Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 7 · La gata tiene criterio
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Capítulo 7 · La gata tiene criterio

—Por fases —dijo Marina.

—¿Por fases? —repitió Álvaro.

—Elena Boix no necesita un hotel el quince de diciembre.

Necesita un restaurante. Su chef necesita una cocina, un comedor, una fachada bonita para la foto de la guía y un baño que no dé vergüenza.

Las diez habitaciones de arriba pueden esperar al ocho de enero, que es lo que ponía el contrato.

—Marina levantó un dedo—. Planta baja y fachada, quince de diciembre.

Resto del edificio, ocho de enero. Es posible.

Ajustado, pero posible. Lo he calculado tres veces.

—Y la planta baja está encima de este arco.

—La planta baja está encima de este arco, y por eso el refuerzo es lo primero, y por eso necesito a Quique aquí mañana y la viga de descarga pedida el lunes. —Marina bajó la mano—. Pero el refuerzo es una parte pequeña del edificio. Si la cocina y el comedor van en paralelo, llegamos.

Álvaro se quedó callado. Marina lo vio ir y venir por el plan con los ojos, de abajo arriba, como quien sube una escalera comprobando cada peldaño.

—¿Y qué es lo que no me va a gustar? —preguntó al fin.

—Que tienes que volver a hablar con ella.

—Ya.

—Y decirle que lo que le prometiste esta mañana no es exactamente lo que le vas a dar.

—Ya.

—Y pedirle que acepte otra cosa. —Marina hizo una pausa—. Que es como pedir ayuda, pero con corbata.

Álvaro apoyó la cabeza contra los ladrillos y cerró los ojos.

—Tenías razón —dijo—. No me gusta.

—Lo sé.

—¿Siempre tienes razón?

—Casi nunca. Pero cuando la tengo, se nota mucho.

Él abrió un ojo, solo uno, y la miró de reojo. Durante un segundo pareció a punto de reírse. Luego se levantó, se dio un golpe en la cabeza con la clave del arco, soltó una palabrota en valenciano que Marina no le había oído nunca y salió del hueco frotándose la coronilla.

—Me lo pienso —dijo desde la escalera.

—Piénsatelo rápido.

—Me lo pienso a mi velocidad.

—Tu velocidad es la de una hoja de cálculo de ciento cuarenta pestañas.

—Diecisiete —corrigió él, y desapareció.

*  *  *

El fin de semana, Marina hizo tres cosas que llevaba tiempo aplazando.

La primera fue pagar la multa del tranvía.

Llegó el sábado por la mañana, en un sobre de color sepia con el escudo de la Generalitat, y ascendía a cien euros por «uso indebido del dispositivo de apertura de emergencia».

Marina la leyó en el rellano, en pijama, mientras la vecina del tercero bajaba con su perro.

Pensó en recurrirla. Pensó en escribir un alegato en tres folios explicando que el dispositivo de apertura de emergencia había sido usado en una emergencia, que era su carrera profesional.

Al final la pagó por internet con el móvil, de pie en la cocina, y apuntó en la libreta donde llevaba las cuentas: «Tranvía: 100 €. Merecido».

La segunda fue llamar a su madre.

Amparo Lluch vivía en Xàtiva, en el mismo piso donde había criado sola a Marina desde que su padre se marchó llevándose el coche, los ahorros y una caja de herramientas que ni siquiera usaba.

Tenía sesenta y un años, una tienda de telas que se negaba a cerrar y la costumbre de preguntar por todo de forma indirecta, como quien da rodeos para no pisar un charco.

—¿Y comes?

—Como, mamá.

—¿Qué comes?

—Croquetas. Lentejas. Una señora del trabajo trae tápers.

—¿Una señora del trabajo te da de comer? —Su madre hizo una pausa cargada de sospecha—. ¿Y eso por qué?

—Porque es así. Le da de comer a todo el mundo.

—Pues dale las gracias. Y llévale algo. No vayas con las manos vacías, que parece que no te he educado.

—Vale.

—¿Y el dinero? ¿Llegas?

Marina miró la libreta. Miró la línea de los cien euros. Miró el alquiler de octubre, ya pagado, y el de noviembre, que pagaría con el primer sueldo si el primer sueldo llegaba.

—Llego.

—Porque si no llegas, yo tengo…

—Llego, mamá.

—Bueno. —Otra pausa—. Es que tú nunca dices nada. Te ahogas y no dices nada. Como cuando te caíste de la bici en las fiestas y te rompiste la muñeca y no lloraste hasta que llegamos a casa.

—Tenía nueve años.

—Y eras igual que ahora.

Marina no supo qué contestar a eso, así que le preguntó por la tienda, y su madre le habló durante veinte minutos de una partida de lino portugués que le había llegado con el color equivocado, y la conversación terminó, como siempre, con un «cuídate» y un «tú también» que querían decir otra cosa.

La tercera fue hacer una tarta de calabaza para Pilar. Le salió hundida por el centro. La tapó con nata y decidió que era una elección estética.

*  *  *

El domingo por la tarde se la llevó.

Pilar vivía en la calle de la Reina, a tres manzanas del estudio, en el principal de una casa de pescadores de fachada amarilla con un zócalo de azulejos azules y una puerta de madera que nadie había cerrado con llave en cincuenta años.

Marina tuvo que preguntarle la dirección a Toni, que se la dio sin vacilar y añadió, con los ojos entornados, que si llevaba algo de comer, mejor que no fuera de calabaza, porque Pilar hacía la mejor tarta de calabaza del Cabanyal y no perdonaba la competencia.

Marina miró el táper que llevaba en las manos.

—Es de calabaza —dijo.

—Entonces que Dios te ampare —dijo Toni, y se santiguó con el trapo.

Pilar abrió la puerta con un delantal puesto, aunque era domingo y no se oía nada en la cocina. Miró a Marina. Miró el táper. Levantó una ceja por encima de las gafas.

—¿Qué es eso?

—Una tarta. Para darte las gracias por los tápers.

—¿De qué?

Marina tragó saliva.

—De calabaza.

Pilar se quedó un momento muy quieta. Después se apartó de la puerta.

—Pasa. Y quítale la tapa delante de mí, que quiero ver la cara del crimen.

El piso de Pilar era como una prolongación de su bolso: había de todo y todo tenía un sitio que solo ella conocía.

Había plantas en todas las ventanas, una máquina de coser antigua con un mantel a medio bordar, estanterías llenas de libros de arquitectura con las tapas gastadas y, en la pared del pasillo, decenas de fotos enmarcadas, de todos los tamaños y épocas, colgadas sin ningún orden aparente.

Marina se detuvo delante de ellas mientras Pilar ponía la cafetera.

En una salía un grupo de jóvenes con pantalones de campana delante de una obra, con cascos de los de antes, de esos que parecían ensaladeras.

En otra, una mujer de treinta años, morena, con el pelo largo y un cigarrillo en la mano, inclinada sobre un tablero de dibujo.

Tardó un segundo en reconocerla: era Pilar.

Al lado, un hombre alto, delgado, de nariz grande y sonrisa ancha, con una camisa de cuadros abrochada hasta arriba, sostenía una maqueta de cartón como quien sostiene a un recién nacido.

—Ramón —dijo Pilar, a su espalda, con dos tazas en la mano—. En el setenta y nueve. La primera maqueta del estudio. Una guardería en Benicalap que no se construyó nunca porque el ayuntamiento cambió de idea.

—Se parece a Álvaro.

—Álvaro se parece a él. Que no es lo mismo. —Pilar le tendió una taza—. Aunque Ramón sonreía más. Álvaro sonreía mucho de pequeño. Luego se le olvidó.

Marina miró la foto un rato más. Había otra al lado, más pequeña, de un hombre robusto con bigote y una red de pescar sobre el hombro, riéndose a carcajadas en una barca.

—¿Y este?

—Manolo. Mi marido. —Pilar sonrió de una manera distinta, más suave—.

Era pescador. No sabía distinguir un pilar de una columna y le daba igual.

Decía que yo construía casas y él traía la cena, y que así el mundo estaba equilibrado.

Se murió hace once años. Del corazón. En la barca, una mañana de levante.

—Hizo una pausa—. Lo encontraron sus compañeros con la red a medio recoger.

Dicen que había sacado una dorada enorme.

—Lo siento.

—No lo sientas. Se fue haciendo lo que le gustaba. Ojalá todos tengamos esa suerte. —Pilar se volvió hacia la cocina—. Y ahora, la tarta.

Se sentaron a una mesa redonda con un hule de flores. Marina quitó la tapa del táper. La tarta apareció en todo su esplendor: hundida por el centro como un cráter lunar, disimulada con una capa de nata montada que había empezado a escurrirse por los lados.

Pilar la observó con el rigor de una inspectora de obra.

—Se te ha hundido.

—Es una elección estética.

—Se te ha hundido porque has abierto el horno antes de tiempo.

—A los veinte minutos.

—A los veinte minutos se hunde todo. Las tartas y las personas.

—Pilar cogió un cuchillo, cortó dos porciones y sirvió la más grande para Marina—.

Hay que dejar que las cosas suban solas.

Si abres la puerta para comprobar si van bien, les quitas el calor y se vienen abajo.

A ti te pasa mucho, ¿verdad? Lo de abrir la puerta antes de tiempo.

Marina se quedó con el tenedor en el aire.

—Estamos hablando de la tarta.

—Claro, cariño. De la tarta.

Pilar probó un bocado. Masticó despacio. Marina la miró sin respirar.

—Le falta canela —sentenció Pilar—. Y le sobra azúcar. Y la nata es de bote.

—Lo sé.

—Pero la calabaza está bien asada. —Pilar cortó otro trozo—. Y nadie me había traído una tarta en once años. Así que es la mejor que he comido en once años.

Se la terminaron entera entre las dos, con dos cafés y luego un tercero, mientras la luz de la tarde entraba de lado por la ventana y Pilar le contaba historias del estudio: el día que Ramón se cayó a una zanja delante de un alcalde, la obra de Godella en la que encontraron una ánfora romana y tuvieron que parar tres meses, la vez que Álvaro, con ocho años, se escondió dentro de una maqueta de cartón pluma y se quedó dormido, y le buscaron por todo el Cabanyal con la policía hasta que Bruja, la primera Bruja, una gata atigrada que tuvieron en los noventa, se sentó maullando delante de la maqueta.

—¿Hubo otra Bruja?

—Siempre ha habido una Bruja. Esta es la tercera. —Pilar se encogió de hombros—. Ramón dice que es la misma, que vuelve. Yo no creo en esas cosas. Pero tiene el mismo criterio.

Cuando Marina se fue, ya de noche, Pilar la acompañó a la puerta y le puso en las manos el táper, vacío y lavado, y dentro una bolsita de papel.