Capítulo 5 · Lo que suena a hueco #2
—Aparte de precioso, está cansado. —Quique señaló hacia arriba—.
Este arco se hizo para sostener la escalera y un poco del muro de la fachada interior.
En los setenta, cuando tapiaron, apoyaron encima el muro nuevo del bar.
Le cargaron peso que no le tocaba. Y además cortaron la ventilación del sótano, así que todo esto lleva cincuenta años respirando humedad.
—Volvió a silbar, dos notas—. La grieta es antigua. La cuestión es si sigue viva.
—¿Cómo lo sabemos?
—Testigos. —Quique abrió la bolsa y sacó un saquito de yeso—. Pongo tres pastillas de yeso sobre la grieta. Si mañana alguna está rota, la grieta se mueve. Si en una semana siguen enteras, está dormida.
—No tenemos una semana —dijo Álvaro.
—Pues entonces rezad a quien os caiga mejor.
Marina se agachó a su lado.
—Si está viva —preguntó—, ¿qué hacemos?
—Cálculo de estructura, refuerzo del arco, probablemente un zuncho metálico y descargar el muro del bar con una viga. Un mes, si todo va rodado. Y aquí nunca va nada rodado.
—¿Y si está dormida?
—Apuntalamiento, consolidación de juntas, ventilación. Diez días.
Marina hizo el cálculo en la cabeza y no le gustó ninguno de los dos resultados.
El primer hito del contrato, el que habían fijado Álvaro y ella dos días antes sobre una servilleta de papel del bar de Toni y luego pasado a limpio, vencía en veintiséis días: planta baja liberada, estructura revisada y certificada, carpinterías catalogadas.
Un mes de refuerzo se lo comía entero. Diez días se comían casi la mitad.
Miró a Álvaro. Él estaba haciendo la misma cuenta. Lo supo porque movía los dedos de la mano izquierda, muy levemente, contra la costura del pantalón, como si tocara un piano invisible.
—Ponlos —le dijo a Quique—. Los testigos.
Quique mezcló el yeso en un cuenco de goma, con la misma ternura con que su abuela debía de haber batido huevos, y extendió tres pequeñas pastillas blancas sobre la grieta: una en la clave, otra en el tercio superior, otra cerca del arranque.
Con un rotulador escribió en cada una la fecha y la hora.
Las tres quedaron allí, brillantes y húmedas, como tres sellos en una carta que nadie quería abrir.
—Mañana a primera hora —dijo Quique, sacudiéndose las manos—. Y que nadie toque nada.
—Nadie toca nada —repitió Marina.
Pau, que estaba a punto de apoyarse en la pared, se apartó como si quemara.
* * *
La reunión con la clienta fue a las cinco en punto, por videollamada, porque Elena Boix estaba en Madrid y, según su asistente, «solo tenía veinte minutos entre dos consejos de administración».
Marina no había visto nunca a Elena Boix.
Había visto su firma en el contrato, su nombre en las cabeceras de las facturas impagadas y un par de fotos en la prensa económica, siempre con la misma melena castaña, la misma chaqueta de buen corte y la misma sonrisa que no llegaba nunca a los ojos.
Era la heredera de una familia que había tenido almacenes de naranja en el puerto y luego, cuando la naranja dejó de dar dinero, suelo en todas partes.
La casa del Rosario había sido de su bisabuelo.
Quería convertirla en un pequeño hotel de diez habitaciones con restaurante en la planta baja.
En la pantalla del portátil, Elena Boix escuchó a Álvaro durante seis minutos sin interrumpirle.
Álvaro lo explicó bien. Marina tuvo que reconocerlo: sin dramatismo, con datos, con fotos de la grieta y del arco, con las dos hipótesis de Quique y sus plazos respectivos.
No pidió perdón por el levantamiento defectuoso, pero tampoco lo escondió.
Dijo «fue un error nuestro» con la misma voz con que habría dicho la hora.
Cuando terminó, Elena Boix tardó unos segundos en hablar.
—Así que no sabéis si es grave.
—Lo sabremos mañana.
—Y si es grave, perdéis un mes.
—Si es grave, reorganizamos la obra para trabajar en paralelo en las plantas superiores. No perdemos un mes. Perdemos, con suerte, dos semanas.
—¿Con suerte?
—Con trabajo —intervino Marina.
Elena Boix desvió la mirada hacia la esquina de la pantalla donde aparecía Marina, en una ventanita pequeña, con el casco todavía marcado en el pelo.
—¿Y usted es…?
—Marina Lluch. La project manager.
—Ah. La nueva. —La clienta la estudió un instante, sin prisa—. Álvaro me habló de usted. Me dijo que llega tarde.
Marina notó cómo Álvaro, a su lado, se quedaba muy quieto.
—Llegué tarde una vez —dijo—. Desde entonces llego antes que él.
Por primera vez, algo parecido a la curiosidad cruzó el rostro de Elena Boix.
—Mañana quiero el resultado de esos testigos —dijo—. A primera hora. Y el viernes quiero veros aquí, en Valencia, en persona. A los dos. Tengo algo que comentaros sobre los plazos.
—¿Sobre los plazos? —repitió Álvaro.
—El viernes.
Y la pantalla se quedó en negro.
Durante un momento ninguno de los dos dijo nada.
En la sala grande del estudio, al otro lado del cristal, Júlia hablaba por teléfono con un proveedor, Samuel dibujaba algo en una servilleta y la gata gris dormía sobre los planos de instalaciones con una pata estirada encima del cuadro eléctrico, como si lo estuviera supervisando.
—«Me dijo que llega tarde» —citó Marina, sin volverse.
—Fue antes de contratarte.
—Ya.
—Le dije también otras cosas.
—¿Como qué?
Álvaro cerró el portátil.
—Cosas —dijo, y se levantó.
* * *
Esa noche Marina no durmió bien. Soñó con arcos que se abrían como bocas y con una celda vacía en una hoja de cálculo, una raya horizontal en la casilla de enero.
Se despertó a las cinco y media con la boca seca y la certeza absurda de que, si llegaba antes que la grieta, la grieta tendría que esperarla.
A las seis y cuarenta estaba en la calle del Rosario.
No había nadie. Las farolas seguían encendidas, el cielo seguía color agua de fregar y la panadería de la esquina todavía no había subido la persiana.
Marina tenía llave del portón desde el día anterior.
La giró despacio, como si la casa pudiera despertarse.
Bajó al sótano con la linterna. Cruzó entre los cuatro pilares de piedra. Se agachó para pasar por el hueco abierto bajo la escalera, donde el aire seguía frío y quieto, y levantó el haz de luz hacia el arco.
La primera pastilla de yeso, la del arranque, estaba intacta.
La segunda, la del tercio superior, también.
Marina subió la linterna hasta la clave.
La tercera pastilla seguía allí, blanca, con la fecha y la hora escritas con la letra redonda de Quique. Y en el centro, partiéndola de arriba abajo, limpia y fina como un cabello, había una línea negra que la noche anterior no estaba.