Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 15 · Por terceros #2
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Capítulo 15 · Por terceros #2

—Te lo prometo.

El taxi se fue. Álvaro se quedó solo en la acera, con las manos en los bolsillos del traje del entierro de su madre, mirando las luces rojas de las grúas.

Lo había prometido. Lo había dicho en voz alta.

No sabía todavía que iba a romperlo en menos de cuarenta y ocho horas.

*  *  *

No le escribió esa noche. Ella le mandó otra foto a las doce: su madre y ella abrazadas en el balcón de un piso de Xàtiva, con el castillo iluminado al fondo. «Ya me han contado lo del premio. ¡¡¡ÁLVARO!!! Mañana lo celebramos. Te llamo al volver».

No contestó. Dejó el móvil boca abajo en la mesilla y se quedó mirando el techo de su habitación, en la calle Doctor Lluch, con la planta de interior muriéndose en un rincón, como siempre, sin terminar de decidirse.

Hizo lo que hacía siempre. Hizo números.

Mes y medio. Hacía mes y medio que ella sabía que tenía una oferta del triple.

Hacía mes y medio que había mentido sobre la reunión.

Había ido a Novelda sabiéndolo. Había dormido con él sabiéndolo.

Le había dicho «nada». Y Mollà había dicho que en enero la oferta seguiría en pie.

Enero. El ocho de enero, el último hito, el final del contrato.

El día que ellos habían fijado, en el coche, a la altura de Xàtiva, para dejar de fingir.

Hasta el ocho de enero.

Quizá ella también lo había fijado para otra cosa.

No. Lo sabía. Lo sabía con la cabeza: había rechazado la oferta.

Mollà lo había dicho. Me dijo que no. Que tenía una casa a medias.

Pero entonces, ¿por qué no se lo había contado?

¿Por qué ocultar un no? La única razón que encontraba para esconder un no era que no fuera del todo un no.

Que fuera un «todavía no». Un «en enero».

Y debajo de los números, más abajo, en un sitio donde no llegaba ninguna hoja de cálculo, había otra cosa.

Era una sensación física, en el estómago, que Álvaro conocía muy bien.

La había sentido una mañana de agosto, catorce meses atrás, cuando sonó el teléfono en el estudio y una voz que no conocía le dijo que su padre se había caído en una obra de Benimaclet y que no respondía.

La sensación de que algo que quieres puede desaparecer en un segundo, y de que no vas a estar allí para evitarlo.

*  *  *

El lunes se colocaba la clave.

Era el último paso antes del segundo hito.

Había que retirar con cuidado la piedra partida, liberada ya del zuncho provisional, y colocar en su lugar la nueva, la de Batiste, tallada por Vicent.

Una operación de dos horas, delicada pero no peligrosa, con el arco sostenido por los perfiles metálicos del refuerzo definitivo. Iván estaría presente. Quique también.

Álvaro llegó a la obra a las ocho y media. No había dormido. Había decidido, a las cuatro de la madrugada, que hablaría con Marina después de la clave, con calma, sin acusarla. Que le preguntaría. Que por una vez preguntaría.

Ella ya estaba allí. Estaba en el sótano, bajo el arco, con el casco puesto, revisando los anclajes con Vicent. Al verlo bajar la escalera, se le iluminó la cara.

—¡El premio! —dijo—. Te he llamado tres veces.

—Lo sé. Perdona. Estaba cansado.

—¿Estás bien?

—Sí.

Ella lo miró un segundo más de la cuenta. Luego asintió y volvió a los anclajes.

La operación empezó a las nueve. Vicent y su cuñado sujetaban la piedra vieja con un polipasto.

Iván controlaba los perfiles. Quique silbaba.

Marina dirigía desde debajo del arco, a un metro de la clave, dando instrucciones en voz baja, precisas.

Álvaro estaba en lo alto de la escalera de bajada al sótano, desde donde lo veía todo.

Vicent le había pedido que estuviera debajo. No había sido capaz.

La piedra vieja salió entera, como una muela. Vicent la bajó despacio y la depositó sobre una manta en el suelo. Hubo un pequeño aplauso. Marina se agachó a mirarla.

Y entonces un puntal provisional de los del cuñado, uno de los que sujetaban el muro de los setenta mientras se trabajaba debajo, se movió.

No fue mucho. Un deslizamiento de dos o tres centímetros en la base, sobre el suelo de tierra todavía blando por la humedad de la inundación.

Pero bastó para que el muro de ladrillo de los setenta, el que nunca había estado bien hecho, soltara una lluvia de cascotes.

Ladrillos sueltos, trozos de mortero, polvo.

Directamente sobre el sitio donde Marina estaba agachada.

Vicent la empujó.

Fue un movimiento brutal, de hombro, de hombre que ha visto caer cosas durante cuarenta y tres años. La sacó del sitio de un empujón y los dos cayeron al suelo de tierra, a un metro, mientras los cascotes se estrellaban donde ella había estado medio segundo antes.

Durante un instante no se oyó nada.

Luego el polvo empezó a asentarse. Quique ya estaba gritando órdenes y calzando el puntal. Iván comprobaba los perfiles con la linterna: intactos. El arco no se había movido. La clave nueva esperaba en el patio, intacta. El muro de los setenta tenía un hueco del tamaño de una caja de zapatos.

Y Marina se incorporaba, sentada en el suelo, cubierta de polvo de la cabeza a los pies, tosiendo, con un arañazo largo en el antebrazo que empezaba a sangrar.

—Estoy bien —decía—. Estoy bien. Vicent, estoy bien. Gracias. Estoy bien.

Álvaro no se había movido.

Seguía en lo alto de la escalera, con la mano en la barandilla, y no podía moverse. No veía el sótano. Veía otra cosa. Veía una obra de Benimaclet que nunca había visto, porque no estaba allí. Veía a un hombre en el suelo, delante de los albañiles. Veía un teléfono sonando en un estudio vacío.

—Álvaro —dijo Marina desde abajo—. Álvaro, estoy bien. Es un arañazo.

Él bajó la escalera. Llegó hasta ella. Se agachó. Le cogió el brazo y miró el arañazo, que era superficial, que era nada, que era una línea roja sobre la piel cubierta de polvo.

Le temblaban las manos. Ella lo notó. Lo miró a la cara.

—Eh —dijo, en voz muy baja—. Mírame. Estoy aquí.

Él la miró. Y pensó en un lunes en el Mercado de Colón, y en una oferta del triple, y en la palabra «enero».

—Ya lo sé —dijo.

Y se levantó.

*  *  *

La clave nueva se colocó a las doce. Encajó a la primera, como si siempre hubiera estado allí. Vicent lloró un poco y dijo que era el polvo. Marina se curó el arañazo con el botiquín de la obra y siguió trabajando toda la tarde. Álvaro se fue al estudio a las dos sin despedirse.

En el cajón de su mesa, debajo de la carpeta del contrato, seguía el dibujo de la escalera.

Esa tarde lo sacó. Lo miró un rato largo: la nota del margen, «ojo, aquí cede», escrita con aquella letra pequeña e inclinada.

Pensó en el muro de los setenta, en los ladrillos cayendo medio segundo después.

Pensó que lo que cede no siempre avisa. Y guardó el dibujo otra vez en el cajón, boca abajo, para no tener que mirarlo.

A las once de la noche, solo en su despacho, con Bruja mirándole desde la butaca de mimbre y la figura de cristal del premio sobre la mesa, abrió el correo, seleccionó como destinatarios a todo el equipo del estudio y empezó a escribir.

Asunto: Reorganización de la obra de la calle del Rosario.