Capítulo 7 · La gata tiene criterio #3
Y debajo, otra:
«Llamar a E. Boix para proponer entrega por fases. Hecho (martes). Respuesta: sí a la planta baja el 15/12, sí al resto el 8/1. Prima: solo la mitad. Bloqueado: nada».
Marina las leyó dos veces. La segunda vez se le quedó algo atascado en la garganta, algo que no tenía nada que ver con el polvo de ladrillo, y tuvo que carraspear aunque estaba sola.
—Martes —le dijo a Bruja—. Lo hizo el martes. Y no me ha dicho nada.
Bruja abrió el ojo verde.
—No me mires así. Ya sé que me lo ha dicho. Así. —Señaló el corcho—. Es su manera.
La gata bostezó, enseñando una lengua rosa y unos dientes diminutos, y volvió a dormirse.
Álvaro llegó a la obra a las diez en punto, como cada jueves.
Llevaba el casco puesto. Las botas ya no parecían nuevas. Había barro en una de las punteras y una mancha de pintura blanca en el talón, y Marina sospechó, sin poder demostrarlo, que se la había hecho a propósito para que dejaran de parecer recién compradas.
Recorrieron juntos la casa, planta por planta.
Marina le enseñó el arco apuntalado, el hueco abierto, los anclajes donde iría la viga.
Le enseñó la cocina del restaurante, ya replanteada con cinta azul en el suelo.
Le enseñó la fachada, donde un equipo de restauradores había empezado a limpiar los azulejos uno a uno con cepillos de dientes, y los azulejos aparecían bajo la mugre de décadas como peces asomando en agua turbia: verdes, blancos, con una cenefa de hojas de naranjo que nadie sabía que estaba allí.
Álvaro se paró delante de la fachada mucho rato.
—No sabía que había naranjos —dijo.
—Nadie lo sabía. Los restauradores los encontraron ayer.
—El bisabuelo de Elena Boix tenía almacenes de naranja.
—Lo sé. Por eso los puso.
—Le va a encantar.
—Le va a encantar —asintió Marina—. Y va a salir en la foto de la guía.
Él la miró de reojo.
—¿Has hecho limpiar la cenefa primero a propósito?
—He hecho limpiar primero la parte de la fachada que se ve desde la terraza del restaurante. La cenefa ha sido suerte.
—Tú no crees en la suerte.
—Creo en la suerte cuando ya he hecho todo lo demás.
Siguieron caminando. En el vestíbulo, Bruja dormía sobre una pila de azulejos catalogados, en una caja de cartón con la etiqueta «PB-Fachada-Lote 3». Álvaro se detuvo y la miró con el ceño fruncido.
—¿Qué hace aquí?
—Viene conmigo cada día. En la cesta de la bici.
—Es una gata de estudio. No es una gata de obra.
—Díselo tú.
Álvaro se agachó delante de la caja. Bruja abrió los dos ojos y lo miró sin pestañear. Él le devolvió la mirada. Durante un rato largo, ninguno de los dos cedió. Marina, de pie detrás de él, tuvo la sensación ridícula de estar asistiendo a una negociación entre dos potencias.
Al final fue Álvaro quien habló, en voz baja, como si temiera que ella le oyera.
—Mi padre te habría llevado también a la obra —le dijo a la gata—. Lo sé.
Bruja parpadeó una vez, muy despacio. Luego volvió a cerrar los ojos.
Álvaro se levantó y se sacudió las rodillas. Cuando se dio la vuelta, Marina fingió estar muy interesada en un azulejo.
—He visto las tarjetas —dijo, sin apartar la vista del azulejo.
—¿Qué tarjetas?
—Las del panel.
—Ah. Esas.
—Gracias.
—No me des las gracias. Te debía una disculpa y me sale mejor por escrito.
—Te sale mejor en tarjetas de diez por quince.
—Es mi formato.
—Me gusta tu formato.
Él no dijo nada. Pero Marina vio, por el rabillo del ojo, que se le relajaban los hombros, y que se quedaba quieto un segundo de más en el vestíbulo, con la luz del montante cayéndole en la cara, antes de seguir.
* * *
Esa tarde, a las siete y media, el estudio volvía a estar vacío.
Júlia se había ido a clase de cerámica, que era lo único que hacía en el mundo sin agenda.
Samuel tenía una cena. Pau, un examen. Pilar había dejado un táper de arroz al horno en la nevera con una nota que decía «Para los dos. No discutáis por la costra».
Marina estaba recogiendo su mesa cuando Álvaro salió del despacho con el portátil abierto en una mano y un rollo de planos en la otra.
—¿Tienes prisa? —preguntó.
—Tengo una bici y un piso vacío con alcaparras.
—Eso es un no.
—Eso es un depende.
—Tengo que mandarle a Elena Boix el plan por fases definitivo antes del lunes. Con el calendario, los gremios, la viga, todo. —Se detuvo—. Y lo he revisado cuatro veces y sigo sin fiarme.
—¿De qué no te fías?
—De mí. —Lo dijo sin dramatismo, como quien informa de que llueve—. Necesito que alguien lo lea conmigo y me diga dónde me equivoco. Y tú eres la única persona que conozco que lo haría con muchísimo gusto.
Marina dejó la mochila sobre la mesa.
—Eso ha sido casi un cumplido.
—Ha sido una petición de ayuda.
Ella lo miró. Él sostuvo la mirada. En la butaca de mimbre, Bruja levantó la cabeza, los miró a los dos, y luego bajó al suelo, cruzó la sala y se subió de un salto a la silla del despacho de Álvaro, se enroscó sobre el cojín y se quedó allí, como si alguien le hubiera reservado el sitio.
—Bueno —dijo Marina, quitándose la chaqueta—. Parece que nos quedamos.