Capítulo 4 · La cláusula
Álvaro había visto muchas obras en su vida. Obras caóticas, obras detenidas, obras abandonadas con las grúas oxidándose bajo la lluvia. Pero pocas veces había visto a alguien entrar en una de ellas como Marina Lluch entró en la casa de la calle del Rosario.
No había pedido permiso. No había esperado a que le abrieran el portón.
Había empujado la hoja de madera desgastada con el hombro, había encendido una linterna que sacó del bolso como quien saca un pañuelo, y había empezado a subir y bajar escaleras con una naturalidad que a él le resultó, al principio, irritante, y después, sin saber cuándo, fascinante.
Habían ido todos juntos, como ella ordenó: Júlia con la tablet apretada contra el pecho y un par de botas que no le pegaban nada con su ropa, Samuel con las manos en los bolsillos, Pau cargando una caja de material de medición con la expresión de un monaguillo.
Y detrás, él, que había pasado tres semanas sin pisar el edificio y tuvo que contener, al cruzar el umbral, una punzada incómoda que se parecía mucho a la vergüenza.
La casa estaba peor de lo que recordaba.
Los forjados del primer piso mostraban manchas de humedad con formas de continentes.
El suelo hidráulico del vestíbulo, con sus rosetones azules y ocres, estaba cubierto de polvo y de láminas de plástico que alguien había colocado a medias.
Las molduras del techo, que debían restaurarse una a una, seguían envueltas en cinta de carrocero.
Y en el patio trasero, entre sacos de cemento y un andamio que Marina había observado dos veces, sin decir nada, con los ojos entornados, había una pila de ventanas de madera sin catalogar.
—¿Quién es el encargado de obra? —preguntó ella.
—Vicent —respondió Pau—. Está en el sótano. Siempre está en el sótano.
—¿Por qué?
—Porque dice que ahí no molesta nadie.
Marina bajó. Álvaro la siguió, a distancia prudente.
Y desde la escalera la vio hablar con Vicent, un hombre de unos sesenta años, bajito, con manos como palas y una gorra que parecía ser parte de su cabeza, durante una hora larga, sin prisa.
Lo vio asentir, tocar un muro, preguntar algo, volver a tocar.
Lo vio reír una vez, con una risa corta y genuina.
Y lo vio, al final, darle a ese hombre la mano con una naturalidad que él, en tres semanas de ausencia y diez años de dirección, no había logrado ni una sola vez.
Aquello lo molestó más de lo que le habría gustado admitir.
Pero la molestia se disolvió a media tarde, cuando Marina, de vuelta al estudio, le plantó delante de la mesa un folio escrito a mano con una lista de once problemas.
Estaban ordenados por urgencia. Los tres primeros llevaban una estrella roja.
Y el último decía, subrayado dos veces: «Revisar estructura del forjado bajo la escalera principal. No me gusta el sonido que hace».
—¿«No me gusta el sonido»? —había preguntado él.
—Hay muros que suenan a macizo y muros que suenan a hueco. Ese suena a hueco.
—¿Y eso es un dato técnico?
—Es una intuición con cuarenta años de práctica de Vicent detrás. Si quieres lo convertimos en dato técnico. Pero hay que bajar con un aparejador.
—Lo programamos.
—Gracias.
—No me des las gracias. Es lo mínimo.
—Lo mínimo es lo que casi nadie hace.
La frase, sencilla, lo dejó pensando.
* * *
A las siete de la tarde, cuando el estudio se vació y las luces de la calle empezaron a encenderse una a una, Álvaro se quedó solo en su despacho con el contrato.
Había redactado tres versiones. La primera era una plantilla estándar, con cláusulas de confidencialidad, periodo de prueba y rescisión mutua con preaviso de quince días.
La segunda era la primera con un salario más ajustado, el máximo que podían permitirse, que no era mucho.
La tercera, abierta en ese momento en la pantalla, era distinta de las otras. Era la que no había mostrado a nadie.
Pilar llamó con los nudillos y entró sin esperar respuesta, como siempre. Llevaba el bolso colgado del brazo, una bufanda anudada al cuello, y la expresión de quien ha estado esperando fuera con paciencia el momento exacto para entrar.
—Me voy ya —dijo—. He dejado lentejas en la nevera. Calientas dos minutos.
—Gracias.
—¿Qué lees?
—El contrato.
—¿De la chica?
—Sí.
—¿Y cómo va?
—No lo sé. Tengo una versión que no sé si debería enseñarle.
Pilar se acercó y miró la pantalla por encima de su hombro. Leyó en silencio. Álvaro la sintió contener la respiración. Cuando terminó, no dijo nada durante un rato largo.
—Es muy honesto —dijo al fin.
—¿Demasiado?
—Honesto es honesto. No hay «demasiado».
—Si la leo en voz alta, sonará a chantaje.
—Sonará a verdad. —Pilar le puso una mano en el hombro, breve, firme—. Y las verdades se pueden negociar. Pero hay que ponerlas sobre la mesa.
—No estoy seguro de que sea justo pedirle a una persona que entre en un barco que se hunde.
—Tú no le pides que entre. Le dices cómo está el barco y le dejas decidir. Esa es la diferencia entre un jefe y un capitán. Los primeros te piden fe. Los segundos te enseñan el mapa.
Álvaro levantó la vista.
—¿Eso lo has sacado de un manual?
—De mi marido. Que en paz descanse. —Sonrió con ternura—. Tenía frases para todo. A veces acertaba.
—Gracias, Pilar.
—No me des las gracias. Dale una oportunidad.
Y salió, con su bolso, su bufanda y su silencio.
* * *
Marina llegó al despacho a las siete y media, con el pelo recogido de cualquier manera y una ligera mancha de polvo en la mejilla que él decidió no señalar.
—Me has llamado.
—Siéntate.
Se sentó. Álvaro empujó un par de folios sobre la mesa. Había impreso el contrato. Lo hizo a propósito: le parecía más justo que ella lo leyera sobre papel, con un bolígrafo cerca, que en una pantalla donde todo parecía inapelable.
—Léelo con calma.
—¿Hay algo que deba temer?
—Hay algo que debes saber.
Marina leyó. Álvaro la observó mientras lo hacía.
Vio cómo sus ojos recorrían las líneas, deteniéndose en la tercera, fruncía el ceño en la cuarta y volvía atrás en la quinta.
Vio cómo se mordía el labio inferior, un gesto que repetía cuando algo le preocupaba y que él ya había empezado a reconocer.
Vio cómo, cuando llegó a la cláusula séptima, levantó la mirada.
—Léela en voz alta —dijo él.
Marina bajó los ojos otra vez.
—«Cláusula séptima. De la rescisión por incumplimiento de hitos —leyó despacio—.
El presente contrato se establece por un periodo de prueba de tres meses, a contar desde la fecha de firma.
Durante dicho periodo, el estudio fijará tres hitos de proyecto: uno al final del primer mes, otro al final del segundo, otro al final del tercero.
En caso de que alguno de los hitos no se cumpla, cualquiera de las partes podrá rescindir el contrato sin indemnización.
Asimismo, la parte empleadora declara, a efectos informativos, que el incumplimiento del último hito supondría el cierre del estudio».
Se detuvo.
—«El cierre del estudio» —repitió.
—Sí.
—¿Lo has escrito tú?
—Sí.
—¿En serio?
—Es la verdad.
—Esto no se pone en un contrato.
—No se pone en un contrato normal.
—Esto es...
—Es lo que viste hoy en la pantalla. —Él mantuvo la voz serena, aunque la garganta le raspaba—.
Tenemos tres meses de tesorería. Quizá cuatro con muchísima suerte.
La rehabilitación de la calle del Rosario es nuestro último contrato grande.
Si se entrega a tiempo y bien, el cliente nos recomendará, nos pagará lo que debe y podremos refinanciar. Si no, no hay estudio.
—Y yo... ¿qué soy en esta ecuación?
—Eres la persona que, quizá, pueda evitarlo. Y quien merece saber en qué se mete antes de firmar.
Marina soltó el folio con cuidado, como quien suelta un objeto frágil.
—¿Sabes lo que acabas de hacer? —dijo.
—Dime.
—Has puesto en un contrato que mi trabajo puede decidir si treinta años de historia terminan. Eso es mucho peso.
—Lo sé.
—Es demasiado peso.
—Lo sé. Por eso lo he escrito. Para que lo decidas con los ojos abiertos.
Marina se echó hacia atrás en la silla. Durante unos segundos no dijo nada. Álvaro se obligó a no llenar el silencio con ninguna frase, a no suavizar, a no pedir. Había aprendido hacía poco que a veces lo más difícil era quedarse quieto.
—¿Por qué yo? —preguntó ella al fin—. Había otros candidatos.
—Había candidatos mejores sobre el papel.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque ayer, cuando te pregunté por qué te habían despedido, me contestaste la verdad. Y era la respuesta que te perjudicaba más. —Hizo una pausa—. Y porque dibujas escaleras como si cada peldaño tuviera que aguantar a alguien.
Marina levantó las cejas.
—Eso ha sido casi un cumplido.
—Ha sido una observación técnica.
—Ya.
Hubo otro silencio, algo más ligero. Marina cogió el bolígrafo que él había dejado en la mesa y le dio vueltas entre los dedos.
—Tengo condiciones.
—Esperaba que las tuvieras.
—Primera. En la obra, las decisiones técnicas las tomo yo. Si Vicent y yo decidimos que hay que mover un tabique o parar una semana, no tengo que pedirte permiso. Te informo, pero no te pido permiso.
—¿Y si me equivoco yo?
—Si te equivocas, me lo dices, y lo discutimos. Pero no en medio de la obra y no delante de los gremios.
—Aceptado.
—Segunda. El panel de corcho se queda.
—Aceptado a medias. El panel se queda. Mi hoja de cálculo también.
—Álvaro...
—Pero puedes reducirla a quince pestañas.
—¿Quince?
—Es mi oferta final.
—Veinte.
—Dieciséis.
—Dieciocho.
—Diecisiete y tienes prohibido tocar la pestaña «Contingencias de contingencias».
—No pensaba tocarla —dijo Marina—. Me parece poesía.
Él casi sonrió. Casi.
—Tercera —continuó ella—. Quiero que vengas a la obra una vez por semana. Con casco y con botas. Sin portátil.
—Soy el director del estudio.
—Por eso. Un director que no pisa su obra es un administrador.
Álvaro respiró hondo. Tragó una respuesta ácida y encontró debajo otra más honesta.
—De acuerdo. Los jueves.
—Los jueves.
—¿Algo más?
—Sí. —Marina lo miró de frente, con los ojos tranquilos y ligeramente brillantes—. Cuando firme esto, no quiero oír hablar de «prueba». Quiero que me trates como parte del equipo. Si al cabo de tres meses nos hemos hundido, nos hundiremos juntos. Pero no quiero ser la última en saberlo.
—Hecho.
—¿Hecho?
—Hecho. —Álvaro empujó el bolígrafo hacia ella—. Firma si quieres. O piénsalo esta noche. Tienes derecho.
Marina no lo pensó. Firmó. Su letra, pequeña, inclinada, ordenada, ocupó la línea con una seguridad que a él le recordó la del dibujo de la escalera. Después le devolvió el folio y él firmó debajo, con su firma tiesa y angulosa.
—Ya está —dijo ella.
—Ya está.
—¿Y ahora qué?
—Ahora, mañana a las ocho, el aparejador. Vendrá a revisar el forjado de la escalera.
—Ese que suena a hueco.
—Ese.
—Perfecto. —Se levantó, estiró la espalda y señaló con la barbilla el reverso de la carpeta que descansaba en la mesa—. ¿Y mi dibujo?
—Tu dibujo se queda en mi mesa hasta el final del contrato.
—Eso sigue pareciendo un secuestro.
—Es una garantía de que volverás a pedirlo.
—O de que no lo devolverás nunca.
—Eso también es posible.
Marina negó con la cabeza, con una media sonrisa incrédula, y se dirigió hacia la puerta. Álvaro la siguió con la mirada. En el umbral, ella se detuvo.
—Una pregunta.
—Dime.
—Si todo sale bien. Si entregamos a tiempo, si el cliente paga, si el estudio sigue abierto... ¿qué pasa luego?
Él tardó un segundo en responder.
—Entonces —dijo— tendré que decidir qué hago con alguien que ha cambiado mi sistema.
—¿Y qué harás?
—No lo sé todavía.
—Es una buena respuesta.
—Es la única que tengo.
Marina asintió y salió.
* * *
Álvaro se quedó un rato más en el despacho. Guardó el contrato firmado en una carpeta, apagó el portátil y se puso de pie junto a la ventana. La noche había caído ya sobre el barrio. En el bar de abajo, Toni recogía las mesas de la terraza con su paciencia de siempre.
Sacó el dibujo de la escalera del cajón.
Lo miró. Había decidido devolverlo, después había decidido guardarlo, después había decidido que no sabía qué estaba haciendo.
Dio la vuelta a la hoja, leyó otra vez la frase del reverso y la dobló con cuidado por la mitad antes de arrepentirse y volver a alisarla.
El móvil de la mesa vibró.
Era un mensaje de Pau, de hacía unos minutos: «Álvaro, acaba de llamar Vicent. Dice que ha encontrado una cosa en el sótano. No me ha querido decir qué. Dice que solo se lo cuenta a la nueva».
Álvaro miró la pantalla durante un largo rato.
Después buscó el número de Marina y empezó a escribir.