Capítulo 17 · Tápers
Los tres primeros días, Marina hizo lo que había hecho siempre: no dijo nada a nadie.
Ordenó el piso. Ordenó el armario, la nevera, el cajón de los cubiertos, la estantería de los libros por colores y luego por autores y luego otra vez por colores.
Pintó la puerta del balcón, que llevaba dos años desconchada.
Se pasó una tarde entera desmontando y volviendo a montar la bici, aunque a la bici no le pasaba nada.
Por las noches abría la libreta de las cuentas y hacía números, y los números decían lo mismo cada noche: con el último sueldo y el finiquito llegaba hasta finales de enero. Después, nada. Una raya horizontal.
Lo encontró casi gracioso.
No contestó a los mensajes. Le escribió Júlia, dos veces, mensajes largos y cuidadosos que empezaban con «No quiero meterme, pero» y luego se metían muchísimo.
Le escribió Pau: «La clave ha quedado preciosa.
Vicent me ha pedido que te lo diga. Dice que la próxima vez que te empuje, te avisa».
Le escribió Samuel, un solo mensaje, a las dos de la madrugada del segundo día: «He ganado la apuesta.
Júlia y Dani. Me debes una cena. Te espero para cobrármela, aunque no vuelvas».
Le escribió Toni, que no escribía nunca: una foto de un vaso de horchata con una nota de papel pegada que decía Reservada .
Álvaro no le escribió.
Marina miraba el móvil cada hora. Se odiaba un poco por mirarlo. Lo miraba igual.
El sábado por la mañana la llamó Héctor Mollà.
Estuvo a punto de no cogerlo. Lo cogió por educación, o por una curiosidad malsana, o porque llevaba cuatro días sin oír la voz de nadie y cualquier voz le valía.
—Me he enterado —dijo Mollà, sin preámbulos—. Este sector es pequeño. Lo siento mucho. Y siento lo de la gala. Le conté a tu jefe lo de la oferta como si fuera una anécdota. Di por hecho que lo sabía. Fue una torpeza.
—Fue una torpeza mía, no suya —dijo Marina—. Debí contárselo yo.
—Aun así. —Una pausa—. Marina, la oferta sigue en pie. No te llamo para eso, pero lo digo para que lo sepas. Puedes empezar el lunes. No tienes que esperar a enero.
Marina miró la libreta abierta sobre la mesa de la cocina. La raya de enero.
Pensó en un equipo de veinte personas. En un contrato sin cláusulas. En no volver a necesitar a nadie, nunca, en ninguna obra, en ningún sótano.
—No, Héctor —dijo—. Gracias. De verdad. Pero no.
—¿Puedo preguntar por qué? Ya no tienes una casa a medias.
—Sí que la tengo —dijo Marina—. Lo que pasa es que ahora no puedo entrar.
* * *
El domingo por la tarde, sin saber muy bien por qué, cogió la bici y fue a la calle Sagunto.
No había vuelto en un año. Había evitado la calle con una disciplina casi militar: daba un rodeo por Marxalenes cuando tenía que ir al norte, cambiaba de acera si pasaba cerca en autobús, se negaba a mirar el edificio en el mapa del móvil.
Pero ese domingo, después de tres días ordenando el piso y uno hablando con Mollà, pedaleó hacia el centro sin decidirlo, como quien se rasca una herida, y al cruzar el puente de Serranos ya sabía adónde iba.
El edificio estaba terminado.
Era una finca de 1920, de cinco plantas, con una fachada de ladrillo visto y balcones de hierro forjado.
La había visto por última vez envuelta en lona verde, con el andamio de la fachada norte sujeto a la pared con unos anclajes que no eran los del proyecto.
Ahora la lona no estaba. El andamio no estaba.
La fachada estaba limpia, rejuntada, con las carpinterías pintadas de un verde oscuro muy elegante, y en los balcones había macetas, y bicicletas, y una bandera del Valencia, y en el tercero, ropa tendida.
Vivía gente.
Marina ató la bici a una farola y se sentó en un banco de la acera de enfrente.
Era un domingo de diciembre, con un sol tibio que no calentaba pero alumbraba, y la calle estaba llena de familias que volvían del Mercado Central con bolsas de papel, de abuelos con nietos, de perros paseando a sus dueños.
Nadie miraba el edificio. Era un edificio más. Una casa donde vivía gente.
Estuvo allí sentada casi una hora.
Vio salir del portal a un hombre joven con un bebé en una mochila de porteo, que se paró en la acera para colocarle el gorro.
Vio entrar a una señora mayor con un carro de la compra, despacio, agarrada a la barandilla del escalón.
Vio a dos adolescentes asomarse al balcón del segundo, discutiendo por algo, a gritos, riéndose.
Vio a un hombre en el quinto regando unos geranios con una botella de agua.
Pensó en el andamio. En los anclajes mal puestos.
En que, si nadie hubiera dicho nada, si nadie hubiera parado la obra tres días, quizá aquella fachada no estaría limpia.
Quizá habría una placa, pero de otra clase.
Quizá el hombre del bebé, la señora del carro, los adolescentes del balcón, no vivirían allí, o vivirían en otro sitio, sin saber que habían estado a punto de no tener nada.
No había una placa con su nombre en la fachada. No había nada que dijera que alguien había visto algo y lo había dicho. Y le pareció bien. Le pareció exactamente como tenía que ser.
Y entonces, sentada en aquel banco, con el sol en la cara, entendió una cosa que llevaba un año sin entender.
Había parado aquella obra sola. Lo había visto sola, lo había denunciado sola, había perdido el trabajo sola. Y había convertido esa soledad en una medalla. Lo hice yo. Nadie me ayudó. No necesité a nadie. Se lo había repetido tantas veces que se había creído que era eso lo que la hacía fuerte.
Pero no era verdad. No del todo. Porque si alguien la hubiera escuchado a la primera, si su jefe, o el responsable de seguridad, o cualquiera de las quince personas a las que se lo dijo, hubiera dicho «tienes razón, vamos a mirarlo juntos», el andamio se habría arreglado en una tarde.
Sin despidos, sin denuncias, sin inspecciones.
Lo que la había hecho fuerte no era estar sola.
Lo que la había hecho falta era que nadie estuviera a su lado.
Y en la casa del Rosario, alguien había estado.
Diez personas a las nueve y diez de la noche, con cubos.
Un viejo encargado que la empujaba fuera del alcance de un muro.
Una señora con un termo de caldo. Un hombre controlador y terco que movía los pintores dos días a la derecha porque ella se lo pedía, y que la noche de la tubería había llegado en seis minutos.
Y ese mismo hombre, cuando tuvo miedo, la había apartado.
Las dos cosas eran verdad. Marina lo pensó despacio, sin rabia, mirando al hombre del quinto regar sus geranios. Las dos cosas eran verdad a la vez, igual que un arco puede ser precioso y estar partido.
Se levantó del banco a las seis, cuando el sol ya se escondía detrás de los tejados.
Antes de irse, cruzó la calle y se acercó al portal del edificio.
En la pared, junto al timbre, había una placa pequeña de latón, de esas que ponen las constructoras, con la fecha de la rehabilitación y el nombre del promotor. Grupo Mollà. 2025.
Debajo, alguien había pegado un post-it amarillo, ya descolorido por el sol, con una letra infantil: Gracias por arreglar nuestra casa.
Marina se quedó mirando el post-it un rato largo. Luego desató la bici y volvió a casa por el camino largo, por el cauce del Turia, entre corredores y familias con patinetes, pedaleando despacio, sin prisa, como quien vuelve de un sitio donde ha dejado algo que ya no necesita.
* * *
El lunes fue a Xàtiva.
Fue en tren de cercanías, mirando por la ventanilla los naranjales que se sucedían, grises y verdes bajo un cielo de diciembre que no se decidía a llover.
Su madre la esperaba en la estación con el abrigo de los domingos aunque era lunes.
No le preguntó nada en el andén. No le preguntó nada en el paseo hasta casa, por la Albereda, bajo los plátanos sin hojas.
No le preguntó nada en la tienda de telas, mientras le enseñaba la partida de lino portugués que finalmente había llegado del color correcto.
Le preguntó en la cocina, a las nueve de la noche, mientras pelaba patatas para una tortilla.
—¿Te ha dejado un chico o te has ido tú?
Marina, que estaba poniendo la mesa, se quedó con un tenedor en la mano.
—¿Cómo sabes que hay un chico?
—Porque en el cumpleaños miraste el móvil sesenta y tres veces. Las conté. —Su madre no levantó la vista de las patatas—. Y porque has venido un lunes. Tú no vienes nunca un lunes. Tú vienes cuando te ahogas, y no lo dices.
Marina dejó el tenedor en la mesa. Se sentó.
Y se lo contó.
Todo. El tranvía, la entrevista, el dibujo que él no le devolvió, el arco partido, la gata, el arroz al horno, la noche de la tubería, Novelda, el correo con tres puntos numerados.
Lo de Mollà, también. Lo de que no se lo había contado.
Lo contó todo de corrido, con la voz cada vez más rota, mientras su madre pelaba patatas, y luego batía huevos, y luego ponía la sartén al fuego, sin interrumpirla una sola vez.
Cuando terminó, su madre dio la vuelta a la tortilla con un plato, de un solo golpe, como llevaba haciendo cuarenta años.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—Quiero que no me decida la vida nadie más que yo.
—Eso no es lo que quieres. Eso es lo que no quieres. —Su madre puso la tortilla en la mesa—. Te pregunto qué quieres.
Marina miró la tortilla. Estaba perfecta, dorada por fuera, jugosa por dentro, como siempre. Como todas las tortillas que su madre había hecho sola en esa cocina durante veintidós años, sin pedirle ayuda a nadie, porque no había a quién pedírsela.
—Quiero volver a la obra —dijo al fin—. Quiero terminar esa casa. Quiero sentarme en la azotea los viernes. Quiero… —Se le quebró la voz—. Le quiero a él, mamá. Pero no quiero que me aparte para quererme.
Su madre se sentó enfrente. Le cogió la mano por encima de la mesa.