Capítulo 11 · Cubos #2
Una tubería vieja de plomo, la acometida de agua original del edificio, que nadie había anulado del todo porque alimentaba un grifo del patio que los albañiles usaban para limpiar las herramientas, había cedido justo detrás del muro de los setenta.
El agua salía a borbotones por una grieta del mortero y se extendía por el suelo de tierra, entre los cuatro pilares de piedra, hacia el hueco de la escalera.
Hacia el arco. Hacia el zuncho recién hormigonado. Hacia los apoyos de los puntales.
Marina se quedó un segundo en lo alto de la escalera de bajada, con la linterna en la mano, mirando el agua avanzar. Un segundo de frío absoluto. Luego pensó: llave de paso. La llave general estaba en la calle, en una arqueta, y había que levantar la tapa con una barra. No tenía barra.
Y entonces hizo algo que no había hecho nunca en su vida adulta.
Sacó el móvil y escribió en el grupo del estudio:
«Inundación en el sótano del Rosario. Rotura de la acometida vieja. El agua va hacia el arco. Necesito ayuda. Ya».
Lo mandó. Se quedó mirando la pantalla, con el pulgar temblándole un poco, como si acabara de saltar desde un trampolín y aún no hubiera tocado el agua.
El primer «voy» llegó a los catorce segundos. Era de Álvaro.
* * *
Llegaron todos.
Toni fue el primero, por pura proximidad, con una barra de hierro de la bodega para levantar la tapa de la arqueta, y entre los dos cerraron la llave general mientras la mitad de los vecinos de la calle del Rosario se asomaba a los balcones en pijama.
Álvaro llegó en taxi seis minutos después, en vaqueros y con una camiseta vieja de la universidad, la primera vez que Marina le veía sin camisa de botones.
Samuel llegó con un amigo que tenía una bomba de achique en el maletero, cosa que nadie entendió y nadie preguntó.
Pau llegó en patinete eléctrico con una bolsa de supermercado llena de bayetas.
Júlia llegó con Dani Roca, los dos a la vez, en el coche de él, y ninguno de los dos dio explicaciones, y nadie se atrevió a pedirlas.
Vicent llegó con su cuñado, con la camiseta del Valencia todavía puesta, maldiciendo en valenciano el plomo, a los fontaneros de 1912 y al árbitro, por este orden.
Y Pilar llegó la última, a las diez y media, en un taxi, con un termo enorme de caldo y una bolsa de bocadillos de tortilla.
—No me miréis así —dijo—. Si hay que achicar, hay que cenar.
Achicaron hasta la una de la madrugada. La bomba de Samuel se encargó del grueso del agua, escupiéndola por una manguera hacia la alcantarilla de la calle.
Pero el suelo de tierra del sótano estaba lleno de hoyos y desniveles donde la bomba no llegaba, y allí hubo que hacerlo a mano: con cubos, con fregonas, con palas, con las bayetas de Pau.
Hicieron una cadena desde el hueco de la escalera hasta el patio: Vicent llenaba, Dani pasaba, Júlia pasaba, Samuel pasaba, Pau vaciaba.
Marina y Álvaro, en el hueco bajo el arco, con el agua por los tobillos, comprobaban con la linterna cada puntal, cada apoyo, cada centímetro del zuncho.
El zuncho había aguantado. Los puntales también. El agua había llegado hasta el arranque del arco y se había detenido allí, a cuatro dedos del primer apoyo, como si alguien le hubiera dicho que no.
—Ha aguantado —dijo Marina, con la linterna temblándole en la mano.
—Ha aguantado —repitió Álvaro.
Estaban los dos agachados bajo la clave, empapados hasta las rodillas, con barro en los brazos y en la cara. Él tenía una mancha de mortero en la frente. Ella tenía el pelo pegado a la cara y la sudadera del revés, con la etiqueta asomando por el cuello. Se miraron.
—Gracias —dijo Marina.
—¿Por qué?
—Por venir.
—Me has pedido ayuda.
—Ya. —Ella bajó la vista—. No se me da bien.
—Lo has hecho muy bien. Has escrito «ya». Con punto.
—Era una emergencia.
—Lo sé. —Álvaro alargó la mano y le dio la vuelta a la etiqueta de la sudadera, metiéndola por dentro del cuello con un gesto rápido, casi distraído—. Llevas esto del revés.
—Lo sé.
—Desde que he llegado.
—¿Y no me lo has dicho?
—Estábamos achicando un sótano. Me parecía una prioridad menor.
Marina se rio. Fue una risa cansada, rota, de las que salen después de un susto y tienen algo de llanto escondido dentro.
Álvaro la miró reír y no dijo nada. Y luego, desde lo alto de la escalera, llegó la voz de Pilar anunciando que el caldo estaba caliente y que quien no subiera en dos minutos se quedaba sin bocadillo.
Cenaron sentados en el suelo del vestíbulo, sobre los rosetones azules y ocres del suelo hidráulico, a la luz de dos focos de obra.
Diez personas mojadas, sucias y agotadas, comiendo bocadillos de tortilla y bebiendo caldo en vasos de plástico.
Vicent contaba la historia de una inundación en una obra de Burjassot en el ochenta y cinco con tantos detalles que nadie se creyó la mitad.
Samuel y su amigo de la bomba discutían de motores.
Júlia se había quedado dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Dani, y Dani no se movía, y estaba muy serio, mirando al frente, como quien sostiene algo que puede romperse.
Marina los miró a todos desde su rincón, con la espalda contra la pared y el vaso de caldo calentándole las manos. Pensó: diez personas. A las nueve y diez de la noche, diez personas habían dejado lo que estaban haciendo porque ella había escrito «ya».
En el Grupo Mollà tendría un equipo de veinte.
Gente competente, profesional, bien pagada.
Gente que vendría a achicar si se lo ordenaba.
Pero ninguno vendría con un termo de caldo.
Ninguno se quedaría dormido sobre el hombro de nadie en el suelo de un vestíbulo.
Ninguno le daría la vuelta a la etiqueta de la sudadera.
No era una decisión racional. Lo sabía. No cabía en una hoja de cálculo, ni de diecisiete pestañas ni de ciento cuarenta. Pero tampoco cabía en una hoja de cálculo lo que había sentido cuando el primer «voy» llegó a los catorce segundos.
Sacó el móvil. Abrió el correo con la estrellita amarilla. Pulsó «Responder».
Estimado Héctor:
Le agradezco de verdad la propuesta y lo que me contó de su padre. No sabe lo que significa para mí que alguien entienda por qué paré aquella obra.
Pero no puedo aceptarla. Tengo una casa a medias, y no hablo solo del edificio.
Le pido, por favor, que no vuelva a usar mi nombre en sus reuniones con Elena Boix.
Un saludo,
Marina Lluch
Lo leyó una vez. Lo mandó. Borró la estrellita.
Y sintió, por primera vez en diez días, que respiraba hasta el fondo de los pulmones.
* * *
Álvaro la acompañó a casa a las dos y media de la madrugada, caminando junto a la bici como aquella otra noche, por la avenida del Puerto vacía, con las farolas naranjas y el olor a mar. Iban despacio. Ninguno tenía prisa. Ella pensaba en el correo. Pensaba en contárselo. Lo pensaba de verdad.
«Ahora», se dijo. «Ahora que ya está. Ahora que he dicho que no».
Pero cuanto más lo pensaba, peor le sonaba en la cabeza.
Me han ofrecido el triple y he dicho que no por vosotros.
Sonaba a medalla. Sonaba a pedirle algo a cambio.
Sonaba, sobre todo, a que llevaba diez días ocultándoselo, y que lo de la reunión con «un proveedor» había sido mentira, y que se lo decía ahora solo porque ya no tenía consecuencias.
Ya estaba hecho. ¿Para qué contarlo?
En el portal de la calle Islas Canarias, ella se bajó de la bici. Él se quedó de pie en la acera, con las manos en los bolsillos de los vaqueros mojados.
—El viernes es el primer hito —dijo Álvaro.
—Lo sé.
—Si lo pasamos…
—Lo pasaremos.
—Si lo pasamos —repitió él, con cuidado, como quien pisa un tablón que no sabe si aguanta—, me gustaría invitarte a cenar.
Marina se quedó muy quieta, con la llave en la mano.
—¿A cenar?
—A cenar. No en el estudio. No arroz de Pilar en un táper. —Hizo una pausa—. Y no como tu jefe.
—¿Y como qué?
Álvaro tardó en contestar. A la luz de la farola, con barro seco en la frente y la camiseta de la universidad, parecía más joven, y mucho menos seguro de sí mismo de lo que ella le había visto nunca.
—Eso —dijo— es lo que me gustaría averiguar.
Marina abrió la boca. La cerró. Asintió una vez.
—El viernes —dijo.
—El viernes.
Él se dio la vuelta y se fue calle abajo. Ella se quedó en el portal, mirándole marcharse, con la llave en la mano y el corazón haciendo algo raro y nuevo, como un motor que arranca después de mucho tiempo parado.
Y, muy al fondo, debajo de todo, una vocecita que se parecía mucho a la suya y que repetía, una y otra vez, como un testigo de yeso con una línea negra en el centro:
No se arregla lo que no se quiere ver.