Capítulo 15 · Por terceros
La gala de los premios de rehabilitación se celebraba en el edificio Veles e Vents, en la dársena del puerto, una caja blanca de terrazas superpuestas que parecía un barco que hubiera decidido quedarse en tierra.
Desde la azotea se veían los mástiles de los veleros, las grúas del puerto comercial al fondo y, más allá, la línea oscura del mar.
Hacía frío. Había estufas de terraza encendidas, camareros con bandejas de copas y doscientas personas del sector vestidas como si se fueran de boda, hablando todas a la vez.
Álvaro se había puesto el único traje que tenía, uno azul marino que había comprado para el entierro de su madre y que no se había vuelto a poner. Le quedaba un poco ancho de hombros. Había adelgazado.
Júlia había venido con él, con un vestido rojo y la determinación de una general que entra en territorio enemigo.
Llevaba una lista mental de doce personas con las que había que hablar, y en la primera media hora habló con nueve.
Álvaro la siguió como un escolta, estrechando manos, sonriendo, diciendo «gracias» y «es un proyecto precioso» y «sí, la cenefa estaba debajo de la mugre, nadie lo sabía», mientras miraba el móvil a escondidas cada cinco minutos.
A las nueve y diez llegó la primera foto: una tarta de tres pisos, ligeramente torcida, con velas en forma de seis y de dos, y la cara de una mujer de pelo corto y gafas rojas inclinada sobre ellas con los ojos cerrados.
Debajo, un mensaje: «Mi madre pidiendo un deseo.
Creo que es que me case. Me lo pide todos los años».
Álvaro sonrió por primera vez en toda la noche.
«Dile que no se precipite», escribió.
«¿Por qué?»
«Porque hay una cláusula».
Ella mandó un emoji riéndose. Luego otro mensaje: «Te echo de menos. Sonríe a la gente».
Se guardó el móvil en el bolsillo interior del traje, junto al corazón, que era una tontería, lo sabía, pero que hizo de todas formas.
* * *
Elena Boix los encontró a las nueve y media, junto a una estufa, con una copa de cava y un hombre a su lado.
El hombre tenía el pelo blanco, muy corto, y unas gafas de montura fina.
Llevaba un traje gris de corte impecable, sin corbata.
Álvaro lo reconoció antes de que Elena lo presentara.
Había visto su cara en revistas del sector, en vallas de obra, en la carátula de la mitad de los proyectos grandes de Valencia.
—Álvaro, te presento a Héctor Mollà —dijo Elena—. Héctor, Álvaro Casal, de Estudio Mediterráneo.
—Encantado —dijo Mollà, tendiéndole la mano—. Enhorabuena por la nominación. La fachada es extraordinaria. La vi el martes pasando por el Cabanyal. Paré el coche.
—Gracias.
Álvaro le estrechó la mano. Era firme, seca, cordial. Todo en aquel hombre era cordial. Era el tipo de cordialidad que Álvaro no sabía imitar y que siempre le había hecho desconfiar, igual que desconfiaba de las vigas que no crujían nunca.
—Sé que en algún momento fuimos competencia —siguió Mollà, con una sonrisa franca—. Por la obra del Rosario. Quiero que sepas que no hay nada personal. Elena me contó vuestro plan por fases y le dije que era mejor que el mío. Retiré mi propuesta hace semanas.
—No lo sabía.
—Pues ya lo sabes. —Mollà dio un sorbo a su copa—. Además, tenéis a Marina. Con ella al frente, esa obra va a llegar. Lo sé mejor que nadie.
Álvaro sintió que algo le tocaba la nuca. Un dedo frío.
—¿Mejor que nadie?
—Bueno —Mollà se rio, un poco incómodo, como quien se da cuenta tarde de que ha pisado algo—, intenté robárosla, para qué te voy a mentir. Le ofrecí la dirección de obras de rehabilitación del grupo. Me dijo que no.
Elena Boix se volvió hacia Álvaro con una ceja levantada. Júlia, que estaba a dos metros hablando con un concejal, se quedó a media frase.
—Le ofreciste… —empezó Álvaro.
—Hace mes y medio. Más o menos. —Mollà hizo un gesto vago con la copa—.
En el Mercado de Colón. Un lunes. Le ofrecí bastante.
El triple de lo que imagino que podéis pagarle, y perdona la franqueza.
Y me dijo que no. Que tenía una casa a medias.
—Volvió a sonreír, esta vez con algo de nostalgia—.
Le dije que en enero, cuando terminara con vosotros, la oferta seguiría en pie.
Uno no rechaza el triple dos veces. Pero bueno, eso ya es cosa suya.
Un lunes. Mercado de Colón. Un proveedor. Nada importante.
Álvaro no supo después qué contestó. Algo educado, seguramente.
Algo como «es una gran profesional» o «tiene mucho criterio».
Mollà le dio una palmada en el hombro y se fue hacia otro grupo.
Elena se quedó un momento más, mirándolo con una expresión que podía ser compasión o curiosidad, y luego también se fue.
Júlia se acercó.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Tienes la copa al revés.
Álvaro miró la copa. La tenía inclinada. El cava le estaba cayendo en el zapato.
* * *
Ganaron el premio.
Lo anunciaron a las once menos veinte, desde un pequeño escenario con un atril de metacrilato y un presentador con pajarita. Mejor intervención en patrimonio, categoría de obra en curso: restauración de la fachada de la casa de la calle del Rosario, Cabanyal. Estudio Mediterráneo.
Júlia gritó. Literalmente. Un grito agudo, nada propio de ella, que hizo girarse a media terraza. Luego le agarró el brazo y lo empujó hacia el escenario, y Álvaro subió los tres escalones como quien sube a un andamio con vértigo.
Le dieron una figura de cristal con forma de arco. Le pusieron un micrófono delante.
Tenía que decir algo. Doscientas personas le miraban. Elena Boix, en primera fila, aplaudía. Héctor Mollà, al fondo, levantaba la copa.
—Gracias —dijo Álvaro—. Esta fachada… —Se detuvo.
Miró la figura de cristal—. Esta fachada estaba debajo de cincuenta años de mugre y nadie sabía lo que había.
La encontró una persona que decidió limpiar primero la parte que nadie iba a mirar.
—Hizo una pausa. Tenía la garganta seca—.
Este premio es suyo. Y de un equipo que ha aguantado más de lo que debería. Gracias.
Bajó. Aplaudieron. Júlia lo abrazó.
Y Álvaro pensó, con la figura de cristal en la mano, que acababa de dar las gracias en público a una persona que le había mentido mirándole a los ojos. Dos veces. Una en el vestíbulo de una obra, con un plano enrollado entre las manos. Otra en una cama, en Novelda, bajo un cuadro de punto de cruz.
No hay nada que no me hayas contado, ¿verdad?
Nada.
* * *
Salieron de la gala a las doce y media. Júlia llevaba la figura de cristal envuelta en su chal rojo, abrazada contra el pecho como si fuera un bebé, y se negó a dársela a Álvaro cuando él se ofreció a llevarla.
—Tú la vas a dejar en el taxi —dijo—. Te conozco.
—No la voy a dejar en el taxi.
—Llevas toda la noche con la cabeza en otro sitio. Has echado cava en el zapato. Has dado las gracias en el escenario mirando al techo. —Júlia se apretó el chal—. La llevo yo.
No cogieron taxi. Sin decírselo, los dos echaron a andar por el paseo de la dársena, junto a los amarres de los veleros, que se balanceaban en la oscuridad con un tintineo de cuerdas contra los mástiles.
Hacía frío y olía a sal y a gasoil. A lo lejos, las grúas del puerto comercial tenían las luces rojas encendidas en lo alto, como una fila de cigarros en la noche.
—Lo de Mollà —dijo Júlia al fin.
—No quiero hablar de eso.
—Ya lo sé. Por eso lo saco yo. —Júlia caminaba mirando al frente, con la figura en brazos—. No sabías nada.
—No.
—Y ella no te lo contó.
—No.
—¿Y qué vas a hacer?
Álvaro no contestó. Se detuvo junto a un bolardo de hierro y se quedó mirando un velero pequeño, de casco azul, que tenía escrito en la popa un nombre de mujer medio borrado por la sal.
—No lo sé —dijo—. Hacer números, supongo.
—Los números no te van a decir por qué no te lo contó.
—Ya.
Júlia se detuvo a su lado. Durante un rato no dijo nada. Luego, con una voz más baja de lo habitual, que Álvaro tuvo que inclinarse para oír, dijo:
—Dani me ha pedido que me vaya a vivir con él.
Álvaro se volvió hacia ella.
—¿Qué?
—El martes. En la casa del Rosario, en la planta segunda, delante de una ventana podrida.
—Júlia apretó los labios—. Llevamos tres semanas.
Tres. Y me lo pidió como si me estuviera preguntando la hora.
Y yo le dije que tenía que pensarlo, y él me dijo «claro», y siguió lijando el marco como si nada. Y desde entonces no he dormido.
—¿Y qué le vas a decir?
—Que sí. —Júlia soltó una risa nerviosa, nada propia de ella—. Lo supe en el momento en que me lo preguntó. Pero llevo cuatro días haciendo listas de pros y contras en la agenda, con pestañas de colores, porque decir que sí sin una lista me da un miedo que no te puedes imaginar.
—Me lo puedo imaginar.
—Ya lo sé. Por eso te lo cuento. —Júlia le miró por fin—. Tú y yo somos iguales, Álvaro. Desde la carrera. Los dos necesitamos tener el plano antes de poner el primer ladrillo. Y con las personas no hay plano. Solo hay ladrillos.
Álvaro miró el velero de casco azul. El nombre de mujer en la popa. La sal que lo iba borrando.
—¿Por qué no me lo habrá contado? —preguntó, más para sí mismo que para ella.
—No lo sé. Pero sé una cosa. —Júlia se apretó la figura contra el pecho—. Si yo hubiera rechazado el triple de sueldo para quedarme en un estudio que se hunde, tampoco te lo contaría. Me daría vergüenza. Parecería que te estoy pasando factura.
Álvaro se quedó muy quieto.
—No había pensado en eso.
—Porque tú solo piensas en lo que te pueden quitar. Nunca en lo que te están dando. —Júlia le dio un golpecito en el brazo con el codo, el único que tenía libre—. Pregúntale. Antes de hacer nada. Antes de hacer números. Antes de hacer pestañas. Pregúntale y escucha la respuesta. Y luego decides.
—¿Tú se lo vas a decir a Dani? ¿Que sí?
—Mañana —dijo Júlia—. Antes de que me dé tiempo a hacer otra lista.
—Mañana —repitió Álvaro.
Siguieron andando hasta el final del paseo, donde Júlia paró un taxi. Antes de subir, se volvió con la figura de cristal en los brazos.
—Prométemelo —dijo—. Que le preguntarás.