Capítulo 6 · Delante de todos
La foto le llegó a Álvaro a las seis y cincuenta y dos de la mañana, mientras se afeitaba.
Era una imagen mal enfocada, tomada con flash, de una pastilla de yeso partida en dos. Debajo, un solo mensaje: «Viva».
Se quedó mirando la pantalla con media cara llena de espuma.
En el espejo, el hombre que le devolvía la mirada tenía ojeras de panda, como decía Toni, y una expresión que Álvaro conocía demasiado bien porque la había visto cada mañana durante un año en el espejo del baño de su padre: la de alguien que hace cuentas que no salen.
Escribió: «Voy».
Ella contestó: «No hace falta. Ya está Vicent. Quique viene a las ocho. Ve al estudio y prepara los números del refuerzo. Te mando todo».
Álvaro leyó el mensaje dos veces. Era razonable. Era exactamente lo que habría hecho él en su lugar. Y aun así le molestó, con una molestia pequeña y aguda, como una piedra en el zapato, recibir órdenes antes de las siete de la mañana de una mujer que llevaba cuatro días en su empresa.
Terminó de afeitarse. Se cortó en la barbilla.
* * *
Los números del refuerzo eran malos.
Quique mandó a media mañana un presupuesto preliminar: cálculo estructural, perfiles metálicos, zuncho perimetral del arco, viga de descarga bajo el muro del bar, apuntalamiento provisional, mano de obra especializada.
Álvaro lo metió en la hoja de cálculo, en la pestaña dieciséis de las diecisiete que Marina le había permitido conservar, y vio cómo la celda de diciembre se ponía todavía más roja.
Después vio el plazo. Cuatro semanas, en el mejor de los casos. El primer hito vencía en veinticinco días.
Lo miró un rato largo. Luego cerró la pestaña, como si cerrarla sirviera de algo.
A mediodía, Marina le envió un documento titulado Plan B (y C, por si acaso) .
Eran cuatro páginas escritas a toda prisa, con faltas de ortografía y flechas dibujadas a mano y escaneadas con el móvil.
Proponía apuntalar el arco de inmediato, aislar la zona de la escalera, abrir un acceso provisional por el patio y adelantar los trabajos de las plantas primera y segunda para que los gremios no se quedaran parados mientras se reforzaba la estructura.
Había un diagrama de Gantt pintado con rotuladores de colores.
Había una nota al margen que decía «Vicent dice que su cuñado tiene puntales de sobra (preguntar precio, NO aceptar gratis, luego te los cobra en paellas)».
Era un buen plan. Era, de hecho, un plan mejor que cualquiera que se le hubiera ocurrido a él. Y tenía un problema: no cabía en veinticinco días. Cabía en treinta y uno.
Álvaro se lo dijo por teléfono.
—Ya lo sé —respondió ella. De fondo se oía un martillo y la voz de Vicent cantando algo en valenciano—. Por eso hay que hablar con la clienta del primer hito. No se puede cumplir tal como está. Hay que redefinirlo.
—El hito está en tu contrato.
—El hito está en mi contrato y en la realidad. Y la realidad tiene un arco partido.
—No podemos ir a pedirle más tiempo a Elena Boix el mismo día que nos ha citado para hablar de plazos.
—¿Por qué no?
—Porque ya sé de qué quiere hablar.
Hubo un silencio al otro lado. El martillo se detuvo.
—¿Lo sabes?
—Lo intuyo.
—¿Y me lo vas a contar?
Álvaro miró por la ventana del despacho. Abajo, en la terraza del bar, Toni servía dos cafés a unos turistas con mochila que fotografiaban la fachada de azulejos.
—Mañana —dijo—. Después de la reunión. Cuando sepa si tengo razón.
* * *
Tenía razón.
La reunión con Elena Boix fue a las diez de la mañana del viernes, en la cafetería del hotel de la plaza del Ayuntamiento donde ella se alojaba cuando estaba en Valencia, que era una cafetería con lámparas de latón, camareros de chaleco y un café que costaba lo mismo que un menú del día en el Cabanyal.
Marina no llegó a las diez.
A las nueve y cuarenta le había mandado un mensaje: «Problema con el apuntalamiento. Un puntal no asienta. No puedo irme hasta que esté. Llego en cuanto pueda. Empieza sin mí, pero no decidas nada».
Álvaro lo leyó en la puerta del hotel. Lo volvió a leer en el ascensor. Lo tenía todavía en la cabeza, como un estribillo pegadizo, cuando Elena Boix se levantó de una butaca de terciopelo verde, le tendió la mano y le dijo, antes incluso de sentarse:
—Necesito la obra terminada el quince de diciembre.
La entrega estaba fijada para el ocho de enero. Álvaro hizo la resta sin querer. Veinticuatro días.
—Eso es imposible —dijo.
—Eso es lo que necesito.
—Elena, acabamos de descubrir un problema estructural…
—Lo sé. Me lo contaste el miércoles. Y ayer me mandaste la foto de la grieta viva.
—Elena se sentó, cruzó las piernas y pidió con un gesto dos cafés a un camarero que no estaba mirando, pero que acudió igualmente—.
Te voy a explicar mi situación, porque creo que es justo.
He firmado con un chef para el restaurante de la planta baja.
Un chef con nombre, de esos que salen en televisión.
Quiere inaugurar antes de Navidad, porque es cuando vienen los críticos y porque tiene una fecha en una guía que no puede mover.
Si no llego, se va. Y si se va, el hotel pierde el reclamo que lo hace viable.
—Entiendo.
—No lo entiendes. No del todo. —Elena le sostuvo la mirada—.
Os debo tres facturas. Lo sé. Os las he retrasado porque las obras retrasadas me ponen nerviosa y porque, francamente, cuando estabas fuera, vuestro estudio me daba poca confianza.
Si aceptas el quince de diciembre, te pago las tres el lunes.
Y añado una prima por entrega anticipada. Veinte mil euros.
Álvaro no se movió. Dentro de su cabeza, la celda de diciembre pasó de rojo a negro y de negro a algo parecido al blanco. La raya horizontal de enero tembló.
—Y si no acepto —dijo.
—Si no aceptas, seguimos según el contrato. Os pagaré cuando me toque pagaros, que según mis abogados es al certificar cada hito. —Elena removió el café, aunque no le había echado azúcar—. Y estudiaré otras opciones. Hay gente interesada en terminar esta obra. Me lo han hecho saber.
—¿Qué gente?
—Gente.
El camarero dejó los cafés. Álvaro miró el suyo.
Pensó en Marina, en el sótano, sujetando un puntal que no asentaba.
Pensó en Empieza sin mí, pero no decidas nada .
Pensó en su padre, en la silla de la terraza de su casa de Alboraia, intentando abrocharse un botón con una mano que ya no le obedecía del todo, y en lo que le había costado a él no abrochárselo, no hacerlo por él, esperar.
Pensó en cinco personas y una gata.
—De acuerdo —dijo.
* * *
Marina llegó a las diez y treinta y uno, con el pelo húmedo de sudor, una mancha de óxido en la manga y la respiración entrecortada de quien ha pedaleado contra el viento de levante por toda la avenida del Puerto.
Se sentó. Saludó a Elena Boix con educación. Miró a Álvaro. Y Álvaro supo, por la manera en que ella le miró, que ya lo sabía. Que lo había leído en su cara antes de que nadie abriera la boca.
—El quince de diciembre —dijo Elena, amablemente, como quien pone al día a una invitada que llega tarde a la cena—. Álvaro y yo acabamos de cerrarlo. Estoy encantada.
—Qué bien —dijo Marina.
No dijo nada más en toda la reunión.
* * *
No hablaron en el taxi. No hablaron en la escalera de mármol del número cuarenta y dos. Álvaro se dio cuenta, al empujar la puerta del estudio, de que llevaba media hora preparando frases y de que ninguna le servía.
El equipo estaba en la sala grande, de pie delante del panel de corcho, porque eran las doce menos cuarto y Marina había instaurado una segunda reunión de cinco minutos antes de comer.
Júlia, con una taza de té. Samuel, con un rotulador en la oreja.
Pau, todavía con polvo de ladrillo en los rizos.
La gata gris, en la butaca de mimbre, con los dos ojos abiertos.
Marina pasó entre ellos sin detenerse, cogió una tarjeta en blanco del montón, escribió algo con letra grande y la clavó en la columna de esa semana con una chincheta roja, de un golpe seco.
«ENTREGA: 15 DE DICIEMbrE. Decidido sin la PM».
Después se dio la vuelta.
—Ya podemos hablar —le dijo a Álvaro.
—En mi despacho.
—No. Aquí.
—Marina…
—Aquí. —Señaló el panel—. Me dijiste que este estudio era un equipo. Que no iba a ser la última en saberlo. Pues que lo sepa todo el mundo a la vez.
Júlia dejó la taza de té muy despacio sobre la mesa. Samuel se quitó el rotulador de la oreja. Pau dio un paso discreto hacia la cocina.
—Pau, quédate —dijo Marina, sin mirarlo.
Pau se quedó.
Álvaro sintió el calor subirle por el cuello. Era una sensación antigua, de colegio, de reunión de padres. Hacía mucho que nadie le hablaba así en su propio estudio, y lo que más le molestaba no era el tono, sino la sospecha de que lo merecía.
—Elena Boix nos ofrecía pagar las tres facturas pendientes el lunes —dijo, con la voz más plana que encontró—. Y una prima de veinte mil euros por entrega anticipada. Con eso el estudio llega a febrero. Sin eso, no llega a enero.
—¿Y te pareció buena idea aceptarlo sin saber si se puede hacer?
—Me pareció la única idea.
—¿Sabes cuánto tarda el refuerzo del arco?
—Cuatro semanas.
—¿Y sabes cuánto dura la obra desde que termina el refuerzo hasta que se puede entregar un hotel con licencia de actividad, con las instalaciones probadas, con los acabados, con la limpieza final?
—Lo sé.
—Entonces sabes que lo que has firmado es mentira.
La palabra cayó en la sala como un ladrillo. Júlia hizo un gesto mínimo, una inspiración contenida. Samuel cruzó los brazos.
—No he firmado nada —dijo Álvaro.
—Has dado tu palabra. Para ti es lo mismo.
Me lo dijiste el primer día: lo que te importa es prometer algo y no cumplirlo.
—Marina dio un paso hacia él—. Pues acabas de prometer algo que no podemos cumplir.
Y lo has hecho veinte minutos antes de que yo llegara, cuando te pedí por escrito que no decidieras nada.
—Llegaste tarde.