CAPÍTULO XXV #2
—Ahora es un proscrito, se le ha visto con los Matheson. Y sigo sin entender por qué Dougall no viene con vos, ¿no confiáis en vuestro esposo, Anne? Conozco a Dougall, si cree que es culpable, lo entregaría a mí, ¿acaso es lo que temes, Anne Somerled?
Anne dio un paso adelante, se había prometido a sí misma decir la verdad ante el rey.
—Mi esposo es leal al rey, a la justicia, pero no es él quien debe rogar por la vida de mi hermano, es responsabilidad mía.
—Y vos sois responsabilidad suya.
—Y mi clan MacLean era la vuestra, mi padre era vuestro amigo.
El silencio del rey hizo que Anne pensara si no se había excedido al ser tan sincera.
—Fergus, vuestro padre, era mi amigo, en efecto.
Obró mal, creyó más en las leyes ancestrales que en mi ley.
—El rey calló un instante, pensativo— Puedo, Anne, devolverte el título, tus tierras y castillo, pero Graham no será el laird , tal vez con el tiempo…
—Fue a protestar, airada, y Candem negó con la cabeza—.
Solo tienes que renunciar a Dougall Somerled, al matrimonio, encontraremos la forma de declararlo nulo.
No estás obligada a vivir con el clan que mató a tu padre.
Anne contuvo el aliento, si le hubieran hecho la misma proposición un mes antes, no hubiera dudado.
El rey afirmaba que recuperarían todo, que Graham tal vez ocupara su lugar como laird , Dunollie recuperaría su esplendor…
sin Dougall. Ya no estaría casada con él, ya no sería una Somerled, era tan tentador recuperar su vida anterior que su rostro se resistió a dejar escapar una lágrima.
Sería su decisión, por primera vez desde que atacaran su castillo.
Recordó el rostro de Dougall, su sonrisa tan joven cuando estaban solos, su presencia constante en cada momento de su vida.
Miró a su hermano, Graham sonrió a medias y asintió. La conversación junto al río seguía entre ambos. No quería ser laird a costa de todo. Anne miró al suelo un instante antes de adelantarse para hablar.
—No, majestad. Decidid si queréis restablecer la justicia dando a mi hermano el clan, pero yo jamás renunciaré a Dougall Somerled, ahora soy su esposa y quiero seguir siéndolo, si él me acepta después de esto.
El rey, para sorpresa de ellos, empezó a reírse.
—¡Ah, Dougall! ¡Te lo dije, amigo!
Desde la oscuridad de la sala, Dougall salió de entre las sombras. Nunca antes Anne lo había visto tan serio, su ropa estaba manchada de barro del camino y su pelo rubio ensortijado.
—Habéis oído a mi esposa, mi rey, seguirá siendo una Somerled.
Dougall no se sentía ofendido, a William le gustaban los juegos, había querido probar a Anne y a él mismo, y había fracasado. Respiró al fin, dudaba de sí Anne, ante aquel regalo, no cedería, demasiado tentador ser libre, una mujer soltera con libertad de volver a su hogar.
—No me juzgues, Dougall, la corte es aburrida —contestó el rey, despreocupado—. Deberías estar alegre, tu esposa renuncia a su herencia por ti.
Anne miró a Candem dolida, ¿cómo era posible que Dougall hubiera llegado antes?
Confirmó sus sospechas cuando el guerrero Somerled encogió los hombros como disculpa; con toda seguridad, habían elegido el camino más largo, dando tiempo a Dougall a llegar a la corte.
No podía culparlo, servía a los dos y habían llegado hasta allí.
El rey no esperó a que Dougall protestara por la pantomima, se levantó y se acercó a Graham.
—Todas tus propiedades y riquezas serán entregadas a los Somerled, a Dougall Somerled en concreto, será responsable de los MacLean hasta que regreses de tu destierro o bien mueras.
Graham MacLean, eres desterrado por tu colaboración con forajidos a diez años fuera de las tierras de Escocia, si un hombre, mujer o niño te ve en estas tierras, tendrá derecho a matarte, a perseguirte en nombre del rey y ahorcarte.
El rostro de su hermano se llenó de resignación y Anne lo abrazó.
—¡Oh, Graham! Hubiera sido mejor huir.
—No, Anne, son diez años, nadie me perseguirá, tendré una nueva vida, y tú te quedarás con nuestra gente. Reconstruye cuanto puedas.
—Mi rey, tengo amigos en Irlanda, tal vez pueda ayudar al muchacho a llegar allí.
Anne miró a Dougall conmovida, a pesar de todo, seguía ayudándolos.
—Así sea, Dougall. —El rey volvió a su asiento y sonrió satisfecho—. Me gustaría que lady Anne Somerled y vos os quedarais un tiempo en Edimburgo, pero nunca fuiste amigo de las intrigas de la corte. Tendréis cosas que arreglar. Infórmame si alguno de los dos cambia de idea y quiere la anulación.
Miró a Dougall con verdadero terror cuando sus ojos se cruzaron, ambos se observaron serios, pendientes de la reacción del otro, porque podían tenerlo todo, Anne sus tierras, Dougall su libertad, no podía reprocharle que renegara de ella al mentirle.
Dougall frunció el ceño, toda la vida se había conducido con exigencia en las acciones de los otros, todo era blanco o negro, sin matices, y junto a Anne había descubierto cien escalas de grises y mil tonos de blanco.
Cielos grises de tormenta sacudieron a Anne.
Praderas y colinas de verde musgo contrajeron el corazón de Dougall.
¡Qué escéptico había sido acerca de gestas, leyendas y, sobre todo, acerca del amor!
Anne alargó la mano hasta tomar la suya.
—Nunca, Dougall, volveré a actuar a tus espaldas ni ocultarte nada por muy doloroso que sea.
—Jamás desconfiaré de ti, Anne. Te amo desde que te caíste del caballo aquel día y me gritaste.
—Te amo desde que me obligaste a besarte, Dougall. ¡No quiero deshacer este matrimonio! Quiero estar a tu lado, ver crecer nuestro clan.
Dougall la abrazó, temeroso de que, por primera vez, no fuera capaz de decirle a Anne lo que sentía por ella.
—Sobre las cenizas de tiempos pasados renacerá una alianza más fuerte que la espada y los rencores, los MacLean, los Somerled y ahora los Dougall, un nuevo clan.
—Y seréis fieles a la alianza con vuestro rey y a Escocia —añadió el rey, con una sonrisa, sabedor de lo que Dougall quería decir, crearía su propio clan a partir de ese día.
Dougall lo regañó con la mirada y encogió los hombros, resignado, las otras promesas que tenía para Anne quería hacérselas en privado; sin embargo, su esposa se abrazó a su cintura e hizo que agachara el rostro con sus manos en la creciente barba que se había dejado en su persecución hacia la corte.
—Te quiero y deseo seguir casada contigo.
—Anne, te amo.
Pensó en lo complicado que era eso del amor y correspondió al beso de su esposa sin pensar en los curiosos que les rodeaban o la sonrisa del rey, Dougall no podía saber que William se preguntaba si no sería hora de reclamar a su prometida.
Dougall, por primera vez, comprendió las palabras de su madre, los caminos rectos eran aburridos y fáciles de olvidar, los retorcidos, aquellos que ocultaban su final, eran los más interesantes de recorrer.
Junto a Anne, sabía que aquello solo era la mitad de lo que les quedaba por vivir y el principio de un amor que los uniría para siempre.