Capítulo 3 #2
En un folio en blanco, comenzó a desarrollar la ecuación, explicando paso a paso la forma de resolver el problema. Luego la siguiente, y después la siguiente…
Dani disfrutaba con aquello. Las matemáticas eran una de las tantas materias que se le daban bien de forma natural. Para él, resolver esas ecuaciones resultaba tan sencillo como hacer una sopa de letras o un crucigrama de una revista. E igual de entretenido.
Rápidamente, fue llenando una hoja detrás de otra, marcando aquellos aspectos importantes para que Tommy pudiera hacerlo por sí mismo en otra ocasión. Al fin y al cabo, él no estaría siempre para echarle un cable, y mucho menos en el examen.
«Aun así, estas integrales parecen demasiado sencillas como para que Tommy no haya sido capaz de resolverlas.
Se habrá agobiado con otra cosa y ha preferido que se lo explicaras.
Igual se ha pasado la tarde pensando en Sara.
No sería la primera vez. Tendrás que pensar en algo para ayudarle con ese tema. ..».
—Ale, ahí las tiene, caballero —dijo Dani entregándole el folio lleno de ecuaciones—. Son veinte con cincuenta, por favor
—Guay. Muchísimas gracias. —Tommy recorrió rápidamente la hoja que se le había entregado—. No sé qué haría sin ti
—Yo tampoco lo sé, la verdad —Dani se recostó en la silla—. El año que viene vas a tener un problema serio como sigas así, señor futuro ingeniero industrial.
—Ya… No sé qué me pasa últimamente.
—¿Te has planteado ir a clases particulares?
—¿Para qué? Ya te tengo a ti.
—Sí, pero yo no estaré aquí siempre.
—Solo estoy un poco distraído. Eso es todo.
—Vale, vale… Oye, voy un momento al baño. —Dani se levantó de su asiento—. Ahora vengo.
«Es el momento. No volverás a tener una oportunidad tan buena, ahora que papá y mamá están hablando del tema en la cocina. No creo que en este rato hayan cambiado de tema. Tienes que ser cuidadoso».
Había un baño pasando la puerta de la cocina. Dani sabía perfectamente que sus padres le verían pasar y volverían a cesar en la conversación. Contaba con ello. Tenía que ser rápido y cuidadoso.
Abrió la puerta del baño y encendió la luz. Luego cerró por fuera la puerta. Sus padres se darían cuenta del truco, pero para cuando eso sucediera ya sería tarde, y, en caso contrario, contaría con más datos sobre lo ocurrido.
Lentamente, fue dejando caer la planta del pie en el suelo.
Levantó la otra pierna, colocó el pie delante del primero.
Despacio, muy despacio. Avanzó poco más de un metro con la misma delicadeza con la que un cirujano hace una incisión sobre una válvula aórtica.
Un par de pasos le separaban de la puerta de la cocina.
Dani calculó que sería distancia suficiente, y, en efecto, pudo captar parte de la conversación de sus padres
—… pero si es que en la nota no ponía mucho más, María —oyó decir a su padre—. ¿Qué querías que hicieran?
—Ya, ya, José Luis, pero es que es muy raro…
—Bueno, ahora ya es trabajo de los nacionales. Ellos verán.
Su madre suspiró.
—Ya sabes lo que va a pasar ahora.
—Bueno, ya cruzaremos ese puente cuando llegue.
—¿Y el niño?
—María…
Se hizo el silencio. Dani no pudo escuchar más.
Había sobrepasado el límite de tiempo, y con tanto silencio era arriesgado quedarse allí.
Giró sobre sus talones, y fue repitiendo la misma operación de segundos antes volviendo sobre sus pasos.
Abrió la puerta del baño, apagó la luz y volvió a cerrarla.
Con un poco de suerte, sus padres estarían tan enfrascados en su conversación que no se habrían percatado de que la cisterna del baño no había emitido sonido alguno.
Decidió que, para no levantar sospechas, lo mejor sería entrar directamente a la cocina con alguna excusa.
—Hey, buenas tardes.
—¿Estáis con los deberes, Daniel?
—Sí, mamá. Estamos ahí liados con ecuaciones y cosas. —Dani cogió dos tazas y las llenó de leche. Luego las metió en el microondas—. Voy a ver si le doy a este hombre de comer.
—Sácale unas galletas o algo, que no te lo tenga que pedir él.
—Vaya anfitrión estás hecho, hijo. —Su padre se levantó de la silla—. Me voy, que tengo que recoger un paquete en el cuartel. ¿Qué vamos a cenar, María?
—Lo que tú hagas cuando llegues, cielo. Yo estoy liada con las oposiciones.
—Ah, vale, vale… Intentaré llegar temprano entonces. Venga, pues me voy ya.
Su padre salió del piso, no sin antes saludar a Tommy con la mano desde la puerta.
—Sabes que nos arriesgamos a cenar una pizza de microondas, ¿no? —comentó Dani en cuanto escuchó la puerta del piso cerrarse—. Eso o una de sus famosas tortillas de atún.
—Bueno, ya irá aprendiendo a hacer más cosas. ¿Querías algo en especial?
—No, solo lo comentaba…
—Pues menos comentar, y más estudiar, anda. —Se acercó a un armario y sacó un paquete de galletas y el bote de ColaCao—. Toma, anda, que se te muere este de hambre.
—Vale, vale.
—Y otra cosa. —Su madre cambió de tono, a la par que ponía una mano sobre el hombro de su hijo para captar su atención—. Que sea la última vez que te pones a escuchar conversaciones ajenas.
A Dani se le cortó al respiración. La cuchara que sujetaba su mano derecha se quedó a medio camino entre el bote de ColaCao y una de las dos tazas que acababan de salir del microondas.
Un silencio solo interrumpido por el leve zumbido del tubo fluorescente inundó la habitación.
Por suerte, el muchacho logró dominar sus emociones para enfrentarse a su progenitora.
—No sé de qué me hablas.
—Daniel, que soy tu madre. Te conozco mejor que nadie. Mejor que tú incluso. No le he dicho nada a tu padre por ahorrarme la discusión, pero no me hace ninguna gracia. No lo vuelvas a hacer, ¿entendido?
—¿De qué estabais hablando? —Dani se enfrentó directamente a su madre. Ya que había sido descubierto, era mejor poner todas las cartas boca arriba.
—No te importa de qué estábamos hablando. —Su madre comenzó a impacientarse. Su tono había cobrado una pizca de agresividad—. Tú no vuelvas a hacerlo y punto.
—Vale.
—Vale, ¿qué?
—Vale, lo siento —dijo finalmente Dani. Era mejor retirarse ahora que aún podía evitar un daño mayor—. No lo volveré a hacer.
—Lárgate, anda, que tengo mucho que hacer.
Dani colocó toda la merienda en una bandeja y salió hacia el salón. Aún le quedaba una pequeña taquicardia del momento incómodo, pero nada que unas risas no pudieran solucionar. Comparado con las emociones que había vivido esa mañana, ese leve enfrentamiento apenas le había alterado.
Sí que era verdad que su madre le conocía demasiado bien.
Siempre pensó que si el CI era hereditario, sin duda lo habría heredado de ella.
Su madre era inteligente. Muy inteligente.
No estudió una carrera, había hecho varios módulos de Administración y Gestión, por lo que siempre encontraba puestos de trabajo en oficinas.
Allí se sentía como pez en el agua. El papeleo era lo suyo.
Además, le encantaba leer y aprender cosas nuevas.
Siempre estaba ocupada en algo. Sin duda era una criatura maravillosa.
Estar casada con un guardia civil es una vida dura.
Criar a dos hijos, una tarea difícil. Encontrar tiempo para sí misma, una misión imposible.
Aun así, María siempre encontraba tiempo para todo. Dani la admiraba mucho.
—Toma, para ti. —Dani apoyó la bandeja en la mesa.
—¡Hala, tú! ¿Me quieres cebar?
—Sí, que se acercan las Navidades.
—Bueno, de algo hay que morirse. —Tommy cogió una taza con una mano y una galleta con la otra.
—¿Tienes dudas con algún ejercicio más?
—No, tío, de momento no. Ahora, en cuanto llegue a casa, me pondré a saco con inglés, que al menos eso se me da bien.
—Sí, al menos tus padres están invirtiendo bien el dinero en esa academia. —Dani volvió a recostarse en la silla—. Un año de estos iré contigo.
El rostro de Tommy se ensombreció.
—Sí, pues… Como no sea a distancia…
—Oh, vamos, Tomasín, ya encontrarás a otro genio de las matemáticas en la universidad.
—Sí. —Tommy sonrió—. Porque no pienso coger el tren todos los fines de semana para ir a verte.
—Lo harás.
Los dos muchachos rieron tan alto que su madre tuvo que pedirles desde la cocina que bajaran la voz.
—Anda, pilla una galleta para el camino, que te acompaño a casa.
—¿No es un poco tarde? —Tommy miró la hora en el móvil—. Las siete y media. Bueno, no, no es tan tarde, pero ¿no vas a estudiar?
—Sí, luego…
Dani recogió la bandeja y las dos tazas vacías y las llevó a la cocina. Abrió el lavavajillas y fue colocando las tazas y cucharas dentro. Su madre odiaba que estuviera todo descolocado y, francamente, a él también le agobiaba demasiado ver el desorden.
—Mamá, me voy con Tommy a dar una vuelta.
—Si no estuvieras tanto tiempo con tus amigos, no tendrías que estar hasta las dos de la madrugada estudiando —dijo su madre, sin esforzarse demasiado. Solía darle mucha manga ancha a su hijo, mientras este sacara buenas notas—. Tienes que aprender a dosificar tu tiempo. Ya hablaremos tú y yo…
Ya en la calle, los dos se encaminaron hacia casa de Tommy.
Había empezado a refrescar a esa hora de la tarde, pero aún seguía sin hacer un frío invernal.
Cuando hubieran recorrido la mitad del camino los dos habrían entrado ya en calor.
No había mucha gente por las calles, a pesar de que aún no había caído la noche.
La ciudad parecía un lugar más solitario que de costumbre.
Sin duda, el mundo era un lugar más triste ahora que el Chaleco no estaba en él.
—Dani, a mí no me la das —dijo Tommy apenas se hubieron alejado unos metros del portal.
—No sé a qué te refieres. —Dani miró a su amigo extrañado.
—Tú me acompañas a casa porque quieres ir a ver a Cris.
La expresión de Dani se tornó pícara. Esbozó su característica media sonrisa, a la vez que miraba hacia el infinito soltando una pequeña carcajada. No podía mentir a su mejor amigo.