Capítulo 7 · La gata tiene criterio #2
—Canela —dijo—. De la buena. La compro en el Mercado Central, en un puesto que lleva la misma familia desde la guerra. La próxima vez, no abras el horno.
—¿Habrá próxima vez?
—Eso depende de ti —dijo Pilar, y cerró la puerta.
* * *
El lunes por la mañana, la gata estaba dormida en la cesta de su bicicleta.
Marina la había dejado atada a la farola de siempre, delante del portal del número cuarenta y dos, para subir a por unos planos antes de ir a la obra.
Tardó seis minutos. Cuando bajó, la gata gris estaba enroscada en la cesta de mimbre, encima de su chaqueta, con el hocico escondido bajo la cola y la indiferencia absoluta de quien ha encontrado su sitio en el mundo y no piensa discutirlo.
—Perdona —dijo Marina—. Esa es mi chaqueta.
La gata abrió el ojo verde. Lo volvió a cerrar.
—Tengo que irme. A trabajar. Con la bici.
Nada.
Toni salió del bar secándose las manos en el delantal y se quedó mirando la escena con los brazos en jarras.
—Hostia —dijo.
—¿Qué?
—Que Bruja no se sube a ningún sitio que no sea suyo.
—¿Bruja?
—La gata. ¿No te lo han dicho? Se llama Bruja.
—Toni se acercó, con cuidado, como quien se acerca a un explosivo—.
La recogió Ramón, el padre de Álvaro, hace seis o siete años.
Apareció en el patio con una pata herida.
La llamó así porque tiene un ojo de cada color y porque decía que cada vez que ella miraba a un cliente, el cliente pagaba o no pagaba.
Lo adivinaba. Desde que Ramón no viene, no se acerca a nadie. Ni a Álvaro.
Marina miró a la gata, que seguía dormida sobre su chaqueta como un pequeño juez jubilado.
—Seguramente le gusta el mimbre —dijo.
—Seguramente —dijo Toni, en el tono exacto en que se dice lo contrario.
Al final fue andando a la obra, empujando la bici con Bruja dentro de la cesta.
La gata no se bajó en todo el trayecto. Al llegar a la calle del Rosario, saltó al suelo, se estiró, entró en la casa por el portón entreabierto como si fuera la propietaria y se instaló en lo alto de una pila de sacos de cemento, desde donde supervisó toda la mañana el trabajo de los electricistas.
Los electricistas trabajaron más deprisa que nunca.
* * *
A partir de ese día, Bruja la siguió a todas partes.
Si Marina se sentaba en una mesa de dibujo, Bruja se tumbaba encima de los planos.
Si Marina iba a la cocina, Bruja la esperaba en la puerta.
Si Marina bajaba al bar a por un café, Bruja bajaba la escalera de mármol delante de ella, despacio, peldaño a peldaño, con la cola levantada como una bandera.
El miércoles le dejó en la cesta de la bici una salamanquesa muerta, perfectamente colocada sobre la chaqueta, con la cabeza hacia el manillar.
—Es un regalo —le explicó Pilar, encantada—. Te está diciendo que eres de la familia.
—Es un cadáver.
—Es un cadáver con cariño.
Álvaro, que pasaba en ese momento por el pasillo con una carpeta, se detuvo, miró la salamanquesa, miró a la gata, miró a Marina.
—Es una gata —dijo—. Va donde hay calor.
—Ramón decía que tenía criterio —señaló Pilar.
—Mi padre también decía que las obras se secaban mejor con luna menguante.
—Y tenía razón.
—No tenía razón, Pilar. Es una superstición de albañil.
—Pues el forjado del Carmen se secó de maravilla.
Álvaro abrió la boca para responder, la cerró, y siguió pasillo adelante con la carpeta bajo el brazo y la expresión de quien ha decidido no participar en una conversación absurda.
Bruja lo siguió con la mirada, el ojo color miel entornado, la punta de la cola moviéndose de un lado a otro con un desdén muy calculado.
—No le gusta que le lleven la contraria —le dijo Pilar a Marina en voz baja.
—¿A quién? ¿A Álvaro o a la gata?
—A ninguno de los dos. Por eso no se soportan. Se parecen demasiado.
* * *
Álvaro no le habló del plan por fases en tres días.
Marina tampoco le preguntó. Tenía demasiado que hacer.
Quique volvió el lunes con un ingeniero de estructuras, un hombre joven y callado llamado Iván que pasó cuatro horas en el sótano midiendo cosas y se fue sin decir una palabra a nadie, salvo a Bruja, a la que rascó detrás de las orejas con una familiaridad que la gata le permitió sin protestar.
La viga de descarga se pidió el martes. El cuñado de Vicent apareció el miércoles con una furgoneta llena de puntales y un precio que Marina negoció a la baja con éxito, y una invitación a una paella que no consiguió rechazar.
Y cada mañana, a las ocho, el equipo se reunía delante del panel de corcho. Quince minutos. Tarjetas de colores. Quién hace qué, qué se bloquea, qué se necesita.
La tarjeta de Álvaro, en la columna de esa semana, seguía diciendo lo mismo desde el primer día: «Dirigir el estudio. Bloqueado: todo».
Hasta el jueves.
El jueves, Marina llegó al estudio a las siete y cuarenta.
No había nadie, salvo Bruja, dormida en la butaca de mimbre.
Encendió la luz, dejó la mochila y fue a cambiar de columna las tarjetas de la semana anterior.
Y allí, clavada con una chincheta amarilla justo debajo de la que ella misma había escrito y arrancado el viernes, había una tarjeta nueva.
La letra era tiesa, angulosa, inconfundible.
«Error: decidí el plazo sin la PM. Bloqueado: mi orgullo».