Capítulo 11 · Cubos
Durante los diez días siguientes, Marina no tuvo tiempo de decidir nada, porque la casa del Rosario decidió por ella.
El martes llegaron los perfiles metálicos del refuerzo y eran dos centímetros más cortos de lo que decía el cálculo.
Iván, el ingeniero callado, los midió tres veces, se quitó las gafas, se frotó los ojos y dijo la frase más larga que Marina le había oído hasta entonces: «Esto no lo ha hecho nadie que haya leído el plano».
El taller tardó cuatro días en cortar perfiles nuevos.
Marina los recuperó reorganizando a los albañiles, adelantando el picado de la planta segunda y convenciendo a Vicent de que trabajara un sábado a cambio de que ella fuera a la paella del cuñado.
Fue. Hubo chorizo. No se lo contó a Toni.
El jueves, Dani Roca comunicó que de las veintidós ventanas de madera originales, catorce eran recuperables, cinco había que rehacerlas con madera nueva siguiendo el dibujo antiguo y tres estaban tan podridas que solo servían como modelo.
Júlia dijo que eso no era lo que ponía en su catálogo.
Dani dijo que su catálogo estaba hecho con fotos y que las ventanas había que tocarlas.
Júlia dijo que ella las había tocado. Dani dijo que tocarlas no era darles golpecitos con un bolígrafo de cuarenta euros.
Júlia le tiró el bolígrafo. No le dio. Dani lo recogió del suelo, se lo devolvió con una reverencia y se pasó el resto de la tarde silbando.
Samuel, que había presenciado la escena desde la puerta del patio, le dijo a Marina en voz baja:
—Dentro de un año, boda.
—No digas tonterías.
—Apuesto una cena.
—Hecho.
El viernes, Elena Boix apareció en la obra sin avisar, con unas botas de agua de diseño, una gabardina color camel y su asistente detrás, tomando notas en una tablet.
Marina estaba en lo alto del andamio de la fachada con los restauradores.
Bajó con las manos llenas de polvo de cal, sin tiempo de arreglarse, y se preparó para lo peor.
Elena no dijo nada durante un rato largo.
Se quedó en la acera de enfrente, con los brazos cruzados, mirando la fachada.
Media cenefa estaba ya limpia. Los azulejos verdes y blancos brillaban al sol de octubre, y entre ellos corría la guirnalda de hojas y frutos de naranjo, de un naranja tan vivo que parecía recién pintado, aunque tenía ciento doce años.
—Mi bisabuelo los encargó en Manises —dijo Elena al fin. No hablaba con Marina. Hablaba con la fachada—. Mi abuela me lo contó cuando era pequeña. Decía que la casa tenía naranjos en la cara. Yo creía que era un cuento.
—No era un cuento —dijo Marina.
Elena se volvió. Por primera vez desde que Marina la conocía, la sonrisa le llegó a los ojos.
—No —dijo—. No era un cuento.
Se fue a los diez minutos, sin pedir nada, sin mencionar plazos. Pero esa tarde el estudio recibió la transferencia de la primera de las tres facturas pendientes, una semana antes de lo pactado.
* * *
El sábado, Júlia la invitó a la clase de cerámica.
Lo hizo de una manera tan poco propia de ella que Marina tardó en entenderlo. Se acercó a su mesa el viernes a las siete, cuando ya no quedaba nadie, con el abrigo puesto y la agenda de papel en la mano, y le dijo sin mirarla:
—Mañana a las diez tengo cerámica. En un taller de Benimaclet. La profesora deja llevar a una invitada al mes. Si quieres venir. No tienes por qué. Es una tontería.
—¿Me estás invitando a algo que no es trabajo?
—Te estoy informando de una posibilidad.
—Júlia.
—Vale. Te estoy invitando. —Júlia se puso roja hasta las orejas—. A las diez. No llegues tarde.
Marina llegó a las diez menos cuarto.
El taller ocupaba la planta baja de una casa vieja de Benimaclet, con las paredes llenas de estanterías de piezas a medio cocer, un horno enorme en el patio y seis tornos alineados junto a las ventanas.
Olía a barro mojado y a café. La profesora era una mujer de setenta años con los brazos llenos de pulseras de plata y una voz grave de cantante de jazz que les dio a cada una un kilo de arcilla, un delantal y una sola instrucción:
—Centrad el barro. Hasta que no esté centrado, no hay pieza. Y no se centra a la fuerza. Se centra cuando dejáis de pelearos con él.
Marina se peleó con él durante cuarenta minutos.
La arcilla se le escapaba hacia un lado, luego hacia el otro, se le subía por las muñecas, le salpicaba la cara.
Dos veces se le despegó del torno y salió disparada contra el delantal.
A su lado, Júlia trabajaba en silencio con una concentración absoluta, los codos pegados a los muslos, las manos quietas, mientras el barro giraba entre sus palmas, liso y perfecto, como si hubiera nacido así.
—¿Cómo lo haces? —preguntó Marina, con barro hasta en las cejas.
—No lo hago. Dejo que gire.
—Eso es muy zen para alguien que tiene una agenda con pestañas de colores.
—Por eso vengo. —Júlia no levantó la vista del torno—. Es el único sitio del mundo donde no puedo controlar nada. Si aprieto, se tuerce. Si suelto, se cae. Hay que estar justo en medio.
Marina la miró. Las manos de Júlia, siempre tan rígidas sobre los planos, se movían aquí con una suavidad que no le había visto nunca.
—Es por Dani —dijo Marina.
Las manos de Júlia se detuvieron un instante. El barro se torció. Ella lo recuperó con un gesto rápido.
—No sé de qué hablas.
—De que esta es la primera vez desde que llegué que me hablas de algo que no sea trabajo. Y de que me has invitado a un sitio donde no te puedo ver la cara porque estás mirando un torno.
Júlia paró el torno del todo. Se quedó mirando el cilindro de barro, a medio subir, con las paredes todavía gruesas.
—Me saca de quicio —dijo al fin—. No hace nada a la hora. No contesta al teléfono. Llega a las diez a las obras. Cataloga las ventanas tocándolas, como si fueran animales. Se ríe de mis bolígrafos.
—Ya.
—Y el jueves, en la casa del Rosario, se pasó una hora enseñándome una ventana de la planta segunda.
Una ventana podrida, de las que hay que tirar.
Me enseñó dónde el carpintero de 1912 había cambiado de idea a mitad de trabajo.
Se ve en la madera. Empezó un ensamble de una manera y lo terminó de otra.
Y Dani me dijo que eso era lo más bonito de la ventana, que se notaba que alguien había dudado.
—Júlia apretó los labios—. Yo no dudo. No me lo permito.
Llevo treinta y cinco años sin permitírmelo.
Y viene este hombre con serrín en el cuello a decirme que dudar es bonito.
Marina no dijo nada. Pensó en un hombre con diecisiete pestañas que movía los pintores dos días a la derecha porque ella se lo pedía.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó.
—No lo sé. —Júlia volvió a encender el torno—. Eso es lo que no soporto. No saberlo.
—Bienvenida al club.
Júlia la miró de reojo, por primera vez en toda la mañana.
—¿El club de quién?
—Del de la gente que no sabe qué hacer con alguien que le saca de quicio.
Júlia sostuvo la mirada un momento. Luego, despacio, sonrió. No era una sonrisa frecuente en ella, y le cambiaba la cara entera, como cuando se enciende una lámpara en una habitación que creías conocer.
—Lo sabía —dijo—. Desde el día del plazo. Cuando la gata se sentó a tus pies y le miró a él.
—No hay nada que saber.
—Claro. Y yo no tengo serrín en el abrigo.
Marina miró el abrigo de Júlia, colgado en un perchero junto a la puerta. Tenía serrín en el cuello.
Las dos se echaron a reír, con las manos llenas de barro, mientras la profesora de las pulseras pasaba por detrás de ellas y comentaba, con su voz de cantante de jazz, que la risa también centraba mucho el barro.
Marina no consiguió hacer ninguna pieza esa mañana. Júlia hizo un cuenco pequeño, de paredes finas, ligeramente torcido por un lado. Dijo que lo iba a tirar. La profesora le dijo que no se le ocurriera, que la torcedura era lo mejor que tenía.
Júlia no lo tiró.
* * *
Y en medio de todo eso, en los huecos, en las duchas, en el trayecto en bici, en los cinco minutos entre la reunión del panel y la llegada a la obra, Marina pensaba en el correo de Recursos Humanos del Grupo Mollà.
No lo había contestado. Lo tenía marcado con una estrellita amarilla en la bandeja de entrada, y cada vez que abría el correo para otra cosa la estrellita estaba ahí, como un ojo.
Lo que más le molestaba no era la duda. Era no saber de qué estaba hecha.
Si dudaba por el dinero, eso tenía solución: el dinero era una cifra, y las cifras se pueden poner en una balanza.
Pero no estaba segura de que fuera el dinero.
Sospechaba que era otra cosa, algo más antiguo, más parecido al miedo.
Mollà le ofrecía un sitio donde nadie podría echarla por no cumplir un hito.
Donde no tendría que apostarlo todo a tres meses.
Donde no tendría que depender de que un hombre controlador, terco y con diecisiete pestañas confiara en ella.
Le ofrecía no necesitar a nadie.
Y Marina llevaba toda la vida queriendo exactamente eso.
* * *
La tubería reventó el martes, a tres días del primer hito, a las nueve y diez de la noche.
Marina se enteró porque la llamó Toni. No Vicent, que estaba en su casa de Meliana viendo el fútbol, ni la empresa de seguridad, que no tenía sensores en el sótano, sino Toni, que había bajado a la bodega del bar a por un barril de cerveza y había encontrado dos dedos de agua en el suelo, y un ruido como de cascada al otro lado de la pared medianera.
—Viene de vuestra casa —dijo—. De la del Rosario. Por debajo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque mi bodega comparte muro con vuestro sótano desde que el bar es bar. Y el muro está llorando.
Marina estaba en la ducha cuando sonó el teléfono.
Estaba en la bici siete minutos después, con el pelo empapado, una sudadera puesta del revés y las zapatillas sin atar.
Pedaleó por la avenida del Puerto como no había pedaleado nunca, saltándose dos semáforos en ámbar y uno que ya no estaba en ámbar, y llegó a la calle del Rosario con el corazón en la garganta.
El sótano era un lago.