Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 8 · La costra #2
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Capítulo 8 · La costra #2

Marina no dijo nada. No le tocó, no le dijo «qué duro», no le dijo «eres un buen hijo». Se quedó quieta, a su lado, con la mano apoyada en el lomo de Bruja, y esperó. Y Álvaro entendió, con una nitidez que le pilló desprevenido, que estaba haciendo exactamente eso: no abrocharle el botón.

—Por eso tengo una hoja de cálculo de ciento cuarenta pestañas —dijo al fin, y le salió casi una risa—. Porque hubo cinco minutos de mi vida, en el suelo de una obra en Benimaclet, en que no pude controlar nada. Y no quiero que vuelva a pasar.

—Diecisiete pestañas —corrigió Marina, muy bajito.

—Diecisiete.

—Es un avance.

—Es un avance —repitió él.

*  *  *

A las once menos cuarto bajaron al bar de Toni a por café, porque la cafetera del estudio había decidido morir esa noche con un estertor y un charco marrón sobre la encimera.

El bar estaba a punto de cerrar. Toni recogía las sillas de la terraza y las apilaba contra la pared con la paciencia de quien lleva treinta años repitiendo el mismo gesto a la misma hora.

Dentro solo quedaban dos viejos jugando a la brisca en la mesa del fondo y la televisión encendida sin volumen, con un partido de fútbol de una liga que nadie conocía.

Toni los vio entrar juntos y dejó una silla a medio apilar.

—Vaya —dijo—. Los de arriba.

—Dos cafés, Toni —dijo Álvaro—. Si no es molestia.

—Para ti siempre es molestia. —Toni volvió detrás de la barra y encendió la cafetera, que soltó un bufido de locomotora—. Para ella no. ¿Cómo lo quieres, Marina?

—Solo. Largo.

—Como tu jefe. Ya decía yo. —Toni le guiñó un ojo—. ¿Y tú, Álvaro? ¿Lo de siempre?

—Lo de siempre.

—Cortado con sacarina. Desde 2012. —Toni le explicó a Marina, sin bajar la voz—: Lleva catorce años tomando el mismo café en el mismo vaso a la misma hora. Un día le puse azúcar en vez de sacarina para ver si se daba cuenta.

—¿Y se dio cuenta?

—Me devolvió el café sin decir nada. Con la sacarina al lado. Encima del platito. Muy recta. Paralela al borde.

Marina se tapó la boca. Álvaro miró al techo.

Toni puso los dos cafés en la barra. Luego, sin que nadie se lo pidiera, sacó de la nevera dos vasos pequeños de horchata, con escarcha en el cristal, y los puso al lado.

—Invita la casa —dijo—. Por la hora.

—No hace falta, Toni.

—No es para ti. —Toni empujó uno de los vasos hacia Marina—. Para ti, este. Y el otro también es para ti, pero se lo puedes dar a él si te portas bien.

—¿Esto cuenta como la horchata del primer día? —preguntó Marina.

Toni negó con la cabeza, muy serio.

—Esa todavía no. Esa te la cobro el día que te vaya bien de verdad. Y todavía no te ha ido bien de verdad. Te ha ido regular tirando a prometedor.

—¿Y cuándo sabrás que me ha ido bien de verdad?

Toni miró a Álvaro. Luego a ella. Luego otra vez a Álvaro, que estaba muy concentrado en remover su cortado.

—Lo sabré —dijo Toni—. Tengo ojo. Treinta años detrás de esta barra. He visto llegar a gente y he visto irse a gente. Y sé reconocer cuándo alguien se queda.

Los dos viejos de la brisca levantaron la vista de las cartas al mismo tiempo, como si alguien hubiera dicho algo interesante por fin, y la volvieron a bajar.

Se tomaron los cafés de pie en la barra, sin hablar mucho. Las horchatas, también. Al salir, Marina se dio la vuelta en la puerta.

—Toni.

—Dime.

—Gracias.

—No me des las gracias. —Toni había vuelto a sus sillas—. Págame la horchata cuando toque.

Subieron la escalera de mármol en silencio. En el segundo rellano, la mano de Marina rozó la hoja de acanto de hierro del final de la barandilla, sin querer, y Álvaro la vio detenerse un segundo, como quien encuentra algo en un bolsillo que no sabía que llevaba.

—Me fijé en esta hoja el primer día —dijo ella, tocándola—. Subiendo con veintitrés minutos de retraso.

—La encontró mi padre en un desguace de Alzira.

—Es preciosa.

—Todo el mundo la toca al llegar arriba —dijo Álvaro—. Sin darse cuenta. Mi padre dice que por eso está tan brillante. Que la ha pulido la gente que ha subido cansada.

Marina dejó la mano sobre el hierro un momento más. Luego siguió subiendo.

Álvaro, detrás de ella, también la tocó al pasar. Por primera vez en años, se dio cuenta de que lo hacía.

*  *  *

Volvieron al despacho pasadas las once, y trabajaron hasta la una y media.

Fue un trabajo distinto del de antes de cenar.

Menos esgrima y más carpintería. Marina proponía, él objetaba, ella encontraba una vuelta, él encontraba una mejor, y en algún momento dejaron de saber de quién era cada idea y empezaron a escribir el calendario a cuatro manos, como dos personas que tocan el mismo piano y de vez en cuando se pisan los dedos.

A la una y diez, Álvaro levantó la vista de la pantalla para preguntar algo sobre la licencia de actividad del restaurante y se dio cuenta de que Marina se había quedado dormida.

Estaba en la silla de las visitas, que había acabado ocupando ella mientras él se peleaba con Bruja por la suya, perdía y acababa en un taburete de dibujo traído de la sala grande.

Tenía la cabeza apoyada en el brazo, el brazo apoyado en el borde de la mesa y el lápiz todavía entre los dedos.

El pelo se le había soltado del todo y le tapaba media cara.

Respiraba despacio, con un leve silbido por la nariz que a él le pareció, contra toda lógica, enternecedor.

Se quedó mirándola más tiempo del que habría podido justificar.

Después se levantó sin hacer ruido, cogió la chaqueta de lana que tenía colgada en el perchero desde hacía meses y se la echó por encima de los hombros con todo el cuidado del mundo, como quien cubre una maqueta para que no le caiga polvo.

Ella no se despertó. Murmuró algo que sonó a «dos días de margen» y siguió durmiendo.

Álvaro volvió a la pantalla. Terminó el calendario él solo, en silencio, a la luz de la lámpara.

Repasó cada semana dos veces. Movió los pintores un día más, por si acaso, porque ella tenía razón y los fontaneros nunca terminaban por la mañana.

Exportó el documento, lo nombró Plan_fases_Rosario_DEFINITIVO.pdf y luego, porque sabía que nada es definitivo, le quitó la palabra.

Eran las dos y diez. Pensó en despertarla. Pensó en llamarle un taxi. Pensó en la bici atada a la farola y en que no iba a dejarla pedalear sola por la avenida a esas horas, y en que ella le diría que no era asunto suyo, y en que tendría razón, y en que le daría igual.

Estaba a punto de tocarle el hombro cuando el ordenador emitió un pitido suave.

Un correo nuevo. A las dos y catorce de la madrugada.

Era de Elena Boix.

Álvaro lo abrió casi sin pensar, con la mano todavía a medio camino del hombro de Marina. Era breve. Elena Boix siempre escribía correos breves, como si cada palabra le costara dinero.

Álvaro: espero vuestro plan por fases el lunes, como acordamos.

Te aviso, por transparencia, de que el Grupo Mollà me ha pedido una reunión.

Me dicen que pueden terminar la obra antes que vosotros y con menos coste.

No he aceptado nada. Pero Héctor Mollà ha mencionado algo que me ha llamado la atención: dice que conoce muy bien a vuestra project manager. Y que ella sabe por qué. E.

Álvaro lo leyó dos veces.

Después miró a Marina, que dormía con su chaqueta sobre los hombros y un lápiz entre los dedos, y que acababa de contarle, en un banco de hierro, entre geranios, la historia de su padre y la frase que le había dejado.

Que no le había contado esto.

Bruja, en su silla, abrió el ojo verde y lo miró fijamente en la penumbra, como si ella también estuviera esperando la respuesta.