Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 8 · La costra
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Capítulo 8 · La costra

A las nueve menos cuarto, Álvaro descubrió que Marina Lluch leía un calendario de obra como otras personas leen una novela de misterio: con un lápiz en la boca, las piernas cruzadas sobre la silla y una absoluta falta de piedad hacia el autor.

—Aquí —dijo, señalando la pantalla con el lápiz—. Semana cuarenta y ocho. Has puesto a los pintores en la planta primera el mismo día que entran los fontaneros.

—Los fontaneros terminan por la mañana.

—Los fontaneros no han terminado nada por la mañana en toda la historia de la humanidad.

—Eso no es un dato.

—Es estadística empírica. —Marina tachó algo en el folio que tenía sobre las rodillas—. Dos días de margen. Mínimo.

—No tenemos dos días.

—Entonces los sacamos de otro sitio. —Volvió a pasar las semanas con el ratón, rápida—. De aquí. La carpintería de las habitaciones puede entrar antes si cambiamos el orden de las plantas. Empezamos por la tercera en vez de por la primera.

—La tercera no tiene acceso de material hasta que montemos el montacargas.

—El montacargas puede ir por el patio, junto al andamio. Lo he hablado con Vicent.

—¿Cuándo?

—Ayer. Mientras te pensabas a tu velocidad lo del plan por fases.

Álvaro abrió la boca, la cerró y movió los pintores dos días hacia la derecha.

Estaban en su despacho, con la puerta abierta a la sala grande, donde solo quedaba encendida la lámpara de la mesa de Marina.

El resto del estudio era una penumbra de mesas de dibujo, maquetas y rollos de papel, con el panel de corcho al fondo como un vitral de colores.

Bruja dormía en la silla de Álvaro, de modo que Álvaro se había sentado en la de las visitas, que era más baja e incómoda y le dejaba la pantalla a una altura que le obligaba a encorvarse.

Había considerado mover a la gata. Había decidido que no merecía la pena el conflicto diplomático.

A las nueve y media, el estómago de Marina rugió con tanta fuerza que los dos se quedaron callados.

—Perdón —dijo ella.

—El arroz de Pilar.

—El arroz de Pilar.

Lo calentaron en el microondas de la cocina del estudio, que hacía un ruido de avioneta y tenía un plato giratorio que solo giraba si se le daba un golpe en el lateral.

Álvaro le dio el golpe sin pensarlo, con la precisión de diez años de práctica, y Marina lo miró como si acabara de verle hacer un truco de magia.

—¿Siempre ha sido así?

—Desde 2016. Mi padre se negaba a cambiarlo. Decía que un aparato que necesita que le des un golpe te obliga a prestarle atención.

—Tu padre tenía frases para todo.

—Eso lo dice Pilar de su marido.

—Pues serían amigos.

—Lo eran. —Álvaro sacó el táper, lo dejó sobre la encimera y le quitó la tapa. El olor a garbanzos, morcilla y tomate asado llenó la cocina de golpe, como un recuerdo—. Jugaban al dominó todos los viernes en el bar de Toni. Pilar dice que hacían trampas los dos y que por eso nunca ganaba ninguno.

Marina se asomó al táper. En el centro, dorada y crujiente, estaba la costra: esa capa tostada que se forma en el fondo del arroz al horno y que en todas las casas valencianas es objeto de disputas, alianzas y rencores que duran generaciones.

—«No discutáis por la costra» —recitó ella.

—No pienso discutir.

—Bien.

—Porque es mía.

—¿Perdón?

—Es mi estudio, es mi microondas y Pilar es casi mi tía. La costra es mía por derecho histórico.

—Yo he hecho una tarta de calabaza para Pilar este fin de semana.

—¿Y?

—Y eso me da derecho a la mitad de la costra por reciprocidad.

—¿Le has hecho una tarta?

—Se me hundió. La tapé con nata.

Álvaro la miró un instante. Después cogió un cuchillo, trazó una línea perfectamente recta por el centro de la costra, de lado a lado, y empujó la mitad hacia ella con la hoja.

—Por la nata —dijo.

*  *  *

Cenaron en la terraza interior, en el banco de hierro, con los platos sobre las rodillas porque la mesita estaba ocupada por tres tiestos de geranios y ninguno de los dos se atrevió a moverlos sin permiso de Pilar.

Hacía una noche templada, de octubre valenciano, de esas en que el verano todavía no se ha ido del todo y se queda en el aire como alguien que se resiste a despedirse en la puerta.

Desde el patio comunitario llegaba el sonido de una televisión, una conversación en valenciano entre dos vecinas y, en algún sitio, alguien que ensayaba escalas en un clarinete con más voluntad que acierto.

Bruja había salido detrás de ellos y se había sentado en la barandilla, de espaldas, mirando el patio como una gárgola.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Marina.

—Depende.

—¿Qué le dijiste a Elena Boix de mí? Antes de contratarme. Lo de las «cosas».

Álvaro pinchó un garbanzo con el tenedor y lo miró como si fuera a contestar por él.

—Le dije que la candidata que me interesaba llegaba tarde —dijo—. Porque Elena me había preguntado si tenía a alguien y no quería mentirle.

—Eso ya lo sé.

—Y le dije que llegaba tarde, pero que llegaba a donde había que llegar.

Marina dejó de masticar.

—¿Eso le dijiste?

—Más o menos.

—¿Antes de contratarme?

—El día que te llamé por teléfono.

—No me conocías.

—Había visto tu escalera. —Álvaro se encogió de hombros—. Y había leído la denuncia de la calle Sagunto. Diecisiete folios. Los leí enteros a las seis de la mañana. Cualquiera que pare una obra tres días sabiendo que la van a despedir llega a donde hay que llegar, aunque sea tarde.

Marina no contestó. Se quedó mirando su plato, donde la mitad de la costra seguía intacta, dorada, esperando. Álvaro la observó de reojo y le pareció que se le había puesto un poco roja la punta de las orejas, aunque con aquella luz podía ser cualquier cosa.

—Eso ha sido… —empezó ella.

—Una observación técnica.

—Iba a decir que ha sido muy bonito. Pero vale. Técnica.

*  *  *

Hablaron mucho rato. Álvaro no habría sabido decir después de qué, exactamente, ni cómo pasaron de las dimensiones de la viga de descarga a la tienda de telas de la madre de Marina en Xàtiva, ni de la tienda a la bicicleta en la que ella se rompió la muñeca a los nueve años, ni de la muñeca al padre.

—Se fue cuando yo tenía siete —dijo Marina.

Lo dijo con ligereza, como quien comenta el tiempo, pero tenía la mirada fija en los geranios—.

Tenía un taller de reparación de electrodomésticos.

Lo llevó a la ruina en dos años porque no quiso pedir un crédito, ni contratar a nadie, ni aceptar que mi abuelo le echara una mano.

Decía que un hombre que pide ayuda es un hombre que ha fracasado.

Al final fracasó igual, pero solo. Y luego se fue.

Se llevó el coche, lo que quedaba en la cuenta y una caja de herramientas que ni siquiera sabía usar.

—Lo siento.

—No lo sientas. Mi madre dice que fue lo mejor que nos pasó. —Marina sonrió de lado—. Yo no estoy tan segura. Me dejó una cosa.

—¿Qué cosa?

—Su frase. La de que pedir ayuda es fracasar.

—Por fin apartó la mirada de los geranios y la volvió hacia él—.

Sé que es mentira. Lo sé con la cabeza. Pero cuando me ahogo, no digo nada.

Me lo ha recordado mi madre este fin de semana.

Y luego vienes tú y me pides ayuda con un calendario de obra como si fuera lo más natural del mundo, y yo me quedo pensando que tú lo haces mejor que yo.

—Yo no lo hago mejor que tú.

—Hoy lo has hecho.

—Hoy lo he hecho porque Pilar me ha dicho una cosa. —Álvaro dejó el plato sobre el banco—. Me ha dicho que mi padre, cuando tenía miedo, cogía el timón y no dejaba que nadie lo tocara. Que decía que era para proteger a los demás. Y que casi le cuesta el estudio.

—¿Y te ha molestado?

—Me ha molestado que tuviera razón. —Hizo una pausa—. El viernes, en el hotel, tuve miedo. Pensé en cinco personas sin trabajo. Pensé en la raya de enero. Y cogí el timón.

—Lo sé.

—Lo sé que lo sabes.

Bruja bajó de la barandilla, cruzó la terraza y se sentó entre los dos, en el hueco que quedaba en el banco, con la cola sobre las piernas de Marina y el lomo pegado al muslo de Álvaro. Ninguno de los dos se movió.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó Marina al cabo de un rato, en voz más baja.

Álvaro tardó en contestar. No porque no supiera la respuesta, sino porque hacía un año que nadie se la preguntaba de verdad.

La gente preguntaba «¿Y tu padre?» en la puerta de los ascensores, en el bar de Toni, en las reuniones con proveedores, y él respondía «mejor, gracias» y la conversación seguía.

Marina no había preguntado así. Había preguntado como se pregunta por una viga: queriendo saber cuánto peso aguanta.

—Tuvo un ictus hace catorce meses —dijo—.

En la obra de un colegio en Benimaclet. Se cayó delante de los albañiles.

Estuvo tres semanas en la UCI y cuatro meses en rehabilitación.

Ahora vive en su casa de Alboraia, con una cuidadora por las mañanas.

Camina con bastón. Habla bien, un poco más despacio. La mano derecha no termina de volver.

—Y tú estuviste con él.

—Un año. —Álvaro se miró las manos—. Dejé el estudio en manos de Júlia y Samuel, que hicieron lo que pudieron, que fue mucho, pero no suficiente.

Me fui a vivir con él. Aprendí a hacer purés.

Aprendí los horarios de once pastillas. Aprendí a ayudarle a ducharse sin que se sintiera humillado, que es más difícil de lo que parece.

—Me lo imagino.

—Y aprendí una cosa que no me esperaba. —Se quedó un momento callado.

El clarinete del patio intentó una escala más y se rindió a la mitad—.

Que lo más difícil no era hacer cosas por él.

Era no hacerlas. Era verle intentar abrocharse un botón durante cinco minutos con una mano que no le obedece, y quedarme quieto.

Y esperar. Porque si se lo abrochaba yo, le quitaba algo.

Pero cada minuto que pasaba sin ayudarle sentía que se me iba a romper algo por dentro.