Capítulo 14 · Como si nada #2
—Me jubilo en marzo —dijo—. Cuarenta y tres años.
He visto caer cosas. He visto caerse gente.
Un chaval en Paterna en el noventa, desde un tercero, que se quedó en silla.
Su padre, de lejos, en Benimaclet, aunque yo no estaba ese día.
—Hizo una pausa—. Y ¿sabe qué he aprendido?
Que se cae igual. Lo sujetes o no lo sujetes.
Lo único que puedes hacer es estar cerca para levantarlo.
—Eso es muy pesimista, Vicent.
—Es muy de obra. —Vicent dio un golpe suave a la piedra, casi una caricia—. La chica esa, la nueva. La suya.
Álvaro se tensó.
—No es mía.
—Ya. —Vicent ni siquiera se molestó en disimular—. Esa chica no se va a quedar porque la sujete, don Álvaro. Se va a quedar si la deja estar. Que no es lo mismo. Las piedras buenas son así. Si las aprietas demasiado, revientan. Si las dejas estar en su sitio, aguantan cien años.
—¿Me está dando consejos sentimentales con una clave de arco?
—Le estoy hablando de piedra. —Vicent se levantó con otro crujido, volvió a los caballetes y retomó el trabajo—. Lo otro lo ha puesto usted.
Álvaro se quedó sentado en el saco de cemento mucho rato, viéndole trabajar. Golpe, soplido. Golpe, soplido. La piedra iba tomando forma bajo la luz del foco, como algo que siempre hubiera estado ahí dentro, esperando a que alguien le quitara lo que sobraba.
Cuando por fin se levantó para irse, Vicent le habló sin volverse.
—Don Álvaro.
—Dígame.
—Cuando la pongamos en el arco, quiero que esté usted debajo. No en la escalera. Debajo. —Otro golpe—. Su padre estaba debajo en Sueca.
—Estaré debajo.
—Eso espero —dijo Vicent, y sopló el polvo.
* * *
Y luego estaban las noches.
Las noches no fingían.
Se veían en el piso de Marina, en la calle Islas Canarias, un tercero sin ascensor con un balcón diminuto desde el que, si te asomabas mucho y torcías el cuello, se veía un trozo de puerto.
O en el de Álvaro, en un edificio racionalista de la calle Doctor Lluch que a Marina le hizo muchísima gracia por el nombre, con estanterías hasta el techo, una cocina que nunca se había usado y una planta de interior que, según él, llevaba dos años muriéndose y no terminaba de decidirse.
Hablaban mucho. Él le contaba cosas de su padre, de su madre, que había muerto hacía nueve años y que tocaba el piano los domingos por la tarde con la ventana abierta para que la oyeran los vecinos.
Ella le contaba cosas de Xàtiva, de la tienda de telas, de su primera obra, una casita de pescadores en el Palmar donde se cayó al agua el primer día.
Él le enseñó la hoja de cálculo original, la de ciento cuarenta pestañas, que seguía guardando en un disco duro como quien guarda una foto antigua, y ella se rio tanto con la pestaña Contingencias de contingencias que se le saltaron las lágrimas.
—Todavía no me has dicho qué pone dentro —dijo.
—Nunca te lo diré.
—¿Por qué?
—Porque es lo único que me queda de misterio.
Ella le quitó el ratón y la abrió. Dentro había una sola celda, la A1, con una frase escrita: Pedir ayuda.
Marina se quedó mirándola un rato largo.
—Es lo que pones cuando todo lo demás falla —dijo él, sin mirarla—. Nunca la he usado.
—Yo tampoco —dijo ella—. Hasta la noche de la tubería.
—Lo sé.
Un domingo por la mañana, en el piso de la calle Islas Canarias, Álvaro se despertó antes que ella y encontró la libreta.
Estaba abierta sobre la mesa de la cocina, junto a una taza con un gato dibujado y un bote de alcaparras vacío que nadie había tirado.
Era una libreta pequeña, de tapas negras, con las esquinas dobladas y una goma elástica que ya no cerraba.
Álvaro no tenía intención de leerla. Había ido a la cocina a hacer café, en calzoncillos y con la camiseta de la universidad, y la libreta estaba allí, abierta, al lado de la cafetera, y sus ojos hicieron lo que hacían siempre con cualquier columna de números: la recorrieron.
Era una contabilidad. Escrita a mano, con su letra pequeña e inclinada, columna de fechas, columna de conceptos, columna de cifras. Alquiler octubre. Luz. Bici, cámara nueva. Regalo cumple mamá (pañuelo). Chinchetas de colores. Y en medio, una línea que le hizo pararse:
Tranvía: 100 €. Merecido.
Álvaro se rio. No pudo evitarlo. Una risa corta, por la nariz, en mitad de la cocina silenciosa.
—¿Qué es tan gracioso?
Se dio la vuelta. Marina estaba apoyada en el marco de la puerta, despeinada, con su jersey azul marino puesto del revés y los brazos cruzados.
—Nada.
—Estás leyendo mi libreta.
—Estaba haciendo café.
—Estabas haciendo café con la nariz metida en mis cuentas.
—Estaba abierta.
—Mi puerta también estaba abierta y no por eso entras a revisarme el armario. —Marina se acercó, cogió la libreta y la cerró con un golpe seco—. ¿Qué has visto?
—Lo del tranvía.
Ella se quedó un segundo quieta. Luego se le escapó una sonrisa.
—Fue merecido.
—Lo sé. Te bajaste del tranvía en marcha.
—Estaba parado.
—Tiraste de la palanca de emergencia de un vehículo público para llegar a una entrevista de trabajo.
—Para llegar a tiempo a una entrevista de trabajo. Que no conseguí. —Marina dejó la libreta en un estante, fuera de su alcance—. ¿Y tú? ¿No tienes una pestaña en tu hoja de cálculo para las multas?
—Tengo una pestaña para todo.
—¿Cuántas multas tienes?
—Ninguna.
—Mentira.
—Una —admitió él—. En 2014. Por aparcar en un vado en Russafa. Estaba midiendo una fachada y me olvidé del coche.
—¿Y cómo la tienes apuntada?
Álvaro tardó un segundo en contestar.
—«Sanción administrativa, vía pública. 90 euros. Error de planificación».
Marina se le quedó mirando. Y luego se echó a reír, con esa risa suya que le salía de todo el cuerpo, doblándose hacia delante, apoyando una mano en la encimera.
—«Error de planificación» —repitió, sin aliento—. Tú no te equivocas. Tú cometes errores de planificación.
—Es más preciso.
—Es más tuyo. —Marina se secó los ojos—. La mía pone «merecido». La tuya pone «error de planificación». Eso lo explica todo sobre nosotros.
—¿Qué explica?
—Que yo me perdono cuando ya he pagado. Y tú no te perdonas nunca, solo te reclasificas.
Álvaro se quedó con la cafetera en la mano. Lo pensó. Era verdad. Era tan verdad que le molestó un poco, de esa manera en que molestan las cosas que alguien ve en ti antes que tú.
—Pon el café —dijo ella, más suave, quitándole la cafetera de las manos—. Que te has quedado pasmado.
Lo puso ella. Él se sentó a la mesa de la cocina, en la única silla que no cojeaba, y la miró moverse por la cocina diminuta con el jersey del revés, abriendo armarios, sacando tazas, buscando el azúcar en un sitio y encontrándolo en otro.
Pensó que podría mirarla hacer café todos los domingos de su vida.
Lo pensó con esas palabras, sin pestañas, sin márgenes, y le dio vértigo.
—Llevas el jersey del revés —dijo.
—Lo sé.
—¿Quieres que te lo diga cada vez?
Marina dejó la taza delante de él. Se inclinó. Le dio un beso en la frente.
—Quiero que me lo digas cuando estemos achicando un sótano —dijo—. El resto del tiempo, me gusta así.
Y había otra cosa, en las noches, que no decían.
Marina lo sabía y él no. Algunas noches, cuando él se dormía, ella se quedaba despierta mirando el techo y pensando en cómo decirle lo de Héctor Mollà.
Había ensayado la frase cien veces. Hay algo que tendría que haberte contado hace un mes.
Pero cuanto más tiempo pasaba, más pesaba.
Lo que en octubre habría sido una anécdota, en noviembre era una omisión, y si esperaba a diciembre sería una mentira.
Lo sabía. Lo sabía igual que se sabe que una grieta en un testigo de yeso no se va a cerrar sola.
Y aun así, cada mañana, cuando él se despertaba y la miraba sin armadura, pensaba: «Mañana».
* * *
El jueves veintisiete, tres días antes del segundo hito, Elena Boix llamó a Álvaro.
Marina estaba en el despacho con él, revisando el calendario de la cocina. Vio cómo él contestaba, cómo escuchaba, cómo su expresión pasaba de la atención a la sorpresa y de la sorpresa a algo parecido a la incomodidad.
—Sí —dijo—. Claro. Allí estaré.
Colgó.
—¿Qué quería? —preguntó Marina.
—Invitarme a la gala del Colegio de Arquitectos. El sábado. Han nominado la fachada del Rosario a los premios de rehabilitación del año. —Hizo una pausa—. Como obra en curso. Es la primera vez en diez años que nominan algo nuestro.
—¡Álvaro! —Marina se levantó de la silla—. ¡Eso es increíble!
—Lo es. —Él no sonreía del todo—. Elena quiere que vayamos. Ella paga la mesa. Dice que es buena publicidad para el hotel.
—¿Y qué pasa?
—Que va a estar todo el sector. Constructoras, promotoras, la prensa. —Álvaro se encogió de hombros—. Odio esas cosas. Hay que hablar con gente. Hay que sonreír.
—Sobrevivirás.
—Ven conmigo.
Marina se quedó quieta.
—El sábado es el cumpleaños de mi madre —dijo—. Sesenta y dos. Le he prometido que iría a Xàtiva. Llevo tres meses sin ir.
—Ah.
—Lo siento.
—No, está bien. Tienes que ir. —Álvaro se pasó una mano por la cara—. Iré yo. Con Júlia, si quiere. Sonreiré. Hablaré con gente. Volveré a casa a las doce como Cenicienta.
—Te mandaré mensajes de ánimo.
—Mándame fotos del pastel.
—Te mandaré fotos del pastel.
Él la miró. Luego miró la puerta del despacho, entreabierta, por la que se veía la sala grande y a Bruja dormida en el umbral. Se inclinó y le dio un beso rápido, furtivo, en la comisura de los labios.
—Como si nada —dijo.
—Como si nada —repitió ella, y se rio.
Y se fue a su mesa sin pensar ni un segundo en quién más estaría en aquella gala. Ni en el hombre de pelo blanco y gafas de montura fina que llevaba un mes sin saber nada de ella, salvo un correo amable que decía «no», y que no tenía ninguna razón para guardarle el secreto a nadie.