Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 12 · La horchata se cobra #2
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Capítulo 12 · La horchata se cobra #2

—La negra, ni hablar —dictaminó—. Pareces un camarero de hotel. La de cuadros, ni hablar. Pareces tu padre, y aunque tu padre es un hombre muy atractivo, no es lo que buscamos. La azul clara es de boda.

—Eso he pensado yo.

—La blanca.

—La blanca es la de trabajo.

—La blanca es la de la entrevista. La que llevabas el día que llegó tarde. Me acuerdo porque Pilar me dijo que te habías remangado delante de ella y que eso no lo haces nunca con los candidatos. —Samuel hizo una pausa—. Ponte la blanca. Remangada. Sin corbata. Y la chaqueta de lana.

—¿La de lana? Está vieja.

—Por eso. No es para ti. Es por si ella tiene frío. Se la pones por encima sin preguntar y te callas. —Samuel hizo otra pausa—. Créeme. Funciona mejor que cualquier camisa.

Álvaro se sentó en el borde de la cama, entre las camisas.

—Samuel.

—Dime.

—¿Y si sale mal?

Esta vez el silencio fue distinto. Más corto. Más cercano.

—Pues sale mal —dijo Samuel, con una voz que ya no se reía—.

Y mañana te llamo, y me cuentas, y bebemos, y te digo que ella se lo pierde, aunque no sea verdad.

Eso es lo que hacen los amigos. —Una pausa—.

Pero no va a salir mal, Álvaro. Lleva desde que llegó mirándote igual que tú la miras a ella.

Lo único que puede salir mal es que te pases la cena haciendo números.

—No voy a hacer números.

—Vas a hacer números. Pero hazlos por debajo de la mesa. Que no se note.

Álvaro se rio. Por primera vez en toda la tarde, se rio.

—Gracias —dijo.

—De nada. —Samuel hizo otra pausa—. Oye.

—¿Qué?

—Me alegro mucho. De verdad. Hacía un año que no te oía así.

—¿Así cómo?

—Asustado de algo que no es una hoja de cálculo.

Colgó antes de que Álvaro pudiera contestar.

Álvaro se puso la camisa blanca. Se remangó hasta los codos. Se miró en el espejo del pasillo, al lado de la planta que llevaba dos años muriéndose. Se miró mucho rato.

Luego, sin saber por qué, cogió la regadera de la cocina, que no había usado nunca, y regó la planta.

*  *  *

La cena fue a las diez, en una casa de comidas de la Malvarrosa que Álvaro conocía desde niño, con manteles de cuadros, una pecera con un mero que llevaba allí, según el dueño, desde las Olimpiadas de Barcelona, y una terraza que daba directamente al paseo marítimo.

No era un sitio elegante. Álvaro lo había elegido precisamente por eso.

Había pasado toda la semana dudando entre un restaurante con estrella del centro, que le parecía demasiado, y el bar de Toni, que le parecía demasiado poco, y al final había elegido el lugar donde su padre le llevaba a comer calamares los domingos cuando tenía siete años.

Marina se presentó con un vestido negro sencillo, sin el lápiz en el pelo, y él tardó un momento en saber qué hacer con las manos.

Hablaron de todo. Del hito, de Iván, de la cantera de Novelda, del mero de la pecera, al que Marina bautizó como Ramón en honor a su padre y por el parecido en la mirada, cosa que a Álvaro le hizo reír de una manera que no recordaba.

Hablaron de Júlia y Dani, y Marina le contó la apuesta con Samuel, y él dijo que Samuel iba a ganar, y ella dijo que ya lo sabía, que había apostado para perder.

Hablaron de la tienda de telas de Xàtiva y de la paella del cuñado de Vicent, y ella le confesó lo del chorizo, y él juró solemnemente que no se lo contaría a Toni.

No hablaron del estudio. No hablaron de la raya de enero. No hablaron de la cláusula.

Y él no le preguntó por Héctor Mollà.

*  *  *

Después pasearon por el paseo marítimo, hacia el norte, con el mar a la derecha, negro y tranquilo, y la luna a medio llenar dibujando sobre el agua un camino de luz que llegaba hasta la orilla.

Hacía fresco. Era la primera noche de verdad de otoño, y Marina se frotó los brazos.

Álvaro se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros sin preguntar, igual que aquella noche en el despacho, y ella no protestó.

—Esta chaqueta ya ha dormido conmigo una vez —dijo.

—Lo sé. Me la devolviste doblada.

—Fui educada.

—Fuiste muy rápida.

Ella se detuvo. Estaban junto a la barandilla del paseo, frente a la arena vacía, bajo una farola que se encendía y se apagaba con un zumbido intermitente, como si no terminara de decidirse.

—¿Rápida? —repitió.

—Me la devolviste en el portal. Doblada en cuatro. Como si tuvieras prisa por no deberme nada.

Marina se quedó un momento callada.

—Es que no me gusta deber nada —dijo.

—Lo sé.

—Es un defecto.

—Es una armadura. —Álvaro apoyó las manos en la barandilla—. Yo tengo una de diecisiete pestañas. No soy quién para criticar la de nadie.

Ella se volvió hacia él. La farola zumbó, se apagó, volvió a encenderse.

A esa luz intermitente, Álvaro vio que Marina le miraba de una manera nueva, sin humor defensivo, sin preparar ninguna respuesta.

Le miraba como había mirado el arco bajo la escalera la primera vez, con la linterna en la mano: queriendo saber cuánto peso aguantaba.

Él dejó de pensar.

Dio un paso. Ella no retrocedió. Levantó una mano, despacio, y le apartó un mechón de pelo de la cara, y notó cómo ella contenía la respiración. Estaban tan cerca que sentía su aliento, con un resto dulce de horchata. Ella cerró los ojos. Él inclinó la cabeza.

El móvil de Álvaro sonó.

Sonó con el tono más ridículo del mundo, una marcha militar que Pau le había instalado en el estudio como broma y que él nunca había sabido quitar. A todo volumen. En mitad del paseo marítimo vacío.

Se quedaron los dos congelados, a dos centímetros.

—No lo cojas —susurró Marina.

—No pensaba cogerlo.

La marcha militar siguió sonando. Se calló. Silencio. Él volvió a inclinarse.

Volvió a sonar.

—Es tu padre —dijo Marina, que veía la pantalla a través del bolsillo de la chaqueta que llevaba ella puesta.

Álvaro cerró los ojos.

—Si no lo cojo, va a llamar a Pilar —dijo—. Y Pilar va a llamar a la policía.

—Cógelo.

Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta, que seguía sobre los hombros de Marina, con una torpeza enorme, rozándole el costado sin querer, y descolgó.

Pero con las prisas pulsó lo que no era, y la voz de su padre salió por el altavoz, alta y clara, ligeramente torcida en las eses, sobre el rumor del mar:

—¿La has besado ya?

Marina se tapó la boca con las dos manos.

—Papá…

—Pilar dice que no te atreves. Yo he apostado a que sí. Hay diez euros en juego.

—Papá, estás en manos libres.

Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.

—Ah —dijo Ramón Casal—. Buenas noches, Marina.

—Buenas noches, Ramón —dijo Marina detrás de sus manos, con la voz rota de risa.

—Bueno, pues nada. Ya os dejo. —Pausa—. ¿Entonces sí o no?

Álvaro colgó.

Marina se había doblado sobre la barandilla y se reía con todo el cuerpo, una risa enorme, imparable, de las que duelen en las costillas.

Él se quedó mirándola con el móvil en la mano y una mezcla de humillación y de algo mucho más cálido que la humillación.

Y al final también se rio, primero por la nariz, luego con los hombros, luego del todo, apoyado en la barandilla a su lado, con la farola zumbando encima de ellos como si también le hiciera gracia.

Cuando por fin pudieron parar, el momento había pasado. Los dos lo sabían. Se quedaron un rato en silencio, mirando el mar, con los hombros casi tocándose.

—Le debes diez euros a Pilar —dijo Marina.

—Le debo diez euros a Pilar —asintió él.

—Podrías no deberlos.

Álvaro se volvió hacia ella. Marina miraba el mar, muy seria, aunque le temblaba la comisura de los labios.

—Ahora no —dijo él—. Ahora sería por la apuesta.

—Eso es muy tuyo.

—Lo sé.

—Muy de hoja de cálculo.

—Lo sé.

Ella asintió despacio. Luego se quitó la chaqueta de los hombros, la sostuvo un momento entre las manos y, en lugar de doblarla, se la volvió a poner.

—Esta me la quedo hasta el sábado —dijo—. Hasta Novelda.

—Hay dos horas de coche.

—Pues me la devuelves allí.

—¿Te la devuelvo yo a ti?

—Tú sabrás. —Marina echó a andar hacia el sur, hacia el Cabanyal, con su chaqueta puesta y las manos en los bolsillos—. Ah, y Álvaro.

—¿Qué?

Ella se volvió, caminando de espaldas, con la luna detrás.

—Iván me ha dicho una cosa más de esa cantera. El señor que la lleva solo enseña la piedra al atardecer. Dice que con la luz de mediodía no se ve el color de verdad.

—¿Y eso qué significa?

—Que no volvemos el mismo día —dijo Marina.

Y siguió caminando, sin mirar atrás, mientras él se quedaba en el paseo con el móvil en la mano, el mar a la espalda y la sensación muy clara, muy precisa, de que ninguna hoja de cálculo del mundo le iba a servir para lo que venía.