Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 9 · Los viernes #2
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Capítulo 9 · Los viernes #2

Álvaro se volvió hacia él. Samuel tenía las piernas estiradas, las gafas de sol subidas en la frente y la expresión de alguien que lleva toda la vida esperando ese momento.

—¿Qué quieres, Samuel?

—Nada. Ser testigo. —Samuel dio un trago a su cerveza—. Hace diez años que te conozco. Te he visto mirar así un plano de Gaudí, una moto de los sesenta y una botella de vino que costaba lo que mi coche. A una persona, nunca.

—Estás proyectando. Tu divorcio te ha vuelto sentimental.

—Mi divorcio me ha vuelto clarividente. —Samuel sonrió—. Ten cuidado, Álvaro. Va en serio. A mí me pasó una vez y acabé con una hipoteca a medias y una custodia compartida de un perro.

—No va a pasar nada.

—Eso decía yo.

A las dos y diez se abrió la puerta de la escalera de caracol y apareció Júlia, sin aliento, con una bandeja de tomates aliñados y un hombre detrás.

El hombre era alto, de pelo castaño revuelto, barba de varios días y unas manos enormes y llenas de pequeñas cicatrices blancas.

Llevaba una camiseta con serrín en el cuello.

Álvaro lo conocía de vista: Dani Roca, el carpintero restaurador que Marina había contratado la semana anterior para catalogar y recuperar las ventanas de madera de la casa del Rosario.

Le habían dicho que era el mejor de Valencia en carpintería antigua.

También le habían dicho que llegaba a las obras a las diez, se iba a las seis, no contestaba al móvil por las mañanas y no había manera humana de meterle prisa.

—He invitado a Dani —anunció Júlia, en un tono que no admitía réplica—. Porque ha venido al estudio a traer unos planos y era la hora de comer y no iba a echarle a la calle.

—Me ha invitado porque le he dicho que su forma de catalogar las ventanas es muy rígida —dijo Dani con tranquilidad— y quería seguir discutiéndolo.

—Mi forma de catalogar es la correcta.

—Tu forma de catalogar es correcta para un museo. Para una obra, es un dolor de muelas.

—Es un sistema.

—Es una cárcel con pestañas de colores.

Samuel se atragantó con la cerveza. Álvaro miró a Júlia, que tenía las orejas de un color que no le había visto nunca, y pensó que el estudio entero había perdido la cabeza aquel otoño, y que él no era quién para decir nada.

*  *  *

A las dos y veinte, cuando la paella ya reposaba bajo un paño de cocina y todo el mundo estaba sentado, Pilar se levantó, se quitó el delantal y dijo:

—Falta uno.

—¿Quién? —preguntó Pau.

Pilar no contestó. Se acercó a la barandilla de la azotea y miró hacia la calle. Álvaro se levantó también, con un mal presentimiento que no tenía nada de malo, y se asomó a su lado.

Abajo, delante del portal, un taxi acababa de detenerse.

La puerta trasera se abrió. Primero salió un bastón de madera con empuñadura de plata.

Luego una pierna, con cuidado. Luego una mano izquierda que se agarraba al marco de la puerta.

Y luego, despacio, con la tozudez de quien ha decidido que va a hacerlo solo aunque tarde una hora, salió su padre.

Ramón Casal levantó la cabeza hacia la azotea. Llevaba una boina gris, una camisa de cuadros abrochada hasta arriba y la sonrisa torcida que le había dejado el ictus, más alta de un lado que del otro, como una persiana mal subida.

—¡Que alguien baje, que esta escalera la diseñó un sádico! —gritó.

Álvaro no recordaba haber bajado tan deprisa unas escaleras en toda su vida.

*  *  *

Tardaron doce minutos en subir los tres pisos. Ramón se negó a que lo cogieran en brazos, se negó a que le trajeran una silla y se negó, sobre todo, a que Álvaro le sujetara del brazo derecho, el malo.

—Del izquierdo —ordenó—. El derecho es mío.

Así que subieron así, peldaño a peldaño, Ramón con el bastón en una mano y la barandilla de hierro en la otra, Álvaro al lado sin tocarle, con los brazos medio abiertos, preparado para lo que hiciera falta y sin hacer nada.

En el segundo rellano, Ramón se paró a respirar y miró la escalera de mármol de arriba abajo.

—Esta barandilla la restauramos Pilar y yo en el ochenta y nueve —dijo—. La hoja de acanto del final la encontré en un desguace de Alzira. Pagamos dos mil pesetas.

—Lo sé, papá.

—No lo sabes. Te lo he contado cien veces, pero no lo sabes. —Ramón le miró de reojo—. Cuando alguien te cuenta algo cien veces es porque espera que un día lo escuches.

Álvaro no contestó. Su padre sonrió, con su media sonrisa, y siguió subiendo.

En la escalera de caracol de la azotea, Toni y Dani bajaron a echar una mano, y entre los tres consiguieron subirle sin que pareciera que le estaban subiendo, que era la condición innegociable.

Cuando por fin Ramón apareció arriba, apoyado en el bastón, sudando, con la boina torcida, toda la mesa se puso en pie y aplaudió.

—Sentaos, por Dios —gruñó él, encantado—. Que parece un entierro.

Y entonces Bruja, que había estado toda la mañana dormida bajo la mesa sobre la chaqueta de Marina, salió de debajo del mantel de hule, cruzó la azotea en línea recta sin mirar a nadie, se plantó delante de Ramón y se frotó contra el bastón, contra su pierna buena, contra su pierna mala, ronroneando con un ruido de motor que se oía desde la otra punta.

Ramón se quedó muy quieto. Luego, con mucho esfuerzo, se agachó un poco y le puso la mano izquierda en la cabeza.

—Hola, bonita —dijo—. ¿Me has echado de menos?

La gata cerró los ojos.

Álvaro tuvo que darse la vuelta y mirar el mar un momento.

*  *  *

La paella estaba perfecta, con su socarrat y su garrofó, y nadie volvió a mencionar el chorizo.

Ramón se sentó en la cabecera, en la mejor silla, con Bruja en el regazo, y presidió la comida como si nunca se hubiera ido.

Contó historias del estudio que Álvaro había oído cien veces y alguna que no había oído nunca.

Discutió de fútbol con Toni. Le preguntó a Pau qué estudiaba y le dijo que en sus tiempos eso se aprendía en la obra y no en la universidad, y luego le preguntó si podía prestarle los apuntes.

Le preguntó a Dani por las ventanas de la casa del Rosario y escuchó su respuesta durante diez minutos, asintiendo, con la atención absoluta de un hombre que ha hablado con carpinteros toda su vida.

Y en algún momento, entre el segundo plato de paella y el melón, se volvió hacia Marina, que se había sentado a su derecha porque Pilar lo había organizado así sin preguntar a nadie.

—Tú eres la de la escalera —dijo.

Marina parpadeó.

—¿Perdón?

—La de la escalera de piedra. El dibujo. —Ramón le señaló con la cuchara—. Mi hijo me lo enseñó el domingo pasado. Lo tenía en una carpeta. Me dijo que era de una candidata y que no sabía si devolverlo.

Desde el otro lado de la mesa, Álvaro sintió que todos los ojos de la azotea se volvían hacia él. Incluidos los de la gata.

—Papá.

—¿Qué? Es verdad. —Ramón volvió a mirar a Marina—. Es un buen dibujo. Tiene una nota en el margen que dice «ojo, aquí cede». Eso no lo pone cualquiera. La mayoría de la gente dibuja lo que aguanta. Tú dibujas lo que cede.

—Porque es lo que hay que vigilar —dijo Marina.

—Exacto. —Ramón sonrió con su media sonrisa—. Mi hijo nunca lo ha entendido. Dibuja lo que aguanta y se pasa la vida sujetando lo demás con las manos.

—Papá —repitió Álvaro, más bajo.

—Ya me callo. —Su padre no se calló—. Pero es verdad.

Marina no miró a Álvaro. Bajó los ojos al plato. Pero él vio, desde el otro extremo de la mesa, que sonreía.

*  *  *

Por la tarde, cuando el sol empezó a bajar y la luz se volvió dorada sobre los tejados del Cabanyal, la comida se deshizo en pequeños grupos.

Pilar y Ramón jugaban al dominó en una esquina, sobre una caja de fruta, acusándose mutuamente de hacer trampas.

Toni había bajado a abrir el bar. Pau dormía la siesta en una tumbona con la boca abierta.

Samuel había desaparecido. Y Júlia y Dani seguían discutiendo sobre el sistema de catalogación de ventanas, ahora con un plano extendido sobre la mesa entre los restos del melón, y sin ninguna intención visible de terminar nunca.

Álvaro estaba apoyado en la barandilla, mirando el mar.

Marina se acercó con dos vasos de café de puchero y le tendió uno.

—Caliente —dijo—. Esta vez sí.

—Gracias.

Se quedaron un rato en silencio, uno al lado del otro, con los codos en la barandilla. Abajo, en la calle, una niña pasaba en bicicleta con ruedines y su padre corría detrás sujetando el sillín.

—Tu padre es increíble —dijo Marina al fin.

—Mi padre es un desastre.

—Es las dos cosas.

—Es las dos cosas —admitió él.

—Te ha dejado subir sin ayudarle.

—Le he dejado subir sin ayudarle. Es distinto.

Ella se volvió a mirarlo.

—Lo sé —dijo—. Lo he visto.

Álvaro sintió algo cálido y peligroso moviéndose detrás del esternón, algo que no tenía nada que ver con el café. Iba a decir algo. No sabía qué. Algo sobre el dibujo, sobre la carpeta, sobre el domingo en que se lo había enseñado a su padre sin saber por qué. Abrió la boca.

En el bolsillo del vestido verde de Marina, el móvil vibró.

Ella lo sacó con un gesto automático, miró la pantalla, y Álvaro vio cómo se le borraba la sonrisa, de golpe, como cuando se apaga una luz. Vio cómo leía el mensaje una vez, y luego otra, muy despacio. Vio cómo se le tensaba la mandíbula.

Vio cómo bloqueaba la pantalla y se guardaba el móvil en el bolsillo con un movimiento demasiado rápido, demasiado limpio, como quien esconde una carta.

—¿Todo bien? —preguntó.

Marina tardó medio segundo en contestar. Medio segundo. Álvaro lo midió.

—Todo bien —dijo ella—. Una tontería.

Detrás de ellos, en la esquina del dominó, su padre soltó una carcajada y acusó a Pilar de esconder un seis doble en la manga.

Bruja, en el regazo de Ramón, levantó la cabeza y miró a Marina con los dos ojos muy abiertos, el verde y el color miel, como si también ella hubiera medido el medio segundo.

Álvaro esperó a que Marina añadiera algo más. No añadió nada.

Y le sonrió.

Era una sonrisa perfecta. Era la sonrisa más convincente que él había visto en su vida.

Por eso supo que no era verdad.