Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 18 · Un martes en Alboraia #2
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Capítulo 18 · Un martes en Alboraia #2

—Eso me dije. —Ramón sonrió, sin humor—. Pilar se enteró por una carta del banco y se fue a Castellón. Y tu madre… tu madre se fue a casa de tu tía Lola tres meses. Contigo. Tenías cuatro años. No te acuerdas.

Álvaro se quedó helado.

—No lo sabía.

—Porque nunca lo contamos. —Ramón miró sus manos, la buena y la mala, sobre la mesa—.

Tu madre no se fue por la hipoteca. Me lo dijo claramente.

Se fue porque había decidido por ella. Porque la había apartado de lo único importante, para «protegerla».

Me dijo: «Ramón, no me casé contigo para que me protegieras.

Me casé contigo para que me dejaras estar a tu lado cuando las cosas se pusieran feas».

—Hizo una pausa—. Tardé tres meses en entenderlo. Y otro más en saber qué hacer.

—¿Y qué hiciste?

—Fui a Castellón a buscar a Pilar con los papeles de la hipoteca y le di la firma de todo.

Y luego fui a casa de tu tía Lola, me senté en la cocina y le di a tu madre las llaves de esta casa.

Las escrituras. Todo. Le dije: «A partir de ahora, si tengo miedo, te lo digo.

Y decides tú conmigo». —Ramón se encogió de hombros—.

No le dije que la quería. Eso ya lo sabía. Le di las llaves.

Álvaro no dijo nada durante mucho rato.

Fuera, el hombre de la azada había llegado al final del surco y se había sentado en una piedra a descansar. Un gorrión se posó en el alféizar de la ventana, miró dentro, y se fue.

*  *  *

—Hay otra cosa —dijo Álvaro al fin.

—Lo sé. Siempre hay otra cosa.

—El día que te caíste. En Benimaclet. —Álvaro tragó saliva—. Me pediste que fuera contigo a la obra esa mañana. Me dijiste que el encargado no te gustaba, que querías otra opinión. Y yo te dije que no podía, que tenía una reunión con un cliente. Una reunión que podía haber movido.

Su padre le miró.

—Si hubiera ido contigo —siguió Álvaro—, habría estado allí. Habría llamado antes a la ambulancia. Habrías llegado antes al hospital. A lo mejor la mano…

—Álvaro.

—A lo mejor ahora no tardarías once minutos en abrocharte la camisa.

—Álvaro, mírame.

Álvaro le miró.

—Me caí porque tenía setenta y un años, una arteria que llevaba veinte años avisándome y un médico al que no le hacía caso —dijo Ramón, muy despacio, marcando cada palabra—.

Me caí porque soy un cabezota que no se tomaba las pastillas de la tensión.

No me caí porque tú no estuvieras. Y si hubieras estado, me habría caído igual.

Y encima te habría caído encima, que peso ochenta kilos.

Álvaro soltó una risa rota.

—No puedes sujetar a nadie, hijo —siguió su padre—.

Ni a mí, ni a ella, ni al estudio. Esa es la mentira.

Te has pasado un año creyendo que si lo controlabas todo, si estabas en todas partes, si lo apuntabas todo en tus hojas de cálculo, nadie más se iba a caer.

Pero la gente se cae. Las obras se tuercen.

Los arcos se parten. Y lo único que puedes hacer es estar al lado. No delante. Al lado.

Levantó la mano buena y señaló los botones de su camisa.

—Como has hecho hoy. Te has sentado encima de las manos y me has dejado abrocharme. Once minutos. Eso es querer a alguien. No hacer las cosas por él. Dejarle que las haga, y quedarte.

Álvaro miró los botones. Siete. El tercero ligeramente torcido.

—Ella hizo lo mismo conmigo —dijo, en voz baja—. Una noche, en el estudio. Le estaba contando lo tuyo y no me dijo nada. No me tocó. Esperó. Y yo pensé que era lo más bonito que me había hecho nadie.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer.

—No sé cómo.

—Claro que lo sabes. —Ramón cogió otra magdalena—. Llevas treinta y siete años viéndome hacer tonterías y luego arreglarlas. Algo habrás aprendido.

—No voy a ir con unas escrituras.

—No. Tú no tienes casa que darle. Y la chica no necesita una casa. —Su padre mojó la magdalena—. Pero tienes algo que es suyo y que te quedaste sin permiso. Desde el primer día.

Álvaro tardó un segundo en entenderlo.

—El dibujo.

—El dibujo. —Ramón sonrió con su media sonrisa—. Y tienes otra cosa, mucho más grande, que también es suya y que todavía no le has dado.

—¿Qué?

—Eso lo sabrás tú. Yo soy viejo y me canso. —Se levantó con esfuerzo, apoyándose en el bastón—. Rosa, ¿dónde está mi boina? Me voy a dar una vuelta por la huerta, que mi hijo necesita pensar y yo necesito que no me vea mientras piensa.

*  *  *

Álvaro se quedó solo en la cocina. Durante una hora larga, sentado junto a la ventana, con el café frío entre las manos, pensó.

Pensó en un arco de ladrillo que había aguantado cien años sosteniendo más de lo que le tocaba, hasta que alguien le cargó un muro mal hecho encima y le cortó la respiración.

Pensó en una clave partida y en una clave nueva, de piedra de Novelda, con una peca en forma de media luna.

Pensó en un hombre de Novelda que les había preguntado para qué querían la piedra, y en la diferencia entre dos respuestas.

Para garantizar la compatibilidad de materiales.

Para que la escalera vuelva a sostener a alguien.

Pensó en la cláusula séptima, que había escrito él, solo, una noche en su despacho, sin consultar a nadie.

Y poco a poco, como cuando la luz de las seis menos cuarto entraba por la boca de la cantera y la piedra empezaba a encenderse por dentro, empezó a ver algo. Una forma. Un gesto. No un discurso, que no le saldría, sino una cosa concreta. Una cosa que se pudiera tocar.

Sacó el móvil para apuntarlo en una nota.

Tenía nueve llamadas perdidas.

Todas de Pau. Y un mensaje, de hacía veinte minutos, escrito con tantas faltas que se notaba que lo había tecleado corriendo:

«Alvaro ha venido una inspectora del ayuntamiento a la obra.

Carmen Ortuño. Dice q la intervencion del arco no esta en la licencia y q la cocina del restaurante tampoco esta legalizada.

HA PARALIZADO LA ObrA. Ha precintado el sotano.

Elena Boix esta aqui gritando y dice q si mañana no se levanta la paralizacion llama a Mollà.

Quedan 9 dias para el 15. Nadie encuentra los papeles de la licencia. NO SABEMOS QUE HACER».

Álvaro leyó el mensaje dos veces. Luego miró por la ventana. Su padre caminaba despacio entre los surcos de chufa, con la boina puesta y el bastón, hablando con el hombre de la azada.

Pensó en coger el timón. Lo pensó de verdad, con todo el cuerpo. Conducir hasta el Cabanyal, entrar en la obra, plantarse delante de la inspectora, resolverlo él solo, a su manera, con sus diecisiete pestañas.

Y entonces pensó en una pestaña que nunca había abierto. La ciento treinta y ocho. Contingencias de contingencias. Celda A1.

Abrió el chat. No el del estudio, del que ella ya no formaba parte. El suyo. El de ella. El último mensaje era del sábado del premio: una foto de una mujer con gafas rojas y un castillo iluminado al fondo, y una frase que él no había contestado. Mañana lo celebramos. Te llamo al volver.

Escribió despacio, con el pulgar temblando un poco, como si acabara de saltar desde un trampolín y todavía no hubiera tocado el agua.