Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 10 · Sin cláusulas
44%

Capítulo 10 · Sin cláusulas

El mensaje decía:

«Hola, Marina. Soy Héctor Mollà. Hace un año paraste una obra mía en la calle Sagunto. Me costó dinero y me ahorró algo mucho peor. Nunca te di las gracias. Me gustaría invitarte a un café y, si me lo permites, hacerte una propuesta. ¿El lunes a las nueve, en el Mercado de Colón?»

Marina lo había leído en la azotea, con un café de puchero en la mano y Álvaro Casal a veinte centímetros, y había sentido lo mismo que se siente cuando alguien te llama por tu nombre en una ciudad donde no conoces a nadie: un respingo, una alarma, y debajo, muy al fondo, una curiosidad que no le gustó nada.

Lo releyó esa noche en la cama. Lo releyó el sábado en el mercado del Cabanyal, entre el puesto de las alcachofas y el de las tellinas.

Lo releyó el domingo por la tarde, sentada en el muro del paseo marítimo, con los pies colgando sobre la arena y el móvil en la mano, mientras un grupo de chavales jugaba al vóley playa con más gritos que puntos.

*  *  *

El sábado, en el mercado del Cabanyal, se encontró con Álvaro delante del puesto de las tellinas.

No lo vio venir. Estaba en la cola, con el móvil en la mano, leyendo por cuarta vez el mensaje de Mollà, cuando una voz a su espalda dijo:

—Las de la izquierda son de ayer.

Marina se dio la vuelta tan deprisa que casi tira una caja de limones. Álvaro estaba detrás de ella, en vaqueros y jersey gris, con un carro de la compra de tela de cuadros escoceses que no pegaba nada con él, y un papel en la mano lleno de una letra temblorosa, inclinada, que no era la suya.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, guardándose el móvil en el bolsillo con un gesto demasiado rápido.

—La compra de mi padre. —Él levantó el papel—. Los sábados le hago la compra en este mercado porque dice que el de Alboraia no tiene buen pescado. No es verdad. Pero no se lo discuto.

—¿Y el carro?

—Es suyo. Dice que si voy sin el carro, la pescadera piensa que no soy de fiar.

La pescadera, una mujer enorme con un delantal de goma y unos pendientes de oro del tamaño de monedas, se inclinó sobre el mostrador.

—Es verdad —dijo—. Los que vienen sin carro no vuelven. ¿Qué le pongo, Alvarito?

Marina se mordió el labio para no reírse. Álvaro le lanzó una mirada de advertencia.

—Medio kilo de tellinas, Fina. De las de hoy. Y una dorada para el horno.

—¿Para tu padre?

—Para mi padre.

—Pues dile que la próxima vez venga él, que le echo de menos. —La pescadera miró a Marina con un interés repentino y descarado—. ¿Y esta?

—Es una compañera de trabajo.

—Ah, compañera. —Fina asintió, muy despacio, envolviendo las tellinas en papel—. Compañera. Claro.

Salieron juntos del mercado, porque no había otra forma de salir.

La calle estaba llena de gente, de bicicletas, de carros, de señoras discutiendo el precio de las alcachofas.

Hacía una mañana limpia, con el cielo muy alto, y la luz del Cabanyal caía sobre las fachadas de colores como si alguien las acabara de pintar.

—¿Quieres un café? —preguntó él—. Hay un sitio aquí al lado que…

—No puedo. Tengo que… —Marina buscó algo—. Tengo lavadora puesta.

—Ah.

—Una lavadora muy larga.

—Vale.

Siguieron andando. El carro de cuadros traqueteaba sobre los adoquines. Al llegar a la esquina de la calle de la Reina, donde ella tenía que torcer hacia su casa, se detuvieron.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí. ¿Por qué?

—Desde ayer en la azotea estás rara. Desde el mensaje.

Marina sintió el móvil en el bolsillo, pesando como un ladrillo.

Era el momento. Otra vez. Él estaba allí, delante de ella, en mitad de una calle llena de gente, con un carro de la compra de cuadros escoceses y medio kilo de tellinas para su padre, preguntándole si estaba bien.

Bastaba con decir: «Me ha escrito Héctor Mollà.

Quiere verme el lunes. No sé qué quiere».

Pero entonces él diría algo. Preguntaría algo. Y ella tendría que contestar. Y todavía no sabía qué quería Mollà, ni qué quería ella, y no soportaba la idea de contarle algo a medias, sin saber, como quien enseña un plano sin acotar.

«Primero el café», se repitió. «Luego se lo cuento todo, entero».

—Es mi madre —dijo—. Cosas de mi madre. Nada grave.

Álvaro la miró un segundo más de la cuenta. Ella sostuvo la mirada.

—Vale —dijo él—. Si necesitas algo…

—Lo sé.

—Te lo digo por si acaso.

—Lo sé.

Él asintió. Se despidió con un gesto de la mano y siguió calle abajo, con el carro de cuadros escoceses detrás, sorteando a las señoras de las alcachofas. Marina se quedó en la esquina viéndole irse. Antes de doblar la calle, él se detuvo, se dio la vuelta y le gritó por encima de la gente:

—¡Las tellinas de la izquierda eran de ayer! ¡No las compres nunca!

Ella levantó el pulgar.

Y luego se fue a casa, donde no había ninguna lavadora puesta, y se sentó en el borde de la cama con el móvil en la mano, y se odió un poco, muy en silencio, durante el resto de la mañana.

Era la segunda vez que le mentía. Había sido tan fácil que le dio miedo.

*  *  *

Sabía quién era Héctor Mollà. Todo el sector lo sabía.

El Grupo Mollà era una de las tres promotoras más grandes de Valencia, con oficinas en un edificio acristalado junto a la Ciudad de las Artes y una cartera de obras que iba desde torres de viviendas en Quatre Carreres hasta la rehabilitación de media calle de Ciutat Vella.

Y sí, la obra de la calle Sagunto era suya.

El edificio era suyo. La constructora que la ejecutaba, la que había despedido a Marina por parar los trabajos, era una subcontrata.

Durante el año que siguió al despido, Marina había pensado muchas veces en el Grupo Mollà. Casi siempre con rabia. Nunca había pensado que el Grupo Mollà pudiera estar pensando en ella.

No contestó hasta el domingo a las diez de la noche. Escribió «De acuerdo», lo borró, escribió «Vale», lo borró, escribió «Allí estaré» y lo mandó antes de arrepentirse.

Luego se quedó mirando el techo un buen rato, como la noche en que Álvaro la llamó por primera vez.

—No es nada —le dijo al techo—. Es un café.

El techo, como siempre, se abstuvo.

*  *  *

El lunes a las ocho, en el estudio, delante del panel de corcho, escribió su tarjeta del día con la misma letra de siempre:

«Obra Rosario: hormigonado del zuncho, recepción de perfiles. Reunión externa a las 9 (vuelvo a las 10:30). Bloqueado: nada».

Reunión externa. Lo leyó dos veces antes de colgarla. Era verdad. Era técnicamente verdad. Era el tipo de verdad que habría utilizado su exjefe.

Álvaro estaba en la última fila, como siempre, con su café.

Leyó la tarjeta. No preguntó con quién era la reunión.

Desde el viernes estaba raro. No frío, no distante, sino atento de una manera nueva, como si la estuviera mirando a través de un cristal que ella no veía.

Dos veces durante el fin de semana Marina había empezado a escribirle un mensaje sobre lo de Mollà. Dos veces lo había borrado.

«Primero el café», se dijo. «Primero sé qué quiere. Luego se lo cuento. No tiene sentido preocuparle por nada».

Era un razonamiento impecable. Tenía la solidez de un andamio sin anclar.

*  *  *

El Mercado de Colón, a las nueve de la mañana, olía a café, a flores y a pan de horno.

La luz entraba por la estructura de hierro y cristal del techo y caía sobre los mosaicos de cerámica de la fachada interior, sobre los naranjos y las granadas de trencadís, y lo pintaba todo de un color ámbar, de iglesia laica.

Marina había venido muchas veces cuando estudiaba, a comer horchata con fartons en la planta baja y a mirar los detalles modernistas de las columnas como quien mira joyas en un escaparate.

Héctor Mollà ya estaba allí, en una mesa junto a la balaustrada, con un periódico de papel doblado y un cortado.

Era más mayor de lo que parecía en las fotos, cincuenta y muchos, con el pelo completamente blanco y muy corto, y unas gafas de montura fina.

Llevaba una americana gris sin corbata. Se levantó al verla, le estrechó la mano con firmeza y la miró a los ojos con una franqueza que a Marina le desconcertó, porque no se parecía en nada a la imagen que se había construido de él durante un año de rabia.

—Gracias por venir —dijo—. Sé que no tenías por qué.

—Tengo media hora.

—Me basta con veinte minutos.

Marina se sentó. Pidió un café solo. Mollà esperó a que el camarero se fuera para hablar.

—Voy a empezar por lo que te debo —dijo—.

El andamio de la fachada norte de la calle Sagunto no estaba anclado según el proyecto.

Tú lo viste. Lo dijiste. Te ignoraron. Paraste la obra.

Y la subcontrata, en lugar de corregirlo, te despidió.

Yo me enteré tres semanas después, cuando llegó la inspección y la sanción.

Me enteré, como casi todo en esta vida, tarde.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. —Mollà dejó la taza sobre el plato—. Lo que no sabes es que mi padre era encofrador. Se cayó de un andamio mal anclado en 1987, en una obra de Benicalap. Tenía cuarenta y cuatro años. Yo tenía veinte.

Marina no dijo nada.

—No te lo cuento para que me compadezcas —siguió él—.

Te lo cuento para que entiendas por qué te he estado buscando.

Rescindí el contrato con aquella subcontrata en cuanto leí el informe.

Luego pregunté por ti. Me dijeron que te habías quedado sin trabajo y que nadie quería contratar a la chica que había denunciado a su empresa.

Y no hice nada. —Hizo una pausa—. Eso tampoco me enorgullece. Pero ahora quiero hacer algo.

—¿Qué?

—Ofrecerte el puesto de directora de obras de rehabilitación del Grupo Mollà.

Marina se quedó con la taza a medio camino de la boca, exactamente igual que Álvaro con la cerveza en la azotea, aunque ella no lo sabía.

—Contrato indefinido —continuó Mollà, sin prisa, como quien enumera los materiales de una obra—.

Sin periodo de prueba. Un equipo de veinte personas a tu cargo, incluidos tres aparejadores y un ingeniero de estructuras.

Las obras de rehabilitación del grupo en Ciutat Vella, el Cabanyal y Russafa. Y un salario de… —Dijo una cifra.