Capítulo 13 · Les Fonts #2
—En Xàtiva —dijo—. En la calle Montcada.
Es la escalera del edificio donde vivíamos cuando yo era pequeña.
Antes de que mi padre se fuera. Un edificio del siglo dieciocho, con un patio de luces y una escalera de piedra de tres tramos que subía hasta el tercero.
—Sonrió de lado—. La subí llorando el día que me rompí la muñeca en las fiestas.
Mi madre detrás, con la bici a cuestas. No lloré en la calle.
Lloré en el segundo tramo, cuando ya nadie me veía.
—¿Y qué le pasó?
—Hace tres años el edificio se vendió a una inmobiliaria que quería tirarlo y hacer apartamentos turísticos.
El proyecto decía que la escalera no tenía valor, que estaba en mal estado, que no cumplía normativa.
Yo me enteré por mi madre. Fui a verla. Y estaba mal, sí.
El segundo tramo cedía por el encuentro con el muro, justo donde yo me sentaba a llorar de pequeña.
—Se encogió de hombros—. Me pasé seis meses de fines de semana midiéndola, dibujándola, haciendo cálculos.
Presenté un informe al ayuntamiento de Xàtiva.
Fui a cuatro plenos. Hablé con la prensa local. Me puse muy pesada.
—Me lo imagino.
—Al final la catalogaron. El edificio se rehabilitó en lugar de tirarse. La escalera sigue allí. —Marina miró sus manos—. Ese dibujo es el único que tengo que hice entero con mis manos, de principio a fin, solo porque quería. Sin que nadie me lo pidiera ni me lo pagara.
Álvaro se quedó callado un rato.
—¿Y la frase? —preguntó al fin—. La del reverso.
Marina giró la cabeza hacia él, despacio.
—¿La has leído?
—El primer día.
—¿Y no me lo has dicho en todo este tiempo?
—Estaba esperando a que me lo contaras tú.
Ella soltó una risa breve, incrédula, por la nariz.
—Eres increíble.
—Es mi método. —Álvaro se miró las botas—. ¿Me lo cuentas?
Marina miró el valle. Las luces de los pueblos parpadeaban en la distancia, como si alguien estuviera encendiendo y apagando interruptores.
—La escribí la noche antes de parar la obra de la calle Sagunto —dijo—.
Llevaba dos semanas viendo el andamio sin anclar.
Se lo había dicho a todo el mundo. Nadie hacía nada.
Y esa noche no podía dormir, y saqué el dibujo de la escalera de la carpeta para mirarlo, porque mirarlo me tranquilizaba.
Y pensé en mi padre. En el taller. En que él vio venir la ruina durante dos años y no quiso mirarla, porque mirarla era admitir que necesitaba ayuda.
—Hizo una pausa—. Y escribí eso por detrás, a lápiz, para no olvidarlo. Al día siguiente paré la obra.
—Y te despidieron.
—Y me despidieron. —Marina sonrió, sin amargura—. Y por eso estoy aquí, en un cerro de Novelda, con tu chaqueta puesta.
Álvaro no dijo nada. Pero se acercó un poco en el murete, lo justo para que sus hombros se tocaran a través de la lana, y se quedaron así mucho rato, sin hablar, mirando las luces del valle, con el santuario iluminado a sus espaldas como una vela de piedra que alguien hubiera dejado encendida para ellos.
—Mi padre tenía razón —dijo él al fin, en voz muy baja.
—¿Sobre qué?
—Sobre esto. Sobre venir a verlo. —Miró hacia atrás, hacia las torres retorcidas—. Las fotos no le hacen justicia.
—Ninguna foto le hace justicia a nada.
—No —dijo él, y no estaba mirando el santuario.
* * *
El hostal estaba en la plaza de Novelda, frente a una iglesia, y se llamaba Hostal Paquita, aunque la mujer que lo regentaba se llamaba Remedios.
Iván, que también les había recomendado el sitio, les había reservado dos habitaciones.
Remedios los recibió con una sonrisa, les dio dos llaves con llaveros de madera enormes, la 3 y la 4, y les dijo que la cena era a las nueve y que el arroz con conejo no se podía rechazar.
No lo rechazaron.
Cenaron en el comedor del hostal, solos, con un mantel de puntilla y una botella de vino tinto de la zona que Remedios abrió sin preguntar.
Hablaron de la piedra, de Batiste, de la factura del «Sr. Ll.
». Hablaron de todo menos de lo único de lo que los dos estaban pensando, que flotaba sobre la mesa entre el arroz y el vino como el humo de una vela recién apagada.
A las once, Remedios apagó la luz del comedor como señal inequívoca. Subieron la escalera estrecha del hostal, que crujía en cada peldaño. En el pasillo del primer piso, las dos puertas estaban una frente a otra. La 3 y la 4.
Se detuvieron en medio.
—Bueno —dijo Marina.
—Bueno —dijo él.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Ninguno de los dos se movió.
Marina se quitó la chaqueta. Lo hizo despacio, una manga y luego la otra, y se la tendió. Él la cogió. Se quedó con ella en las manos.
—Te la devuelvo —dijo ella—. Como acordamos. En Novelda.
—Acordamos que te la devolvía yo a ti.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. —Álvaro miró la chaqueta. Luego la miró a ella—. Si te la devuelvo yo, significa que es tuya.
Marina sintió que le latía el corazón en las sienes.
—¿Y lo es?
Él dio un paso. Le puso la chaqueta sobre los hombros, otra vez, despacio, con las dos manos. Y no las retiró.
—Lo es —dijo.
Marina no supo después quién se movió primero.
Le pareció que los dos a la vez, como dos personas que llevan semanas caminando una hacia la otra por un pasillo muy largo y de pronto se dan cuenta de que ya no queda pasillo.
El beso fue torpe al principio, porque ella se puso de puntillas y él se agachó al mismo tiempo y se chocaron la nariz, y los dos se rieron con la boca pegada.
Y después dejó de ser torpe. Después fue lento, y serio, y tuvo algo de pregunta y algo de respuesta, y la chaqueta se le cayó de los hombros al suelo del pasillo sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
Cuando se separaron, él tenía los ojos cerrados.
—Le debo diez euros a Pilar —dijo, muy bajo.
—Ahora sí —dijo ella.
Él abrió los ojos. La miró. Y Marina vio en su cara algo que no le había visto nunca, ni en la obra, ni en el despacho, ni en el banco de hierro entre los geranios: le vio sin armadura.
Sin pestañas, sin márgenes, sin contingencias de contingencias.
Solo un hombre de treinta y siete años en el pasillo de un hostal de Novelda, mirándola como si tuviera miedo y le diera igual tenerlo.
Ella buscó a tientas el pomo de la puerta número 3. Lo encontró. Lo giró.
—Álvaro —dijo.
—¿Qué?
—Recoge la chaqueta.
Él se agachó, la recogió del suelo, y cuando se incorporó ella ya había entrado. La puerta de la habitación 3 se quedó abierta.
Él entró.
La puerta se cerró.
La llave de la habitación 4, con su llavero de madera enorme, se quedó toda la noche encima de la mesita del pasillo, donde Remedios la encontró a la mañana siguiente y se la guardó en el bolsillo del delantal sin hacer ningún comentario.
* * *
Marina se despertó con la luz de las ocho entrando por las rendijas de la persiana, el repique de la campana de la iglesia y un brazo sobre la cintura.
Se quedó quieta. Escuchó la respiración de él, lenta y profunda, contra su nuca.
Miró la pared de enfrente, donde había un cuadro de punto de cruz con un jarrón de flores y una frase bordada: Dios bendiga este hogar .
Pensó que Remedios tenía sentido del humor o ninguno, y que era imposible saber cuál de las dos cosas.
Pensó que era feliz. Lo pensó así, con esa palabra, que no usaba nunca porque le parecía una palabra de anuncio de yogur. Feliz.
Y luego, como una nube que tapa el sol en un día de playa, pensó en un correo con una estrellita amarilla que ya no existía.
Él se movió. Le besó el hombro.
—Buenos días —dijo, con la voz ronca.
—Buenos días.
—Remedios nos va a mirar mal en el desayuno.
—Remedios lleva cuarenta años viendo de todo. Lo nuestro no le va a sorprender.
—Me sorprende a mí. —Álvaro apoyó la barbilla en su hombro—. Llevo un rato despierto, pensando.
—¿En qué?
—En que nunca había hecho algo sin hacer antes una lista de pros y contras.
—¿Y qué tal?
—Desconcertante. —Hizo una pausa—. Muy bien. Pero desconcertante.
Marina se rio. Se giró para mirarle. Él tenía el pelo de punta por un lado y una marca de la almohada en la mejilla, y la miraba con una tranquilidad que ella no le había visto nunca. Le pasó un dedo por la marca.
—Oye —dijo él.
—Dime.
—No hay nada que no me hayas contado, ¿verdad?
Lo dijo medio en broma, con media sonrisa, con la voz todavía de sueño. Lo dijo como se dice una tontería en la cama una mañana de domingo.
Marina tuvo la verdad en la punta de la lengua. Héctor Mollà me ofreció trabajo. Le dije que no. Te lo debería haber contado. Tenía miedo de que pensaras que lo hacía para negociar. Cuatro frases. Ninguna difícil.
Pero él la miraba sin armadura. Y si se lo decía ahora, en esa cama, bajo ese cuadro de punto de cruz, la armadura volvería. Lo sabía. Lo vería volver, pieza a pieza, en su cara. Y no quería. No esa mañana. Esa mañana no.
«Luego», se dijo. «En Valencia. Con calma».
—Nada —dijo Marina.
Y le besó para no tener que decir nada más.