Capítulo 10 · Sin cláusulas #2
Marina dejó la taza en el plato porque le temblaba la mano.
La cifra era el triple de lo que cobraba en Estudio Mediterráneo.
Era más de lo que había cobrado nunca. Era una cifra que pagaba el alquiler de un año entero en tres meses, que le permitiría liquidar de una vez el descubierto de la tarjeta que arrastraba desde el verano, que le permitiría dormir sin mirar la cuenta después de las diez de la noche.
—Empezarías en enero —dijo Mollà.
—En enero.
—Cuando termine tu contrato actual. No quiero que dejes nada a medias. Sé lo que es eso para alguien como tú.
—¿Cómo sabe cuándo termina mi contrato?
—Porque sé cómo está Estudio Mediterráneo.
—Lo dijo con suavidad, sin crueldad—. Este sector es pequeño, Marina.
Los bancos hablan. Los proveedores hablan.
Sé que tienen tesorería para tres meses y que la casa del Rosario es su última bala.
Y sé que tienen un problema estructural bajo la escalera, porque Elena Boix me lo contó cuando me reuní con ella.
Marina sintió que algo se le enfriaba en el estómago.
—Así que es usted —dijo—. El que quiere quedarse con la obra.
—Soy uno de los que se lo han propuesto a Elena, sí. —Mollà no apartó la mirada—. No te voy a mentir. Si el estudio no cumple, alguien tiene que terminar esa casa. Es un edificio precioso y Elena tiene un chef y una fecha. Prefiero que la termine yo a que la termine alguien peor.
—Y si yo trabajo para usted…
—Si trabajas para mí y el estudio cierra, terminarías tú la casa del Rosario. Con mis recursos. Con mi equipo. —Hizo una pausa—. Pensé que eso te importaría.
Marina se echó hacia atrás en la silla. Por encima de ellos, en lo alto de una columna, un naranjo de cerámica brillaba al sol.
Pensó en la cenefa de la fachada del Rosario, en los azulejos verdes y blancos apareciendo bajo la mugre como peces.
Pensó en el arco partido, en la viga de descarga que llegaba esa semana, en los puntales del cuñado de Vicent.
Pensó en terminar la casa. Y por un segundo, solo un segundo, no le pareció tan mala idea.
Ese segundo la asustó más que la cifra.
—Le dijo a Elena Boix que me conocía —dijo—. Le dijo que yo sabía por qué.
Mollà tuvo la decencia de parecer incómodo.
—Fue un error. Estaba en una reunión de negocios y quise impresionarla. Dije tu nombre porque sabía que le sonaría bien. No pensé en cómo podía sonarle a tu jefe. —Se pasó una mano por el pelo blanco—. Lo siento. De verdad.
—Me ha usado para quitarle la obra a mi estudio.
—Te he usado para quedar bien en una reunión.
Es peor y es más tonto. —La miró con franqueza—.
No volverá a pasar. Y la oferta no depende de lo que pase con la casa del Rosario.
Si el estudio cumple, si sale adelante, si te quedas con ellos y te hacen socia, la oferta habrá sido solo eso. Una oferta.
—¿Hasta cuándo es válida?
—Hasta el treinta y uno de octubre. Necesito cerrar el equipo antes de fin de año.
El treinta y uno de octubre. El día del primer hito.
Marina se rio sin ganas, por la nariz.
—¿Qué tiene gracia?
—Nada. Que es la fecha de mi primera prueba. Mi contrato tiene una cláusula. Si no cumplo tres hitos, me voy.
Mollà la miró un momento en silencio.
—El mío no tiene cláusulas —dijo.
* * *
Volvió a la obra andando, empujando la bici, sin subirse a ella en todo el camino. Bajó por la calle Colón hasta la Porta de la Mar, cruzó el cauce del Turia por el puente de las Flores, siguió por la avenida del Puerto con el viento de cara. Tardó cincuenta minutos. Necesitaba los cincuenta.
Pensaba en su padre. No en el que se fue, sino en el de antes, el del taller de electrodomésticos, sentado a la mesa de la cocina con las facturas extendidas y la cara gris, diciéndole a su madre: «Nadie me va a regalar nada».
Pensaba en el descubierto de la tarjeta.
Pensaba en un contrato sin cláusulas, en un equipo de veinte personas, en no volver a tener que tirar de la palanca de emergencia de ningún tranvía.
Y pensaba en una tarjeta de diez por quince que decía «Error: decidí el plazo sin la PM. Bloqueado: mi orgullo».
Llegó a la calle del Rosario a las diez y cuarenta. Diez minutos más tarde de lo que había escrito en el panel.
En la casa estaban hormigonando el zuncho del arco.
Vicent dirigía la maniobra desde lo alto de una escalera de mano, con la gorra calada y un cigarro apagado en la boca que no encendía nunca porque lo había dejado hacía doce años, pero que necesitaba para pensar.
Quique silbaba junto a la hormigonera. Pau sostenía un vibrador con la seriedad de un cirujano.
Bruja vigilaba todo desde la pila de sacos de cemento, con los ojos entornados.
Y Álvaro estaba en el vestíbulo.
Era lunes. Los lunes no venía nunca a la obra. Los lunes eran de tesorería, de proveedores, de llamadas al banco. Estaba de pie junto a la borriqueta, con el casco puesto y los planos del zuncho extendidos, y levantó la vista cuando ella entró.
—Llegas tarde —dijo. Lo dijo sin reproche. Casi con alivio.
—Diez minutos.
—Diez minutos —asintió él—. Quique quería que vieras la primera tongada antes de seguir. Le he dicho que te esperáramos.
—Gracias.
—¿Qué tal la reunión?
La pregunta salió ligera, casi distraída, mientras él enrollaba un plano. Pero Marina vio que tenía los dedos de la mano izquierda quietos. Demasiado quietos. Sin piano.
Era el momento. Lo supo con total claridad, como se sabe que un muro suena a hueco. Bastaba con decir: «He estado con Héctor Mollà. Me ha ofrecido trabajo. Es mucho dinero. No sé qué hacer». Tres frases. Ninguna difícil.
Pero si lo decía, él tendría que hacer algo con eso.
Tendría que preocuparse, o enfadarse, o hacer números para ver si podía igualar una cifra que no podía igualar, y se pasaría las noches mirando la celda de enero y añadiendo una pestaña nueva, la ciento cuarenta y uno, titulada Marina se va .
Y además estaba lo otro, lo que no quería mirar de frente: que si se lo contaba, él podría pensar que se lo contaba para negociar.
Para que la valorara más. Para que le pidiera que se quedase.
Y Marina no quería que nadie le pidiera que se quedase. Quería decidirlo sola.
Como siempre.
—Bien —dijo—. Un proveedor. Nada importante.
Álvaro terminó de enrollar el plano. Le puso la goma. Lo dejó sobre la borriqueta, muy recto, paralelo al borde.
—Bien —repitió.
Y bajó al sótano a ver el zuncho sin añadir una palabra.
* * *
Esa noche, en su piso de la calle Islas Canarias, Marina abrió la libreta donde llevaba las cuentas.
Escribió en una página en blanco la cifra que le había dicho Mollà.
La miró un rato. Debajo escribió lo que cobraba en el estudio.
Las miró las dos juntas. Luego arrancó la página, la dobló en cuatro y la metió en el cajón de la mesilla, junto a la carta de despido, como quien guarda una radiografía de algo que todavía no sabe si va a doler.
A las once y veinte, el móvil vibró con un correo nuevo.
Remitente: Recursos Humanos, Grupo Mollà.
Asunto: Propuesta de incorporación — Dirección de Obras de Rehabilitación .
Lo abrió. Era una carta formal, educada, impecable, con el logotipo del grupo en la cabecera y un contrato adjunto en PDF. Marina lo descargó y lo leyó entero, las nueve páginas, con la lámpara de la mesilla encendida y Bruja muy lejos, dormida en la butaca de mimbre de un estudio del Cabanyal.
En la página siete, donde en su contrato actual estaba la cláusula séptima, había un apartado en blanco con una sola línea:
Cláusulas adicionales: ninguna.