Capítulo 18 · Un martes en Alboraia
La casa de su padre estaba al final de un camino de tierra, entre dos campos de chufa, a diez minutos del centro de Alboraia y a un mundo de distancia de todo lo demás.
Era una alquería blanca de dos plantas, con una parra en la entrada, un pozo tapado con una tabla, un limonero torcido y una puerta azul que Ramón Casal pintaba cada primavera aunque no lo necesitara, porque decía que una puerta azul espanta a los mosquitos y a los acreedores.
Álvaro aparcó el Volvo junto al limonero a las nueve y media de la mañana de un martes. Se quedó un rato dentro del coche con el motor apagado, mirando la puerta azul.
No sabía qué hacía allí.
Lo había decidido a las seis, después de una semana sin dormir más de tres horas seguidas.
Una semana en la que había pasado el segundo hito sin enterarse, como quien atraviesa una ciudad dormido en el asiento de atrás de un taxi.
Quique y Vicent lo habían sacado adelante.
Él había firmado los papeles, había estrechado manos, había dicho «bien hecho».
Y había vuelto cada noche al despacho a mirar una chaqueta de lana doblada en cuatro sobre la silla de las visitas, sin atreverse a tocarla.
El lunes, Pilar había entrado en su despacho, había dejado la puerta abierta de par en par y le había dicho, con voz de tribunal, delante de todo el estudio, lo que pensaba de él.
Lo había dicho entero, sin dejarse nada, con una precisión de cirujana.
Al terminar, había añadido, en voz más baja: «Y ahora vete a hablar con quien tengas que hablar. Que yo ya he terminado».
Y Álvaro se había dado cuenta, a las seis de la mañana del martes, sentado en el borde de la cama, de que solo había una persona en el mundo con quien quería hablar además de ella.
* * *
Pero antes de Pilar había sido Pau.
Eso no se lo esperaba nadie. Y menos él.
Fue el viernes de esa misma semana, tres días después de que Marina se fuera, a las ocho y cuarto de la noche, cuando en el estudio solo quedaban ellos dos y la gata.
Álvaro estaba en su despacho fingiendo que revisaba la certificación del segundo hito.
Pau estaba en su mesa fingiendo que estudiaba.
Llevaban así una hora y media, cada uno en su pecera, separados por un cristal esmerilado y un silencio espeso como el yeso.
A las ocho y cuarto, Pau se levantó, cruzó la sala, llamó a la puerta del despacho con los nudillos y entró sin esperar respuesta, como hacía Pilar. Nunca lo había hecho.
Se quedó de pie delante de la mesa. Tenía las orejas coloradas y las manos metidas en los bolsillos de la sudadera de la universidad, y Álvaro se dio cuenta de que le temblaban.
—¿Qué pasa, Pau?
—Quiero decirte una cosa.
—Dime.
Pau abrió la boca. La cerró. Miró al suelo. Miró la chaqueta de lana doblada en cuatro sobre la silla de las visitas, que nadie había tocado desde el martes. Volvió a mirar a Álvaro.
—Me quedé con el abrigo a medio quitar —dijo.
—¿Qué?
—El martes. Cuando ella se fue. Yo acababa de llegar y me estaba quitando el abrigo y oí los gritos y me quedé así.
—Pau sacó una mano del bolsillo e hizo el gesto, un brazo dentro de la manga y otro fuera—.
Diez minutos. Me quedé diez minutos así, en medio de la sala, sin moverme.
Júlia me tenía la mano en el hombro. Y no hice nada.
—No tenías que hacer nada.
—Sí que tenía. —A Pau se le quebró la voz, y la recompuso con un esfuerzo visible—.
Ella me enseñó a usar el vibrador de hormigón.
Me dejó romper el muro del sótano. Me llevó a la obra cuando tú me tenías haciendo fotocopias.
El día de la tubería me dio las gracias por las bayetas.
Por las bayetas, Álvaro. Nadie me había dado nunca las gracias por nada en este estudio.
Y el martes se fue con una mochila y yo me quedé con el abrigo a medio quitar.
Álvaro no supo qué decir.
—Y quiero decirte otra cosa —siguió Pau, más deprisa, como quien se tira a una piscina antes de arrepentirse—.
Que yo te admiro. Mucho. Desde la carrera.
Me vine a este estudio por ti. Por la rehabilitación de la lonja de Burjassot, que la estudié en tercero y me pareció lo más bonito que había visto.
Y llevo un año aquí y te he visto hacer cosas increíbles.
Pero lo del martes… —Tragó saliva—. Lo del martes estuvo mal.
Lo del correo. Lo de la tarjeta movida de columna.
Ella no se lo merecía. Y tú lo sabes. Y nadie te lo ha dicho porque todos te tienen miedo, y yo también te tengo miedo, pero alguien te lo tenía que decir y me ha tocado a mí porque soy el único que no tiene nada que perder.
Se calló. Respiraba deprisa. Tenía los ojos brillantes.
Álvaro se quedó mirándolo un rato largo. A ese chaval de veintitrés años, con los rizos revueltos y la sudadera de la universidad, que le temblaban las manos dentro de los bolsillos y que acababa de decirle a la cara lo que ninguno de sus socios se había atrevido a decirle en una semana.
—Tienes razón —dijo.
Pau parpadeó.
—¿Qué?
—Que tienes razón. Estuvo mal. —Álvaro se pasó una mano por la cara—. Y gracias por decírmelo.
—Ah. —Pau se quedó desconcertado, como quien empuja con todas sus fuerzas una puerta que resulta estar abierta—. Vale. Pues… vale.
—Pau.
—¿Sí?
—La lonja de Burjassot no la hice yo. La hizo mi padre. Yo solo firmé los planos de instalaciones.
—Ya lo sé —dijo Pau—. Lo ponía en el libro. Pero tú hiciste las instalaciones invisibles, para que no se vieran los tubos en los techos de madera. Eso fue lo que me gustó. Que no se notaba que habías estado.
Se dio la vuelta y se fue. En la puerta, se detuvo, con una mano en el marco.
—Bruja tampoco te habla desde el martes —dijo—. Por si no te habías dado cuenta.
Álvaro miró hacia la butaca de mimbre. La gata estaba enroscada sobre el cojín, de espaldas a su despacho. Llevaba así cuatro días.
Se había dado cuenta.
La cuidadora de las mañanas, una mujer ecuatoriana de cincuenta años llamada Rosa que trataba a su padre con una mezcla de cariño y autoridad militar, le abrió la puerta azul con cara de sorpresa.
—¿Hoy? —dijo—. ¿Es domingo?
—Es martes.
—Ya decía yo. —Rosa se apartó—. Está en la cocina. Vistiéndose. No le ayude, que se enfada.
Su padre estaba sentado en una silla de la cocina, junto a la ventana que daba a los campos de chufa, en pantalón y camiseta interior, con una camisa de cuadros sobre las rodillas. Intentaba meter el brazo derecho, el malo, por la manga. Levantó la cabeza al verlo entrar.
—Hombre —dijo—. ¿Se ha muerto alguien?
—No.
—¿Se ha caído el estudio?
—Todavía no.
—Entonces es por la chica.
Álvaro no contestó. Se sentó en la otra silla, frente a él. Su padre le miró un momento, con su media sonrisa, y luego volvió a la manga.
Tardó cuatro minutos en meter el brazo. Álvaro los contó.
Cuatro minutos en los que su padre lo intentó, se equivocó de agujero, sacó la mano, volvió a empezar, resopló, soltó una palabrota en valenciano, volvió a empezar.
Cuatro minutos en los que Álvaro se sentó sobre sus propias manos, literalmente, como hacía al principio, cuando todavía no había aprendido a quedarse quieto.
Después vinieron los botones. Siete. Su padre se los abrochó con la mano izquierda, de abajo arriba, despacio, uno por uno. El tercero se le resistió. Lo intentó tres veces. Cuatro. A la quinta entró.
Cuando terminó el séptimo, Ramón levantó la cabeza, satisfecho, sudando un poco.
—Once minutos —dijo—. El lunes tardé catorce.
—Es un avance —dijo Álvaro.
Y entonces, sin previo aviso, sin haberlo previsto, sin haber hecho ninguna lista de pros y contras, se echó a llorar.
* * *
No lloró mucho. No sabía. Hacía catorce meses que no lloraba, desde una noche en el pasillo de la UCI del Hospital Clínico, y antes de eso no recordaba la última vez. Fue un llanto torpe, avergonzado, con la cara entre las manos y los hombros temblando, el llanto de un hombre que no tiene práctica.
Su padre no se movió de la silla. No le tocó. No le dijo que no llorara. Esperó, con la camisa de cuadros recién abrochada, mirándole con su media sonrisa torcida, hasta que Álvaro levantó la cabeza y se secó la cara con la manga.
—Rosa —dijo entonces Ramón, sin levantar la voz—. ¿Nos pones un café? Y tráete las magdalenas de Pilar, que están en la lata azul.
Rosa, que había estado escuchando detrás de la puerta con un trapo en la mano, desapareció hacia la despensa.
—Cuéntamelo —dijo su padre.
Y Álvaro se lo contó.
Todo. El arco, el plazo, la inundación, la clave, Novelda, la gala, Mollà, el puntal que se movió y los ladrillos que cayeron donde ella estaba medio segundo antes. El correo de las once y cuarenta y siete. Los tres puntos numerados. La tarjeta en el corcho. La chaqueta doblada en cuatro.
Su padre lo escuchó todo sin interrumpir, mojando una magdalena en el café con la mano buena.
Cuando Álvaro terminó, Ramón se limpió los labios con una servilleta de papel y dijo:
—Eres idiota.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Lo dices, que no es lo mismo. —Su padre dejó la servilleta en la mesa—. ¿Te ha contado Pilar lo del noventa y tres?
—A Marina sí. A mí me dijo que te lo preguntara.
—Pues pregúntamelo.
Álvaro le miró.
—¿Qué pasó en el noventa y tres?
Ramón miró por la ventana, hacia los campos de chufa, donde un hombre mayor caminaba despacio entre los surcos con una azada al hombro.
—Que tuve miedo —dijo—. Teníamos una obra en Godella que se torció, un cliente que no pagaba, un préstamo que vencía.
Y yo tuve miedo. Mucho miedo. Miedo de perder el estudio, miedo de que Pilar me mirara como a un fracasado, miedo de que tu madre se asustara.
Así que hice lo que hacen los hombres asustados que creen que son fuertes: no se lo conté a nadie.
Hipotequé esta casa. Esta. La de tu abuelo. Sin decírselo a tu madre ni a Pilar.
—Para protegerlas.