Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 16 · Para protegerte
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Capítulo 16 · Para protegerte

Marina leyó el correo a las seis y veinte de la mañana, sentada en el borde de la cama, con el antebrazo vendado y el móvil en la mano, mientras fuera todavía era de noche.

Lo leyó tres veces.

Equipo:

Gracias a todos por el esfuerzo.

Álvaro

No había nada más. No había una llamada perdida, ni un mensaje, ni una tarjeta de diez por quince. Solo eso: un correo con tres puntos numerados, enviado a las once y cuarenta y siete de la noche, con copia a Júlia, a Samuel, a Pau, a Quique y a Vicent.

Marina dejó el móvil sobre la cama. Se miró el antebrazo. El vendaje tenía una pequeña mancha marrón en el centro, donde el arañazo había sangrado un poco por la noche.

«Criterios de seguridad», pensó.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo ganas de llorar. Tuvo ganas de romper algo.

*  *  *

Llegó al estudio a las siete y cuarto. No había nadie, salvo Bruja, que bajó de la butaca de mimbre al verla entrar y fue a frotarse contra sus tobillos.

Marina no se agachó a acariciarla. Fue directamente al panel de corcho, miró las tarjetas de la semana, buscó la suya, la de la obra, Colocación de clave / Hito 2 , y vio que alguien ya la había movido.

Ahora estaba en la columna de Álvaro, con su letra tiesa y angulosa añadida debajo: Asumido por A.C.

Lo había hecho anoche. Había venido al estudio, había escrito el correo y luego había movido su tarjeta. Como quien cambia una pieza de sitio en una maqueta.

Marina se sentó en su mesa y esperó.

Él llegó a las siete y cincuenta. La vio desde la puerta. Se detuvo un segundo, apenas, y luego siguió andando hacia su despacho con el portátil bajo el brazo, como si no la hubiera visto.

—Álvaro.

Él se detuvo.

—Buenos días.

—Quiero hablar contigo.

—Ahora tengo…

—Ahora.

Él la miró. Tenía ojeras profundas, el pelo sin peinar y la camisa mal abrochada, con un botón desplazado, de modo que un lado del cuello quedaba más alto que el otro. Marina se fijó en eso. Se fijó en que él, que nunca dejaba nada al azar, se había abrochado mal la camisa.

—En el despacho —dijo él.

Esta vez ella no discutió.

*  *  *

Él cerró la puerta. Se quedó de pie detrás de la mesa. Ella se quedó de pie delante. Sobre la mesa, entre los dos, estaba la figura de cristal del premio, con su forma de arco, devolviendo la luz gris de la mañana.

—¿Qué es esto? —preguntó Marina, levantando el móvil.

—Una reorganización.

—Me has sacado de la obra.

—Te he puesto donde eres más útil en la fase final. La licencia de actividad es crítica. La documentación es crítica. Alguien tiene que…

—No me hables como en el correo. —Marina dejó el móvil sobre la mesa—. Háblame como en Novelda.

Él apretó la mandíbula.

—Ayer casi te cae un muro encima.

—Ayer se movió un puntal y cayeron cuatro ladrillos. Vicent me apartó. Tengo un arañazo. —Levantó el brazo vendado—. Es una obra, Álvaro. En las obras pasan cosas. Por eso hay que estar en ellas. Me lo dijiste tú. Me lo dijo tu padre: dibujo lo que cede.

—Y yo no quiero que estés debajo cuando ceda.

—¿Por qué?

—Porque…

Se detuvo. Marina lo vio pelear con algo, con una frase que se le atascaba en algún sitio entre el pecho y la boca.

—Porque ¿qué? —insistió.

Él la miró. Y entonces lo dijo, con una voz plana, sin inflexión, como quien lee el resultado de una suma:

—Héctor Mollà estaba en la gala.

Marina sintió que el suelo del despacho se inclinaba un grado. Solo uno. Lo suficiente para que todo lo que había encima empezara a deslizarse.

—Ah —dijo.

—Me lo contó todo. El Mercado de Colón. El lunes de la «reunión externa». El triple. —Álvaro no levantó la voz. Eso fue lo peor—. Y que en enero la oferta sigue en pie. Cuando acabes con nosotros.

—Le dije que no.

—Ya lo sé. Me lo dijo él.

—Le dije que no hace un mes. La noche de la inundación. Le escribí desde el suelo del vestíbulo, con un vaso de caldo en la mano.

—¿Y por qué no me lo contaste?

Ahí estaba. La pregunta. Marina la había oído cien veces en su cabeza, en la cama, a las tres de la madrugada, y había preparado cien respuestas. Ninguna le sirvió.

—Porque… —empezó.

—Te pregunté. En Novelda. Te pregunté si había algo que no me hubieras contado y me dijiste «nada».

—Lo sé.

—Me mentiste en la obra, el día del café, y me mentiste en Novelda. Mirándome a la cara.

—Lo sé. Y lo siento. Tenía miedo de que pensaras que te lo contaba para negociar.

Para que me pagaras más, o para que me pidieras que me quedara.

Y no quería que nadie me pidiera que me quedara.

Quería decidirlo yo. Sola. Y luego… luego pasó el tiempo y cada día era más difícil, y ya no sabía cómo…

—Se le quebró la voz. La recompuso—. Me equivoqué.

Debí contártelo. Pero no tiene nada que ver con lo que has hecho.

—Tiene todo que ver.

—¿El qué? ¿Que te escondiera un no? ¿Eso justifica que me saques de la obra con un correo a medianoche y con copia a todo el equipo?

—No te saco por eso.

—¿Entonces por qué?

—¡Porque no puedo depender de alguien que se puede ir!

Lo dijo gritando. La primera vez que Marina le oía gritar.

La palabra «ir» rebotó contra el cristal de la puerta, y al otro lado, en la sala grande, Marina vio sombras moverse: Pau, que acababa de llegar y se había quedado paralizado con el abrigo a medio quitar.

Júlia, detrás de él, con una mano en su hombro.

Álvaro respiró. Bajó la voz.

—No puedo construir la recta final de esta obra sobre alguien que tiene una oferta encima de la mesa y no me lo dice —dijo—.

No puedo dirigir esto pensando que en cualquier momento te vas a caer de un andamio o te vas a ir a otra empresa, y que yo no voy a estar allí, o no me voy a enterar hasta que sea tarde.

No puedo. Lo he intentado esta noche. No puedo.

Marina se quedó mirándolo un rato largo.

Y entonces entendió. No del todo, todavía no.

Pero entendió lo suficiente. Entendió el botón mal abrochado.

Entendió el correo a medianoche, los tres puntos numerados, la tarjeta movida de columna.

Entendió que lo que tenía delante no era un jefe furioso, sino un hombre aterrorizado que había hecho lo único que sabía hacer cuando tenía miedo: coger el timón.

Y entenderlo no lo hizo menos doloroso. Lo hizo peor.

—Me has apartado de la obra —dijo, muy despacio— para protegerme.

—Sí.

—No, Álvaro. Me has apartado para protegerte a ti.

Él no contestó.

—Has decidido por mí —siguió ella—. Otra vez.

Igual que el plazo del quince de diciembre.

Igual que tu padre en el noventa y tres.

Has tenido miedo y has cogido el timón y me has sacado del barco para que no me caiga.

Y lo has hecho por correo electrónico. Con tres puntos numerados.

—Se le escapó una risa amarga—. Ni siquiera una tarjeta.

—Marina…

—¿Sabes lo que me prometí el día que firmé el contrato?

Que no iba a volver a dejar que nadie decidiera por mí qué podía hacer y qué no.

Que no iba a volver a estar en un sitio donde alguien me apartara «por mi bien».

Me pasó en la calle Sagunto. Me pasó con mi padre, que nunca dejó que nadie le ayudara y luego se fue y nos dejó solas sin preguntarnos. Y me ha pasado contigo.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo. Con mejores intenciones. Pero lo mismo.

Él dio un paso hacia ella, rodeando la mesa.

—Hablemos esta noche. Con calma. No aquí.

—No. —Marina retrocedió un paso—. No vamos a hablar esta noche. Porque esta noche ya no voy a trabajar aquí.

Álvaro se quedó quieto.

—¿Qué?

Marina cogió el móvil de la mesa. Lo guardó en el bolsillo. Miró la figura de cristal con forma de arco, que seguía allí, brillando, ajena a todo.

—Cláusula séptima —dijo—. «En caso de que alguno de los hitos no se cumpla, cualquiera de las partes podrá rescindir el contrato». El segundo hito es el domingo. Sin la directora de obra que firmó el plan, no se cumple. O se cumple sin mí, que para el caso es lo mismo.

—Eso no es lo que dice la cláusula.

—Es lo que dice para mí. —Le tembló la barbilla. La sujetó—. Me voy, Álvaro. Me voy yo. Nadie me aparta. Me voy.

—Marina, por favor.

Era la primera vez que le oía decir «por favor» de esa manera. Casi se detuvo. Casi.

Pero detrás de la puerta seguía la sombra de Pau con el abrigo a medio quitar, y en su bolsillo seguía un correo con tres puntos numerados, y en su pecho seguía, intacta, la frase de su padre: Un hombre que pide ayuda es un hombre que ha fracasado .

Y se dio cuenta de que Álvaro, a su manera, nunca la había desmentido.

Solo la había cambiado de forma. Una persona que necesita a otra es una persona que puede perderla.

Así que mejor no necesitar a nadie. Mejor apartarla antes.

Y ella no podía quedarse en un sitio así. Ni siquiera por él. Sobre todo por él.

—Lo siento —dijo—. Lo de Mollà. Lo siento de verdad. Pero no me quedo.

Abrió la puerta.

*  *  *

La sala grande estaba en silencio. Pau tenía todavía el abrigo a medio quitar. Júlia estaba a su lado, pálida. Samuel acababa de llegar y estaba quieto junto a la puerta de entrada, con las llaves en la mano. Nadie dijo nada.

Marina fue hasta su mesa. Recogió sus cosas, que eran pocas: una caja de lápices, una taza con un dibujo de un gato que había comprado en la feria de Xàtiva, un cuaderno, una regla de aluminio, una caja de chinchetas de colores que había pagado de su bolsillo el primer día.

Las metió en la mochila. Luego se acercó al panel de corcho.

Cogió una tarjeta en blanco. Escribió despacio, con su letra pequeña e inclinada.

Marina Lluch. Bloqueado: nada. Ya no.

La clavó en la columna de esa semana, con una chincheta roja, justo encima de la tarjeta de Álvaro.

Después sacó del bolsillo trasero de la mochila la llave del portón de la calle del Rosario y la dejó sobre la mesa de Pau.

—Para Vicent —le dijo—. Dile que la clave ha quedado preciosa.

Pau asintió sin poder hablar.

Bruja la había seguido hasta la puerta. Se sentó en el umbral, con la cola enroscada, y la miró con los dos ojos muy abiertos, el verde y el color miel.

—No —le dijo Marina, agachándose por fin—. Tú te quedas. Alguien tiene que vigilarle.

La gata no se movió.

Marina se levantó. Antes de salir, abrió la mochila una última vez y sacó algo que llevaba allí desde Novelda, desde aquella mañana en el hostal en que se la había puesto para bajar a desayunar y ya no se la había quitado. La chaqueta de lana de Álvaro.

Volvió hasta la puerta del despacho. Él seguía dentro, de pie, inmóvil, con la mirada fija en algún punto de la mesa. No levantó la vista.

Marina dobló la chaqueta. Una vez. Dos veces. En cuatro. Como la primera noche.

La dejó sobre la silla de las visitas.

Y se fue.

Bajó la escalera de mármol sin agarrarse a la barandilla. En el segundo rellano, la hoja de acanto de hierro del final del pasamanos, la que Ramón había encontrado en un desguace de Alzira por dos mil pesetas, le rozó la mano. No se detuvo.

En la calle, Toni estaba sacando las mesas de la terraza. La vio salir con la mochila, la cara blanca y el brazo vendado, y dejó una silla a medio desplegar.

—Marina…

—Ahora no, Toni.

—¿Quieres una horchata?

—No.

—Invito yo.

Marina se detuvo. Lo miró. Toni tenía la cara de un hombre que lleva treinta años detrás de un mostrador y ha visto salir así por esa puerta a mucha gente, y casi nunca a nadie que le importara.

—Gracias —dijo—. De verdad. Pero no.

Desató la bici de la farola de siempre. La cesta de mimbre estaba vacía.

Se subió y pedaleó calle abajo, hacia el mar, sin mirar atrás.

Y no vio, porque no miró, la silueta alta que había aparecido en la ventana del segundo piso, recortada a contraluz, exactamente en el mismo sitio que el primer día.

Sin moverse. Con una chaqueta de lana doblada en cuatro entre las manos.

*  *  *

Álvaro se quedó en la ventana hasta que la bici dobló la esquina de la calle de la Barraca y desapareció.

Después se quedó un rato más, mirando la esquina vacía.

Detrás de él, en la sala grande, nadie se movía.

Lo sabía sin volverse. Sentía el silencio en la espalda como se siente el calor de un horno con la puerta abierta.

Pau seguía con el abrigo a medio quitar.

Júlia seguía de pie junto a él. Samuel seguía junto a la puerta con las llaves en la mano.

Bruja seguía en el umbral, mirando la escalera por donde ella se había ido.

Tenía la chaqueta entre las manos. Doblada en cuatro. La lana todavía estaba tibia.

Se dio la vuelta.

Samuel fue el primero en hablar. No se movió de la puerta. No levantó la voz. Lo dijo con un tono que Álvaro no le había oído en diez años de amistad, sin ironía, sin rotuladores en la oreja, sin chistes sobre su divorcio.

—Has hecho lo de tu padre.

Álvaro no contestó.

—Lo del noventa y tres —siguió Samuel—. Pilar me lo contó hace años, una noche de dominó.

Que tu padre decidió solo, por miedo, y se le fue todo el mundo.

—Samuel dejó las llaves sobre una mesa—.

Te quiero, Álvaro. Eres mi mejor amigo. Pero esta mañana te he visto hacer lo mismo, paso por paso, como si lo hubieras ensayado.

—No lo he ensayado.

—Ya lo sé. Por eso da más miedo.

Júlia le apretó el hombro a Pau, que por fin terminó de quitarse el abrigo, despacio, como si le pesara una tonelada. Lo colgó en el perchero. Luego se sentó en su mesa y se quedó mirando la pantalla apagada del ordenador.

Nadie dijo nada más.

Álvaro cruzó la sala. Pasó junto al panel de corcho y se detuvo un segundo delante. La tarjeta de Marina seguía allí, clavada con una chincheta roja encima de la suya.

Marina Lluch. Bloqueado: nada. Ya no.

Y debajo, la suya, la de siempre, la del primer día, que nunca había cambiado:

Dirigir el estudio. Bloqueado: todo.

La miró un rato largo. Pensó en cogerla, en arrancarla, en escribir otra. No supo qué escribir.

Volvió a su despacho y cerró la puerta. Dejó la chaqueta sobre la silla de las visitas, exactamente donde ella la había dejado, exactamente como la había dejado, doblada en cuatro.

No la desdobló. No se la puso. La dejó allí, como quien deja un objeto en el lugar de un accidente para no alterar la escena.

Se sentó. Abrió el portátil. Abrió la hoja de cálculo.

Diecisiete pestañas. Las recorrió una a una, despacio, sin leerlas. Presupuesto. Plazos. Proveedores. Gremios. Hito 2. Hito 3. Tesorería. Al llegar a la última, se detuvo. Contingencias de contingencias. La abrió. Celda A1.

Pedir ayuda.

La miró mucho rato. El cursor parpadeaba al lado de la palabra, como un corazón muy pequeño.

Cerró el portátil.

A la una, Bruja seguía sentada en el umbral de la puerta del estudio, mirando la escalera.

A las cuatro, también. A las siete, cuando todos se habían ido y él seguía en su despacho con la luz apagada, la gata se levantó por fin, cruzó la sala grande sin mirarle, se subió a la butaca de mimbre y se tumbó sobre el cojín.

De espaldas a él.