Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 1
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Coat (La llama de tres puntas 1)

Coat (La llama de tres puntas 1)

Por Andrés Vendicare

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Capítulo 1

E ran las siete menos cuarto de la mañana.

La alarma del móvil sonó como cada día a esa hora, sacando a Dani de su sueño con la misma contundencia con la que un coche a ochenta kilómetros por hora choca contra una pared de hormigón armado.

Siempre había pensado que era la metáfora perfecta, ya que el sueño, aunque no estés soñando, produce la misma sensación que ir sentado en un coche mirando por la ventana, dejándote llevar, hasta que el despertador te saca del viaje sin ningún aviso ni piedad.

Apagó la alarma y puso los pies en el suelo.

Enseguida notó la sensación de frío de una mañana de mediados de noviembre.

Las Navidades estaban cerca y las temperaturas hacía tiempo que habían comenzado a bajar, anunciando el próximo invierno.

Otra mañana más en la vida de un estudiante de segundo de bachillerato.

De camino al baño, Dani pasó por delante de la habitación de su hermano. La puerta estaba cerrada. Había permanecido así unos seis meses más o menos, desde la última vez que el mayor de los Carrasco la había ocupado.

Un frío impulso eléctrico subió por su cuerpo, desde los talones hasta la nuca, recorriendo toda su espina dorsal.

No es que tuviera miedo de lo que pudiera haber al otro lado.

Aun cuando la puerta había estado abierta y se podía ver el interior, ese sitio siempre le daba escalofríos.

Tampoco es que la habitación tuviera nada de especial: cuatro paredes blancas, una cama, un escritorio, dos estanterías de libros…

No era la habitación en sí, sino la persona que había vivido dentro. Su hermano causaba ese efecto en él. Intimidatorio, autoritario… Era como si ese lugar aún conservara su esencia. Como si su cama hubiera absorbido parte de su espíritu tras tantos años reposando sobre ella.

Al llegar al baño, un rostro cansado le devolvió la mirada al otro lado del espejo.

Al parecer, cinco horas de sueño no eran suficientes para un adolescente de diecisiete años.

Aun en la flor de la vida y con las hormonas a tope, el cuerpo comenzaba a resentirse de las noches en vela.

La forma de las ojeras era más que evidente bajo sus ojos.

Aparte de su aspecto de cansado, Dani era un chico más o menos atractivo: ojos azules, pelo rubio.

Ni demasiado escuálido ni demasiado fofo.

Nunca le habían interesado demasiado los deportes, pero se mantenía en forma en casa.

El acné juvenil tampoco se había cebado en exceso con su rostro.

No más de un par de puntos manchaban la parte inferior de su mejilla izquierda.

Incluso le parecía gracioso. Le daban un aspecto maduro, o eso pensaba él.

Al otro lado de la puerta sintió que el resto de la casa comenzaba a cobrar vida. La luz se encendió en la habitación de sus padres a la vez que el colchón crujía indicando que un cuerpo se levantaba de él.

Dani odiaba tener que interactuar por las mañanas.

Durante la primera hora de cada día, sus funciones cerebrales parecían estar casi totalmente inactivas, conservando únicamente un instinto animal básico de supervivencia que le permitía encender el microondas y llevarse la comida a la boca.

Siempre pensó que, considerando los logros que su mente era capaz de realizar durante las otras quince horas del día, pasar ese tiempo como si fuera un zombi era un precio pequeño que pagar.

Uno de los muchos rasgos que compartía con su hermano.

Por desgracia para él, el resto del mundo no pensaba igual.

—Daniel, ¿quieres unas tostadas hoy? Siempre te comes dos galletas para desayunar y algún día te va a dar algo. ¡Tienes que comer, hijo! ¿Hoy te toca Educación Física? A ver si te vas a ir sin el chándal…

Dani contestó a su madre con un movimiento de cabeza.

Sus preguntas le resultaban tan complicadas en esos momentos como resolver una ecuación de cinco variables.

Se limitó a meter un vaso de leche en el microondas y sacar las galletas del armario.

No era el desayuno más sano del mundo, pero sus padres no le permitían hacerse una tortilla cada día como le gustaría.

El miedo al colesterol había calado muy hondo en la sociedad, no así el miedo a los azúcares refinados.

Así que Dani hacía de tripas corazón y comenzaba el día de la forma más convencional posible.

—Daniel, haz caso a tu madre, hombre —ordenó su padre, perturbando nuevamente la paz de su mente. Cada palabra que resonaba en su cabeza le resultaba tan dolorosa como si le estuvieran clavando agujas en el cerebro—. Todos los días igual…

El café ya podía olerse por toda la cocina.

Un lujo que a él le estaba prohibido. No estaba bien visto que a los diecisiete años un chaval empezara a aficionarse a la cafeína.

Por desgracia para sus padres, esto hacía que las funciones del cerebro de Dani tardaran más tiempo en encenderse de forma correcta.

Aun así, la luz fluorescente de la cocina comenzó a hacer efecto en los reflejos motores del muchacho.

El dolor de cabeza propio de un despertar brusco tras unas insuficientes cinco horas de sueño había empezado a atenuarse y pudo articular una respuesta.

—Hoy no, mamá.

Ni él mismo se creía que hubiera conseguido pronunciar esas tres palabras.

Sus padres se sentaron en la mesa, encendieron la televisión y comenzaron a comentar el telediario mañanero.

Nunca entendería de dónde sacaban tanta energía por las mañanas.

Dani recordó una escena, varios años atrás, cuando su hermano aún vivía con ellos.

Los dos chicos con la mirada perdida durante el desayuno, sin interactuar con nadie.

En esos momentos, todos respetaban el silencio por la mañana.

Como si se tratase de una meditación sagrada que, de ser interrumpida, causaría una terrible catástrofe.

Media hora más tarde, Dani estaba vestido para ir a clase. Unos vaqueros, una camisa abierta sobre una camiseta y unas deportivas de tonos blancos y negros. Nunca le había molestado demasiado el frío, y aún no hacía el suficiente como para que le obligaran a usar un abrigo.

En el pasillo se cruzó con su padre, vestido de uniforme. El sargento de la Guardia Civil, José Luis Carrasco, miró a su hijo de arriba abajo.

—¿Así vas a ir a clase? —preguntó mientras arqueaba una ceja, sin dejar de recorrer la vestimenta de su hijo con la mirada.

—Claramente no. No sé por qué me preguntas eso… —respondió Dani sarcásticamente. Su cerebro volvía a estar de nuevo operativo, para desgracia de su padre.

—Hoy tenías un examen de Química, ¿no? Espero que hayas estudiado. El año pasado sacaste solo un siete…

—Claro, papá… Nueve sobresalientes no eran suficientes, ¿verdad? Nunca es suficiente…

—Aggg… Ojalá…

—Sí, papá, ojalá me pareciera más a Toni. El perfecto Toni —dijo Dani mientras pasaba al lado de su padre sin darle tiempo a responder—. Me voy a clase.

Siguió adelante sin decir nada más. La sombra de su hermano permanecía inexorable sobre su vida, aun cuando hacía meses que no pisaba esa casa. El niño prodigio. La nueva joven promesa del CNI. Su hermano mayor. Antonio Carrasco. El perfecto Toni.

****

Ya en la calle, Dani sintió una brisa de aire frío estrellarse contra su rostro.

La sensación era casi agradable después del ambiente cargado por la calefacción del piso.

Mientras bajaba por la calle camino al instituto, repasó mentalmente la lista de asignaturas que tendría que soportar ese día.

«Comenzamos con Matemáticas, seguimos con Lengua, luego examen con el Chaleco… ».

El Chaleco. Así llamaban al profesor de Química, debido a los jerséis de punto, a menudo sin mangas, que solía llevar sobre la camisa.

Hoy tocaba un examen de formulación orgánica.

Normalmente, no debería dar mucho problema, era una asignatura que se le daba bien.

Sin embargo, el Chaleco había sido más duro con él el año pasado.

Quizás se había relajado demasiado. Le había subestimado y había pagado el precio debido.

Un error que no volvería a cometer, y menos en el examen de hoy.

Había un taco de folios sobre su escritorio que había estado rellenando de fórmulas y diagramas la noche anterior hasta las dos de la madrugada para asegurarse de ello.

Finalmente, llegó a la cuesta más empinada que tenía ese jodido pueblo.

En los días lluviosos, esa cuesta había causado más de una caída de camino al instituto.

Era difícil mantener el equilibrio sobre unos adoquines empapados adheridos a un plano de cincuenta grados de inclinación que se extendía sobre cerca de cuatrocientos metros hasta la calle del instituto.

Ese día, por fortuna, el cielo estaba bastante despejado, y aún no hacía el suficiente frío como para que las baldosas se hubieran helado y adquirieran esa superficie resbaladiza.

Aun así, nunca estaba de más extremar las precauciones.

Al final de la cuesta le esperaba, como cada día, un rostro familiar.

—Eeeeh, buenos días, campeón.

—A las buenas, Tommy.

Tomás Alberto Suárez, Tommy para los amigos.

Había sido el mejor amigo de Dani desde que se conocieron en el colegio.

De entre todo el grupo de amigos, Tommy había sido siempre su favorito.

Era la primera persona a la que le contaba algo importante.

Fue el primero al que escribió cuando perdió la virginidad.

El único de sus amigos que sabía las discusiones que solía tener con su padre, y, por supuesto, el único que conocía sus planes para cuando acabara el instituto. Su confidente, su mano derecha.

A diferencia de él, Tommy sí que estaba equipado con un anorak rojo y un gorro negro, más propio del invierno. Lo cierto era que le quedaba bien. Claro que él vivía más cerca del instituto y llevaba un rato esperando al final de la cuesta. Dani había tenido tiempo de entrar en calor con el paseo.