Clan Dougall (Highlanders de las Islas 3) CAPÍTULO XXV
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CAPÍTULO XXV

—Dougall ya se habrá enterado y estarán tras nosotros —afirmó Candem.

Graham azuzó el fuego y lo tapó con los troncos.

—Nada de fuego, pueden vernos a millas de distancia.

Anne sabía que su hermano había aprendido muchas cosas en sus días con los Matheson, su ceño siempre estaba fruncido y parecía más mayor de lo que era. Nada podía hacer que volviera a sonreír despreocupado ni bromeara con ella al tratarla con condescendencia.

—Dougall llevará consigo a los Matheson ante el rey, no nos buscará hasta hacerlo, le conozco —los interrumpió.

—Tal vez —pensó Candem en voz alta—. Eso, o se ha vuelto loco al saber que lo has traicionado, Anne, y nos persigue sin tregua.

Un escalofrío sacudió a Anne. Sabía que Dougall podía ser incansable con una presa, y ahora ellos eran su caza.

—Me enfrentaré a lo que tenga que ser, Candem, no creo que me convirtiera en su esposa por ser dócil y obediente, el cielo sabe que no.

Graham elevó los ojos al cielo y Candem sonrió. La noche caía sobre ellos y, sin fuego, tuvieron que abrigarse con todas las mantas que llevaban.

—¿Por qué no huyes, muchacho? A Irlanda, no serías el primer hombre proscrito que abandona Escocia.

—Debo responder por las cosas que hice, Candem, no huiré como un cobarde, ya no.

Anne y él se miraron.

—No tuviste la culpa de lo que le pasó a Enid, Graham.

—Me escondí como un cobarde, no lo impedí.

Anne se levantó al instante.

—¿Qué le sucedió a Enid? ¿Graham, Candem?

No sabía de qué hablaban, Enid no le había contado nada, los rostros de ambos la evitaron.

—¡Hablad u os juro que os abandono aquí mismo!

—Los Matheson, Anne, la violaron en el bosque tras el ataque a nuestro hogar, Dougall la encontró y la llevó con los Somerled. Quise contártelo.

—Graham —pronunció en susurros. Recordaba que, al encontrarse con Enid, le pareció diferente, más seria, más madura, ¿por qué no le había contado nada? Eran amigas.

Candem se levantó junto a ella.

—No quería darte más preocupaciones, Anne, estabas demasiado dolida, tú misma te recuperabas de tus heridas…

—¿Lo permitiste, Graham? ¿De verdad?

—Intenté ayudarla sin descubrirme, pero viste cómo era Robert Matheson, me inmovilizaron y…

—¡No, no quiero que me lo cuentes!

—Anne, espera.

—No, dejadme un rato sola —dijo alejándose de ellos—. Necesito respirar.

Se fue guiada por la claridad de un sendero hasta un pequeño río que habían visto al llegar.

El sufrimiento no acababa nunca, todos sus seres queridos estaban heridos o muertos, y ahora sabía que lo único que podía hacer que se sintiera mejor era un abrazo de Dougall.

Y ya no los tendría, ni a él ni su presencia.

La odiaría por el engaño, después de presentarla ante su clan, después del juramento, después de decirle que lo amaba.

Se sentó entre los guijarros de la orilla.

Graham no había participado en la sangrienta violencia de los Matheson.

No era como ellos. Debería habérselo contado enseguida al encontrarse de nuevo.

Hubiera matado a Robert Matheson ella misma, con sus manos desnudas.

Ahora entendía por qué Graham quería expiar su culpa ante el rey, él mismo no sabía si era culpable o no.

Había recorrido un largo camino, lleno de decisiones estúpidas.

Ya no había marcha atrás, debía continuar y salvar a Graham, esperar que Dougall algún día pudiera perdonarla, y Enid, y todos los Somerled.

Había traicionado la confianza de tantos e incluso a sí misma, este era su acto de penitencia por su padre y por su legado, Graham tenía que recuperar a los MacLean.

—Jamás quise ser laird , Anne, me bastaba con ser un MacLean, uno más. Éramos felices, ¿verdad?

Como si Graham hubiera entrado en sus pensamientos, pronunció esas palabras y se sentó a su lado.

—Anne, si todo esto es para que recuperemos nuestro hogar, eso ya es imposible, nos rompimos aquel día en el ataque, nuestras convicciones, nuestra vida.

Anne lo miró, en efecto, Graham había crecido por dentro y por fuera.

—Supe que aquellos tiempos jamás volverían cuando desperté en el convento, llena de heridas, cuando pensé que estabas muerto, como padre. Estuve en verdad muerta hasta que Dougall apareció.

—Nos ha salvado a todos, Anne, por eso acudiré ante el rey, es un hombre leal a sus pensamientos. No huiré el resto de mi vida ni dejaré caer la ira sobre Dougall Somerled.

—¿Y si nada sale como esperamos, Graham?

—Aceptaré mi destino.

Anne miró a su hermano en la oscuridad, no podía ver su rostro sin las sombras que los habían perseguido.

—Entonces, vayamos a Edimburgo y enfrentemos la justicia.

Graham le cogió la mano y la enterró entre las suyas, no eran tan firmes y rugosas como las de Dougall. Anne se apoyó en el hombro de su hermano y supo que hay cosas que se pueden perder, castillos destruidos y enemigos a batir, pero eran sus corazones lo que, al final de todo, quedaría.

Candem no dejaba de mirar hacia atrás, conocía a Dougall, pronto encontraría su rastro, y cuando descubriera que se dirigían a Edimburgo, no podría creerlo.

Él tampoco, sabía que Anne estaba decidida y no iba a dejarla sola, ¿qué si se había metido en un buen problema?

Tal vez, pero aquellos dos hermanos le caían bien.

Anne algún día sería la señora de los Somerled y digna heredera del legado de ellos, y esperaba que, en el futuro, Dougall la perdonara.

Llegaron al mediodía de un día gris a Edimburgo, las murallas abiertas eran un reguero de campesinos, carruajes, niños a la carrera por todas partes.

Anne lo miraba todo pendiente de la vida de aquellas gentes, y Graham se permitió por primera vez sonreír en días ante el bullicio.

Dejaron los caballos al pie de la colina y subieron el ancho camino de arena y piedras.

Anne había estado antes con su padre y Graham, y las torres de Edimburgo, su piedra negra y sus anchos muros le parecieron más amenazadores que nunca.

Siguieron a Candem a través de los sucesivos patios, dejaron atrás la capilla del rey, con sus intricados chapiteles y los artesanos que pulían la piedra.

Llegaron al patio central donde los edificios se abrían a un lado y otro.

Candem los condujo hasta las puertas del salón del rey.

—Permaneced juntos, no os separéis. Los MacLean no son bien recibidos, sois ahora considerados traidores.

Los hombres de las puertas los dejaron entrar y en una pequeña sala, que precedía a la que el rey William utilizaba como salón del trono, esperaron.

Anne se sintió observada, a pesar de los muchos que había allí.

¿Toda esa gente debía hablar con el rey?

Candem consiguió un asiento en un lado de la sala y esperaron.

Ante el enfado de muchos, un guardia se acercó a ellos y les ordenó seguirlo.

Anne miró a su hermano, había, a un extremo, una larga mesa de banquetes, con bancadas a ambos lados, en forma de u; los amplios arcos de las ventanas se alternaban con tapices antiguos, coloridos, que narraban batallas.

Y en el extremo opuesto el trono, elevado sobre un escalón de madera, decorado con volutas y telas de colores rojo y azul.

Sentado en él, el rey William atendía a alguien que hablaba, levantó la cabeza y los miró.

Sobrino del antiguo rey, había alcanzado el trono con respeto a los lairds de Escocia; según había oído Anne, el anterior rey fue pretendiente de Isobel y esta lo rechazó.

Tan joven como ella, el rey William era justo, y su presencia en el trono era imponente.

Anne se sintió intimidada, allí había damas y caballeros, vestidos con sus tartanes, con exquisitas telas, se retorció las manos, nerviosa.

Miró su camisa, sus pantalones; por fortuna, Candem había insistido en que se pusiera un tartán de los Somerled, tal vez era eso lo que había llamado la atención del rey.

Se sentía incómoda con la tela con los colores de su esposo cuando había huido de él y venía a reclamar por su hermano.

El rey echó con un gesto a todo el mundo, al pasar, los miraron extrañados, tal vez la historia de los MacLean no había llegado a la corte. Graham lucía como un verdadero MacLean y Anne le hizo una señal valiente con la barbilla alzada.

—Nadie me había anunciado a una Somerled en mi corte. Y es extraño, porque soléis precederos de un ejército temible y una algarabía que no es desdeñable.

Candem sonrió a medias e hizo una reverencia, miró a Anne y Graham para instarles a que lo imitaran.

—Mi rey, es la esposa de Dougall Somerled, hijo de Ian…

—Ya, ya —lo interrumpió—. Gracias, Candem Somerled.

Hace nada, el mismo Dougall me trajo un problema, uno de los clanes ancestrales desaparecía por ley y justicia, los MacLean, le di permiso para casarse con vos, Anne, no teníais ningún pariente varón.

¿Es eso?, ¿queréis quejaros sobre dicho acuerdo?

Anne suspiró hondo, los ojos oscuros del rey producían temor, su mandíbula fuerte se marcaba por la tensión. En sus cabellos negros portaba una sencilla corona de metal con una sola piedra preciosa del color del brezo en otoño.

—No, mi señor. Vengo a rogaros, mi rey, las circunstancias han cambiado, mi hermano Graham vive, vengo a suplicaros…

—Un proscrito —interrumpió el rey sin alterarse.

Graham la tomó del brazo e hizo que callara.

—Soy Graham MacLean, vengo a imploraros el perdón para mí; después de que atacaran Dunollie, tuve que unirme a los proscritos para sobrevivir, no me arrepiento de eso, pero sí de haber confiado en esos bandidos.

El rey se apoyó en su puño cerrado, como quien disfruta de una buena historia.

—Quisiera saber por qué eres tú, Anne Somerled, quien viene, sin tu esposo, con uno de sus hombres más leales, sin ejército, solo tu hermano y tú. ¿Acaso el matrimonio que ordené con Dougall Somerled no es tal?

—Sí, rey William, pero soy una MacLean, Graham es mi hermano, debo defender su causa.