EPÍLOGO
A nne reconoció los viejos árboles centenarios, el roble junto al camino, y una mezcla de tristeza y alegría le llenó el pecho.
Dougall, desde su montura, le tendió la mano.
Su esposo, su familia ahora; habían recorrido un camino lleno de desconfianza y dudas, donde el amor que sentían el uno por el otro parecía siempre ahogarse entre las circunstancias que los rodeaban y ahora, de regreso a su hogar, era cuanto le quedaba de los viejos tiempos.
No añoraba a la antigua y despreocupada Anne que fue, ahora era más cabal y juiciosa, no la chiquilla que ni siquiera se preguntaba qué ocurría más allá de los muros de Dunollie.
Entendía a su padre y sus decisiones, el engaño al que lo sometieron, y, por fortuna, Robert Matheson ya no estaba en el mundo para atormentarlos a su hermano y a ella.
Graham había partido hacia Irlanda con la ayuda de Finn, el tío de Dougall, con la promesa de que sus amigos lo acogerían en aquellas tierras.
Anne sabía que su hermano jamás volvería, no deseaba ser laird de los MacLean, ni recordar el dolor del guerrero deshonrado en que se había convertido, pero estaría vivo, en algún lugar que Anne podía imaginar cada día de su vida.
Tal vez allí pudiera encontrar a Donald, el hermano de Dougall, quien, desde el ataque, había decidido vivir allí, y al que Anne había perdonado como al resto de Somerled.
El angosto camino estaba a punto de terminar, las hojas del otoño caían de los árboles a causa del viento, que era frío antes de la llegada del invierno, quizá un presagio de lo que Anne sentía en su propio interior.
Los dedos de Dougall eran lo único que calentaba su alma, junto a su sonrisa.
Apretó su agarre para que ella levantara la vista.
Anne entonces lo vio, la primera torre de Dunollie estaba reconstruida, ya había un tejado sobre los salones y los hombres trabajaban en las murallas.
Cuando Dougall le dijo que vivirían en su antiguo hogar, no le creyó, pero Ragnild e Ian Somerled habían estado de acuerdo en que partieran hasta que pasaran unos años y Dougall se convirtiera en el laird del clan.
Las heridas sanarían, el cariño crecería, el amor llenaría sus vidas con ilusión.
Sentía en su interior al primer Somerled valiente y testarudo…
el futuro laird de su clan y de los MacLean, y un día, de su propio clan, el clan de los hijos de Dougall, el clan Dougall, el clan de Anne, una muchacha testaruda, valiente, fiel a su corazón, que se había enamorado de un Somerled.
F I N