Capítulo 19 · Con punto
El mensaje llegó a las once y cuarenta y dos de la mañana, mientras Marina fregaba los dos platos de lentejas que Pilar había dejado en el fregadero.
Lo vio de reojo, sobre la encimera, con las manos llenas de espuma. El nombre en la pantalla. Se secó las manos en el pantalón con tanta prisa que se dejó un rastro de jabón en el muslo.
«Han paralizado la obra. Inspección municipal. Precinto en el sótano. Dicen que falta la licencia del arco y de la cocina. Elena amenaza con llamar a Mollà. Faltan nueve días. No sé dónde están tus papeles y no sé hacer esto sin ti.
Necesito ayuda. Ya.»
Con punto.
Marina se quedó mirando el punto. Un punto pequeño, negro, al final de una palabra de dos letras. Lo miró como se mira una pastilla de yeso partida en dos: sabiendo exactamente lo que significa.
No contestó. No hacía falta.
Cogió la chaqueta, la bici, la carpeta azul con sus notas personales, que tenía siempre en casa por si acaso, y salió por la puerta sin cerrar con llave.
* * *
La calle del Rosario parecía el escenario de un accidente.
Había un coche de la policía local mal aparcado en la esquina, con las luces apagadas.
Había vecinos en los balcones, entre ellos la señora de la bata, que esta vez llevaba un abrigo encima.
Había una cinta roja y blanca cruzada en el portón de la casa y un papel oficial pegado con celo, con un sello del ayuntamiento.
Y en la acera, delante de la fachada recién restaurada, con su cenefa de naranjos brillando al sol de diciembre como si nada, había un grupo de personas que discutía en voz alta.
Elena Boix, con el móvil en la mano y la cara roja.
Su asistente, detrás, tomando notas a toda velocidad.
Quique, con las manos en los bolsillos, sin silbar.
Vicent, sentado en el bordillo con la cabeza entre las manos.
Pau, pálido como una sábana. Júlia, con el teléfono pegado a la oreja, hablando con alguien del colegio de arquitectos.
Y una mujer que Marina no conocía.
Tendría unos cuarenta años. Era alta, con el pelo negro recogido en una coleta tirante, un abrigo gris de corte sencillo y una carpeta de anillas abrazada contra el pecho como un escudo.
Llevaba al cuello una acreditación del Ayuntamiento de Valencia.
Escuchaba a Elena Boix con una paciencia gélida, sin parpadear, con la expresión de alguien que ha oído gritar a promotores desde que tenía uso de razón y ha decidido que ninguno merece que le suba la tensión.
Marina ató la bici a la farola. Respiró hondo. Se acercó.
—Perdón —dijo—. Marina Lluch. Soy la directora de la obra.
Todos se volvieron. Pau soltó un sonido que podía ser un sollozo o una risa. Vicent levantó la cabeza del bordillo. Júlia bajó el teléfono.
Elena Boix la miró de arriba abajo.
—Me dijeron que se había ido —dijo.
—Me había ido. Ya he vuelto. —Marina se volvió hacia la inspectora y le tendió la mano—. ¿Usted es…?
—Carmen Ortuño. Inspección urbanística. —La mujer le estrechó la mano brevemente, sin calidez, pero con algo parecido al interés—. ¿Directora de la obra? En la documentación que tengo figura Álvaro Casal.
—Álvaro Casal es el director del estudio. La dirección de obra técnica, desde el uno de octubre, es mía. —Marina abrió su carpeta azul—. ¿Cuál es el problema?
* * *
El problema eran dos, y Carmen Ortuño los explicó con la claridad de un manual de instrucciones.
Uno: la intervención en el arco del sótano, el zuncho de hormigón, los perfiles metálicos, la viga de descarga y la sustitución de la clave, no estaban recogidos en la licencia de obras original del edificio.
Eran una modificación estructural sustancial.
No constaba ninguna comunicación al ayuntamiento.
Dos: la cocina del restaurante tenía una solicitud de licencia de actividad presentada en octubre, pero el expediente estaba incompleto.
Faltaba el certificado del conducto de extracción de humos, que atravesaba tres plantas del edificio hasta la cubierta.
Sin ese certificado, el restaurante no podía abrir.
Y si la obra seguía avanzando sin el expediente completo, la inspectora estaba obligada a paralizarla.
—No es personal —dijo Carmen Ortuño, mirando a Elena Boix, que había vuelto a abrir la boca—. Es la ley.
—Lo del arco está comunicado —dijo Marina.
—En mi expediente no consta.
—Porque no está en el expediente de la licencia.
Está en el de emergencias. —Marina pasó hojas en la carpeta azul—.
El jueves dos de octubre, al día siguiente de encontrar la grieta, presenté una comunicación de obras de emergencia por riesgo estructural.
Con el informe preliminar del aparejador.
Por registro electrónico. Tengo el justificante.
—Encontró la hoja y se la tendió—. Y el veintinueve de octubre presenté el certificado del ingeniero de estructuras, visado por el colegio.
Como anexo a la misma comunicación. Aquí está el número de registro.
Carmen Ortuño cogió la hoja. La leyó. Levantó una ceja, muy levemente.
—Esto está en otro departamento.
—Lo sé. Por eso no aparece en el suyo. Los departamentos del ayuntamiento no se hablan. —Marina se encogió de hombros—. Hace un año perdí un trabajo por no tener papeles de una cosa que vi. Desde entonces, lo comunico todo. Por escrito. Con registro.
La inspectora la miró por encima de la hoja. Algo cambió en su expresión. No fue una sonrisa. Fue el gesto de alguien que lleva mucho tiempo esperando encontrarse con una persona que hace las cosas bien y no termina de creérselo.
—Esto resuelve el arco —dijo—. No resuelve la cocina.
—El certificado de la extracción lo tendrá mañana a las nueve. Firmado por el ingeniero y por el instalador.
—¿Mañana a las nueve? ¿Tiene ya los cálculos?
—No. Pero los tendré.
—¿Cómo?
—Pidiendo ayuda —dijo Marina.
* * *
Álvaro llegó a las doce y cuarto. Venía en el Volvo desde Alboraia, con la camisa bien abrochada y el pelo revuelto por haber conducido con la ventanilla bajada. Aparcó donde pudo, que fue encima de la acera, detrás del coche de la policía local, y bajó corriendo.
Y se detuvo en seco.
Marina estaba en medio del grupo, con la carpeta azul abierta, hablando con la inspectora. Elena Boix la escuchaba con los brazos cruzados y la boca cerrada, por primera vez en toda la mañana. Pau tenía color en la cara. Vicent se había levantado del bordillo.
Ella levantó la vista. Le vio.
Durante un segundo larguísimo se miraron por encima de las cabezas de todos, en la acera de la calle del Rosario, bajo la cenefa de naranjos. Él con la respiración agitada y las manos vacías. Ella con la carpeta contra el pecho.
Álvaro cruzó la calle. Se detuvo delante de ella. Tenía mil frases en la cabeza y ninguna servía. Así que dijo la única que había aprendido esa mañana.
—¿Qué hago?
Marina tardó un instante en contestar. Él vio cómo la pregunta le llegaba, cómo la entendía, cómo algo se le movía detrás de los ojos.
—Llama a Iván —dijo ella—. Necesito los cálculos del conducto de extracción esta noche. Y al instalador de la cocina, que tiene las fichas técnicas del extractor. Y a Quique, para que lo firme todo como dirección de ejecución.
—Hecho.
—Y Álvaro.
—Dime.
—Esto no significa nada —dijo Marina, muy seria—. Estoy aquí por la casa. Por Vicent, por Pau, por la cenefa, por Elena y por su chef. No he vuelto.
—Lo sé.
—Hasta el quince. Como externa. Te pasaré factura.
—Me parece justo.
—Me parece carísima —murmuró Elena Boix, a un metro, sin poder evitarlo.
Álvaro sacó el móvil y se apartó dos pasos para llamar a Iván. Y fue entonces, al girarse, cuando vio llegar a Samuel por la esquina, a paso rápido, con el abrigo abierto, la bufanda suelta y el móvil en la mano.
Samuel vio el grupo. Vio la cinta de precinto. Vio a la inspectora.
Y se detuvo en seco, igual que se había detenido Álvaro minutos antes.
Carmen Ortuño se volvió. Le vio. Durante un instante, solo un instante, su cara de manual de instrucciones se quedó en blanco.
—Hola, Carmen —dijo Samuel. Con una voz que Álvaro no le había oído jamás. Sin ironía.
—Hola, Samuel —dijo ella.
Nadie dijo nada más. Pero Pilar, que acababa de bajar de un taxi en la esquina con un táper enorme en las manos, miró a uno, miró a la otra y murmuró, para sí misma, con una satisfacción infinita:
—Ay, madre. Ya tenemos el siguiente.
* * *
Esa noche nadie durmió en el estudio.
Iván llegó a las nueve con su casco de bicicleta, su mochila y su portátil, y se instaló en la mesa de Marina sin decir una palabra.
El instalador de la cocina, un hombre bajito y nervioso de Paterna, llegó a las diez con una caja de cartón llena de fichas técnicas y un ataque de ansiedad que Pilar curó con dos croquetas.
Quique llegó a las once, silbando. Júlia y Dani llegaron juntos, ya sin disimulo, y se pusieron a preparar los planos del recorrido del conducto por las tres plantas.
Pau hacía café. Samuel no paraba de mirar el móvil y de no escribir nada en él.
Y Marina y Álvaro trabajaron en la misma mesa, por primera vez desde aquella noche de la costra.
Fue distinto. Ella proponía y él escuchaba.
Él proponía y ella escuchaba. Cuando él no estaba seguro de algo, lo decía en voz alta: «No lo sé.
¿Tú qué crees?». Cuando ella se equivocaba en un cálculo, él lo señalaba sin suavizarlo, y ella lo corregía sin ofenderse.
No se tocaron. No hablaron de nada que no fuera el conducto de extracción, las secciones, los caudales, los codos, las rejillas cortafuegos.
Pero a las tres de la madrugada, cuando Marina se levantó a por agua, él le acercó la botella antes de que la pidiera, y ella la cogió sin decir gracias, y los dos se dieron cuenta de que algo había cambiado de sitio, como una tarjeta que pasa de una columna a otra en un panel de corcho.
A las seis y cuarenta de la mañana, Iván cerró el portátil.
—Hecho —dijo.
Fue lo único que dijo en toda la noche.
* * *