Capítulo 20 · Cláusula séptima
Marina llegó a la calle del Rosario a las ocho y veintitrés minutos.
No fue casualidad. Había salido de casa a las siete y cuarenta, había pedaleado despacio por la avenida del Puerto bajo un cielo de diciembre limpio y frío, de un azul de cerámica, y se había parado dos veces: una en la panadería de la esquina, para comprar dos cafés, y otra en un banco frente al mar, para mirar el reloj y esperar.
A las ocho y veinte se había levantado. A las ocho y veintitrés había empujado el portón.
* * *
El banco estaba en el paseo de Neptuno, frente a la playa de las Arenas, y a las ocho de la mañana de un dieciséis de diciembre no había en él nadie más que ella y una gaviota con cara de pocos amigos que la vigilaba desde la barandilla.
Marina dejó los dos cafés a su lado, en el banco, y se sentó con las manos en los bolsillos del abrigo.
Había llegado demasiado pronto. Por supuesto.
Había salido de casa a las siete y cuarenta con la intención firme de llegar tarde y aun pedaleando despacio, a las ocho menos cinco ya estaba en la panadería, y a las ocho ya tenía los cafés, y faltaban veintitrés minutos para los veintitrés minutos.
Su cuerpo no sabía llegar tarde. Solo lo había hecho una vez, y por culpa de un tranvía.
Así que se sentó a esperar. A esperar a propósito, que era algo que no había hecho nunca.
El mar estaba gris y quieto, con la superficie arrugada como papel de seda.
A lo lejos, un carguero salía del puerto despacio, con las luces todavía encendidas.
En la arena, un hombre mayor paseaba a un perro que se empeñaba en perseguir a las gaviotas sin ninguna esperanza de alcanzarlas.
Olía a sal, a algas y a pan recién hecho de la panadería de la esquina.
Marina sacó el móvil. Tenía un mensaje de su madre, de las siete y media: «¿Vas hoy?».
No le había contado nada desde Xàtiva. Ni lo del precinto, ni lo del restaurante, ni lo de «Mañana a las ocho. En el sótano». Pero su madre lo sabía. Su madre siempre lo sabía todo con dos días de antelación, como los partes meteorológicos.
«Voy», escribió.
La respuesta llegó al instante: «¿Tarde?».
Marina se rio sola en el banco. La gaviota la miró con desconfianza.
«Veintitrés minutos», escribió.
«Esa es mi niña», contestó su madre. Y después, un minuto más tarde, otro mensaje: «Y si te pide algo, déjale que te lo pida entero. No le cortes a la mitad como haces siempre».
Marina se quedó mirando la pantalla.
«¿Cómo sabes que me va a pedir algo?».
«Porque un hombre que te cita en un sótano a las ocho de la mañana no te va a enseñar las tuberías».
Marina guardó el móvil. Se quedó mirando el mar con una sonrisa tonta que no consiguió quitarse durante un buen rato.
Pensó en los últimos tres meses. En el tranvía, en la palanca, en los veintitrés minutos de la primera vez.
En un café frío y un café caliente. En un arco partido, en una gata que elegía, en una costra de arroz dividida por la mitad con un cuchillo.
En una cantera al atardecer, en un pasillo con dos puertas. En una chaqueta doblada en cuatro.
Pensó que tenía miedo. Mucho. Lo pensó con esa palabra, sin adornos, como quien lee la medida en un fisurómetro.
Miedo de bajar a ese sótano y de que él no supiera qué decir, o de que lo supiera y fuera lo que ella no quería oír, o de que fuera exactamente lo que quería oír y no supiera qué hacer con ello.
Miedo de volver a un sitio donde podían apartarla.
Miedo de no volver nunca a un sitio donde la habían querido.
Y entonces hizo algo nuevo. Lo dijo en voz alta.
—Tengo miedo —le dijo al mar.
El mar no contestó. Pero la gaviota levantó el vuelo de la barandilla, de golpe, con un graznido, como si alguien le hubiera dado permiso para irse.
Marina se sintió extrañamente ligera.
A las ocho y veinte se levantó del banco, cogió los dos cafés, todavía calientes, y pedaleó despacio hacia el Cabanyal, con los vasos de papel encajados en la cesta de mimbre de la bici.
* * *
Veintitrés minutos. Los contó otra vez en el vestíbulo, sobre los rosetones azules y ocres del suelo hidráulico, ya limpios, ya relucientes. Eran veintitrés.
La casa olía a pintura fresca, a madera nueva y, desde la cocina del restaurante, a caldo.
En el comedor, las mesas estaban recogidas de la noche anterior, con las sillas boca abajo encima.
La luz de la mañana entraba por las ventanas rehechas de Dani y dibujaba en el suelo cinco rectángulos dorados.
La puerta del sótano estaba abierta. Abajo había luz.
Marina bajó.
* * *
El sótano ya no se parecía al de octubre.
Ya no olía a tierra húmeda ni a madera rindiéndose.
Habían abierto la ventilación original, la que los albañiles de los setenta habían cegado, y ahora el aire corría limpio entre los cuatro pilares de piedra.
El suelo de tierra estaba nivelado y cubierto de grava.
Habían derribado el muro mal hecho del bar y en su lugar había una viga de acero pintada de gris, discreta, que descargaba el peso donde debía.
Y al fondo, bajo la escalera, el hueco tapiado durante cincuenta años se había convertido en un arco abierto, iluminado desde el suelo por dos focos pequeños, cálidos, que alguien había instalado esa misma semana.
El arco se veía entero por primera vez desde 1975.
Ladrillo a soga y tizón. El zuncho de acero ceñido como un cinturón.
Y en el centro, arriba, en lo más alto, la clave de piedra de Novelda, de color crema, con su peca en forma de media luna en una esquina.
Encendida por la luz de los focos como si fueran las seis menos cuarto en la cantera de Les Fonts.
Álvaro estaba de pie bajo el arco.
No llevaba casco. Llevaba la camisa blanca de la entrevista, remangada hasta los codos, y la chaqueta de lana puesta. Estaba de espaldas, mirando la clave. Se volvió al oírla bajar.
—Llegas tarde —dijo.
—Veintitrés minutos.
—Lo sé. Los he contado.
—Lo he hecho a propósito.
—Lo sé también. —Él no sonrió. Pero algo en su cara se relajó, como se relaja una viga cuando por fin le quitan el puntal—. Para eso están los márgenes.
—Para eso están los imprevistos —contestó ella.
Le tendió uno de los cafés. Él lo cogió.
—Está caliente —dijo, sorprendido.
—He esperado en un banco frente al mar para no llegar antes. Me ha dado tiempo a pedir los cafés en el último minuto.
—Eso es mucha logística para llegar tarde.
—Es mi sistema.
Se quedaron un momento en silencio, cada uno con su café, bajo el arco. Arriba, en la cocina del restaurante, alguien abría y cerraba cajones. En la calle pasó el tranvía, con su campanilla.
—Has hecho iluminar el arco —dijo Marina.
—Elena quería que los clientes del restaurante pudieran bajar a verlo. Dice que es la mejor historia del edificio. —Álvaro miró la clave—. Tiene razón.
—¿Y la placa?
—La placa ya está en la fachada. Tapada con una tela hasta el ocho de enero. Elena quiere descubrirla el día de la inauguración del hotel.
—¿Qué pone?
—Lo verás el ocho.
Marina le miró de reojo.
—¿Me has hecho venir para decirme que no me lo vas a decir?
—No. —Álvaro dejó el café en el suelo, junto a uno de los focos—. Te he hecho venir para otra cosa.
Junto al arco, apoyada en la pared, había una borriqueta. La misma de octubre, la de la obra, manchada de cal y de pintura, con un tablero encima. Marina no la había visto al bajar porque los focos apuntaban al arco y la dejaban en penumbra.
Sobre el tablero había tres cosas.
La primera era el dibujo.
Su dibujo. La escalera de piedra de tres tramos, en sección, con cada peldaño acotado con su letra pequeña e inclinada.
La nota del margen: ojo, aquí cede . Estaba igual que el día de la entrevista, salvo por una cosa: alguien la había metido en un marco sencillo, de madera clara, sin cristal, para que no brillara.
—Es tuyo —dijo Álvaro—. Me lo quedé sin permiso. Desde el primer día.
Marina no lo cogió. Lo miró. Le dio la vuelta al marco con cuidado. En el reverso, el marco tenía una abertura, una pequeña ventana de cartón, por la que se veía la esquina inferior izquierda de la hoja. Con su letra, a lápiz, casi invisible:
No se arregla lo que no se quiere ver.
—Dani hizo el marco —dijo él—. Le pedí que dejara la frase a la vista. Por detrás.
—¿Por qué por detrás?
—Porque es donde la encontré yo.
La segunda cosa era un documento. Varios folios grapados. Marina lo reconoció por la tipografía antes que por el contenido: era la misma fuente, el mismo formato, el mismo encabezado que su contrato de octubre. Pero el título era otro.
Acuerdo de incorporación como socia. Estudio Mediterráneo.
Lo cogió. Lo hojeó. Las manos le temblaban un poco.
Había cláusulas sobre participación, sobre beneficios, sobre deudas, sobre responsabilidad.
Había un anexo con las cuentas reales del estudio, todas, sin maquillar, con la celda de enero rellena por fin: un número.
No era un número grande. Pero era un número positivo.
Debajo, una nota a mano con la letra tiesa y angulosa: Pagadas las tres facturas de E.
Boix + mitad de la prima. Llegamos a marzo.
Con la obra de Elena en Alboraia que nos ha ofrecido ayer, llegamos a junio.
En la página cuatro había una cláusula subrayada:
Cláusula sexta. De las decisiones de obra. Ninguna decisión que afecte a la dirección de obra, a sus plazos o a la seguridad del equipo se tomará sin la firma de la socia directora de obra. Ninguna. Aunque el director del estudio tenga miedo. Sobre todo si el director del estudio tiene miedo.
Marina la leyó dos veces. Tuvo que parar, porque las letras se le habían emborronado.
Pasó la página.
Cláusula séptima. De la rescisión.
Y debajo, nada. Media página en blanco. Solo una línea horizontal, una raya, en el lugar donde habría tenido que estar el texto.
Levantó la vista.
La tercera cosa sobre el tablero era un bolígrafo.
—La primera la escribí yo solo —dijo Álvaro—. De noche, en mi despacho, sin consultar a nadie. Con una cifra en la cabeza y mucho miedo. —Hizo una pausa—. Esta la escribes tú.
Marina se quedó mirando la página en blanco. La raya horizontal. El lugar donde habría tenido que haber un número y no lo había.
—No hay discurso —dijo él—. Lo siento. No me sale. Mi padre le dio a mi madre unas llaves. Yo no tengo llaves que darte. Solo tengo esto.
—Esto es mucho más que unas llaves.
—Y tengo una cosa más. Que me cuesta mucho decir, así que la voy a decir rápido.
—Álvaro respiró hondo—. Tengo miedo. Ahora mismo.
Tengo miedo de que digas que no. Tengo miedo de que digas que sí y de que dentro de un año te caiga un muro encima o te vayas con Mollà o te pase algo que yo no pueda sujetar.
Lo tengo todo el rato. No se me va a quitar.
—La miró a los ojos—. Pero a partir de ahora te lo voy a decir.
En voz alta. Antes de coger ningún timón.
Marina dejó el acuerdo sobre la borriqueta.
—Yo también tengo que decirte una cosa —dijo.
—Dime.
—Debí contarte lo de Mollà. El primer día.
En el vestíbulo, con el plano enrollado.
Y en Novelda. —Le tembló la voz y no hizo nada por sujetarla—.
No te lo conté porque quería decidir sola.
Porque si te lo contaba, ya no lo decidía sola, lo decidíamos los dos, y eso me daba más miedo que cualquier muro.
Me he pasado la vida pensando que necesitar a alguien es perder.
Y tú me apartaste para no necesitarme. Y yo te escondí cosas para no necesitarte.
—Tragó saliva—. Y ya estoy cansada. Mi madre dice que es lo más cansado del mundo. Tiene razón.
Él no dijo nada. No se movió. No la tocó.
Esperó.
Y Marina entendió que estaba haciendo exactamente lo que había hecho ella aquella noche en el banco de hierro, entre los geranios. Lo que había hecho él con su padre, sentado sobre sus propias manos. No abrocharle el botón. Dejarle que lo hiciera ella.
Cogió el bolígrafo.
Se inclinó sobre la borriqueta, sobre el tablero manchado de cal, bajo la clave de piedra de Novelda. Y escribió, despacio, con su letra pequeña, inclinada, ordenada, en el espacio en blanco de la cláusula séptima:
Cuando una de las partes tenga miedo, lo dirá en voz alta. Y la otra se quedará al lado. Ninguna se irá sin haber dicho antes todo lo que no se quería ver.
Lo leyó. Después, debajo, firmó.
Le tendió el bolígrafo a él. Álvaro leyó la cláusula. La leyó dos veces, como leía siempre las cosas importantes. Y después firmó debajo, con su firma tiesa y angulosa, que esta vez, Marina se fijó, le salió un poco torcida.
—Ya está —dijo ella.
—Ya está.
—¿Y ahora qué?
Álvaro la miró. Y ella vio en su cara lo mismo que había visto en el pasillo de un hostal de Novelda: un hombre sin armadura, sin pestañas, sin contingencias de contingencias, con miedo y sin que le importara tenerlo.
—Ahora —dijo él—, si tú quieres, me gustaría muchísimo besarte. Y no es por ninguna apuesta.
—Pilar ya cobró.
—Pilar ya cobró —asintió él.
Marina se puso de puntillas. Esta vez él no se agachó al mismo tiempo. Esperó. Y ella llegó sola, a su altura, a su ritmo, como quien sube una escalera de tres tramos peldaño a peldaño sabiendo que cada peldaño aguanta.
Fue un beso lento, bajo el arco iluminado, sin prisa y sin miedo, o con miedo y daba igual. Duró lo que tenía que durar. Cuando se separaron, ella tenía los ojos húmedos y él también, y ninguno de los dos dijo nada sobre eso.
Desde lo alto de la escalera del sótano llegó un maullido.
Bruja estaba sentada en el primer peldaño, con la cola enroscada, mirándolos con los dos ojos, el verde y el color miel.
Detrás de ella, asomando la cabeza por la puerta con una sonrisa enorme, estaba Pau.
Y detrás de Pau, Vicent, con la gorra en la mano.
Y detrás de Vicent, una voz inconfundible, desde el vestíbulo:
—¿Ya? ¿Ya se puede? ¿Puedo bajar? ¡Que he traído bizcocho!
—Pilar —dijo Álvaro, sin dejar de mirar a Marina—, ¿cuánto tiempo lleváis ahí?
—Desde las ocho menos cuarto —dijo Pilar, bajando la escalera con un táper en las manos—. Hemos llegado antes que tú. Y antes que ella, por supuesto. Esa niña llega tarde siempre.
—Veintitrés minutos —dijo Marina.
—Lo sé —dijo Pilar—. Los hemos contado.