Capítulo 13 · Les Fonts
El coche de Álvaro era un Volvo familiar de color gris plomo, con dieciocho años, doscientos mil kilómetros y el mismo carácter que su dueño: fiable, sobrio y absolutamente incapaz de improvisar.
Tenía la radio desintonizada desde hacía años porque Álvaro nunca la ponía, y la guantera llena de cosas ordenadas: un manual de instrucciones, un chaleco reflectante, dos bolígrafos, un metro de carpintero y una bolsa de caramelos de eucalipto sin abrir.
—¿Desde cuándo tienes estos caramelos? —preguntó Marina, a la altura de Silla.
—¿Y no te has comido ninguno?
—Son para emergencias.
—¿Qué clase de emergencia se soluciona con un caramelo de eucalipto?
—Una tos en una reunión con un cliente.
Marina abrió la bolsa con un chasquido, sacó un caramelo, se lo metió en la boca y la volvió a dejar en la guantera.
—Acabas de inaugurar la bolsa —dijo él, sin apartar la vista de la carretera.
—Llevaba seis años esperando a que alguien se atreviera.
Álvaro no contestó. Pero a la altura de Alzira alargó la mano, abrió la guantera sin mirar, cogió un caramelo y se lo metió en la boca. Y Marina, que miraba los naranjales pasar por la ventanilla, sonrió hacia el cristal para que él no la viera.
Llevaba la chaqueta de él puesta. No había dicho nada al subir al coche. Él tampoco.
* * *
La autovía subía hacia el interior por un paisaje que iba cambiando de color a cada kilómetro: primero el verde oscuro de los naranjos, luego el gris plata de los olivos, luego viñas ya cosechadas, de un rojo oxidado, y montañas peladas, de un ocre casi rosa, con pueblos blancos colgados de las laderas.
Pasaron Villena con su castillo encaramado sobre el pueblo.
Bajaron por el valle del Vinalopó. Y poco después de las cuatro de la tarde, tras una carretera comarcal llena de curvas y un camino de tierra que hizo protestar al Volvo en cada bache, llegaron a la cantera de Les Fonts.
Era más pequeña de lo que Marina había imaginado.
Un tajo en la ladera de un monte bajo, como si alguien hubiera cortado una tarta con un cuchillo gigante, dejando al descubierto paredes verticales de piedra de un color crema que cambiaba con la luz.
Había una caseta de bloques con un tejado de uralita, una grúa vieja, un perro tumbado al sol y, sentado en una silla de enea a la puerta de la caseta, un hombre.
Tenía por lo menos ochenta años. Era menudo, enjuto, de piel oscura y arrugada como una nuez, con una boina negra y unos ojos claros que los observaron bajar del coche sin ninguna prisa.
—Ustedes son los de Valencia —dijo. No era una pregunta.
—Álvaro Casal. Y Marina Lluch. Del Estudio Mediterráneo. Le llamamos…
—No contesto al teléfono. —El hombre se levantó despacio—. Batiste. Les estaba esperando. Me avisó el muchacho de las gafas que no habla.
—¿Iván?
—Ese. Vino hace dos semanas a mirar piedra para ustedes. Me cayó bien. Casi no dijo nada. —Batiste los miró a los dos de arriba abajo—. Ustedes hablan más.
—Bastante más —admitió Marina.
—Ya se nota. —Batiste señaló el monte con la barbilla—. Es pronto. La piedra todavía no está.
—¿Cómo que no está? —preguntó Álvaro.
—Con esta luz parece blanca. Con la de mediodía, parece gris. La piedra de verdad sale a las seis menos cuarto, cuando el sol baja por allí. —Señaló una sierra lejana—. Siéntense. ¿Quieren un café?
* * *
El café de Batiste se hacía en un hornillo de camping, en una cafetera italiana que había sido azul en algún momento del siglo pasado, y sabía a tierra y a humo.
Se lo tomaron sentados en unas cajas de madera junto a la caseta, con el perro dormido a los pies de Marina, mientras Batiste les contaba la historia de la cantera.
La había abierto su abuelo en 1890. De aquella pared había salido piedra para iglesias de media provincia, para casas de indianos de Alicante, para la estación de ferrocarril de Novelda.
En 1911, un arquitecto de Valencia había subido en un carro tirado por mulas a buscar piedra para una casa de la calle del Rosario, en el Cabanyal, y el abuelo de Batiste le había cortado a mano los peldaños de una escalera y la clave de un arco.
—Mi abuelo decía que ese arquitecto era muy pesado —contó Batiste—. Que miraba cada bloque como si fuera a casarse con él.
—¿Sabe cómo se llamaba? —preguntó Marina.
—No. Pero mi abuelo guardaba las facturas. Están ahí dentro, en una caja de galletas. —Batiste sorbió el café—. Si quieren, luego se las enseño. Si les vendo.
—¿Si nos vende?
—No le vendo piedra a todo el mundo. —El viejo los miró por encima de la taza—. A unos de Madrid les dije que no hace tres años. Querían piedra para una fuente en un centro comercial. Les dije que mi piedra no estaba para que la mearan los niños.
Álvaro se atragantó con el café. Marina le dio dos palmadas en la espalda sin dejar de mirar a Batiste.
—¿Y qué tenemos que hacer para que nos venda?
—Nada. Esperar a las seis menos cuarto. Y contestarme una pregunta.
—¿Cuál?
—A las seis menos cuarto —repitió Batiste, y se levantó a fregar las tazas.
* * *
A las seis menos veinte los llevó al fondo de la cantera, donde había una veintena de bloques cortados, alineados en el suelo como lápidas sin nombre. El sol había bajado por detrás de la sierra lejana y la luz entraba ahora casi horizontal por la boca del tajo, rasante, dorada, larguísima.
Y la piedra cambió.
Marina lo vio pasar delante de sus ojos, como quien ve revelarse una fotografía.
Lo que a las cuatro había sido blanco, y a las cinco crema, empezó a encenderse por dentro.
Aparecieron vetas que antes no estaban, de un rosa muy pálido, de un dorado de miel, y en algunos bloques unas manchas diminutas, como de óxido, que Batiste llamó «las pecas».
Las paredes de la cantera parecían respirar.
El aire olía a polvo caliente y a romero.
Marina pensó que no había visto nada tan bonito en toda su vida.
—Ahora sí —dijo Batiste—. Esta es la piedra. —Se volvió hacia Álvaro—. Usted. ¿Para qué la quiere?
Álvaro se tomó un momento. Marina lo vio ordenar la respuesta, igual que ordenaba sus hojas de cálculo.
—Para sustituir la clave de un arco de ladrillo que soporta una escalera de 1912 —dijo—.
La clave original está partida por sobrecarga y humedad.
Hemos reforzado el arco con un zuncho de hormigón y perfiles metálicos, pero el ingeniero recomienda reponer la pieza con piedra de la misma procedencia para garantizar la compatibilidad de materiales y la durabilidad del conjunto.
Batiste asintió despacio, sin expresión. Luego se volvió hacia Marina.
—¿Y usted?
Marina miró los bloques encendidos. Pensó en el arco, en la grieta como un río en un mapa, en el abuelo de aquel hombre cortando a mano los peldaños por los que habían subido cien años de vecinos, niños, novias, ataúdes, carteros.
—Para que la escalera vuelva a sostener a alguien —dijo.
Batiste la miró un rato largo. Luego miró a Álvaro. Luego miró otra vez a Marina.
—Usted elige el bloque —le dijo a ella—. Y él paga.
—Eso es injusto —protestó Álvaro.
—Eso es la vida —dijo Batiste.
Marina eligió un bloque pequeño, con una peca diminuta en una esquina, en forma de media luna.
Batiste lo marcó con tiza. Prometió cortarlo esa semana y mandarlo con el camión de un sobrino que bajaba a Valencia los jueves.
Después les enseñó, a la luz de una bombilla desnuda en la caseta, la caja de galletas de su abuelo, llena de facturas amarillentas escritas con pluma.
Encontraron la de 1911. Casa calle del Rosario, Cabanyal.
Siete peldaños, una clave, dos impostas.
Arquitecto: Sr. Ll. El apellido estaba borrado por una mancha de humedad.
—«Ll» —leyó Marina—. Podría ser cualquiera.
—Podría ser un Lluch —dijo Álvaro.
—Hay mil Lluch en Valencia.
—Por eso digo que podría.
Batiste los miró a los dos por encima de las gafas de leer y no dijo nada, pero Marina habría jurado que se estaba riendo por dentro.
* * *
Bajaron a Novelda cuando ya era de noche.
Desde la carretera, antes de llegar al pueblo, vieron en lo alto de un cerro un edificio iluminado que parecía sacado de un sueño: un santuario de piedra con torres onduladas como velas derretidas, columnas que se retorcían y una cúpula rematada en espiral, todo de un color tostado bajo los focos, recortado contra el cielo negro junto a las ruinas de un castillo.
—Para —dijo Marina.
Álvaro frenó en el arcén.
—Es el santuario de la Magdalena —dijo él, sin necesidad de mirar—. Lo hizo un arquitecto de aquí, José Sala, que había estudiado la obra de Gaudí. Tardaron casi cincuenta años en terminarlo.
—¿Lo has visto antes?
—En fotos. En la carrera. Mi padre tenía una lámina en el despacho. —Hizo una pausa—. Siempre dijo que vendríamos a verlo juntos. No vinimos nunca.
Marina le miró. Él seguía con las manos en el volante, mirando el santuario a través del parabrisas.
—Pues ya estás aquí —dijo ella.
Subieron andando. Había un camino empedrado que zigzagueaba por la ladera entre pinos y piteras, con farolas de hierro cada veinte metros y bancos de piedra en los rellanos.
No había nadie. El santuario estaba cerrado a esa hora, pero la explanada que lo rodeaba seguía abierta, y desde allí se veía el valle entero: las luces de Novelda abajo, las de Monóvar y Elda más lejos, y en medio la oscuridad de los campos y de las canteras, como agujeros en un mapa.
Se sentaron en el murete de la explanada, con las piernas colgando. Hacía frío. Marina se cerró la chaqueta de él hasta el cuello.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Álvaro.
—Depende.
—La escalera. La de tu dibujo. ¿Dónde está?
Marina tardó en contestar. Abajo, un coche cruzaba el valle con los faros encendidos, despacio, como un barco en la noche.