Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

E l reloj del móvil marcaba las cuatro de la tarde. Dani lo había consultado antes de tumbarse sobre su cama. Solía hacerlo cuando quería evadirse de sus pensamientos durante un rato. «Vaciar la mente», solía decir.

A lo largo del día, más de sesenta mil pensamientos cruzan la mente de una persona común. Algunos más si eres un adolescente preocupado por los exámenes, las chicas y la lucha eterna contra la sombra de su hermano. Su acelerado cerebro, en cambio, podía duplicar fácilmente ese número.

Cuando era niño, sus padres le habían llevado a un pedagogo, ya que desde una temprana edad había mostrado características de poseer una alta capacidad cognitiva.

«Superdotación», solía decirse. Y después le habían asignado una calificación, sobre la base de una serie de dibujos que había sido capaz de ordenar en un papel.

Ciento cuarenta y seis era la máxima puntuación a la que podía aspirar.

Él nunca se había sentido demasiado diferente a los demás.

Claro que, si lo fuera, ¿cómo lo sabría?

A veces la gente, al oírle hablar, decía: «Cómo se nota que el muchacho es listo».

Dani nunca lo había entendido. Solía preguntarse cómo sería vivir en una cabeza sin tantas preocupaciones, sin que todo tuviera que pasar por un minucioso proceso de análisis hasta encajar todas las piezas. Ahora le sucedía exactamente lo mismo.

¿Por qué habría tantos agentes allí? Desde luego, tenía que ocurrir algo más de lo que a simple vista parecía.

¿Cómo habría muerto el Chaleco? «Si hubiera sido una muerte natural, habría que haber realizado una autopsia para determinar la causa.

Un profesor de unos cincuenta años no cae muerto así como así sin más.

Habría que indagar un poco más, pero no sería necesaria la presencia de tantos agentes.

Tiene que haber algo sospechoso en las circunstancias de su muerte.

¿Quizás haya signos de violencia en la casa?

¿El profesor presentaba heridas? Estás teorizando mucho sin tener ningún dato. Es mejor no seguir por este camino».

Se levantó de la cama de un salto. Aún faltaba largo rato para que Tommy llegara a casa. Era hora de hacer algo productivo. Se quitó la camiseta y se puso un pantalón de chándal.

Su habitación no era demasiado grande, pero le permitía cierta movilidad para hacer ejercicio.

Se tiró al suelo a un lado de la cama, apoyó ambas manos, tensó los abdominales, y comenzó a flexionar los brazos hasta tocar el suelo.

Luego arriba de nuevo. Con cada flexión, notaba cómo su corazón comenzaba a bombear más rápidamente.

«Cinco series de veinte repeticiones hoy. Eso para empezar. A ver si con el ejercicio te llega más sangre a la cabeza y piensas mejor. Creo que falta algo…».

Acabada la primera serie, se levantó y puso música con el móvil.

Sus padres estaban acostumbrados a los ejercicios de su hijo.

A Dani le gustaba entrenar solo en la habitación.

Era su pequeño reino. Su templo. Un espacio donde podía relajarse, pensar e intentar desarrollar su musculatura sin distracciones.

Y como tal la trataba. Siempre estaba ordenada y nunca había ropa ni libros tirados por el suelo.

Todo estaba cuidadosamente colocado en su sitio para transmitir una sensación de armonía, y para permitir el mayor rango de movimiento posible a la hora de hacer ejercicio.

Las paredes estaban pintadas de un color azul que siempre le recordó el color del agua característico de los anuncios de playas en el Caribe.

Un escritorio blanco ocupaba la práctica totalidad de la pared opuesta a la puerta, dejando sitio solo para una pequeña cómoda de madera.

Un armario empotrado, una cama y una estantería colgante en la pared completaban el mobiliario de sus dominios.

Afortunadamente, había un espacio suficiente entre la cama y el armario para poder dedicarse a sus ejercicios.

Una melodía propia de un gimnasio inundaba la habitación. Dani se había percatado hacía tiempo del efecto que la música podía ejercer sobre las personas, según la canción. Y, en este caso, estaba más que dispuesto a dejarse influir por una canción «cañera» que aumentara su rendimiento deportivo.

Pronto el ambiente de la habitación comenzó a estar cargado, y su piel comenzó a estar sembrada de perlas de sudor. El entrenamiento estaba haciendo su efecto.

Terminó la última serie con esfuerzo. Notó la congestión en sus pectorales y brazos.

El entrenamiento había hecho que estos se inflamaran momentáneamente.

Sabía que ese estado no duraría mucho, pero le hacían parecer algo más musculoso frente al espejo.

Era inevitable disfrutar de aquella sensación.

«Vamos con unos abdominales».

Aunque su entrenamiento era más una autoimposición que una afición, esa tarde estaba especialmente motivado. Había sido una mañana muy larga, demasiado cargada de emociones. Necesitaba liberar mucha tensión.

Cuando por fin terminó su sesión, se encontraba realmente cansado. Quizás se habría sobreesforzado por el exceso de motivación esa tarde. Cogió ropa limpia y se metió en el baño para ducharse. Se miró en el espejo por segunda vez ese día.

Su torso desnudo seguía estando igual de delgado que siempre, a pesar de la congestión por el entrenamiento. Nunca había estado demasiado musculado, pero al menos podía contarse los abdominales.

Veinte minutos después, Dani volvías a estar tumbado sobre su cama.

Con el cuerpo dolorido por el entrenamiento y la sensación de bienestar que solo una ducha es capaz de producir.

Miraba al techo blanco de su habitación, como si las respuestas a todas sus preguntas fueran a aparecer dibujadas sobre ese lienzo vacío.

Por un instante, volvió a pensar en Cris.

La imaginó pintando a esa mujer con el violín que le había dicho horas antes.

La verdad era que estaba preciosa cuando pintaba.

Solía concentrarse al cien por cien en lo que estaba haciendo, como si el resto del mundo desapareciera y solo existieran ella, el lienzo y aquello que quería plasmar comenzando poco a poco a cobrar vida en él. Le encantaba observar esa escena.

El timbre del portero automático sonó. Su mejor amigo habría llegado, sin duda.

Dani no se movió de la cama. Sabía que su madre no le daría tiempo a llegar hasta el telefonillo.

Desde su posición horizontal escuchó el ruido del ascensor descendiendo hasta el bajo, y nuevamente subiendo hasta la planta en la que vivía. Su madre estaba esperando en la puerta.

—Hola, Tomás. —Le oyó decir—. ¿Cómo están tus padres?

—Muy bien. En casa les he dejado, je, je.

—Ah, bien, muy bien. Pasa. Dani está en su habitación.

Unos segundos después, alguien llamó a su puerta.

—Pasa, chaval, pasa —dijo Dani desde la cama, mientras cruzaba los brazos tras la nuca adoptando una postura chulesca.

Tommy entró en la habitación. Se había cambiado de ropa desde la mañana.

El abrigo había desaparecido, probablemente a causa del paseo que habría tenido que darse hasta la casa de su amigo.

En su lugar, se encontraba una camiseta color burdeos bajo una chaqueta de cuero negro.

A Tommy le encantaba esa chaqueta. Siempre decía que le daba un aspecto de malote, que seguramente le haría irresistible ante las chicas.

Un poder del que carecía la chaqueta, al menos cuando él la llevaba puesta.

—Uf. —Tommy arrugó la nariz en cuanto entró—. Aquí huele a tigre, tío. ¿Has estado otra vez machacándote?

—Qué raro. Mira que he abierto la ventana —respondió Dani, levantándose de un salto de la cama—. Vamos mejor al salón, que estaremos más cómodos.

De camino a la sala de estar, Dani pudo observar que sus padres se encontraban sentados en la cocina, en el mismo sitio en el que la familia había comenzado el día desayunando. Los dos estaban hablando en voz baja, pero cesaron la conversación en cuanto vieron pasar a los dos chicos.

«¿Papá le estará contando algo que haya averiguado sobre la muerte del Chaleco?

Te estás obsesionando con este tema, admítelo.

Es probable que no haya nada raro en su muerte.

La gente muere, punto. Pero era tan joven…

Algo debe haber averiguado papá, al hablar con los agentes en su casa.

Si no, ¿para qué habría ido? Están hablando demasiado bajo.

Va a ser difícil escuchar lo que dicen. A menos que… ».

Ya en el salón, los dos amigos se sentaron a la mesa. Siendo la habitación más grande de la casa, contaba con un amplio espacio para contener una gran mesa con capacidad para al menos seis personas alrededor. Un par de sofás, una televisión y algunos muebles más componían el mobiliario de la sala.

A pesar del tamaño de la mesa, los dos se las apañaron para cubrir toda su superficie rápidamente con cuadernos, bolígrafos y demás utensilios propios de dos estudiantes de bachillerato.

Acostumbrados a esta situación habitual, en la que Tommy necesitaba el consejo de Dani, sus padres habían desistido de dejar ningún tipo de elemento decorativo encima de esta.

—Vamos a ver —dijo Dani en cuanto los dos se hubieron acomodado—. A ver esas integrales.

—Mira, estas de aquí son con las que más problemas tengo.

Tommy extrajo de un cuaderno una hoja llena de fórmulas de integrales, que constituían los múltiples ejercicios que debían realizar los alumnos. Una a una le fue señalando las ecuaciones problemáticas a su amigo.

—Ah, bueno. Pero si estas son muy fáciles —sentenció Dani tras un breve vistazo—. Si lo llego a saber...

—Para ti todas son fáciles, bastardo.

—¿Con esa boca quieres besar a Sara?

—¡Tío! —Tommy bajó la voz—. Que nos pueden oír tus padres...

—Cierto, y podrían contárselo —dijo Dani, con tono de falsa seriedad—. Veamos, anda. Te explico la primera...