Capítulo 6 · Delante de todos #2
Lo dijo antes de pensarlo. Lo supo en el mismo instante en que salió de su boca, por la manera en que a ella se le endureció la cara y porque Samuel, al fondo, murmuró «uf» como quien ve a alguien resbalar en una escalera.
—Llegué tarde —repitió Marina, muy despacio— porque estaba debajo de tu escalera sujetando un puntal para que tu edificio no se viniera abajo.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Si lo supieras, no lo habrías dicho.
—Marina. —Álvaro bajó la voz—. Firmaste una cláusula. Si no hay estudio, no hay obra que gestionar. Ni tuya, ni de nadie. Tomé la decisión que había que tomar para que haya estudio en enero. Tú te ocupas de cómo se hace. Yo me ocupo de que exista.
—¿Y qué hago con mi primera condición? Las decisiones técnicas son mías. El plazo de entrega es una decisión técnica.
—El plazo de entrega es una decisión de dirección.
—El plazo de entrega de una obra con un arco partido es una decisión técnica, Álvaro, y tú lo sabes, porque eres arquitecto antes que director, aunque se te haya olvidado.
Nadie respiraba. La gata gris bajó de la butaca de mimbre, cruzó la sala con una lentitud deliberada, pasó junto a las piernas de Álvaro sin rozarlo y fue a sentarse a los pies de Marina, con la cola enroscada alrededor de las patas, mirándolo a él.
Fue Júlia quien rompió el silencio.
—Las dos cosas son verdad —dijo, con su voz de corregir planos—. Necesitamos el dinero y el plazo es una locura. Discutir quién tiene razón no cambia ninguna de las dos.
—Gracias, Júlia —dijo Álvaro.
—No te estoy dando la razón. Estoy diciendo que los dos la tenéis y que los dos lo habéis hecho fatal. —Júlia se volvió hacia Marina—. Tú, por montar esto delante de Pau, que va a tener pesadillas. Y tú —se volvió hacia Álvaro—, por decidir solo. Otra vez.
Otra vez. Álvaro encajó la palabra en silencio.
Marina se quedó un momento mirando el panel. Luego arrancó la tarjeta, la dobló por la mitad y se la guardó en el bolsillo trasero del vaquero.
—Me voy a la obra —dijo—. Hay un puntal que asienta mal.
Y se fue. La gata se quedó en el sitio donde había estado ella, mirando a Álvaro con un ojo verde y otro color miel, sin parpadear.
* * *
La tarde pasó como pasan las tardes después de una discusión: con todo el mundo trabajando más de lo necesario y hablando menos de lo normal.
Samuel salió a ver a un proveedor y no volvió.
Júlia se encerró con los planos de instalaciones y unos auriculares.
Pau se fue a la obra a las cuatro, con una caja de tornillos que nadie le había pedido y la expresión de quien ha elegido bando.
A las siete, Pilar entró en el despacho de Álvaro con un táper de croquetas y lo dejó sobre el teclado del ordenador, encima de la tecla de Intro, donde no había forma de ignorarlo.
—Me lo ha contado Toni —dijo.
—Toni no estaba.
—Toni siempre está. —Pilar se sentó en la silla de enfrente—. ¿Quieres que te diga lo que pienso o prefieres pensarlo tú solo, que es más lento pero más tuyo?
—Prefiero comerme las croquetas.
—Cómetelas. Pero te lo digo igual. —Pilar se cruzó de brazos—. Tu padre hacía lo mismo.
Álvaro levantó la vista.
—¿Lo mismo qué?
—Decidir solo cuando tenía miedo. Cuando estaba tranquilo, consultaba hasta al portero.
Pero cuando tenía miedo, cogía el timón y no dejaba que nadie lo tocara.
Decía que era por proteger a los demás. —Pilar hizo una pausa—.
Casi nos cuesta el estudio en el noventa y tres. Y casi le cuesta a tu madre.
—No sabía eso.
—Porque no lo cuenta. Pregúntale.
El móvil vibró sobre la mesa. Era su padre. Álvaro miró el nombre en la pantalla, Papá , y durante un segundo absurdo pensó que Pilar lo había invocado.
Lo cogió.
—¿Cómo va mi casa del Rosario? —preguntó Ramón Casal, con la voz algo más lenta que antes, algo más torcida en las eses, pero con la misma curiosidad de siempre. Para su padre, todas las casas que tocaba el estudio eran suyas.
—Bien —dijo Álvaro—. Va bien.
—Mientes fatal. Siempre has mentido fatal. —Su padre se rio, una risa ronca—. Ya me contarás el domingo.
Colgó. Álvaro dejó el móvil sobre la mesa. Pilar le acercó el táper.
—Come —dijo—. Y luego ve.
—¿Adónde?
—Adonde tengas que ir a pedir perdón sin decir la palabra perdón, que ya sé que no te sale.
* * *
Eran casi las diez cuando llegó a la calle del Rosario.
La calle estaba vacía, las farolas encendidas, el viento de levante todavía empujando papeles por las aceras.
En la casa había luz. Una sola, en el sótano, que se escapaba por la rejilla de ventilación a ras de suelo y dibujaba sobre los adoquines un rectángulo amarillo.
El portón estaba entornado. Álvaro bajó.
Marina estaba bajo la escalera, en el hueco abierto, con un foco de obra apoyado en el suelo y Vicent a su lado.
Entre los dos sujetaban un puntal metálico que llegaba hasta la clave del arco.
Pau, sentado en un cubo, sostenía una linterna con las dos manos y cara de sueño.
Nadie lo oyó llegar. Estaban concentrados en una cuña de madera que Vicent golpeaba con un mazo, muy suavemente, como quien llama a la puerta de alguien que duerme.
—Ahora —dijo Marina.
Vicent dio el último golpe. El puntal crujió, se asentó y se quedó quieto.
Marina soltó las manos despacio. Esperó. Nada se movió. Entonces se dejó caer sentada en el suelo de tierra, con la espalda contra los ladrillos, y cerró los ojos.
Fue entonces cuando lo vio. Abrió los ojos y él estaba allí, de pie en la entrada del hueco, con las botas nuevas y sin casco, sin saber qué hacer con las manos.
Durante un momento nadie dijo nada. Vicent miró a uno, miró a la otra, le dio un codazo a Pau y los dos subieron la escalera de mano hacia el patio con una discreción que no habría engañado a nadie.
—Has venido sin casco —dijo Marina.
—Se me olvidó.
—A ti no se te olvida nada.
—Hoy se me han olvidado varias cosas.
Ella no contestó. Álvaro se agachó para pasar bajo el arco. Se quedó de pie, encorvado, con la cabeza casi rozando los ladrillos, y luego, porque era ridículo seguir así, se sentó en el suelo frente a ella. La tierra estaba fría y húmeda. Se le iba a manchar el pantalón. Le dio igual.
—No he venido a darte la razón —dijo.
—Lo sé.
—Porque sigo creyendo que había que aceptar. Sin ese dinero no llegamos.
—Lo sé.
—Pero no tendría que haberlo decidido sin ti. Y no tendría que haber dicho lo que dije. Lo de llegar tarde. —Hizo una pausa—. Fue mezquino.
Marina lo miró un rato largo. A la luz cruda del foco tenía polvo en las pestañas, una raya de grasa en la mejilla y los ojos más cansados que él le había visto nunca.
—Eso ha sido casi una disculpa —dijo.
—Ha sido una observación técnica.
Ella soltó una risa breve, por la nariz, sin querer. Después se pasó la mano por la cara y se manchó todavía más.
—Vale —dijo—. Ya está. Ya no estoy enfadada.
—¿No?
—Sí. Mucho. Pero se me pasará. —Señaló el puntal con la barbilla—. Y mientras se me pasa, tenemos un problema más grande que tú y que yo.
—El quince de diciembre.
—El quince de diciembre. —Marina se incorporó un poco, apoyando los codos en las rodillas—. He estado toda la tarde haciendo números con Vicent. Con el plan B no llegamos. Con el plan C tampoco.
—¿Y con el D?
—No hay plan D.
—Entonces…
—Hay una forma —dijo Marina, mirándolo a los ojos—. Pero no te va a gustar.