Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 19 · Con punto #2
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Capítulo 19 · Con punto #2

A las nueve en punto, Marina le entregó a Carmen Ortuño, en la acera de la calle del Rosario, un certificado de cuarenta y dos páginas, firmado por Iván, por Quique y por el instalador nervioso de Paterna, con todos los cálculos, planos y fichas técnicas del conducto de extracción.

La inspectora lo hojeó de pie durante veinte minutos, en silencio, mientras todo el estudio la miraba desde el bar de Toni como quien mira a un jurado.

Luego sacó un bolígrafo, firmó un papel y arrancó el precinto del portón con un solo gesto.

—Levantada la paralización —dijo—. Volveré el día catorce a hacer la inspección final de la actividad. Si todo está como dice aquí, el restaurante podrá abrir el quince.

—Estará —dijo Marina.

Carmen Ortuño la miró un momento.

—Le diría que es usted muy buena —dijo—. Pero no me gusta decir esas cosas a la gente que inspecciono.

—Lo entiendo.

—Así que no se lo digo. —La inspectora se volvió para irse. Al pasar junto al bar de Toni, se detuvo. Samuel estaba en la puerta, con un café en la mano, mirándola. Ella le miró a él. Ninguno dijo nada. Ella siguió andando.

—¿Me vas a contar algún día de qué la conoces? —le preguntó Álvaro a Samuel.

—No —dijo Samuel.

*  *  *

Los ocho días siguientes fueron una sola jornada larga, interrumpida de vez en cuando por algo parecido a dormir.

La cocina se montó en cuatro días. Los fontaneros terminaron por la mañana por primera vez en la historia de la humanidad, y Vicent lo celebró con un grito que se oyó desde el bar.

El conducto de extracción atravesó las tres plantas como una columna vertebral de acero inoxidable.

Los pintores entraron en el comedor con dos días de margen.

Dani colocó las cinco ventanas rehechas de la planta baja, y Júlia lloró al verlas, y luego le dijo que no lloraba, que era el disolvente del barniz, y él le dijo que el barniz era al agua, y ella le dio un beso delante de todo el mundo para que se callara.

Samuel le escribió a Marina un mensaje: «Me debes una cena. Doble».

*  *  *

La noche del trece, la víspera de la inspección final, Marina subió a la azotea a las once y media porque no podía estar en ningún otro sitio.

En la casa del Rosario ya no quedaba nada que hacer.

La cocina estaba montada, probada, limpia.

El conducto de extracción subía por las tres plantas como una columna de plata.

Las mesas del comedor estaban colocadas, con los manteles doblados encima, esperando.

Había mandado a todo el mundo a casa a las diez, con la orden de dormir, y ella se había quedado sola en el estudio repasando por cuarta vez el expediente para Carmen Ortuño, hasta que las letras empezaron a moverse.

Subió por la escalera de caracol de hierro con una manta sobre los hombros y se encontró la azotea ocupada.

Álvaro estaba sentado en una de las sillas desparejadas, junto a la parra sin hojas, con los pies apoyados en la barandilla y una lata de cerveza sin abrir en la mano. Miraba el mar. O la franja negra donde estaba el mar, entre las antenas y los tendederos.

Se volvió al oírla.

—Perdona —dijo Marina—. Pensaba que no había nadie.

—No pasa nada. Ya me iba.

No se fue. Ella no se volvió por donde había venido. Se quedaron así un momento, él sentado, ella de pie en lo alto de la escalera de caracol con la manta, los dos sin saber qué hacer.

—Hay otra silla —dijo él al fin.

Marina la cogió. La puso a un metro de la suya.

No más cerca. Se sentó y se envolvió en la manta, y durante un rato largo ninguno dijo nada.

Abajo, en la calle, el bar de Toni tenía la persiana a medio bajar y dejaba escapar una franja de luz amarilla sobre los adoquines.

Se oía el tranvía a lo lejos, el último de la noche.

—¿Estás nerviosa? —preguntó él.

—No.

—Yo sí.

Marina le miró de reojo. Él seguía mirando el mar.

—Lo estoy diciendo en voz alta —añadió—. Que estoy nervioso. Es una cosa nueva que estoy probando.

—¿Desde cuándo?

—Desde el martes pasado. Desde Alboraia.

Marina no preguntó. Esperó. Y él, después de un rato, se lo contó.

No todo, no del todo, pero lo suficiente.

Le contó lo de los once minutos y los siete botones.

Le contó lo del noventa y tres, que su madre se había ido tres meses a casa de su tía con él, que tenía cuatro años y no lo recordaba.

Le contó lo de Benimaclet, lo de la reunión que no movió.

Lo contó con la voz plana, sin dramatismo, como quien lee el informe de un aparejador.

Pero a ella no le engañó la voz. Le vio las manos.

Tenía la lata de cerveza apretada con tanta fuerza que el aluminio había empezado a hundirse.

Cuando terminó, Marina tardó un rato en hablar.

—El otro domingo fui a la calle Sagunto —dijo.

Él se volvió a mirarla.

—¿Al edificio?

—Al edificio. Está terminado. Vive gente. —Marina se ajustó la manta—. Hay un post-it en el portal. De un niño, creo. Pone «Gracias por arreglar nuestra casa». Al lado de la placa de Mollà.

—Debería poner tu nombre.

—No. Está bien así. —Se encogió de hombros—.

Me pasé un año pensando que lo que había hecho allí lo había hecho sola, y que por eso era valiente.

Y el domingo, sentada en un banco, me di cuenta de que no fui valiente por estar sola.

Fui valiente a pesar de estar sola. Que no es lo mismo.

—Hizo una pausa—. Y que no quiero volver a estarlo. Sola, quiero decir.

Álvaro no dijo nada. Pero aflojó la mano sobre la lata.

—Y también me di cuenta de otra cosa —siguió ella—.

Que yo hice contigo lo mismo que tú hiciste conmigo.

Tú me apartaste para no necesitarme. Yo te escondí lo de Mollà para no necesitarte.

Para que no pudieras pedirme que me quedara.

Para decidirlo sola. —Lo miró por fin—. Los dos hicimos trampa.

Con distinto formato. Tú en correo electrónico con tres puntos. Yo en silencio.

—El tuyo era más elegante.

—El tuyo era más cruel.

—Lo sé.

—Pero el mío era más largo. Un mes entero. —Marina bajó la vista—. Y te dije «nada» en Novelda. Mirándote a la cara. Eso no se me va a olvidar nunca. Lo siento, Álvaro. De verdad.

Él la miró durante mucho rato, con la luz amarilla del bar subiendo desde la calle y dibujándole media cara.

—No te voy a pedir que vuelvas —dijo al fin.

A Marina se le encogió algo dentro.

—Ah.

—Todavía no. —Álvaro dejó la lata en el suelo—. No hasta que tenga algo que darte que no sea un «perdón». Porque «perdón» es fácil. Lo dice cualquiera en un correo. Y tú no te mereces un correo. Te mereces algo que se pueda tocar.

—¿Como qué?

—No lo sé todavía. Lo estoy pensando. —Hizo una pausa—. A mi velocidad.

Marina soltó una risa breve, por la nariz, contra su voluntad.

—Tu velocidad es exasperante.

—Lo sé.

—Ciento cuarenta pestañas.

—Diecisiete.

—Sigue siendo exasperante.

—Lo sé. —Él se levantó, recogió la lata del suelo y se quedó un momento de pie junto a su silla, sin tocarla, con las manos en los bolsillos de la cazadora—. Mañana, a las nueve, con Carmen Ortuño. Tú hablas. Yo estoy al lado.

—Al lado.

—Al lado. No delante. —La miró—. Es otra cosa nueva que estoy probando.

Se fue escaleras abajo. Marina oyó sus pasos en el hierro de la escalera de caracol, luego en el mármol de la escalera principal, luego la puerta del portal. Luego nada.

Se quedó sola en la azotea, con la manta, mirando el mar negro entre las antenas.

Al cabo de un rato oyó un ruido a su lado. Bruja había subido la escalera de caracol sin que se diera cuenta y se había sentado en la silla que él había dejado vacía, todavía caliente. La miraba con los dos ojos, el verde y el color miel.

—No me mires así —dijo Marina—. Le he dicho que lo siento.

La gata parpadeó despacio. Luego bajó de la silla, subió a su regazo, dio dos vueltas sobre la manta y se enroscó allí, ronroneando, como si hubiera decidido algo.

Marina no se movió de la azotea hasta la una.

*  *  *

Carmen Ortuño volvió el día catorce. Inspeccionó la cocina durante dos horas, con una linterna, un medidor de caudal y una libreta. No sonrió en ningún momento. Firmó.

Y el día quince de diciembre, a las ocho de la tarde, el restaurante de la casa de la calle del Rosario abrió sus puertas.

Hubo críticos de la guía, periodistas, gente del sector, vecinos con abrigo encima de la bata.

El chef, un hombre muy alto con barba y una chaqueta blanca impoluta, salió a saludar desde la cocina y dijo que nunca había cocinado en un sitio con una historia tan bonita.

Elena Boix pronunció un discurso breve, con la voz más temblorosa de lo que nadie esperaba, delante de la fachada iluminada, y señaló la cenefa de naranjos, y contó lo de su bisabuelo y su abuela, y dijo que no era un cuento.

Ramón Casal asistió en primera fila, en una silla que nadie le ofreció porque la trajo Toni del bar sin preguntar, con Bruja en el regazo dentro de un transportín abierto.

Marina estaba al fondo, junto a la barra, con un vestido negro y una copa de cava que no se bebía.

Álvaro la buscó con los ojos durante toda la noche. La encontró varias veces. Cada vez que la encontraba, ella le estaba mirando ya.

A medianoche, cuando la gente empezaba a irse, él se acercó a la barra. Se quedó a su lado. Los dos miraban la sala, no se miraban el uno al otro.

—Lo has conseguido —dijo él.

—Lo hemos conseguido.

—Mañana te pago la factura.

—Mañana te la mando.

Él asintió. Se quedó callado un rato. Después, sin mirarla, dijo:

—Mañana a las ocho. En el sótano. Bajo el arco. —Hizo una pausa—. ¿Vendrás?

Marina dejó la copa de cava, intacta, sobre la barra.

—Llegaré tarde —dijo.

Y se fue.