Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 9 · Los viernes
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Capítulo 9 · Los viernes

Álvaro no le preguntó.

Lo decidió a las dos y cuarto de la madrugada, de pie en su despacho, con el correo de Elena Boix abierto en la pantalla y Marina dormida a medio metro, y lo siguió decidiendo durante toda la semana siguiente, cada mañana, con la terquedad con que se mantiene una dieta.

No le preguntó cuando la despertó, tocándole el hombro con dos dedos, y ella se incorporó de golpe, con la marca de la manga de la chaqueta en la mejilla, y dijo «dos días de margen» en voz alta antes de saber dónde estaba.

No le preguntó cuando la acompañó a casa caminando junto a la bici por la avenida del Puerto desierta, ella pedaleando muy despacio para no dejarlo atrás, los dos callados bajo las farolas naranjas, hasta un portal de la calle Islas Canarias donde ella se bajó, le dio las gracias por la chaqueta y se la devolvió doblada.

No le preguntó el lunes, cuando Elena Boix aceptó el plan por fases con un correo de tres líneas.

Ni el martes, cuando llegó la viga de descarga en un camión que no cabía en la calle del Rosario y Marina se pasó la mañana dirigiendo una maniobra imposible con una grúa, un guardia urbano y tres vecinas en bata que opinaban desde los balcones.

No le preguntó porque, si le preguntaba, ella le contestaría. Y Álvaro no quería que le contestara. Quería que se lo contara.

Era una diferencia mínima. Una diferencia de matiz, de esas que no caben en una hoja de cálculo.

Pero en algún momento de aquella noche, en el banco de hierro, entre los geranios, ella le había contado lo de su padre sin que él se lo pidiera.

Y Álvaro había descubierto que eso, que alguien te cuente algo sin pedírselo, era una de las cosas que más echaba de menos en el mundo.

Así que esperó.

Y mientras esperaba, la observaba.

*  *  *

El domingo fue a Alboraia, como todos los domingos.

Llegó a las once, con una bolsa de fartons de la horchatería de la plaza y la carpeta de los planos del Rosario bajo el brazo, porque su padre le pedía siempre noticias de la obra y Álvaro había aprendido que era más fácil enseñárselas que contarlas.

Ramón le esperaba en la terraza de la alquería, bajo la parra sin hojas, con una manta sobre las rodillas, el bastón apoyado en la mesa y el periódico abierto por la página de las esquelas, que leía cada mañana, según decía, para comprobar que no salía él.

—¿Qué tal mi casa? —preguntó, antes de saludar.

—Tiene un arco partido debajo de la escalera.

—Eso ya lo sé. Me lo contó Pilar el jueves. —Su padre señaló la silla de enfrente con la barbilla—. Quiero saber qué vais a hacer.

Álvaro abrió la carpeta y le enseñó todo.

Los planos del levantamiento, con el sello del estudio en la esquina y el muro dibujado donde había un hueco.

Las fotos de la grieta. El cálculo de Iván.

El calendario por fases, con los pintores movidos tres días a la derecha.

Su padre lo miró todo despacio, con las gafas de leer en la punta de la nariz, pasando las hojas con la mano izquierda, deteniéndose en algunas, frunciendo el ceño en otras.

No dijo nada durante un buen rato. Luego señaló el calendario.

—Esto no lo has hecho tú.

—Lo hemos hecho entre dos.

—Ya. —Ramón levantó la vista por encima de las gafas—. Tú no habrías dejado dos días de margen a los fontaneros. Tú crees que los fontaneros son gente seria.

—Me lo dijo ella.

—¿Quién es ella?

—La nueva. Marina. La project manager.

—La nueva —repitió su padre, como quien prueba un vino—. La que llega tarde.

—¿Cómo sabes que llega tarde?

—Pilar. El jueves. —Ramón volvió a mirar el calendario—. Me cae bien. No la conozco, pero me cae bien. Cualquiera que sepa que los fontaneros no terminan nunca por la mañana tiene más mundo que la mitad de los arquitectos de Valencia.

Fue entonces, al recoger los planos para guardarlos, cuando la hoja se escurrió.

Álvaro la había metido en la carpeta el viernes por la noche, entre el levantamiento y las fotos, sin pensar, como quien guarda una cosa en el bolsillo para no perderla.

Llevaba dos semanas viajando con él, de la mesa del despacho a la mochila, de la mochila al cajón, del cajón otra vez a la mesa.

La hoja cayó sobre las baldosas de la terraza, boca arriba, y la escalera de piedra de tres tramos se quedó allí, al sol, entre los pies de los dos.

Su padre se agachó antes que él. Tardó un poco más, con el bastón y la mano izquierda, pero llegó antes, porque Álvaro, por primera vez en su vida, se quedó quieto sin saber qué hacer.

Ramón se incorporó con la hoja en la mano. La miró. La miró mucho rato, con la misma atención con que había mirado los planos, o más. Pasó el pulgar bueno sobre la nota del margen.

—«Ojo, aquí cede» —leyó en voz alta—. ¿Esto de quién es?

—De una candidata.

—¿De ella?

Álvaro no contestó. Su padre levantó la vista.

—¿Y por qué lo tienes tú?

—Se le olvidó en la entrevista.

—Hace dos semanas.

—Hace dos semanas.

—Y no se lo has devuelto.

—Todavía no.

Ramón dejó la hoja sobre la mesa, entre los fartons y el periódico, y la alisó con la palma de la mano izquierda, con mucho cuidado, como quien alisa una servilleta en una boda.

—¿Sabes cuál fue la primera cosa que le regalé a tu madre? —preguntó.

—No.

—Un plano. El de la casa de su abuela en Godella.

Ella era la nieta del cliente, y yo tenía veinticuatro años y era el aprendiz de un estudio que se llamaba Ferrando y Asociados, que no existe ya.

Me mandaron a medir la casa y ella estaba en el jardín leyendo.

No le dije nada en tres semanas. Al terminar, dibujé la casa entera a mano, en limpio, con cada árbol del jardín, con el banco donde ella leía.

Y en el banco dibujé una figura muy pequeña.

Con un libro. —Su padre sonrió, con su media sonrisa torcida—.

Se lo di sin decirle nada. Me dijo que no sabía que yo dibujaba personas.

Le dije que no las dibujaba. Que era la primera.

Álvaro se quedó mirando la escalera sobre la mesa.

—No es lo mismo, papá.

—Claro que no es lo mismo. Yo le di un dibujo. Tú le has quitado uno. —Ramón dio un golpecito en la hoja con el dedo—. Eso no es un regalo, hijo. Eso es un secuestro.

—Eso dijo ella.

—¿Ves? Lista. —Su padre cogió un fartón, lo miró, lo dejó—. Dale la vuelta.

—¿Qué?

—A la hoja. Algo tiene detrás. Lo noto en cómo la miras.

Álvaro le dio la vuelta. Su padre se inclinó, se ajustó las gafas, buscó en la esquina inferior izquierda y encontró la frase, escrita a lápiz, casi invisible. La leyó moviendo los labios.

No se arregla lo que no se quiere ver.

Se quedó callado mucho rato. Fuera, en el campo de chufa, un tractor arrancó con un petardeo y se calló al poco.

—Esto lo podría haber escrito tu madre —dijo al fin, muy bajo.

Álvaro no supo qué contestar. No hizo falta. Su padre volvió a darle la vuelta a la hoja, la dejó boca arriba, con la escalera mirando al cielo de octubre, y empujó la carpeta hacia su hijo.

—Guárdala bien —dijo—. Hasta que sepas qué hacer con ella. Pero no tardes mucho, que las cosas que no se devuelven acaban pesando más que las que se pierden.

Comieron juntos, como cada domingo. Hablaron del Valencia, de la cosecha de chufa, de la cuidadora nueva de las tardes, que cantaba boleros mientras fregaba.

No volvieron a mencionar el dibujo. Pero cuando Álvaro se fue, a las cinco, su padre le acompañó hasta el coche con el bastón, y al despedirse le dijo, mientras le apretaba el brazo con la mano buena:

—El viernes que viene, ¿hay comida en la azotea?

—Pilar las ha resucitado. ¿Cómo lo sabes?

—Lo sé todo. Soy viejo. —Su padre le soltó el brazo—. Conduce con cuidado.

Álvaro no sospechó nada. Era la prueba definitiva de que tenía la cabeza en otra parte.

*  *  *

—La estás mirando otra vez —dijo Samuel.

Era viernes, la una y media de la tarde.

Estaban en la azotea del número cuarenta y dos, a la que se subía por una escalera de caracol de hierro desde la terraza interior, y que el estudio había convertido, hacía veinte años, en comedor de los viernes.

Había una mesa larga hecha con dos tableros de obra sobre caballetes, un mantel de hule con limones estampados, sillas de todas las épocas y procedencias, una parra que no daba uvas desde hacía una década y una vista del Cabanyal que llegaba, entre antenas y tendederos, hasta una franja azul de mar.

Las comidas de los viernes habían dejado de hacerse cuando Álvaro se fue. Pilar las había resucitado esa semana sin consultar a nadie, a golpe de mensaje en el grupo del estudio: «Viernes, azotea, dos en punto. Paella. Quien no venga, que no vuelva». Y habían venido todos.

—No la estoy mirando —dijo Álvaro.

—Tienes la cerveza a medio camino de la boca desde hace un minuto.

Álvaro bajó la cerveza.

Marina estaba al otro extremo de la azotea, junto a la paellera, discutiendo con Toni.

Toni había subido la paellera, el fuego y la leña de naranjo desde el bar, porque decía que la paella de los viernes se había hecho siempre con leña y que el gas era cosa de pisos de estudiantes.

Pilar, como capitana general, supervisaba el sofrito desde una silla plegable, con un abanico y un delantal de flores.

Y Marina acababa de cometer el error de preguntar si se le podía echar chorizo.

—¿Chorizo? —repetía Toni, con la cara de quien ha oído una blasfemia en misa—. ¿Tú eres de Xàtiva y me preguntas por el chorizo?

—Era una broma.

—Con la paella no se bromea.

—Era una broma para ver tu cara.

—Pues mi cara es esta. —Toni se señaló la cara con la espumadera—. Y no se me va a quitar en toda la tarde.

Marina se reía. Se reía con todo el cuerpo, echando la cabeza hacia atrás, con una mano apoyada en el brazo de Toni para no perder el equilibrio.

Llevaba un vestido de algodón verde que Álvaro no le había visto nunca, porque en el estudio solo la había visto en vaqueros y en obra, y el pelo recogido con un lápiz atravesado.

—Sigues mirándola —dijo Samuel.

—Estoy mirando la paella.

—La paella está a la izquierda.