Capítulo 2
U n silencio sepulcral envolvió el aula. Nadie que hubiera pasado por delante de la puerta en aquel momento habría jurado que tras ella se encontraba una treintena de adolescentes reunidos.
«¿El Chaleco? ¿Muerto? Eso no es posible.
Sencillamente no es posible. No…». La mente de Dani experimentó un centenar de emociones simultáneamente.
Un vacío tremendo provocado por el shock de la noticia que acababa de escuchar.
Tristeza por el cariño que le había cogido al viejo en esos años.
Un instante de decepción ante la perspectiva de no poder hacer el examen para el que tanto se había preparado.
Una tremenda ansiedad por saber qué habría ocurrido
Ricardo rompió el silencio tras permitir unos segundos para que los presentes asimilaran la noticia.
—Como comprenderéis, con motivo de esta trágica noticia, se van a suspender las clases de hoy.
Algunos de nuestros compañeros han pedido el día de descanso y…
—titubeó—. Bueno, hemos considerado que es lo mejor.
Para todos. Así que iros a casa y mañana todos aquí.
Hemos enviado un e-mail a vuestros padres avisando de la situación.
No dijo nada más y abandonó la habitación, sin salir corriendo, pero con cierta urgencia. Dani no llegó a adivinar si había salido para evitar echarse a llorar delante de los jóvenes a los que debía imponer respeto, o porque simplemente tenía muchas clases a las que avisar.
Todos comenzaron a recoger, al principio sin hablar, aunque poco a poco se fueron oyendo algunos murmullos que rompieron el sobrecogedor silencio que había provocado Ricardo con su nefasta noticia.
—Uf, qué putada, ¿no? —comentó Tommy mientras guardaba los folios en blanco que había preparado para el control—. Bueno, tío, al menos nos hemos librado del examen.
Dani no respondió inmediatamente, la tormenta de emociones se había convertido en un torbellino de pensamientos en su cabeza. Le costaba mantener su conversación con Tommy, a la vez que discutía dentro de su cabeza.
—Yo qué sé… —empezó a decir con tono despreocupado, intentando restarle importancia al asunto—.
Me lo había preparado tan bien… Me da rabia.
Pero es muy fuerte, ¿no? —dijo de repente con un tono que comenzaba a tornarse ansioso— A ver, el Chaleco estaba mayor, pero ¿cuántos años podía tener?
¿Cincuenta? ¿Sesenta? No es una edad a la que se suela morir de repente.
Podríamos pensar que ha sufrido un infarto, habría que revisar el historial de su familia, pero su trabajo no era especialmente estresante como para…
— Wow , ¡para! —dijo de repente Tommy cortando la exposición de su amigo—. Me asustas cuando te pones en plan Sherlock.
Dani lo sabía muy bien. Solía tener mucho cuidado de esconder esa faceta suya.
Cuando su cerebro cogía algo era difícil que lo soltara, y la repentina muerte del profesor se le antojaba un misterio.
Quizás era cierto que algunas cosas simplemente ocurrían sin una razón, pero había algo en todo aquello que no le cuadraba.
En su mente vislumbraba toda la cadena de hechos como si fueran piezas de un puzle perfectamente formado, y, en el medio, una de ellas tenía una forma distinta que la hacía imposible de encajar.
Le fastidiaba sobremanera no saber qué había fuera de lugar. Le hacía sentir impotente.
Sin embargo, de momento solo sabía que había fallecido, y era inútil intentar sacar más conclusiones solamente con esa información.
Seguramente al llegar a casa podría enterarse de más.
A su padre no le gustaba comentar asuntos de trabajo en casa, pero algún cotilleo habría, y tal vez podría robar alguna conversación entre sus padres o algún vecino…
El hilo de pensamientos se interrumpió en su cabeza. Tommy acababa de pasarle la mano varias veces por delante la cara, con un gesto similar al de las películas, como si quisiera comprobar si estaba dormido. Tendría que dejarlo para más adelante.
—Bueno, tío, pues ya está —dijo Dani echándose la mochila al hombro—. A casita a descansar.
—Ya, ya. A mí no me la das. Te vas a poner a saco con los deberes de mates.
—Me conoces demasiado bien —respondió tras soltar una carcajada.
—Ya te digo. Pues, oye, igual podría pasarme un rato por tu casa y…
—¿Las integrales otra vez?
—Sí, hijo, sí. No me dejan vivir. Ya has visto lo que me ha costado cuando he salido a la pizarra. Creo que no he puesto bien ni el enunciado. Y mira que como cereales todos los días…
—Si le cuentas esos chistes a Sara, entiendo que no te la ligues.
—Al final te doy.
—¿Tantas ganas tienes de hacerte daño?
Los dos chicos salieron riendo del aula, caminando despreocupadamente por los pasillos. Era el cambio de contexto que Dani necesitaba. Había acumulado mucha tensión tras tantos giros repentinos esa mañana. Si había algo que odiara (aparte de que lo compararan con Toni) eran los cambios inesperados.
****
Estaban a punto de atravesar la puerta principal cuando Dani reconoció un uniforme verde oscuro que le resultaba familiar.
Su padre se hallaba parado delante de su coche, con las luces de emergencia puestas a apenas cuatro metros delante de la entrada.
Tenía una expresión de impaciencia, escudriñando el rostro de todos los jóvenes que abandonaban el centro en ese momento. Debía de llevar un rato esperando.
Los dos chicos se acercaron al guardia civil.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Dani en cuanto se acercó, sin intentar ocultar la poca gracia que le hacía su presencia en aquellos momentos
—Un compañero me ha avisado por radio. Esto es un pueblo pequeño, y como he recibido el e-mail de tus profesores en el móvil, me he venido. Anda, sube, que te llevo.
Ciertamente, vivían en un pueblo pequeño.
Se encontraban en una de las localidades que rodean la periferia de Madrid.
Aunque estaban a apenas una hora de la capital del país, el pueblecito no contaba con más de cuarenta mil habitantes.
Un municipio pequeño, tranquilo, en el que rara vez ocurría algo tan inusitado.
Dani miró a Tommy.
—¿Nos vemos luego?
—Sí, porfa. Que necesito que me eches un cable
—No hay problema. ¿A las seis en mi casa?
—Vale, tío. Hasta luego.
Tommy se alejó en dirección a su casa. Dani se subió al coche por el lado del copiloto.
Siempre lo hacía. Incluso cuando su padre iba a buscarle con el coche patrulla.
Nunca le había intimidado. En esta ocasión iban en el Renault Megane verde de su padre.
El color del coche siempre le había recordado al del jade.
Ni muy claro, ni muy oscuro, ni muy chillón.
Era un tono que transmitía tranquilidad.
—Bueno, ¿cómo estás? —preguntó su padre, una vez que el vehículo se puso en marcha.
—Con hambre. ¿Y tú?
—Bueno… ¿Hacía mucho que conocías al profesor? Te daba Química, ¿no?
—¿Me estás interrogando? —replicó Dani, cruzando los brazos sin abandonar su tono sarcástico—. ¿Llamo a mi abogado?
—Bueno, Daniel… Ya te dejo tranquilo.
Sintió un atisbo de culpabilidad. Era una sensación que nacía en el pecho y rápidamente invadía el estómago, provocando la necesidad de decir o hacer algo que la eliminara. Notó cómo el sentimiento crecía en sus entrañas, como un fuego que le quemaba, hasta que, finalmente, alcanzó el cerebro.
En el fondo, sabía que su padre no tenía malas intenciones y que solo se preocupaba por él.
Sus respuestas eran a menudo provocadas por años de resentimiento, heridas no cerradas que habían creado una imagen de su progenitor que, por mucho que este se esforzara en corregirla, se había enquistado en su mente.
—Hacía dos años que le conocía —dijo finalmente Dani, para aliviar su culpa—. Me ha dado clase durante todo el bachillerato. Alguna vez fui a verle al despacho, y estuvimos hablando… Me contaba cosas…, ya sabes.
—¿Qué te contaba?
—Cosas de la universidad. De cómo era. De cómo iba a ser mi vida allí… Ese tipo de cosas. Fueron solo un par de veces. Tampoco éramos amigos.
—Ya veo… Bueno, tú tranquilo, hijo. Estas cosas pasan. Yo las veo a menudo, ya lo sabes. Lo importante es que te centres en los estudios y ya está. Que esto no te estropee el trimestre.
«Claro, cómo no. Los estudios. Lo importante son los estudios. Lo importante es que llegues a ser como tu hermano, ¿verdad? Ni aun así estarías contento. Me saca de mis… Un momento…».
—¿Por qué vamos por aquí? —preguntó Dani de repente—. Vaya rodeo vamos a dar para ir a casa, ¿no?
—Bueno… No vamos exactamente «a casa». Antes tenemos que pasar por un sitio. Van a ser diez minutos, ya lo verás.
—¿Y dónde es?
—Bueno… —Su padre guardó silencio unos segundos antes de responder—. Tenemos que pasar por la casa de tu profesor. Me han pedido que me acerque por unos asuntos… No te puedo contar cosas del trabajo. Ya lo sabes, Daniel.
«Qué extraño. ¿Habrá muerto en circunstancias sospechosas? ¿Habrá sido un asesinato? Si hubiera sido una muerte natural, habría bastado con un par de agentes de la policía municipales. O nacionales como mucho. Pero la Guardia Civil…».
Llegaron a la zona alta del pueblo. Era una zona para gente adinerada.
Normalmente, estaba habitada por algunos jubilados pudientes, antiguamente residentes de Madrid, que querían retirarse a pasar sus últimos días a una zona menos ajetreada que el centro, pero sin alejarse demasiado de la ciudad.
Por supuesto, también había alguna que otra familia más joven, pero su número era más limitado.
Las fachadas de las casas evidenciaban el poder adquisitivo de sus habitantes.
Se trataba de unifamiliares de gran tamaño, con no menos de dos plantas cada una, con piscina incluida.
«¿Cuál debe ser el sueldo de un profesor? Nunca habría imaginado que el Chaleco vivía aquí. Lo cierto es que son bonitas las casas. Algún día deberíamos tener una así».