Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 3 · Ciento cuarenta pestañas
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Capítulo 3 · Ciento cuarenta pestañas

—Mañana a las ocho —había dicho Álvaro Casal al teléfono—. En punto. Sin tranvía.

—¿Y eso significa...?

—Que no he decidido nada. Que quiero verla trabajar un día. Si funciona, hablamos de condiciones.

—¿Y el dibujo?

—El dibujo se queda aquí hasta que yo lo devuelva.

—Eso suena a secuestro.

—Suena a garantía.

Y había colgado sin despedirse, con esa manera suya de cerrar las conversaciones como quien cierra un cajón.

Marina pasó el resto de la tarde sentada en el borde de la cama, con el móvil en la mano, mirando el techo de su piso de alquiler.

Tenía veintinueve años, un contrato de arrendamiento que vencía en marzo, un coche que hacía un ruido raro al girar a la derecha y un saldo en la cuenta que prefería no mirar después de las diez de la noche.

Y un trabajo a prueba, o algo parecido, en un estudio que se estaba hundiendo.

—Perfecto —le dijo al techo—. Muy sensata.

El techo no respondió. Pero tampoco la contradijo.

*  *  *

A las siete y treinta y cinco de la mañana siguiente, Marina estaba delante del portal del número cuarenta y dos de la calle de la Barraca con unas zapatillas de lona, unos vaqueros, una camisa arremangada y dos cafés de papel en las manos.

Había llegado en bicicleta. Había descubierto, a las once de la noche, que existía un carril bici que la dejaba a cuatro calles del estudio sin depender de ningún tranvía.

Había salido de casa con cuarenta y cinco minutos de margen y había llegado con veinticinco de sobra.

Veinticinco minutos de adelanto, que le parecieron una victoria personal.

El bar de abajo estaba abierto. Toni, con un delantal de rayas, levantó una ceja desde detrás del mostrador.

—¿Tan pronto?

—No me gusta repetir errores.

—Te has traído café.

—Uno es para mí. El otro es... —Marina vaciló—. Todavía no sé quién lo va a necesitar.

—El jefe —dijo Toni sin dudar—. Lleva dos semanas con ojeras de panda. Se lo dices con cuidado, eh. No es un hombre al que le guste que le regalen cosas.

—No es un regalo. Es una inversión.

—Eso mismo dijo su padre cuando compró el piso de arriba. —Toni sonrió—. Anda, sube, que se enfría.

Subió. La puerta del estudio estaba cerrada con llave, pero Marina oyó dentro un golpeteo de teclas, y cuando llamó, la puerta se abrió casi enseguida. Pau, el aprendiz, con el pelo revuelto y una sudadera de la universidad, la miró como si hubiera visto a un fantasma.

—Eres la nueva —dijo.

—Soy la de ayer. No sé si soy la nueva.

—Pasa. Álvaro ya está aquí, pero no le hables hasta que termine la hoja de cálculo.

—¿Qué hoja de cálculo?

—La de las doce y media.

—¿Qué pasa a las doce y media?

—Que la termina. —Pau bajó la voz—. Es un poco... metódico.

—Ya lo noté.

—Pues espera a ver el resto.

*  *  *

El resto lo vio a las ocho y diez, cuando Álvaro Casal salió de su despacho con un portátil bajo el brazo y se detuvo en seco al verla sentada en una de las mesas de dibujo, con el café a medias y el gesto de quien lleva un rato mirando alrededor con los ojos de una auditora.

—Llega temprano —dijo.

—Llego en punto —corrigió ella—. A las ocho, como acordamos. Pero me he adelantado un poco por si el carril bici tenía sorpresas.

—¿Carril bici?

—He cambiado de método de transporte.

—Muy sensato. —Hizo una pausa—. ¿Ha traído café?

—Traje dos.

—¿Y por qué no los ha dejado en la cocina?

—Porque uno era para usted.

Álvaro miró el vaso de papel que ella le tendía, con la tapa de plástico y una gotita marrón en el borde. Durante un segundo, Marina vio en su cara una especie de desconcierto muy puro, el de quien se encuentra un objeto inesperado en un lugar donde no había nada previsto para él. Después lo cogió.

—Gracias —dijo, con una sequedad que no logró ocultar del todo otra cosa que se parecía mucho al agradecimiento.

—De nada.

—Está frío.

—Lo estaba desde hace veinte minutos. Pau me ha dicho que no le hable hasta que termine una hoja de cálculo.

—Pau habla demasiado.

—Pau está aterrorizado.

—Pau debería estar más aterrorizado de lo que está —dijo Álvaro, aunque en sus labios eso sonó casi a broma—. Sígame. Le voy a enseñar el estado del proyecto.

*  *  *

El estado del proyecto ocupaba una pantalla de veintisiete pulgadas y, según contó Marina, ciento cuarenta pestañas.

Se quedó de pie junto a su silla, con el café en la mano, mientras Álvaro desplazaba el ratón con la precisión de un cirujano.

Cada pestaña tenía un color distinto. Había una para presupuestos, otra para plazos, otra para proveedores, otra para permisos, otra para cada gremio, otra para cada planta del edificio, otra para cada incidencia registrada desde enero.

Cada celda estaba perfectamente alineada.

Cada fórmula estaba bloqueada. Había hasta una pestaña llamada «Contingencias de contingencias».

—Esto es... —empezó Marina.

—Un sistema.

—Es una catedral.

—Es un sistema —repitió él, con un deje de orgullo que no estaba muy seguro de querer mostrar—. Cada decisión que tomamos queda registrada. Cada gasto, cada retraso, cada cambio de criterio. Si algo falla, sabemos exactamente dónde.

—¿Y si todo falla a la vez?

—Eso está en la pestaña ciento treinta y siete.

Marina contuvo una carcajada que le salió por la nariz.

—No es de risa —protestó él.

—Perdone, es que... ¿Cuánto tarda en actualizarse todo esto cada mañana?

—Unas tres horas. Aunque con los últimos cambios, tres y media.

—¿Cada día?

—Cada día.

—¿Y cuánto tiempo pasa en la obra?

Él no contestó enseguida.

—Hay... periodos.

—¿Cuándo fue la última vez que pisó la obra?

—Hace tres semanas.

—Álvaro —dijo Marina, tuteándolo sin darse cuenta—, eso no es un sistema. Es una trinchera.

Él se volvió hacia ella muy despacio.

—Explícate.

—Quiero decir que entiendo lo que intentas.

Quieres tener el control. Yo también quiero tenerlo.

Pero un edificio de 1912 con estructura de madera y paredes de ladrillo macizo no se controla desde una hoja de cálculo.

Se controla con los pies en el suelo, mirando las vigas con una linterna y hablando con el albañil que lleva cuarenta años tocando esas paredes.

—Señaló la pantalla—. Esto es muy útil como archivo.

Como herramienta de gestión diaria, te está ahogando.

—Esto me ha salvado de tres demandas.

—Y te está costando tres horas diarias que podrías pasar viendo qué está pasando de verdad.

—¿Y qué propones?

—Un panel en la pared.

—¿Un panel?

—Un panel de corcho. Ocho columnas. Una por semana. Tarjetas de colores por gremio. Cada mañana, a las ocho, quince minutos de pie delante del panel. Quién hace qué, qué se bloquea, qué se necesita. Y a las ocho y cuarto, cada uno a lo suyo.

—Eso es... —Álvaro buscó la palabra con una mueca—. Analógico.

—Eso es visible.

—Mi sistema también es visible.

—Solo para ti.

Hubo un silencio muy tenso. Marina sintió que se había pasado, o que justo estaba rozando el límite. Pero también sintió algo parecido a una certeza, la que le había dado el andamio de la calle Sagunto: la certeza de que a veces decir lo que ves es más importante que quedar bien.

—No es una crítica —añadió, con más suavidad—. Es un ofrecimiento. Si no te convence, hacemos las cosas a tu manera.

—Mi manera lleva funcionando diez años.

—Y este estudio pasó de once personas a cinco en un año.

Álvaro la miró fijamente. Marina sostuvo la mirada. Detrás de ellos, en la sala grande, alguien dejó caer un lápiz y nadie se movió a recogerlo.

—Eso ha sido un golpe bajo —dijo él al fin, en voz muy baja.

—Lo sé. Lo siento.

—¿De verdad?

—No. Pero me parecía lo educado.

Y entonces Álvaro Casal hizo algo que Marina no había previsto, ni en sus peores cálculos ni en los mejores: se pasó una mano por la cara, cerró los ojos un segundo y soltó una exhalación entre risa y suspiro.

—Dios mío —murmuró—. Eres insoportable.

—Me lo han dicho.

—¿Quién?

—Mi exjefe. Mi madre. Dos exnovios. Una vez un taxista.

—Un taxista. —Él negó con la cabeza—. De acuerdo. Hoy lo hacemos a tu manera.

—¿En serio?

—Hoy. Solo hoy. Mañana lo discutimos.

—Es lo justo.

—No voy a prometerte nada más.

—No te he pedido nada más.

—Sí que lo has pedido —dijo él—, pero me lo has pedido bien.

*  *  *

A las diez de la mañana, Marina tenía un panel de corcho de metro y medio colgado en la pared de la sala grande, una caja de chinchetas de colores que había comprado en la papelería de la esquina con su propio dinero, y a cuatro personas de pie delante de ella con cara de resignación.

Júlia Ferrer, con los brazos cruzados y una expresión que decía «yo ya he visto esto en otra empresa y no acabó bien». Samuel Vidal, apoyado en una mesa, con una sonrisa ladeada. Pau, con un cuaderno y los ojos abiertos de par en par. Y Álvaro, de pie en la última fila, serio como un juez.

—Buenos días —dijo Marina—. Esto va a durar quince minutos, y quiero que durante esos quince minutos nadie hable de nada que no esté en una tarjeta. Si es importante, escribidlo. Si no cabe en una tarjeta, probablemente no es importante.

—Eso es una exageración —dijo Júlia.

—Tienes razón. Si no cabe en una tarjeta, probablemente es dos cosas. Y hay que escribir dos tarjetas.

Samuel soltó una risa breve.

Marina repartió las tarjetas. Pidió a cada uno que escribiera, en una frase, qué iba a hacer ese día y qué le impedía hacerlo.

Las tarjetas empezaron a llenarse. Júlia escribió con letra impecable: «Revisar la memoria de calidades.

Bloqueado: planos de instalaciones sin actualizar».

Samuel garabateó: «Reunión con proveedor de carpintería.

Bloqueado: ninguno, de momento». Pau, con la lengua entre los dientes: «Medir salón planta primera.

Bloqueado: no tengo el medidor láser». Álvaro tardó más que los demás.

Cuando por fin colgó su tarjeta, Marina la leyó de reojo.

«Dirigir el estudio. Bloqueado: todo.»

Nadie dijo nada. Marina tampoco. Pero sintió que algo, en alguna parte, se movía de sitio.

—Bien —dijo—. Primer paso. Segundo paso: a las diez y media nos vamos todos a la obra.

—¿Todos? —preguntó Júlia.

—Todos. Hay un edificio que lleva tres semanas sin que nadie lo mire con ojos de dueño. Quiero que lo veamos juntos.

—Tengo una reunión con el cliente a las once y media —protestó Júlia.

—Entonces llegas tarde a esa reunión. Si el cliente pregunta, di que estabas inspeccionando su edificio.

—Nunca llego tarde a las reuniones.

—Hoy sí. Será memorable.

Júlia la miró con una mezcla de irritación y respeto que Marina interpretó como una victoria táctica.

Cuando todos salieron hacia la obra, Marina se quedó un momento a recoger las chinchetas sobrantes.

Pau había dejado su cuaderno abierto en una mesa; Samuel, una taza vacía; Júlia, un bolígrafo de lujo.

Álvaro había salido el último, sin decir palabra, aunque se había detenido un segundo en la puerta para mirar el panel con una expresión difícil de leer.

Marina se acercó a la mesa de Álvaro para dejar el vaso de café vacío. Lo hizo sin pensar, pero la pantalla del portátil estaba encendida, y en ella, entre las ciento cuarenta pestañas, había una resaltada en rojo.

No debió leerla. Lo sabía. Pero la leyó.

Resumen financiero. Tesorería prevista. Octubre: +4.210 €. Noviembre: −18.730 €. Diciembre: −63.480 €. Enero: —

La celda de enero estaba vacía. Solo había una línea, una raya horizontal, el lugar donde habría tenido que estar un número y no estaba.

—Eso no es para ti.

La voz sonó detrás de ella, baja y seca. Marina se giró. Álvaro estaba en la puerta, con una carpeta en la mano y la expresión de quien acaba de ver algo que no estaba preparado para enseñar.

—Perdona —dijo ella—. La pantalla estaba...

—Lo sé.

—No quería...

—Lo sé.

—Esto es... —Marina señaló la raya con un dedo—. ¿Eso significa lo que creo que significa?

—No.

—¿No?

—Significa que no sé qué número poner. —Él se acercó, cerró el portátil con un movimiento pausado y se quedó de pie, con las manos apoyadas en la tapa—. Si aceptas el trabajo, hay cosas que tendrás que saber. Pero todavía no tienes un contrato.

—Ya.

—Y hasta que lo tengas, esto no es de tu incumbencia.

—Lo entiendo.

—No lo entiendes. —Y, por primera vez desde que se conocían, sonó cansado, de un cansancio profundo, lejano, que no tenía nada que ver con las horas de sueño—. Pero lo entenderás.

Marina quiso decir algo. No encontró qué.

Álvaro cogió el portátil, lo metió en la mochila y se encaminó hacia la salida. En el umbral se detuvo sin volverse.

—Gracias por el café —dijo.

—Estaba frío.

—Lo sé. —Una pausa breve—. Pero era un buen gesto.

Y salió. Marina se quedó sola en la sala vacía, con el corcho lleno de tarjetas de colores a su espalda, el olor a café y a papel, y la desagradable certeza de que acababa de asomarse a un abismo con una raya en el fondo.

Miró el panel. Entre las tarjetas de colores seguía la de Álvaro, con su letra tiesa y angulosa: «Dirigir el estudio.

Bloqueado: todo». Por la mañana le había parecido una frase seca, casi una broma.

Ahora entendía que era lo más sincero que él había escrito en todo el día.

Marina pasó el dedo por el borde de la tarjeta, sin despegarla, y la dejó exactamente donde estaba.

En la butaca de mimbre, la gata gris abrió el ojo verde y la miró.

—No me mires así —murmuró Marina—. No he hecho nada malo.

La gata cerró el ojo. Pero Marina habría jurado que había asentido.