Cláusula de rescisión (Estudio Mediterráneo 1) Epílogo · Diez minutos antes
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Epílogo · Diez minutos antes

Epílogo Diez minutos antes

El ocho de enero amaneció con un sol de primavera adelantada, de esos que en Valencia aparecen en pleno invierno sin avisar, como un invitado que se presenta antes de hora con una botella de vino.

La inauguración del hotel fue a mediodía.

Diez habitaciones, todas distintas, cada una con el nombre de una variedad de naranja: Navelina, Valencia Late, Sanguina, Clemenules, Salustiana.

Elena Boix las había bautizado así en honor a su bisabuelo, y había pedido a Dani que tallara los nombres en las puertas de madera, y Dani lo había hecho con una paciencia de monje, una letra cada día, mientras Júlia le traía café y fingía revisar el catálogo de ventanas por tercera vez.

A la una, delante de la fachada, con media calle del Rosario en la acera, la señora de la bata en primera fila y Carmen Ortuño al fondo, sin acreditación, de paisano, haciendo como que pasaba por allí, Elena Boix tiró de un cordón y descubrió la placa.

Era de cerámica, de Manises, verde y blanca, con una cenefa de naranjos alrededor. Decía:

Casa de la calle del Rosario. 1912. Arquitecto: Sr. Ll.

Restaurada en 2026 por Estudio Mediterráneo.

Casal · Ferrer · Lluch · Vidal.

Marina la leyó desde la acera de enfrente, con Bruja en brazos.

Leyó su apellido entre los otros tres. Leyó «Sr. Ll.

» justo encima. Pensó en la factura de Batiste, en la mancha de humedad, en un arquitecto de 1911 que miraba cada bloque de piedra como si fuera a casarse con él.

Pensó que nunca sabría quién era. Pensó que daba igual.

Álvaro, a su lado, le cogió la mano. No dijo nada. No hacía falta.

—Has puesto los apellidos por orden alfabético —dijo ella al fin.

—Es un sistema.

—Es una forma muy elegante de no ponerte el primero.

—Es una forma muy elegante de ponerte delante de Samuel —dijo él—. Que es lo único que me importaba.

Samuel, que estaba detrás, resopló. Luego miró hacia el fondo de la acera, donde Carmen Ortuño seguía haciendo como que pasaba por allí, y dejó de resoplar.

*  *  *

Por la tarde subieron todos a la azotea del número cuarenta y dos. Era viernes. Los viernes no se negociaban.

Toni subió la paellera, la leña de naranjo y una caja de horchata.

Pilar organizó la mesa con mano de hierro.

Ramón presidió desde la mejor silla, con la boina, el bastón y una camisa de cuadros abrochada hasta arriba, los siete botones, que anunció a todo el mundo que se había abrochado solo en nueve minutos, récord personal.

Vicent, que se jubilaba en marzo, llegó con su cuñado y una caja de puntales de regalo para el estudio, «por si acaso», y una invitación a otra paella que nadie se atrevió a rechazar.

Quique trajo un altavoz y puso música de un grupo de rock valenciano de los noventa que solo le gustaba a él.

Iván vino, se sentó en una esquina, rascó a Bruja detrás de las orejas y no dijo nada en toda la tarde, y todo el mundo coincidió en que había sido el invitado más agradable.

Pau anunció que había aprobado la asignatura de estructuras con un nueve y medio, y que el medio que le faltaba era por una pregunta sobre arcos de ladrillo que había contestado con un dibujo de un arco con un gato encima.

Júlia y Dani llegaron tarde, juntos, cogidos de la mano, sin dar ninguna explicación, y Samuel cobró su apuesta a Marina con una cena en el restaurante del Rosario, que pagó Marina, a regañadientes, y que el chef les sirvió en la mesa junto al arco iluminado.

A media tarde, Ramón la llamó con un gesto de la mano buena desde la cabecera de la mesa.

—Siéntate aquí —dijo, señalando la silla de al lado—. Pilar me ha abandonado por el dominó y Toni no sabe hablar de otra cosa que del Valencia.

Marina se sentó. Ramón la miró un rato, con su media sonrisa torcida, la boina un poco ladeada y Bruja dormida en el regazo, sin decir nada. Era una mirada larga, tranquila, de las que no incomodan. La mirada de alguien que ha medido muchas casas antes de decidir si merecen ser salvadas.

—Me ha contado lo de la cláusula —dijo al fin.

—¿Cuál de las dos?

—La séptima. La que escribiste tú. —Ramón asintió despacio—. «Cuando una de las partes tenga miedo, lo dirá en voz alta». Esa frase la debería haber escrito yo hace treinta años. Me habría ahorrado tres meses durmiendo solo en esa alquería y una hipoteca.

—Pilar me lo contó.

—Pilar lo cuenta todo. Es su forma de querer. —Ramón acarició a la gata detrás de las orejas—. Te voy a dar una cosa. Pero no se lo digas a Álvaro, que se pone celoso.

Metió la mano izquierda en el bolsillo de la camisa de cuadros, despacio, con esfuerzo, y sacó algo pequeño envuelto en un pañuelo de tela. Lo dejó sobre el mantel de hule, entre los dos, y lo desenvolvió.

Era una hoja de acanto de hierro forjado. Pequeña, del tamaño de la palma de una mano, oscura, con los bordes gastados.

Marina la reconoció al instante.

—Es la de la barandilla —dijo—. La del final de la escalera del estudio.

—No. Es su hermana. —Ramón sonrió—. En el desguace de Alzira, en el ochenta y nueve, había dos. Pilar y yo compramos las dos por dos mil pesetas. Una la pusimos en la barandilla. La otra me la quedé yo. Para cuando hiciera falta.

—¿Para cuando hiciera falta qué?

—No lo sé. Nunca lo supe. Llevo treinta y siete años con ella en un cajón. —Ramón la empujó un poco hacia ella con un dedo—. Hasta esta mañana. Esta mañana me he despertado y lo he sabido.

Marina miró la hoja de acanto. El hierro estaba frío y tenía pequeñas marcas de martillo, las huellas de alguien que la había forjado a mano hacía más de cien años.

—No puedo aceptarla, Ramón.

—Claro que puedes. No es un regalo. Es un encargo.

—Ramón se recostó en la silla—. El estudio tiene una escalera con una hoja de acanto al final.

La que todo el mundo toca al llegar arriba.

Esta es para la próxima escalera que salves.

Para que la pongas al final. Para que alguien la toque al llegar arriba sin saber por qué.

Marina cerró la mano sobre la hoja de hierro. No dijo nada durante un rato, porque no podía.

—Gracias —consiguió decir al fin.

—No me des las gracias. Dale un buen sitio. —Ramón le guiñó un ojo, el bueno—. Y ahora vete con mi hijo, que lleva diez minutos mirándote desde la otra punta de la azotea con cara de hoja de cálculo y me está poniendo nervioso.

Marina se levantó. Se guardó la hoja de acanto en el bolsillo del abrigo, envuelta en el pañuelo. Pesaba poco. Pesaba muchísimo.

*  *  *

Y en algún momento de la tarde, cuando el sol empezó a bajar y la luz se volvió dorada sobre los tejados del Cabanyal, Marina se apoyó en la barandilla de la azotea, mirando el mar.

Álvaro se acercó con dos vasos de café de puchero.

—Caliente —dijo.

—Esta vez sí.

Se quedaron un rato en silencio, uno al lado del otro, con los codos en la barandilla.

Abajo, en la calle, la misma niña de octubre pasaba en bicicleta, esta vez sin ruedines.

Su padre corría detrás. Ya no le sujetaba el sillín.

Iba a su lado, con los brazos medio abiertos, preparado para lo que hiciera falta, sin hacer nada.

—Mira —dijo Marina.

—Lo veo.

—Tu padre lo haría así.

—Mi padre lo haría así —dijo Álvaro—. Y luego se lo contaría a todo el mundo cien veces.

—Para que un día lo escuches.

—Ya lo he escuchado.

Marina se volvió a mirarle. Tenía la luz de las seis menos cuarto en la cara, la misma que encendía la piedra en la cantera de Les Fonts. Él también la miraba. Sin armadura.

—Tengo miedo —dijo él, de pronto, en voz baja.

—¿De qué?

—De que esto salga bien. No sé qué se hace cuando las cosas salen bien. No tengo ninguna pestaña para eso.

Marina se rio. Le cogió el café de las manos, lo dejó junto al suyo en la barandilla, y le pasó los brazos por la cintura.

—Pues la hacemos —dijo—. Mañana. A las ocho.

—¿Llegarás tarde?

—Llegaré diez minutos antes.

—¿Para qué?

—Para traerte un café caliente —dijo Marina—. Y para que nos dé tiempo a mirar juntos lo que cede.

En la mesa, detrás de ellos, Bruja saltó del regazo de Ramón, cruzó la azotea en línea recta sin mirar a nadie y se sentó a sus pies, con la cola enroscada alrededor de las patas, mirando el mar con ellos.

Ramón Casal la vio irse. Se volvió hacia Pilar, que barajaba las fichas del dominó sobre una caja de fruta.

—Diez euros a que el año que viene hay boda —dijo.

—No acepto —dijo Pilar, sin levantar la vista de las fichas—. Sería robarte.

FIN