Capítulo 14 · Como si nada
La propuesta fue de Marina, en el coche, a la altura de Xàtiva, con el castillo recortado contra el cielo a la izquierda y un silencio cómodo dentro del Volvo que llevaba cuarenta kilómetros sin romperse.
—Creo que no deberíamos contarlo —dijo.
Álvaro no apartó los ojos de la carretera.
—¿A quién?
—A nadie. En el estudio. Hasta que acabe la obra.
—¿Por qué?
—Porque llevo un mes allí. Porque tengo un contrato con una cláusula. Porque si dentro de un mes me hacéis algo más que project manager, no quiero que nadie piense que es por esto. —Hizo un gesto vago que abarcaba el coche, la autovía, la noche en Novelda—. Quiero que sea por el trabajo.
—Nadie pensaría eso.
—Samuel lo pensaría. Y lo diría en voz alta. Y se reiría.
Álvaro lo consideró. Tenía razón con lo de Samuel.
Y, además, había algo en la idea que le resultaba extrañamente tranquilizador: un perímetro, una zona acotada, un sitio donde lo que sentía por ella no se mezclaba con los presupuestos, los plazos ni la celda de enero.
Dos pestañas separadas. Una de trabajo. Otra de lo demás.
—De acuerdo —dijo—. Hasta el ocho de enero.
—Hasta el ocho de enero.
—Como si nada.
—Como si nada.
Fue, probablemente, la decisión más ingenua que había tomado en su vida adulta.
* * *
El lunes duró exactamente catorce minutos.
A las ocho, delante del panel de corcho, Álvaro llamó a Marina «Lluch».
Nunca la había llamado así. Lo hizo porque le pareció neutral, profesional, el tipo de apelativo que usa un director con una empleada a la que no ha besado en el pasillo de un hostal de Novelda.
Lo dijo dos veces. La segunda, Samuel levantó la vista de su tarjeta.
—¿Lluch? —repitió.
—Es su apellido.
—Ya sé que es su apellido. Pero llevas un mes llamándola Marina.
—Hoy la llamo Lluch.
—¿Y eso?
—Es lunes.
Samuel lo miró. Miró a Marina, que de pronto estaba muy interesada en colocar una chincheta exactamente en el centro de una tarjeta. Volvió a mirar a Álvaro.
—Ah —dijo Samuel, con una lentitud deliciosa—. Novelda.
—¿Qué tiene que ver Novelda?
—Nada. Nada en absoluto. —Samuel escribió algo en su tarjeta, la clavó en el corcho y se fue hacia su mesa silbando la marcha militar del móvil de Álvaro.
A las ocho y catorce, Pilar entró en el estudio con un táper de bizcocho, lo dejó sobre la mesa grande, se acercó a Álvaro, extendió la mano abierta delante de él y esperó.
Álvaro la miró. Pilar no dijo nada. Siguió con la mano extendida.
Él sacó la cartera, buscó un billete de diez euros, se lo puso en la palma.
—Gracias, cariño —dijo Pilar, y se lo guardó en el bolsillo del delantal con la satisfacción de quien cobra una deuda de guerra.
Marina, al otro lado de la sala, se tapó la cara con un plano.
* * *
Aun así, lo intentaron. Durante dos semanas, con una tenacidad que habría merecido mejor causa, Álvaro y Marina fingieron delante de todo el estudio que no había pasado nada.
Fue un desastre de proporciones épicas.
Él seguía llamándola Lluch, pero se le escapaba Marina en cada frase larga, y luego carraspeaba.
Ella seguía llevándole café los jueves a la obra, pero ahora se lo daba con un gesto tan rígido, tan cuidadosamente impersonal, que Vicent le preguntó a Pau si los jefes se habían peleado.
Se evitaban en la cocina del estudio con una coreografía tan precisa que se chocaban constantemente.
Se sentaban en extremos opuestos de la mesa de la azotea los viernes, y luego se pasaban la comida mirándose de reojo, apartando la mirada a la vez, volviéndose a mirar.
Y Bruja, que no entendía de discreción ni de cláusulas, se sentaba siempre entre los dos. Si Marina estaba en su mesa y Álvaro en su despacho, la gata se tumbaba exactamente en el umbral de la puerta, a medio camino, con una mitad del cuerpo en cada lado.
—Esa gata es una chivata —dijo Júlia un miércoles, mirándola.
—Esa gata es una celestina —corrigió Dani, que ahora pasaba por el estudio casi todas las tardes, siempre con alguna excusa relacionada con las ventanas que nadie se creía.
—¿Celestina de quién? —preguntó Álvaro, desde su despacho, demasiado rápido.
Júlia y Dani se miraron. Luego le miraron a él.
—De nadie —dijo Júlia, con una dulzura alarmante—. De nadie en absoluto.
* * *
Lo único que fingían bien era trabajar.
Eso no tenían que fingirlo. La casa del Rosario avanzaba como un tren que por fin ha encontrado la vía.
El segundo hito vencía el treinta de noviembre, y era el más duro de los tres: la planta baja con las instalaciones terminadas, la cocina del restaurante montada, la fachada restaurada entera y la clave del arco sustituida.
La piedra de Batiste llegó un jueves, en el camión del sobrino, envuelta en mantas como un recién nacido.
Era aún más bonita de lo que Marina recordaba, con su peca en forma de media luna en la esquina.
Vicent la acarició con la palma de la mano antes de dejar que nadie la moviera, y después se pasó una semana tallándola a mano, en el patio, con mazo y cincel, ajustándola milímetro a milímetro a la plantilla que Iván había sacado del hueco de la clave vieja.
No dejó que nadie le ayudara. Dijo que era la última clave que iba a tallar en su vida y que quería hacerla solo.
—¿La última? —preguntó Marina.
—Me jubilo en marzo —dijo Vicent, sin levantar la vista de la piedra—. Cuarenta y tres años. Ya está bien.
—No me lo habías dicho.
—No me lo habías preguntado. —Vicent sopló el polvo de la piedra—. Además, ahora sí que me puedo ir tranquilo. La casa ya tiene quien la cuide.
La fachada quedó terminada a mediados de mes.
Los restauradores retiraron el andamio un martes por la mañana, y media calle del Rosario salió a mirar.
La cenefa de naranjos recorría ahora toda la fachada, de un extremo a otro, entre los azulejos verdes y blancos, y por la tarde, con el sol de poniente, brillaba de tal manera que la gente se paraba en la acera de enfrente a hacer fotos.
Una señora mayor, la de los balcones en bata del día de la viga, lloró.
Dijo que la recordaba así de pequeña, antes de que la ensuciaran los años y el humo del bar.
Elena Boix vino a verla y no dijo nada. Se quedó media hora de pie en la acera, sola, sin asistente, con las manos en los bolsillos de la gabardina. Luego cruzó la calle, entró en la obra, buscó a Álvaro y le dijo:
—Quiero que pongáis una placa. Con el nombre de quien la hizo.
—No sabemos quién la hizo —dijo Álvaro—. Solo tenemos una inicial en una factura. «Sr. Ll.»
—Pues ponéis eso.
* * *
Una tarde, a última hora, Álvaro se quedó en el patio de la casa del Rosario mirando cómo Vicent tallaba la clave.
No tenía nada que hacer allí. Había venido a recoger unas muestras de pintura y se había quedado de pie junto a la puerta del patio, con las muestras en la mano, viendo al viejo trabajar a la luz de un foco de obra mientras el resto de la casa se vaciaba.
Vicent tenía la piedra de Batiste sobre dos caballetes, envuelta a medias en una manta, y la iba desbastando con un cincel plano y una maceta de madera, golpe a golpe, sin prisa, soplando el polvo cada tres o cuatro golpes como quien sopla una vela de cumpleaños.
—¿No se va a casa, don Álvaro? —preguntó Vicent, sin volverse.
—Ahora.
—Lleva veinte minutos diciendo «ahora».
—No sabía que me había visto.
—Le he visto llegar. Pisa como su padre. Con el talón primero. —Vicent dio otro golpe—. Siéntese, hombre. Que de pie me pone nervioso.
Álvaro se sentó en un saco de cemento. Vicent siguió trabajando. Durante un rato solo se oyó el golpe seco de la maceta sobre el cincel, el silbido del polvo al soplarlo, el rumor lejano del bar de Toni y una radio que alguien tenía encendida en un balcón del patio vecino.
—Su padre me enseñó a tallar claves —dijo Vicent de pronto—. ¿Lo sabía?
—No.
—En el ochenta y dos. En una iglesia de Sueca que se caía a trozos.
Yo tenía veintiún años y era peón. Él era el arquitecto, el jefe, el que mandaba.
Y un día se quitó la chaqueta, se remangó y se puso a tallar conmigo una clave nueva para el arco del coro.
Porque el cantero se había puesto enfermo y no había otro.
—Vicent sopló el polvo—. No sabía tallar.
Lo hacía fatal. Pero se quedó tres noches conmigo hasta que la terminamos.
Y al final me dijo: «Vicent, una clave no sujeta nada sola.
Sujeta porque las otras piedras la empujan desde los lados.
Si la sacas del arco, es una piedra cualquiera».
Álvaro miró la piedra sobre los caballetes, con su peca en forma de media luna.
—Eso suena a mi padre.
—Eso es su padre. —Vicent dejó la maceta un momento y se limpió las manos en el pantalón—. Y usted no se parece a él.
Álvaro levantó la vista.
—Gracias —dijo, seco.
—No lo digo como insulto. Lo digo como lo que es.
—Vicent se sentó en otro saco, enfrente, con un crujido de rodillas—.
Su padre era de los que se remangaban. Usted es de los que miran desde la escalera.
Siempre ha sido así. Desde pequeño. Le traía aquí, a las obras, con cinco o seis años, y mientras los demás críos se habrían puesto a jugar con la arena, usted se sentaba en un escalón y miraba.
Lo miraba todo. Muy serio. Como si lo estuviera apuntando.
—Probablemente lo estaba apuntando.
—Probablemente. —Vicent sonrió por debajo de la gorra—. Y no está mal mirar. Alguien tiene que hacerlo. Pero hay cosas que no se pueden sujetar mirando.
Álvaro no contestó. Vicent volvió a coger la maceta y el cincel, pero no los usó. Se quedó con ellos en las manos, mirando la piedra.