vas a pintar, y ellos ya tienen una partitura. Saben qué ritmo seguir, qué notas… Al final es como copiar algo que ya ha hecho alguien, ¿no?

—No tienes ni puñetera idea de lo que hablas, ¿verdad? —Cris se zafó del abrazo de Dani—. A la gente le encanta hablar de las cosas que no sabe.

—Pues explícamelo.

—No puedo explicarlo con palabras. Tienes que sentirlo. Hasta que no te pones a ello, no puedes entenderlo.

—Pues estoy jodido. —Dani soltó una carcajada—. No tengo tiempo para dedicarme a esto. Y, si lo tuviera, tampoco creo que lo hiciera.

—Ah, no, claro, pero tienes tiempo para matarte a hacer flexiones en casa, ¿no? —Cris comenzó a irritarse—. ¿Te parece más importante tu cuerpo que esto?

—A ti no parecen molestarte mis abdominales.

Cris ignoró su comentario. Su tono se volvió más indignado y efusivo.

—Para mí esto es la vida. En cada cuadro dejo un pedacito de mí. Poder sacar esto que llevo dentro es más importante que verme más delgada, o que tener más pecho. O incluso que cepillarme los dientes. Y lo digo en serio. ¿No te da tu CI para entender eso?