Capítulo 5 · Lo que suena a hueco
El mensaje llegó a las ocho y cuatro minutos de la noche, cuando Marina estaba de pie delante de la nevera abierta, intentando decidir si medio limón, dos yogures y un tarro de alcaparras podían considerarse una cena.
«Vicent ha encontrado algo en el sótano. Quiere enseñártelo a ti. Mañana a las siete en la obra. ¿Puedes?»
Lo leyó dos veces. Después cerró la nevera, porque la luz de dentro empezaba a parecerle un interrogatorio.
«Puedo», escribió. «¿Sabes qué es?»
La respuesta tardó un minuto entero. Marina vio los tres puntitos aparecer, desaparecer y volver a aparecer, como alguien que entra en una habitación, se lo piensa y sale.
«No. Dice que no se explica por teléfono».
«¿Te preocupa?»
Otra pausa.
«Me preocupa todo. Es mi método».
Marina se rio sola en la cocina. Escribió «Pues duerme, que mañana te hará falta», lo borró porque sonaba a madre, escribió «Hasta mañana», lo borró porque sonaba a nada, y al final envió un pulgar hacia arriba, que era la forma más cobarde de comunicación inventada por la humanidad.
Esa noche cenó alcaparras.
* * *
A las siete menos diez, la calle del Rosario todavía estaba en penumbra.
Las farolas seguían encendidas y el cielo, por encima de los tejados, tenía ese color de agua de fregar que en Valencia dura muy poco, porque enseguida llega la luz y lo arrasa todo.
Olía a mar y a churros. En la esquina, una panadería subía la persiana con un estruendo de cañonazo.
Álvaro ya estaba allí.
Estaba de pie delante del portón, con un casco blanco en la mano, otro bajo el brazo y unas botas de seguridad tan nuevas que todavía tenían la etiqueta pegada a la suela. Llevaba una cazadora azul marino y la expresión de quien no ha dormido pero ha decidido que eso no es asunto de nadie.
—Es miércoles —dijo Marina al llegar, mientras ataba la bici a una farola.
—Lo sé.
—Acordamos los jueves.
—Esto es una excepción. —Le tendió uno de los cascos—. Los jueves siguen en pie.
Marina miró las botas.
—¿Son nuevas?
—Son botas.
—Llevan la etiqueta.
Álvaro bajó la vista, vio la pegatina naranja con el precio, levantó un pie, la arrancó con dos dedos y se la guardó en el bolsillo de la cazadora con una dignidad inquebrantable.
—Ahora son botas —dijo.
Marina se puso el casco para que no le viera la cara.
* * *
Vicent los esperaba en el sótano, sentado en un cubo de pintura vuelto del revés, con un termo de café entre las rodillas y una linterna de minero encendida sobre la gorra.
Al verlos bajar se levantó despacio, como se levantan los hombres que han pasado la vida agachándose, y saludó a Marina con un gesto de la cabeza y a Álvaro con otro, ligeramente más corto.
—Buenos días, don Álvaro.
—Vicent, por favor. Álvaro.
—Buenos días, don Álvaro —repitió Vicent, sin ninguna intención de cambiar, y se volvió hacia Marina—. Ven. Mira.
El sótano de la casa del Rosario era bajo, abovedado y frío, con ese frío húmedo de los sitios que llevan cien años sin ver el sol.
Olía a tierra, a cal y a algo dulzón que Marina identificó, con cierta aprensión, como madera vieja empezando a rendirse.
Las paredes eran de ladrillo macizo, con juntas anchas de mortero.
En el centro, cuatro pilares de piedra sostenían el peso de la casa como cuatro abuelos aguantando una mesa.
Vicent los llevó hasta el fondo, donde la bóveda se hundía bajo la escalera principal. Allí, en la pared, había un rectángulo de ladrillo distinto del resto: más rojo, más regular, con un mortero gris de cemento que no tenía nada que ver con la cal de alrededor.
—Esto no es de 1912 —dijo Marina.
—No —confirmó Vicent—. Esto es de los setenta. Lo pusieron cuando la reforma del bar de abajo. Tapiaron un hueco.
—¿Qué hueco?
Vicent se agachó, apartó una lona y les enseñó un agujero del tamaño de un balón de fútbol, a ras de suelo. Los bordes estaban limpios. Recientes.
—Ayer se me cayó un puntal y tocó aquí —explicó—. Se soltaron tres ladrillos. Y salió aire. Frío. —Le tendió la linterna a Marina—. Mira tú.
Marina se arrodilló. Álvaro hizo un ruido leve, como si fuera a decir algo sobre el suelo, la ropa o la prudencia, pero no lo dijo. Ella metió la linterna por el agujero y pegó la cara a los ladrillos.
Al principio solo vio oscuridad. Después, poco a poco, la luz fue dibujando una cavidad estrecha, de un metro y medio de alto, y al fondo un arco de ladrillo que nacía del suelo y subía hacia arriba, hacia la escalera, como una costilla.
Era un arco precioso. Alguien lo había construido con un cuidado casi amoroso, aparejado a soga y tizón, con una clave de piedra en el centro.
Y la clave estaba partida.
Una grieta la atravesaba de arriba abajo y seguía después por los ladrillos del arco, en diagonal, abriéndose como un río en un mapa. En la parte más ancha, Marina habría podido meter un dedo.
Se quedó muy quieta.
—¿Qué ves? —preguntó Álvaro, a su espalda.
—La escalera —dijo ella, sin apartarse—. Veo dónde se apoya la escalera.
—¿Y?
—Y no se apoya bien.
Los planos de la casa del Rosario ocupaban un tubo de cartón y una carpeta de anillas con las esquinas mordidas.
Marina los extendió sobre una borriqueta en el vestíbulo, sujetándolos con cuatro ladrillos, mientras la luz de la mañana entraba por el montante de la puerta y se posaba sobre los rosetones azules del suelo hidráulico.
—Planos del levantamiento —dijo, pasando el dedo—. Planta sótano. Aquí está la escalera. Aquí está el muro de carga. Y aquí… —Golpeó el papel con el índice—. Aquí no hay nada.
—Porque estaba tapiado —dijo Álvaro.
—Porque quien hizo el levantamiento vio un muro y dibujó un muro. No golpeó. No preguntó. —Marina levantó la vista—. ¿Quién lo firmó?
Álvaro se acercó, giró la carpeta y leyó la carátula. Marina vio cómo se le tensaba la mandíbula.
—Nosotros —dijo él.
—¿Vosotros?
—El estudio. Hace catorce meses. —Hizo una pausa—. Yo ya no estaba.
No añadió nada más. No hacía falta. Marina conocía esa clase de silencio, el de las personas que reciben un golpe en un sitio que ya les dolía. Volvió a mirar el plano para darle un momento.
—Vale —dijo—. Entonces lo primero es saber qué tenemos. Necesito al aparejador hoy, no mañana. Necesito testigos de yeso en la grieta para ver si se mueve. Y necesito que nadie suba ni baje por esa escalera hasta que sepamos si aguanta.
—Es la única escalera de la casa.
—Hay un andamio por el patio.
—Los gremios no van a querer subir por un andamio.
—Los gremios prefieren subir por un andamio a bajar por un hueco de escalera con la escalera encima. —Marina se volvió hacia Vicent, que había subido detrás de ellos y escuchaba apoyado en el marco—. ¿Puedes apuntalar el arco desde dentro?
Vicent se rascó la nuca por debajo de la gorra.
—Puedo. Pero hay que abrir más el hueco.
—¿Cuánto tardas?
—Si me dejan dos chavales, en una mañana.
—Te dejo a Pau.
—Pau no es un chaval, es un estudiante.
—Pau tiene veintitrés años y unas ganas tremendas de que alguien le deje romper algo. —Marina se giró hacia Álvaro—. ¿Llamas tú al aparejador o lo llamo yo?
Álvaro la miró un segundo. Tenía todavía el casco en la mano, no se lo había puesto en ningún momento, y Marina se dio cuenta de que lo sujetaba con demasiada fuerza.
—Lo llamo yo —dijo—. Y llamo a la clienta.
—¿Ya?
—Ya.
—Espera a que tengamos datos.
—La clienta tiene derecho a saber que su escalera está sobre un arco partido.
—Y lo sabrá. Esta tarde, con un informe y una propuesta. —Marina bajó la voz—. Si la llamas ahora, le vas a dar un susto y ninguna solución. Y una persona asustada y sin soluciones hace tonterías. Como pedir que se pare la obra.
—O como buscar a otro estudio.
—Eso también.
Álvaro respiró por la nariz, largo. Miró la escalera, con su barandilla de hierro forjado y sus peldaños de mármol gastados en el centro por cien años de pies. Miró los planos con el sello del estudio en la esquina. La miró a ella.
—Esta tarde —concedió—. A las cinco. Ni un minuto más.
—A las cinco.
—Y lo cuento yo.
—Lo cuentas tú.
—Bien. —Se puso por fin el casco y se lo ajustó con un tirón seco—. Voy a llamar a Quique.
Salió al patio con el móvil en la mano. Vicent esperó a que desapareciera y después se volvió hacia Marina con una mueca que, en otro hombre, habría sido una sonrisa.
—Este, antes, no escuchaba a nadie —dijo.
—¿Y ahora sí?
—Ahora te escucha a ti. —Vicent se encogió de hombros—. Que no es lo mismo que escuchar.
Y bajó al sótano antes de que ella pudiera preguntarle qué demonios había querido decir con eso.
* * *
Quique Benlloch, el aparejador, llegó a las diez y cuarto con una bolsa de herramientas, un nivel láser, un fisurómetro y una camiseta de un grupo de rock valenciano de los noventa que Marina no conocía y que él consideró necesario explicarle durante el trayecto hasta el sótano.
Tenía unos cincuenta años, una barba gris muy cuidada y la costumbre de silbar cuando se concentraba.
Silbó mucho.
Vicent y Pau habían ampliado el hueco hasta hacerlo del tamaño de una puerta baja.
Pau tenía polvo de ladrillo hasta en las pestañas y la expresión beatífica de quien ha descubierto su vocación con un martillo en la mano.
Al otro lado, el arco aparecía entero bajo la luz de los focos, y a la luz de los focos era todavía más bonito y todavía más preocupante.
Quique midió la grieta en cuatro puntos. Pasó el nivel por la clave. Golpeó los ladrillos con los nudillos, de abajo arriba, con la cabeza inclinada como un médico que ausculta. Después se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y se quedó un rato mirando el arco sin decir nada.
—¿Y bien? —preguntó Álvaro.
—Es precioso —dijo Quique.
—¿Y aparte de precioso?