Capítulo 17 · Tápers #2
—Cuando tu padre se fue —dijo—, yo me prometí que no iba a volver a necesitar a nadie.
Y lo cumplí. Veintidós años. Saqué adelante la tienda sola, te saqué adelante a ti sola, arreglé el calentador sola, pinté este piso sola.
Y estoy muy orgullosa. — Le apretó la mano—.
Pero te voy a decir una cosa que no te he dicho nunca, porque no quería que la aprendieras de mí: es muy cansado.
Es lo más cansado del mundo. Y no hace falta.
Marina la miró.
—Tú le escondiste lo del otro trabajo para no necesitarle —siguió su madre—.
Para que no pudiera pedirte que te quedaras.
Para decidirlo tú sola. Y él te apartó de la obra para no necesitarte.
Para que no pudieras irte, o caerte, o lo que sea que tenga ese hombre en la cabeza.
—Se encogió de hombros—. Me parece que os parecéis más de lo que crees.
—Eso dice Pilar de él y de la gata.
—Pues Pilar tiene razón. —Su madre le soltó la mano y le acercó el plato—. Come. Y cuando termines, llámala.
—¿A Pilar?
—A quien sea. Pero llama a alguien. Por una vez en tu vida, Marina, llama tú.
* * *
No hizo falta.
Al día siguiente, a las once de la mañana, cuando Marina volvió a Valencia y subía los tres pisos sin ascensor de la calle Islas Canarias cargada con una bolsa de naranjas de su madre, encontró a Pilar Sanchis sentada en el último escalón, delante de su puerta, con un táper sobre las rodillas y la respiración todavía agitada.
—Tres pisos —dijo Pilar, a modo de saludo—. Sin ascensor. A mi edad. Ya me debes una.
—¿Cómo sabes dónde vivo?
—Me lo dijo Álvaro hace un mes. Sin querer. Habla dormido cuando se queda la siesta en el estudio. —Pilar levantó el táper—. Lentejas. Abre, que esto pesa.
Marina abrió.
Pilar entró en el piso como entraba en todas partes, como si llevara viviendo allí toda la vida.
Miró la estantería ordenada por colores, la puerta del balcón recién pintada, la bici desmontada en el pasillo.
No dijo nada. Fue a la cocina, encendió el fuego, puso las lentejas a calentar en un cazo y luego se sentó a la mesa, junto a la ventana, y señaló la silla de enfrente.
—Siéntate.
Marina se sentó.
—No he venido a pedirte que vuelvas —dijo Pilar—. Ni a defenderle. Lo que ha hecho está mal. Se lo he dicho a la cara, en su despacho, con la puerta abierta para que lo oyera todo el estudio, que es lo que tú hiciste el día del plazo, y me ha gustado mucho hacerlo, no te voy a engañar.
—Entonces, ¿a qué has venido?
—A contarte una cosa del noventa y tres.
Marina esperó.
—El estudio estaba casi en quiebra —dijo Pilar—.
Teníamos una obra en Godella que se había complicado, un cliente que no pagaba y un préstamo que vencía.
Ramón lo sabía. Yo no. Él no me lo dijo.
Ni a mí, que era su socia, ni a Mercedes, su mujer.
En lugar de contárnoslo, hipotecó su casa de Alboraia para tapar el agujero.
Sin decírselo a nadie. Lo hizo para protegernos, decía. Para que no nos preocupáramos.
—¿Y qué pasó?
—Que me enteré por el banco. Por una carta que llegó al estudio por error. —Pilar sonrió sin ganas—. Me sentí la persona más idiota del mundo. Veinte años de socios y me había apartado de la única decisión que importaba. Así que hice lo mismo que tú. Recogí mis cosas y me fui.
Marina abrió mucho los ojos.
—¿Te fuiste?
—Seis meses. Me fui a trabajar a un estudio de Castellón. Muy serio, muy profesional, muy bien pagado. —Pilar se encogió de hombros—. Y muy aburrido. Nadie traía tápers. Nadie jugaba al dominó. Nadie se peleaba por la costra.
—¿Y volviste?
—Volví. Pero no porque Ramón me lo pidiera.
Ramón tardó cinco meses en pedírmelo, porque era más cabezota que una mula.
Volví cuando él hizo una cosa. —Pilar hizo una pausa—.
Vino a Castellón, a mi estudio nuevo, un martes por la mañana, con los papeles de la hipoteca y los del estudio.
Los puso encima de mi mesa. Y me dijo: «A partir de ahora, ninguna decisión de dinero sin tu firma.
Ninguna. Aunque yo tenga miedo. Sobre todo si tengo miedo».
No me dijo que me quería, ni que lo sentía.
Me dio la firma. —Pilar sonrió, esta vez de verdad—.
Y yo volví en mis propios términos. Como socia de verdad. No como alguien a quien se protege.
El cazo de las lentejas empezó a hervir. Ninguna de las dos se levantó.
—Él no va a hacer eso —dijo Marina en voz baja—. Álvaro no es así. No va a venir con papeles. No va a saber cómo.
—Puede que no. —Pilar se levantó, apagó el fuego, sirvió dos platos—. Pero tú tampoco le contaste lo de Mollà. Y tampoco sabías cómo. Y eso no significa que no le quisieras.
Marina no contestó.
—Te voy a decir lo que le dije a él —siguió Pilar, poniéndole el plato delante—.
Los dos os habéis escondido cosas para no necesitaros.
Él te escondió su miedo. Tú le escondiste tu verdad.
Y los dos creéis que eso es ser fuerte. —Se sentó con su plato—.
Pedir ayuda no es fracasar, cariño. Es dejar que te quieran.
Y es lo más difícil que hay, porque si dejas que te quieran, ya no controlas nada.
Comieron en silencio. Las lentejas estaban perfectas, como siempre. Marina se comió dos platos sin darse cuenta.
* * *
Pilar se fue a las dos. En la puerta, mientras se ponía el abrigo, se volvió.
—Por cierto —dijo, como si se le acabara de ocurrir, aunque era evidente que lo llevaba preparado desde la escalera—.
Pasaron el segundo hito el domingo. Por los pelos.
Quique y Vicent hicieron milagros. Pero la licencia de actividad del restaurante está atascada en el ayuntamiento.
Era tu trámite. Nadie sabe dónde tenías los papeles.
—Están en la carpeta verde. En el segundo cajón de mi mesa. Con una etiqueta que pone «Licencia».
—Pues díselo a alguien.
—Pilar…
—A mí no. A alguien. —Pilar se abrochó el abrigo hasta arriba—. Y otra cosa. Álvaro no ha ido al estudio esta mañana.
Marina sintió una punzada.
—¿Está bien?
—Está en Alboraia. Con su padre. —Pilar la miró a los ojos—. Es martes, Marina. En catorce meses, Álvaro no ha ido a ver a su padre un día de diario si no era una emergencia. Ni una sola vez. Los domingos, sí. Un martes por la mañana, nunca.
—¿Y qué significa?
Pilar se encogió de hombros, cogió el táper vacío y empezó a bajar la escalera, despacio, agarrada a la barandilla.
—No lo sé —dijo desde el rellano de abajo, sin volverse—. Pero la última vez que un Casal fue a ver a alguien un martes por la mañana, yo volví al estudio.