Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Una de las casas se encontraba rodeada por un cordón policial.

Dani pudo ver a dos agentes dentro de este, protegiendo la integridad del lugar e impidiendo que se acercaran los curiosos y vecinos.

La puerta estaba abierta, por lo que supuso que habría más dentro.

A otro lado del perímetro se encontraba también una ambulancia.

Probablemente, para certificar la muerte del profesor y proceder con el levantamiento del cadáver. No pudo evitar sentir un escalofrío.

A medida que se iban acercando al lugar, pudo sentir cómo se le erizaba cada pelo de su cuerpo.

De repente, la casa incluso le pareció siniestra.

La disposición de las ventanas, la entrada…

La oscuridad al otro lado de la puerta se le antojó la forma de una boca abierta dispuesta a tragarle sin piedad.

Las ventanas superiores eran como dos ojos blancos, sin pupila ni iris, pero que sabía que le estaban mirando directamente a él.

Había algo dentro de esa casa que estaba absorbiendo la felicidad. Era como si emanara frío.

Aparcaron lo más cerca posible del lugar. José Luis miró a su hijo, con una expresión entre ligera preocupación y gran curiosidad.

—¿Estás bien? —preguntó antes de sacar la llave del contacto—. ¿Te… te sientes bien?

—Sí, perfectamente, tranquilo. —Dani hizo un esfuerzo por dominarse. No quería mostrar debilidad, y menos ante su padre. Aunque aquel edificio le pusiera los pelos de punta, simplemente era una casa.

—De acuerdo, pues… Ahora vuelvo.

Su padre salió del coche cerrando la puerta tras de sí.

Por fin pudo relajarse, al ver cómo se alejaba del vehículo.

Inspiró y espiró profundamente un par de veces.

Observó cómo se acercaba al cordón policial, y tras intercambiar un par de palabras con el agente al otro lado, atravesaba la cinta blanca y roja.

Sin embargo, no entró en la casa. En lugar de eso, permaneció hablando como hasta el momento.

Resultaba curioso ver a los dos uniformados con colores tan distintos.

Rápidamente, sacó el móvil. Necesitaba distraerse. Buscó entre los contactos de WhatsApp.

«¿Cris? No, mejor que no. Necesitas algo alegre, que te dé conversación y te distraiga. Tommy, sí. Mejor Tommy».

Abrió la última conversación con su amigo.

—¿Cómo va la mañana, señor?

—Puf, no puedo hablar, tío —escribió Tommy, unos segundos después—. Mi madre me ha puesto a hacer deberes en cuanto he llegado. Para aprovechar el día dice. Vaya tela…

—Entiendo, entiendo. Venga, te dejo. Hasta la tarde.

Dani levantó la cabeza, apartando la mirada de su teléfono móvil y dirigiéndola hacia la escena que tenía delante.

De repente, sintió una punzada desagradable en el estómago, en el lado derecho de su cuerpo.

Tuvo que hacer un esfuerzo para no marearse.

Si la casa le había dejado mal cuerpo, esta nueva punzada le estaba revolviendo por dentro.

Instintivamente, miró hacia el lado que le molestaba, como si algo en esa dirección le estuviera llamando.

No pudo evitar fijarse en que su padre ya no estaba hablando con la policía local, sino con dos hombres trajeados.

Parecían personas importantes; altos ejecutivos, empresarios… Algo por estilo, pensó Dani.

«¿Serán familiares del Chaleco? Seguramente. No creo que sean los dueños de la funeraria. ¿Qué sentido tendría que estuvieran hablando con un guardia civil como papá? Deben de ser sobrinos, o parientes lejanos seguramente…».

Dos personas más se acercaron al grupo. Se trataba de una pareja de ancianos, un hombre y una mujer, que perfectamente podrían ser los hermanos del Chaleco. El padre de Dani les estrechó la mano a ambos, realizando lo que a Dani le pareció una pequeña reverencia con la cabeza.

«Estos dos sí que deben ser familiares del Chaleco, por la edad que tienen, por lo que los otros dos hombres deben serlo también. Papá les estará dando el pésame, e informándoles de la situación seguramente».

Dani pensó que no merecía la pena seguir especulando sobre la identidad de tantas personas.

Era poco probable que lo descubriera, y, aunque lo hiciera, ¿de qué le iba a servir?

Además, seguía encontrándose mal y, si no se distraía, acabaría vomitando en el coche de su padre.

Decidió que sería mucho más interesante hablar con Cris, por lo que volvió a dirigir su atención hacia su teléfono móvil.

—Buenos días, señorita. —Escribió las palabras no sin cierto temor según tecleaba.

—Hola.

—Siempre tan simpática, je, je. ¿Qué haces?

—Pinto. Ya que nos han dado el día libre, he sacado un lienzo nuevo.

—Vaya, ¿y qué pintas?

—A una chica tocando el violín. Oye, te dejo, que quiero acabarlo antes de comer.

Afortunadamente para Dani, su padre acaba de abrir la puerta del coche. Guardó su móvil en cuanto este se acomodó en el asiento.

—Bueno, pues ya está —dijo su padre antes de arrancar—. ¿Cómo estás?

—Igual que hace cinco minutos, gracias.

—Pero… ¿Estás bien?

—Papá, estoy bien. —El tono de Dani comenzaba a volverse impaciente. Quería alejarse de allí lo antes posible, y las inquisitivas preguntas de su padre le estaban agobiando aún más—. Vámonos a casa, por favor.

Su padre pareció entender el mensaje, porque arrancó el coche sin decir nada más. Al dar la vuelta, no pudo evitar mirar la casa de reojo.

«¿Qué es lo que te da tanto miedo? Solo es una casa. No puede hacerte nada. O quizás no sea la casa, sino…».