Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Capítulo 1 · Veintitrés minutos tarde
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Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1)

Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1)

Por Soul Segura

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Capítulo 1 · Veintitrés minutos tarde

Marina Lluch había calculado que llegaría a la entrevista con diez minutos de margen, tiempo suficiente para respirar hondo, recolocarse el pelo y repasar mentalmente la frase que llevaba ensayando desde el domingo: «Tengo experiencia dirigiendo obras complejas y no me asusto con los imprevistos».

Lo que no había calculado era el imprevisto.

El tranvía se detuvo entre dos paradas, en mitad de una calle del Cabanyal, con un chasquido seco y un silencio de esos que anuncian malas noticias.

Marina miró a su alrededor. Una señora con un carro de la compra suspiró con la serenidad de quien lleva décadas de averías encima.

Un chaval con auriculares ni se enteró. Un hombre mayor con gorra se levantó, se asomó a la ventanilla y sentenció:

—Esto va para largo.

—¿Cómo de largo? —preguntó Marina.

—Depende de si el conductor ha desayunado.

Marina miró la hora. Las nueve y veinte.

La entrevista era a las nueve y media, en una calle que según el mapa quedaba a once minutos andando.

Once minutos andando, para una persona normal.

Para una persona con tacones que ya se arrepentía de haber elegido, con una carpeta de dibujos bajo el brazo y un bolso que pesaba como si llevara dentro un ladrillo, quizá fueran quince.

—Tiene que haber una puerta de emergencia —murmuró.

—La hay —dijo la señora del carro, sin mirarla—, pero hay que tirar de una palanca y luego te multan.

Marina pensó en el alquiler de octubre, en el saldo de su cuenta, en la carta de despido que seguía guardada en el cajón de la mesilla como quien guarda una radiografía de algo que dolió. Después tiró de la palanca.

Salió del tranvía con más dignidad de la que sentía, cruzó los raíles y echó a correr.

El Cabanyal olía a sal, a pan recién hecho y a pintura vieja.

Marina conocía el barrio de oídas, por las fotos de casas de colores con los zócalos de azulejo, por las polémicas de hace años sobre si tirar o conservar, por las fiestas de mayo que nunca había visto.

Pero nunca había mirado una de sus calles con prisa.

Corría esquivando bicicletas, perros atados a farolas y una señora que barría la acera con la determinación de quien barre el mundo entero.

Las fachadas se sucedían como un muestrario: celestes descoloridos, amarillos cálidos, mosaicos de cerámica con flores y barcos, balcones de hierro forjado que habrían sido el sueño de cualquier restaurador.

«Concéntrate», se dijo. «Calle de la Barraca, número cuarenta y dos. Segundo piso. Estudio Mediterráneo».

A las nueve y treinta y cinco encontró el número cuarenta y dos.

Era un edificio de tres plantas, modernista de los de verdad, con la fachada cubierta de azulejos verdes y blancos y una cornisa que alguien, hacía mucho tiempo, había diseñado con cariño.

En la planta baja había un bar con un cartel de madera pintada que decía Bar Toni , unas mesas en la acera y un hombre corpulento limpiando el mostrador con un trapo y una devoción casi religiosa.

—Buenos días —jadeó Marina—. Estudio Mediterráneo. ¿Segundo?

—Segundo. La puerta de la derecha. —El hombre la miró de arriba abajo, el pelo medio suelto, la carpeta torcida, los tacones—. Vienes a la entrevista.

—Vengo tarde a la entrevista.

—Eso también se nota —sonrió él—. Tranquila. Suerte. Y si te va mal, vuelve y te invito a una horchata.

—¿Y si me va bien?

—Entonces te la cobro.

Marina subió las escaleras de dos en dos. Eran de mármol gastado, con una barandilla de hierro que terminaba en una pequeña hoja de acanto, y en cada rellano había una ventana que dejaba entrar una luz tan limpia que, por un segundo, olvidó que iba a llegar con veintitrés minutos de retraso.

Veintitrés. Los contó otra vez al llegar a la puerta. Eran veintitrés.

*  *  *

La puerta del segundo derecha estaba entreabierta.

Detrás se oía una radio y el chirrido de una silla.

Marina llamó con los nudillos, empujó y se encontró en una sala amplia de techos altos, con ventanales hacia un patio interior y mesas de dibujo repartidas sin demasiado orden.

Había maquetas de cartón pluma, rollos de planos apilados y un olor a café quemado que le resultó, de pronto, profundamente tranquilizador.

En una butaca de mimbre, junto al ventanal, dormitaba una gata gris con un ojo verde y otro color miel. Abrió el ojo verde, la evaluó con desconfianza y volvió a cerrarlo.

—Ya me caes bien —susurró Marina, que no sabía por qué.

—¡Vaya! —dijo una voz detrás—. A ella no le cae bien casi nadie.

Marina se giró. Una mujer de unos sesenta y tantos, con el pelo corto y plateado, gafas colgadas de una cadena y un delantal de cocina sobre un vestido de lunares, sostenía un táper del tamaño de una maleta pequeña.

—Soy Pilar —dijo, como si eso lo explicara todo—. Tú debes de ser Marina. Llegas tarde.

—Lo sé. Lo siento muchísimo. El tranvía se paró y...

—Y te bajaste a la fuerza. Lo hace todo el mundo en esa línea. —Pilar hizo un gesto con la barbilla hacia el táper—. ¿Has desayunado?

—No me da tiempo.

—Ya, pues ha dado tiempo a que se enfríe todo lo demás. Pasa, que Álvaro lleva veinte minutos mirando el reloj como si fuera a pedir disculpas.

—¿Álvaro?

—Álvaro Casal. El director. Un hombre estupendo cuando está dormido.

Marina soltó una risa nerviosa. Pilar le guiñó un ojo, dejó el táper encima de una mesa, abrió una puerta de cristal esmerilado y anunció con voz de ujier:

—Ha llegado la candidata.

Y la dejó entrar.

*  *  *

La sala de reuniones era pequeña, con una mesa de roble y cuatro sillas que no hacían juego. Detrás de la mesa, de pie junto a la ventana, había un hombre de espaldas.

Era alto. Eso fue lo primero que Marina notó, y le irritó notarlo. Llevaba una camisa blanca remangada hasta los codos, pantalón oscuro, el pelo castaño algo largo para el gusto que parecía tener en todo lo demás, y una postura rígida, de quien se obliga a no cruzar los brazos pero está a punto.

Se volvió despacio.

Tendría unos treinta y siete años. Tenía las facciones marcadas, unos ojos grises que parecían medir las cosas antes de mirarlas, y una expresión que Marina catalogó de inmediato como «cortesía mínima indispensable».

—Señorita Lluch.

—Marina. Perdone el retraso, de verdad. El tranvía...

—Son las nueve y cincuenta y tres. —Él miró su reloj de muñeca sin ningún disimulo—. La cita era a las nueve y media.

—Lo sé. Son veintitrés minutos. Los he ido contando.

Hubo un silencio.

—Ha dicho «veintitrés» como si fuese un récord —observó él.

—Si no puedo evitar el retraso, al menos puedo ser precisa con él.

Algo se movió en la comisura de los labios de Álvaro Casal, algo tan breve que Marina no habría jurado que existió. Después señaló una de las sillas.

—Siéntese.

Marina se sentó. Dejó la carpeta sobre la mesa. Él se sentó frente a ella, abrió un cuaderno de tapas negras y sacó un lápiz con la parsimonia de quien tiene un ritual para todo.

—He leído su currículo —empezó—. Seis años en Construcciones Levante, los dos últimos como jefa de obra adjunta. Proyectos de rehabilitación, edificios de viviendas, una nave industrial. Buenas referencias técnicas.

—Gracias.

—Y un final abrupto.

Marina notó que se le tensaban los hombros.

—Es una forma amable de decirlo.

—No pretendo ser amable. Pretendo ser exacto. —Levantó la vista—. ¿Por qué se fue?

Marina había preparado cuatro respuestas para esa pregunta. Una diplomática, otra vaga, otra ligeramente falsa y otra completa. Elegir en ese momento fue como tirar una moneda al aire con el corazón en la garganta.

—Me despidieron —dijo—. Durante una obra de rehabilitación en la calle Sagunto detecté que el andamio de la fachada norte no estaba anclado según el proyecto.

Lo comuniqué al responsable de seguridad, luego a mi jefe y, como nadie hizo nada, paré los trabajos.

Tres días. Mi jefe lo consideró una insubordinación.

Dos semanas después, apareció una carta de despido. «Reestructuración», decía.

—¿Y el andamio?

—Lo arreglaron. Una semana después de que yo me fuera.

—¿Y usted hizo algo más?

—Denuncié. No fue agradable. —Marina enderezó la espalda—. Si lo que se pregunta es si volvería a hacerlo, sí. Si lo que se pregunta es si me conviene decirlo en una entrevista, probablemente no. Pero prefiero que lo sepa por mí.

Álvaro la miró durante un momento que se hizo larguísimo. Marina sostuvo la mirada con toda la energía que le quedaba.

—Bien —dijo él al fin.

—¿«Bien» qué?

—Bien, es una respuesta honesta. —Anotó algo en el cuaderno—. Lo cual no la libera de los veintitrés minutos.

—Entiendo que la puntualidad le importe.

—Me importa todo lo que sea prometer algo y no cumplirlo. Si una persona dice que va a estar aquí a las nueve y media, para mí significa que a las nueve y media habrá un cuerpo sentado en esa silla. No importa el tranvía.

—El tranvía se averió.

—El tranvía se avería. Es una variable. Usted podría haber salido media hora antes.

—Pues perdone —saltó Marina—, pero salí con cuarenta minutos de margen. Lo que no podía prever era que un vehículo con carril propio y tres décadas de historia decidiera pararse justo hoy, justo ahí.

—Para eso están los márgenes.

—Para eso están los imprevistos —replicó ella—, y créame, de eso entiendo bastante.

Se arrepintió en el acto de haber levantado la voz. Álvaro dejó el lápiz sobre la mesa, con cuidado, paralelo al borde del cuaderno.

—Señorita Lluch —dijo, muy despacio—, ¿sabe qué hace este estudio?

—Arquitectura e interiorismo. Rehabilitación sobre todo.

—Hace unos meses éramos once personas. Hoy somos cinco.

Tenemos un solo proyecto importante, una rehabilitación en la calle del Rosario que debe entregarse en tres meses y que ha acumulado más problemas de los que recomienda cualquier manual de gestión.

El cliente es exigente, el presupuesto está justo y el equipo ha perdido la confianza.

—Hizo una pausa—. Necesito a alguien que sea capaz de organizar el caos.

Y esa persona, ante todo, tiene que ser fiable.

—Soy fiable.

—Hoy no lo ha sido.

La frase cayó en la sala como una piedra en un charco. Marina sintió que le ardían las mejillas. Podría haberse levantado, haber cogido la carpeta y haberse ido, con la dignidad que le quedaba. Había pensado en hacerlo. En lugar de eso, respiró hondo y dijo:

—Tiene razón.

Álvaro parpadeó.

—¿Perdón?

—Que tiene razón. Hoy no he sido fiable. Debí salir antes. Debí prever el tranvía. Debí llamar para avisar. —Hizo una mueca—. No lo hice porque tenía el móvil en el fondo del bolso y no podía correr y rebuscar a la vez. Es una excusa pésima. Pero es la verdad.

—Una excusa pésima —repitió él.

—Pésima. Aunque, siendo justa, la excusa de la señora del carro de la compra era peor: dijo que había que tirar de la palanca y luego te multan.

Esta vez no había duda. La comisura de los labios de Álvaro se curvó, de manera brevísima, antes de que él la aplastara con una tos discreta.

—¿Tiró de la palanca?

—Tiré de la palanca.

—Y le multarán.

—Probablemente. Pero tendré mi trabajo. O no.

Él cerró el cuaderno.

—Quiero ver su portfolio.

Marina empujó la carpeta sobre la mesa. Él la abrió.

Pasó las hojas despacio, una a una, deteniéndose en algunas más que en otras.

Marina observó cómo recorría con la mirada los planos de la nave industrial, los croquis de la rehabilitación de una casa en el barrio de Russafa, las fotografías de una escalera de piedra que había salvado de la demolición a base de insistir.

No dijo una palabra. Dos veces frunció el ceño. Una vez, muy levemente, asintió.

Cuando terminó, cerró la carpeta y se quedó mirándola como si fuera un expediente.

—¿Tiene preguntas? —dijo.

—Una —respondió Marina—. ¿Hay café que no esté quemado?

—No.

—Entonces ninguna.

Álvaro se levantó. Ella lo imitó. Por primera vez fue consciente de la diferencia de altura y de lo mal que le sentaba tener que alzar la barbilla para sostenerle la mirada.

—Tengo que hablar con mi equipo —dijo él—. Y con otras candidaturas. La llamaremos.

—Lo entiendo.

—No se lo prometo.

—Tampoco se lo he pedido.

Se estrecharon la mano. La suya era cálida, firme y muy seca, la mano de alguien que no se permite temblar. Marina la soltó un segundo antes de lo necesario.

—Gracias por su tiempo, señor Casal.

—Álvaro —corrigió él, casi con fastidio—. En este estudio nadie me llama señor.

—Entonces yo tampoco soy señorita.

—Marina —dijo él, probando el nombre.

Sonó extrañamente distinto en su boca. Marina se obligó a no pensar en eso.

*  *  *

Pilar la esperaba en el pasillo con una magdalena envuelta en servilleta.

—Para el camino —dijo, y se la puso en la mano sin admitir discusión—. Está recién hecha. Llévatela. No hay que ser desagradecido con los dulces.

—Gracias, de verdad.

—No te preocupes por el gruñido. Es de cuna.

—No me ha parecido que gruñera.

—Pues es que has tenido un buen día. —Pilar la miró con una media sonrisa que Marina no supo interpretar—. Ve con cuidado por las escaleras. Son traicioneras para los tacones.

Marina bajó con la magdalena en una mano y la carpeta bajo el brazo. En el bar, Toni levantó la vista del mostrador.

—¿Cómo ha ido?

—No lo sé. Dice que me llamará.

—Eso es bueno. Cuando dicen que no, no llaman.

—Eso mismo dicen todos los que rechazan, para ahorrarse el mal trago.

—Ah, qué cínica —se rio Toni—. Vuelve cuando quieras, de todas formas. La horchata sigue en pie.

—Lo tendré en cuenta.

Salió a la calle. El sol de media mañana caía sobre los azulejos de la fachada y los hacía brillar como escamas.

Marina se apoyó contra la pared, cerró los ojos un segundo y se permitió respirar.

Había sido peor de lo que esperaba y mejor de lo que temía.

No había llorado, no había suplicado y no se había disculpado más de lo estrictamente necesario. Era un avance.

Entonces abrió la carpeta para comprobar que no le faltaba nada, y el corazón le dio un vuelco.

Faltaba la hoja de arriba. La primera, la más importante. El proyecto de la escalera de piedra, la que había salvado. El dibujo que llevaba tres años sin enseñar a nadie porque era lo único que tenía hecho entero con sus manos.

Levantó la vista hacia el segundo piso.

En la ventana de la sala de reuniones, recortada a contraluz, había una silueta alta. Sostenía una hoja de papel y la miraba, o miraba el dibujo, o las dos cosas a la vez. Marina no habría sabido decirlo.

La silueta no se movió.

Ella tampoco.