Capítulo 12 · La horchata se cobra
El primer hito tenía tres casillas, y a las nueve de la mañana del viernes treinta y uno de octubre Álvaro las había mirado en la pantalla tantas veces que habría podido recitarlas con los ojos cerrados.
Planta baja liberada. Hecho desde el miércoles. Los escombros fuera, el suelo hidráulico del vestíbulo protegido con tablero, la cocina del restaurante replanteada, el acceso provisional por el patio funcionando.
Carpinterías catalogadas. Hecho desde las cuatro de la madrugada de ese mismo día, según el correo que Júlia había mandado con el catálogo definitivo adjunto, ciento doce páginas con fotografías, planos, fichas de estado y una nota final firmada por dos personas: «Catalogación revisada in situ, ventana por ventana.
J. Ferrer / D. Roca». Álvaro había leído la nota tres veces y había decidido, con la sabiduría acumulada de los últimos meses, no hacer ninguna pregunta sobre qué hacían Júlia y Dani en la casa del Rosario a las cuatro de la madrugada.
Estructura revisada y certificada. Pendiente.
Pendiente de Iván. Pendiente de un certificado con una firma y un sello que dijera que el arco bajo la escalera estaba diagnosticado, que el refuerzo provisional era seguro, que el proyecto de refuerzo definitivo era correcto y que la planta baja podía seguir en obra sin riesgo.
Iván había dicho que lo tendría el viernes.
Iván no había dicho a qué hora. Iván, en general, no decía casi nada.
A las once, Álvaro le escribió. Iván contestó con un pulgar.
A la una, le escribió otra vez. Iván no contestó.
A las cuatro, Álvaro había llamado dos veces, Marina había llamado una y Quique había ido a buscarle a su estudio de la calle Cuba y lo había encontrado cerrado.
—Es Iván —dijo Quique por teléfono, con un tono que pretendía ser tranquilizador y no lo era—. Es así. Desaparece. Luego aparece con el trabajo perfecto. Es como un gato.
—No necesito un gato. Necesito un certificado.
—Pues ten fe.
Álvaro no tenía fe. Tenía una hoja de cálculo con una pestaña que se llamaba Hito 1 y una celda vacía al lado de la palabra Estructura , y esa celda vacía se parecía demasiado a la raya de enero.
* * *
A las seis estaban todos en la casa del Rosario.
Nadie los había convocado. Simplemente fueron llegando, uno detrás de otro, como si la casa los hubiera llamado.
Pau con su cuaderno. Samuel con una bolsa de pipas que fue repartiendo sin preguntar.
Júlia y Dani, que ya no se molestaban en llegar por separado.
Vicent, que no tenía nada que hacer allí un viernes por la tarde y que se sentó en su cubo del sótano como un centinela.
Pilar, que trajo a Bruja en un transportín porque, dijo, «la gata tiene que estar».
Marina estaba en el vestíbulo, de pie junto a la borriqueta, con los brazos cruzados y el móvil en la mano.
Llevaba un jersey azul marino y el pelo recogido con el lápiz de siempre.
Álvaro la observó desde el otro extremo del vestíbulo.
Desde la noche de la inundación había algo distinto en ella, algo que no sabía nombrar: se movía más ligera, como quien se ha quitado una mochila que no sabía que llevaba.
Seguía sin contarle nada sobre Héctor Mollà.
Él seguía sin preguntar. Pero había dejado de dolerle tanto.
Si ella tenía algo que contarle, se lo contaría.
Y si no se lo contaba, tal vez era porque no había nada que contar.
Eso se decía.
A las seis y media, Marina se acercó.
—Si no llega —dijo en voz baja—, ¿qué pasa?
—La cláusula dice que cualquiera de las dos partes puede rescindir.
—Eso ya lo sé. Te pregunto qué pasa.
Álvaro la miró.
—No pasa nada —dijo—. Yo no voy a rescindir. Y no creo que tú vayas a rescindir porque un ingeniero de estructuras no conteste al teléfono.
—¿Y Elena Boix?
—Elena Boix está en Madrid y espera el certificado el lunes. Si llega el lunes por la mañana, no se va a enterar nadie.
—Pero tú sí.
—Yo sí.
—Y te va a molestar.
—Me va a molestar muchísimo —admitió él—. Pero sobreviviré.
Ella lo miró con una sonrisa pequeña, de lado.
—Eso es un avance.
—Es un avance —dijo él.
* * *
A las siete menos dos minutos, la puerta del portón se abrió y entró Iván.
Llevaba un casco de bicicleta, una mochila enorme y una expresión de completa ignorancia sobre el hecho de que diez personas llevaban tres horas esperándole. Se quitó el casco, se colocó las gafas, sacó de la mochila una carpeta azul y se la tendió a Álvaro.
—Certificado —dijo—. Firmado. Sellado. Y visado por el colegio.
—¿Visado?
—Por eso he tardado. El colegio cierra a las seis y media los viernes. —Iván miró alrededor, al grupo silencioso que lo observaba—. ¿Pasa algo?
Nadie contestó durante un segundo. Luego Samuel empezó a aplaudir.
Después Pau. Después todo el mundo. Vicent subió del sótano para ver qué ocurría y, al entenderlo, soltó un grito en valenciano que hizo vibrar los cristales del montante.
Pilar abrió el transportín y Bruja salió, se estiró, dio dos vueltas sobre sí misma y se tumbó encima de la carpeta azul que Álvaro había dejado sobre la borriqueta, como si estampara su propio sello.
Iván la miró, desconcertado.
—¿Eso es normal? —preguntó.
—Es la gata —dijo Pilar—. Tiene criterio.
Álvaro no aplaudió. Se quedó con la carpeta bajo la gata y las manos sobre la borriqueta, mirando a Marina.
Ella le miraba a él. En medio del ruido, de los aplausos, de Vicent abrazando a Iván contra su voluntad, se sostuvieron la mirada durante un rato largo, sin sonreír, como dos personas que acaban de cruzar un puente colgante y todavía no se atreven a mirar hacia atrás.
—Uno —dijo ella, moviendo solo los labios.
—Uno —contestó él.
* * *
Iván se quedó un momento más, después del alboroto, para enseñarles una cosa.
Bajó con Marina y Álvaro al sótano, se agachó bajo el arco y apuntó con la linterna hacia la clave, la piedra partida, ahora envuelta en el zuncho de hormigón como una muñeca escayolada.
—El refuerzo aguanta —dijo—. Pero la clave hay que cambiarla. Es lo único que no se puede salvar. Si no, en veinte años volvéis a tener el mismo problema.
—¿Con qué piedra? —preguntó Marina.
—Con la misma. Es caliza de las canteras del Vinalopó, de la zona de Novelda.
Lo he mirado en el archivo. La casa se hizo con piedra de una cantera que se llama Les Fonts.
Sigue abierta. —Iván se encogió de hombros—.
La lleva un señor muy mayor que no tiene web, no tiene correo y no contesta al teléfono.
Dicen que solo vende a quien va en persona a mirar la piedra. Y que si no le caes bien, no te vende.
—Eso es absurdo —dijo Álvaro.
—Es la mejor piedra para esta casa —dijo Iván—. Lo absurdo es secundario.
Marina y Álvaro se miraron.
—El sábado que viene —dijo ella.
—El sábado que viene —dijo él.
* * *
Toni los esperaba en la puerta del bar con los brazos cruzados y un delantal limpio. Habían bajado todos juntos desde la calle del Rosario, en procesión, con Bruja de nuevo en el transportín y Vicent cantando, y Toni había sacado a la terraza dos mesas extra y una fila de vasos.
—¿Y bien? —preguntó.
—Hito uno —dijo Samuel.
—Lo sabía. —Toni se volvió hacia Marina y le señaló con un dedo—. Tú. Ven aquí.
Marina se acercó. Toni entró en el bar y salió con un vaso alto de horchata, fría, con escarcha en el cristal, y un fartón en un platito. Se lo puso delante en la mesa.
—El día que llegaste —dijo— te dije que si la entrevista te iba mal, te invitaba a una horchata. Y que si te iba bien, te la cobraba.
—Lo recuerdo.
—Pues te ha ido bien. —Toni puso la mano abierta—. Un euro ochenta.
Marina se le quedó mirando. Después buscó en el bolsillo del vaquero, sacó un puñado de monedas, contó un euro ochenta exacto y se lo puso en la palma, una moneda detrás de otra, muy despacio, mientras toda la terraza aplaudía otra vez.
—Es la horchata que más me ha costado en la vida —dijo.
—Y la que mejor te va a saber —contestó Toni, y se guardó las monedas en el delantal como quien guarda una reliquia.
A las ocho y media, Álvaro estaba de pie delante del armario de su piso de la calle Doctor Lluch, en calzoncillos y calcetines, con cuatro camisas extendidas sobre la cama y la sensación nítida de estar viviendo la situación más ridícula de su vida adulta.
Había pasado diez años dirigiendo un estudio de arquitectura.
Había negociado con bancos, con concejales, con promotores que gritaban.
Había firmado la rehabilitación de media docena de edificios protegidos y defendido cada uno de ellos delante de comisiones de patrimonio que no sonreían nunca.
Había cuidado de su padre durante un año, había aprendido a hacer purés y a contar pastillas, había dormido en sillones de hospital.
Y no sabía qué camisa ponerse.
Blanca: demasiado de trabajo. Azul clara: demasiado de boda. De cuadros: demasiado de su padre. Negra: demasiado de intentar algo.
Cogió el móvil y, antes de pensarlo dos veces, llamó a Samuel.
—¿Qué pasa? —contestó Samuel al segundo tono, con ruido de fondo de bar—. ¿Se ha caído algo?
—No.
—¿Entonces?
Álvaro miró las cuatro camisas.
—Necesito consejo.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Tan largo que Álvaro pensó que se había cortado.
—Perdona —dijo Samuel al fin—. Creo que no te he oído bien. ¿Has dicho «consejo»? ¿Tú? ¿A mí?
—Samuel.
—Espera, que salgo a la calle. Esto lo quiero oír sin ruido. —Se oyó una puerta, el tráfico, una moto—. Ya. Dime. ¿Consejo sobre qué?
—Sobre camisas.
Otro silencio.
—Ay, Dios mío —dijo Samuel, muy despacio—. Es esta noche. La vas a llevar a cenar.
—No he dicho eso.
—No hace falta. Llevas diez años vistiéndote a oscuras y saliendo con lo primero que pillas. Jamás en tu vida me has llamado por una camisa. —Samuel se rio, una carcajada enorme, feliz, que hizo que Álvaro se apartara el teléfono de la oreja—. ¿Cuántas tienes?
—Cuatro.
—Descríbemelas.
Álvaro se las describió. Samuel escuchó con una seriedad repentina, casi profesional, como si estuviera revisando una memoria de calidades.