Capítulo 2 · Lo que no cabe en una hoja de cálculo
A Álvaro Casal le gustaban las cosas que se podían medir.
Las vigas se medían. Los plazos se medían.
Los metros cuadrados, el coste por metro cuadrado, los días entre el pedido de un material y su llegada.
Hasta los silencios en una reunión se medían, si uno prestaba la atención suficiente.
Había aprendido hacía mucho que casi todo lo que daba miedo se volvía manejable en cuanto se le ponía un número al lado.
Lo que no sabía medir era por qué seguía de pie junto a la ventana, con una hoja de papel en la mano, veinte minutos después de que la candidata se hubiera marchado.
Dejó el dibujo sobre la mesa y lo alisó con la palma.
Era una escalera de piedra de tres tramos, vista en sección, dibujada a mano con un trazo seguro y casi tímido a la vez.
Cada peldaño estaba acotado con una letra pequeña, ordenada, algo inclinada hacia la derecha.
En un margen, un detalle del encuentro entre el pasamanos y el muro, con una flecha y una nota: «ojo, aquí cede».
Álvaro había visto cientos de escaleras dibujadas, y la mayoría eran adornos. Esta era un argumento.
Había pensado devolvérsela. Cuando ella salió, vio que la hoja sobresalía de la carpeta, la sacó con la intención de alcanzarla en el rellano y, por algún motivo que no sabría explicar, la dejó donde estaba.
Después se asomó a la ventana, la vio salir al sol, comprobar la carpeta, palidecer un poco, y levantar la vista justo hacia él.
Se quedó quieto. Ella también. Después Marina Lluch se dio la vuelta y echó a andar calle abajo sin mirar atrás, con los hombros rectos y la carpeta pegada al pecho, como quien se lleva algo que podría romperse.
«Debería llamarla y devolvérsela», pensó.
No lo hizo.
* * *
—Tres candidaturas más —dijo Júlia Ferrer, golpeando con el bolígrafo una pila de currículos—. Tres. Y todas me parecen mejores sobre el papel que la tuya.
—No es mía —replicó Álvaro.
—Es la única que has entrevistado tú en persona.
—Porque llegaba tarde.
—Perdona, ¿llegaba tarde y la entrevistaste igualmente?
—Por educación.
Júlia lo miró con una ceja arqueada. Era la segunda socia del estudio, treinta y cinco años, arquitecta de formación impecable y de carácter aún más impecable: moño apretado, camisa planchada, agenda en papel con pestañas de colores.
Álvaro la quería como se quiere a una hermana que corrige tus faltas de ortografía en público.
Estaban en la sala grande, alrededor de la mesa donde habían celebrado tantas veces los éxitos del estudio y, en los últimos meses, sus funerales.
Samuel Vidal, el tercer socio, se había sentado al otro lado con las piernas estiradas y el gesto de quien asiste a un espectáculo del que no espera mucho.
Tenía cuarenta y un años, un divorcio reciente y el humor seco de los que han decidido tomarse la vida con ironía para no tomársela en serio.
Frente a él, el aprendiz del estudio, Pau, un chaval de veintitrés años con las orejas coloradas, apuntaba cosas en un cuaderno sin atreverse a levantar la vista.
—Veamos —dijo Júlia, abriendo el primer currículo—. Candidato número uno. Ocho años en una constructora grande. Tres de jefe de proyecto. Cobra, según el salario que pide, un veinte por ciento más de lo que podemos pagar.
—Descartado —dijo Samuel.
—Candidata número dos. Sin experiencia en rehabilitación. Solo obra nueva.
—Descartada —dijo Samuel.
—Candidato número tres. Muy buen perfil, pero su último jefe me ha dicho por teléfono, con mucho tacto, que no trabaja bien en equipo.
—Descartado.
—Samuel, ¿vas a decir «descartado» a todo?
—Si algún candidato me gusta, te lo digo. Hasta ahora todos son aceptables y ninguno es interesante.
—El estudio no necesita interesantes. Necesita alguien competente que llegue a fin de mes.
—Hablando de fin de mes —dijo Samuel con suavidad—, ¿alguien ha mirado las cuentas esta mañana?
El silencio que siguió fue elocuente. Álvaro sintió que algo se le tensaba en la nuca.
Lo había mirado a las seis de la mañana, antes de que saliera el sol, con una taza de café frío al lado.
Había abierto la hoja de cálculo, había sumado las columnas, había comprobado dos veces que no se había equivocado y después había vuelto a sumarlas, como si el resultado pudiera cambiar por insistir.
No cambió. El estudio podía aguantar tres meses más. Quizá cuatro, si renegociaban un préstamo. Después, nada.
—Lo he mirado —dijo.
—¿Y?
—Y por eso necesitamos a alguien ya.
—¿Y por eso vas a contratar a la que llegó veintitrés minutos tarde?
—No he dicho que vaya a contratarla.
—Hablas de ella con una cara que no es la de «no».
—Mi cara es la misma de siempre.
—Lo sé —dijo Júlia, sin ninguna malicia—. Por eso me preocupa.
Samuel soltó una carcajada breve. Pau se ocultó detrás del cuaderno.
—Escuchad —dijo Álvaro, levantando una mano—.
Marina Lluch tiene seis años de experiencia en obra, es la única candidata que ha dirigido rehabilitaciones complejas con andamios y estructuras, y tiene una trayectoria técnica sólida.
Además, está disponible ya y su pretensión salarial es razonable. Sobre el papel, es la mejor opción.
—Sobre el papel no es la mejor —corrigió Júlia—, porque sobre el papel tiene un despido por insubordinación.
—Por denunciar un fallo de seguridad.
—Eso dice ella.
—Eso dice ella y eso dicen los documentos de la denuncia que he encontrado esta mañana. —Álvaro empujó una carpeta sobre la mesa—. La obra de calle Sagunto. La inspección dio la razón a Marina. Su exjefe recibió una sanción.
Júlia abrió la carpeta, hojeó, frunció el ceño.
—Vale —admitió—. Eso cambia algo.
—Cambia que no es una persona conflictiva. Es una persona incómoda. Que no es lo mismo.
—Te va a encantar —murmuró Samuel.
—¿Perdón?
—Nada. Una observación general.
Álvaro lo miró. Samuel le devolvió la mirada con tal inocencia que resultaba sospechosa.
* * *
Hubo una pausa para el café, que en aquel estudio era una ceremonia casi litúrgica.
Álvaro la aprovechó para salir a la terraza interior, un rectángulo de baldosas hidráulicas con tres tiestos, un banco de hierro y una barandilla desde la que se veía el patio comunitario.
A lo lejos se oía una radio y a alguien que freía algo en una cocina.
No estaba solo.
—Se le ha olvidado el dibujo —dijo Pilar desde el banco, con una taza de café y una magdalena en el regazo.
—¿A quién?
—A la chica. Al salir. —La mujer lo miró por encima de las gafas—. O no se le ha olvidado. O a ti te interesa que se le haya olvidado.
—Pilar...
—Soy vieja, Álvaro, no ciega. Te vi mirar por la ventana. Y te vi tardar en bajar a devolvérselo.
Álvaro se apoyó en la barandilla. Pilar Sanchis había fundado el estudio hacía treinta años junto a su padre, en una época en la que las mujeres arquitectas se contaban con los dedos de una mano y los dedos sobraban.
Se retiró hacía cinco, aunque nadie lo hubiera notado: seguía apareciendo cada mañana con un táper, una opinión y una impunidad que solo le permitía la edad.
Álvaro la había conocido antes de saber atarse los zapatos.
Y, desde que su padre cayó enfermo, ella era una de las pocas personas a las que dejaba verle la cara sin armadura.
—No es ningún misterio —dijo—. Es un dibujo bueno.
—Lo es.
—Es un dibujo que demuestra que tiene criterio. No hay más.
—Ya.
—Pilar.
—Dime.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si supieras algo que yo no sé.
—Yo siempre sé algo que tú no sabes. Es una de las ventajas de ser mayor. —Pilar dio un sorbo de café—. ¿Quieres un consejo?
—No.
—Te lo doy igualmente. Hace un año que no duermes bien, que no comes sentado y que te hablas con los demás como si fueran proveedores.
Tu padre está mejor de lo que crees, pero tú estás peor de lo que dices.
Este estudio se hunde porque nadie lo ha mantenido a flote mientras tú cuidabas a Ramón.
Y eso es lo que corresponde: él te necesitaba y tú estabas.
Pero ahora estás aquí, y el estudio necesita a alguien que no seas tú.
—Lo sé.
—No lo sabes. Lo piensas, que no es lo mismo. —Dejó la taza—. Contrata a la chica.
—No sé si es la persona adecuada.
—Es la única candidata que se ha atrevido a llegar tarde y a mirarte a los ojos al decírtelo. Pocas personas pueden hacer eso.
—No estaba orgullosa de haber llegado tarde.
—Por eso mismo.
Álvaro cerró los ojos un segundo. Respiró. Cuando los abrió, Pilar lo observaba con una ternura tan concreta que le dieron ganas de apartar la mirada.
—Contrataré a la mejor candidata —dijo al fin—. Si es ella, es ella. Si no, no.
—Perfecto —sonrió Pilar—. Entonces es ella.
—No he dicho...
—No hace falta que lo digas. —Se levantó con un crujido de rodillas y una mueca—. Voy a poner la comida. Hoy hay lentejas. Y no se admiten quejas.
Se marchó dejando tras de sí un olor a canela y la sensación incómoda de que acababa de perder una discusión que no recordaba haber empezado.
* * *
La reunión terminó a las doce, sin decisión.
Júlia propuso entrevistar a dos candidatos más, y Samuel dijo que no tenían tiempo, y Júlia dijo que precisamente por no tener tiempo no podían equivocarse, y Samuel dijo que equivocarse también era una forma de ahorrar tiempo si se hacía bien, y Pau levantó por fin los ojos del cuaderno para preguntar si alguien quería otro café. Álvaro no quiso otro café.
Cuando todos salieron, se quedó solo en la sala de reuniones. El sol había girado y ahora entraba por la otra ventana, trazando sobre la mesa un rectángulo de luz amarilla. El dibujo seguía allí, boca arriba.
Lo cogió. Lo miró otra vez, con la paciencia con que se mira un edificio antes de decidir si merece ser salvado. Después, sin saber muy bien por qué, le dio la vuelta.
En el reverso, en la esquina inferior izquierda, con un lápiz tan suave que casi no se veía, había una frase escrita con la misma letra pequeña e inclinada:
No se arregla lo que no se quiere ver.
Álvaro la leyó una vez. Después otra.
Fuera, en la calle, el tranvía volvía a pasar con su campanilla de siempre, y alguien en el bar de abajo se rio con ganas.
Él seguía mirando la frase, y por primera vez en meses tuvo la desagradable sensación de que alguien había escrito algo sobre él sin conocerlo.
Sacó el móvil. Buscó el número de Marina Lluch en el currículo. Marcó.
Sonó cuatro veces. Cinco. Seis.
—¿Sí? —dijo una voz al otro lado, cauta, ligeramente ronca, como de quien lleva rato conteniendo la respiración.
—Marina —dijo Álvaro, y se dio cuenta de que no tenía preparada ninguna frase—. Soy Álvaro Casal.
Hubo un silencio.
—Se me ha olvidado el dibujo —dijo ella al fin—. Sí. Lo sé.
—No es por el dibujo.
—¿No?
Álvaro miró otra vez el reverso de la hoja. La frase seguía allí, tranquila, inmutable.
—Sí —rectificó—. En parte es por el dibujo.