Capítulo 1 #2
—¿Qué tal, tío? —preguntó Tommy, cuando se encontraba a apenas unos metros de su amigo.
—Bueno, no puedo quejarme. Con un sueño de cojones, eso sí…
—Ah, ¿anoche hubo tema con Cris o qué? —Tommy golpeó ligeramente el costado de Dani con el codo mientras hacía la pregunta.
—¿La noche antes de un examen? Tú flipas.
—Ah, claro, claro. ¿Cómo va el señor a sacrificar una hora de estudio por un polvo? Dios no lo quiera… Con la suerte que tienes, tío. Tienes una novia que está buenísima y casi no quedas con ella.
—Cris no es mi novia —respondió Dani con indiferencia.
Y era verdad. Ambas afirmaciones lo eran. Por un lado, tenía una suerte increíble. Cris era una alumna de su instituto, haciendo el bachillerato de Arte. Una chica bastante singular, con un objetivo claro en la vida desde que en su octavo cumpleaños le habían regalado un estuche con acuarelas.
Dani y ella se habían conocido en el instituto, y hacía unos meses habían perdido la virginidad juntos.
Surgió bastante improvisado, una noche de series y manta.
Desde entonces habían estado quedando a menudo, ya que los padres de Cris eran médicos de hospital y solían tener guardias frecuentemente, lo que dejaba su casa vacía y les proporcionaba el escenario perfecto para su pasión juvenil.
Pero, por otro lado, aunque Dani le tenía aprecio, nunca la vio como algo más que a una amiga.
De hecho, y por raro que pareciera, se sentía más cómodo contándole sus intimidades a Tommy que a Cris.
La chica podía ser bastante fría en ocasiones.
Quizás sería verdad eso de que las mujeres maduran antes que los hombres y pueden separar el deseo del amor.
Dani siempre había pensado que si algún día se enamoraba de alguna chica, no sería como Cris.
En cualquier caso, y aunque hubieran sido pareja, las prioridades de Dani siempre habían estado claras: tenía que ser el mejor.
Tenía que escapar de la sombra de su hermano, y no se iba a permitir ninguna distracción que le alejara de ese camino.
Su dedicación podía llegar a considerarse a veces obsesiva.
Había invertido muchas horas estudiando.
Clases particulares en verano, dos academias de idiomas para hablar inglés y alemán con bastante fluidez.
Flexiones y abdominales en casa antes de cenar…
Una vida de dedicación. Y el examen de hoy sería solo un paso más que le acercaría a su meta.
Por supuesto, nada de eso sería suficiente para su padre, pero ya había desistido de esa misión.
—Vale, vale, lo que tú digas, pero… Joder, qué suerte tienes. Ojalá Sara me hiciera caso.
—Tampoco te pierdes mucho, ¿eh? Ya te llegará. Podría ser peor. Podrías no haber besado nunca a una chica.
—Ya, eso sí… No sé qué hacer, tío.
—No te voy a decir que seas tú mismo porque está claro que eso no te funciona. —Los dos rieron—. Pero qué sé yo. En la universidad conoceremos a más chicas. Ya te llegará.
—Ya, ya… Bueno, ¿y qué tal llevas el examen?
—La duda ofende, señor.
—Puff, el «puto» Dani. El día que suspendas algún examen se acabará el mundo.
—Pues reza para qué Sara se fije en ti antes.
—Serás…
Por fin los dos chicos alcanzaron el instituto. Era mejor cesar la conversación sobre las chicas en ese punto. Podrían encontrárselas en cualquier momento a partir de entonces, y no sería agradable que los escucharan hablando de ellas.
Ya en su clase, se sentaron en sus correspondientes pupitres.
Sobra decir que se sentaban juntos. La distribución consistía en una serie de sillas y mesas agrupadas en parejas a lo largo de cuatro filas hasta el final del aula.
Desde ese sitio, al final de la fila más cercana a la puerta, Dani y Tommy habían compartido multitud de risas, ideas y sueños para cuando salieran de allí. Iba a echarlo de menos.
Eran los últimos en llegar a clase, pero la profesora aún no había llegado. De hecho, la clase debería haber empezado hacía ya diez minutos.
—¿Crees que estará enferma? —preguntó Tommy en voz baja, como si temiera que la profesora le oyera a pesar de no haber llegado aún—. Nos lo podían haber dicho. Habríamos dormido una hora más.
—Lo dudo. Hay más posibilidades de que se haya muerto el Chaleco y te libres del examen.
De repente, Antonia entró cargando sus libros como de costumbre.
Era una profesora bajita, algo entrada en años.
Al igual que muchos de sus compañeros, iba siempre a las clases llevando una bata blanca por encima de su ropa, cómo si su trabajo se desarrollara en un laboratorio.
Algo típico en los profesores que imparten asignaturas de ciencias.
Su cara, ahora salpicada por algunas arrugas, sumada a su siempre alegre semblante, transmitía ternura a todos sus alumnos.
Le gustaba tener un trato cercano con los chicos, y se relacionaba con ellos con cierta familiaridad. Sin embargo, mantenía algunas manías, fruto de intentar compensar esa cercanía con profesionalidad.
Una de estas manías era llamarlos por sus apellidos. Tenía la creencia de que eso ayudaba a dejar clara la posición que ocupaba cada uno dentro de la clase. Ella era la profesora, y tenía la autoridad. Ellos eran los alumnos, y debían obedecer. Era amable y educada, pero a la vez dura e inflexible.
—Buenos días, chicos —dijo en cuanto acomodó la montaña de libros en el escritorio del profesor—. Id sacando la hoja de ejercicios que os di, que hoy los vamos a corregir.
Lo último que necesitaba Dani era ponerse a pensar en otra materia antes del examen de Química.
Sin embargo, poco podía hacerse. Los profesores siempre se creen que la suya es la única asignatura que tienen sus alumnos, y no les importa que estén demasiado preocupados por un examen en la siguiente hora.
Para colmo de males, Antonia se fijó en que él había sido el primero en sacar la hoja de ejercicios.
—Carrasco, ya que los tienes a mano, sal a la pizarra a corregir el primero.
No tenía más remedio que obedecer, así que se levantó, y comenzó a escribir en la pizarra el enunciado, seguido de la resolución. Se trataba de una clásica integral, de las que podían resolverse aplicando el método de «por partes». Dani no había tenido problema con ella.
—Muy bien, Carrasco —dijo Antonia, tras revisar las ecuaciones, y su correspondiente explicación, que Dani había copiado en la pizarra—. Siguiente, Suárez.
El resto de la clase transcurrió de la misma forma.
Llegados a este curso académico, gran parte de las clases tenían una estructura similar: se trataban de realizar ejercicios parecidos a los que se encontrarían en los exámenes de selectividad.
Esa era la «otra» única cosa que preocupaba a unos adolescentes de su edad.
Cuando terminó a clase, Antonia les repartió una nueva hoja de ejercicios para corregirlos en la siguiente clase. La práctica habitual, hasta que cambiaran de temario.
Finalmente, llegó la hora del examen. Como era costumbre, ya habían separado las parejas de pupitres antes de que el profesor llegara al aula. Habían aprendido por las malas que, cuanto menos tiempo perdieran en colocarse, más tiempo tendrían para realizar el examen.
El Chaleco llegaba tarde, igual que Antonia.
—Diez minutos tarde… —comentó Tommy—. Espero que nos dé luego más tiempo para hacer el examen.
—Seguro que sí, tío. Si no, se lo decimos. No es culpa nuestra que llegue tarde.
—Puff, encima de que no lo llevo nada bien porque…
No pudo acabar la frase. Ricardo, el director del instituto, entró por la puerta apresuradamente.
Tenía una inusitada cara de preocupación.
La templanza que se había empeñado en mostrar durante tantos años de ejercer la enseñanza parecía haberse esfumado.
Dani pudo apreciar que hacía un esfuerzo por dominar sus emociones cuando se dirigió a la clase.
—Chicos, tengo que comunicaros algo. Hemos pensado que es mejor que lo sepáis por nosotros. Vuestro profesor de Química, Silvestre, ha sido encontrado muerto esta mañana en su casa.